viernes, 31 de marzo de 2017

Patricia Noval

Patricia Noval presenta hoy su espectáculo Criollos en el Celta Bar

Con repertorio amplio y voz de arrabal

En su último disco, Las cantoras del tango, abordó piezas que cantaban Rosita Quiroga, Azucena Maizani y Ada Falcón, pero en sus shows también se anima a las de Yupanqui y al bolero. 


Hace un tiempo que lo grabó, y es difícil superarlo. ¿Qué? Un disco que se llama Las cantoras de tango, nutrido piezas de (o por) las grandes del género. ¿Quién? Patricia Noval, una cantante del palo cuyo registro le permite respetar (no imitar) al de todas ellas. ¿Al de quiénes? Pues a los de Rosita Quiroga, Azucena Maizani, Ada Falcón, Mercedes Simone, Nelly Omar y Tita Merello, nada menos. “Ojo, cero ponerme en personaje, ¿eh? Porque no me parezco a ninguna de ellas, cantando. Soy siempre yo y las versiones son totalmente libres. No buscan sonar como sonaban las originales”, arranca la cantora, que dará su último concierto en Buenos Aires (hoy a las 21 en el Celta Bar, Sarmiento 1702) antes de la sustantiva gira que esparcirá su voz de arrabal por España, Francia, Suiza, Italia y Grecia. “En realidad, es para andar el show, para probarlo, y para abrir puertas, generar espacios no relacionados con la cuestión económica. Pienso hacer un conjunto de tangos que tienen que ver con este disco, con otros anteriores, y con material nuevo”, informa Noval.
El material nuevo está directamente vinculado al nombre con que denominó al espectáculo: Criollos. “Lo criollo es tan abarcativo que no se acota solo a lo argentino. No sé, de repente podés meter una canción venezolana o de cualquier otro país del continente, y la verdad es que a mí me representa profundamente como ‘lo` americano’”, sostiene Noval, que expondrá sus lindos caprichos secundada por Jazmina Raies en piano, Cindy Harcha en bandoneón y Roy Valenzuela en contrabajo. “De hecho –prosigue ella–, incluyo un bolero cubano como ‘Dos gardenias’, de Isolina Carrillo, y también Atahualpa Yupanqui, que jamás falta en un recital mío. Podrían ser también Falú o el Cuchi Leguizamón, pero Yupanqui se parece más a lo que puedo interpretar sintiéndome genuina. A ver, me encantan las letras del Cuchi, pero no sé si me saldrían bien; en cambio, siento que Yupanqui me calza. Esa milonga campera, del sur, me sale mejor que una zamba del Cuchi”.
La pieza de don Ata que Noval –gran intérprete de poesías musicales y también admiradora de las voces “antiguas” de Lidia Borda y Victoria Morán– incluye hoy en su repertorio es “El árbol que tú olvidaste”, tema que, por supuesto, no obtura miradas hacia el pasado cercano. “Es cierto que en Las cantoras de tango puse todo. Esto no quiere decir que en el anterior (Adiós muñeca) no lo haya hecho, pero en este me parece que encontré un concepto. Ahora, ¿cómo lo supero? Creo que con otro concepto real, que se me tendrá que ocurrir”, manifiesta Noval, muy consciente de lo difícil que será la patriada. ¿Por qué? Porque es impresionante y conmovedor como se hace carne en Rosita Quiroga para revivir en su voz la enorme “Apología tanguera”, o en Azucena Maizani, para reactivar “Pero yo sé”, esa vieja perla cantada y compuesta por aquella en 1928. “Es un desafío, pero no me apura. Antes tenía más ansiedad por grabar, pero ahora es cuando las cosas aparecen y caen por su propio peso. Es muy probable que el próximo disco sea más diverso, menos ajustado al territorio tanguero”, prevé la cantora, cuyo primer concierto europeo será el 26 de abril, en el Teatro Real de Madrid, para luego presentarse (el 28) en La Maison de L’Amérique Latine, de París. “Estoy pensando en algo menos conceptual y más ecléctico, aunque también pienso que una, cumpliendo años y viviendo, macera su estilo... es cada vez más una misma. Creo que va a ser un disco caracterizado por un yo más pronunciado, un ‘más yo’ cantando”, fantasea.
Noval inició su trayecto en el dos por cuatro durante la última década del siglo pasado. Su debilidad fue siempre la raíz del tango, donde anida su fraseo arrabalero, pero también porta inclinaciones eclécticas que la llevaron a orbitar muy cerca de la murga Falta y Resto; del litoraleño Raúl Barboza, del ex Almendra Emilio Del Guercio, o del inclasificable Lito Vitale, entre otros. “Por eso prefiero decir que no me personifico ni en Ada Falcón, ni en Rosita Quiroga, ni en Azucena. Simplemente digo que versiono tangos que ellas hicieron conocidos. Está fenómeno que otras lo hagan, pero yo no, mi sonido es muy actual”, refiere la cantora, que a la fecha lleva cuatro discos publicados (Contramarca y Tangos brujos, además de los nombrados) y que, entre sus versionadas preferidas tiene a Rosita Quiroga, “porque era increíblemente genuina”, resalta. “No sé si la mejor cantante, creo que no. Pero un artista es muchas cosas, no solo cantar afinado, y la tipa me arrasó la cabeza con su personalidad. Hablaba y cantaba como era, posta. Siempre me pareció encantadora”.

Lollapalooza Argentina

Hoy y mañana se realizará la cuarta edición de Lollapalooza Argentina

Encuentro a la medida de su generación

El promedio de edad de los artistas que pasarán por los cuatro escenarios montados en el Hipódromo de San Isidro será el más bajo hasta el presente (sólo aumentado por Metallica y The Strokes), lo que habla de la renovación de la escena alternativa.


Las dos fechas del Lollapalooza Argentina 2017 se agotaron esta semana, por lo que la cuarta edición local de la comunión musical concebida por Perry Farrell, líder del grupo Jane’s Addiction, será la más convocante hasta el momento. Eso sí, recién el domingo en la madrugada se sabrá si fue la más exitosa. Y esto lo determinará, más allá de las performances de los artistas, una organización a la altura de las circunstancias. Debido a que se esperan 100 mil personas para hoy y mañana (al menos,  esa es la capacidad de público permitida para el lugar), la productora del evento dispuso para esta ocasión más puertas de acceso al Hipódromo de San Isidro, que se convertirá una vez más en la base de operaciones del festival. Además, para ganar espacio, ubicó los cuatro escenarios prácticamente en las esquinas del predio, así que habrá que caminar un buen tramo para llegar a los secundarios: el Alternative Stage y el Perry’s Stage, que recibirá a la gente que ingrese por el acceso general de la avenida Santa Fe (habrá otro en la avenida Bernabé Márquez, que coexistirá con la única puerta VIP).
Pero esas no serán las únicas novedades del evento. Si bien habrá cajeros automáticos en el Hipódromo de San Isidro, no se aceptará efectivo en los dos patios gastronómicos (al igual que sucedió en festivales como el Music Wins, las bebidas se consumirán en “ecovasos”, que sustituirán a los vasos descartables) ni en las carpas de merchandising. La producción del Lollapalooza Argentina introdujo un chip al que se le podrá cargar dinero en las pulseras que servirán para ingresar (por más grande que la tira que sobre de ésta sea larga, no hay que cortarla porque podrá verse afectado el acceso). Esto puede hacerse previamente al festival, con tarjeta de crédito, o durante su realización. Y si quedó algún remanente, tras la conclusión del espectáculo, se puede pedir su devolución. Dentro del predio también habrá tres puestos de hidratación, en los cuales se entregará agua de forma gratuita (uno está situado cerca del Alternative Stage, otro se encuentra próximo al Perry’s Stage y el restante descansará en el sector Espíritu Verde). 
En ambos días del festival, las puertas se abrirán a las 11:30. Mientras que el grupo ecuatoriano La Máquina Camaleón y los locales Joystick levantarán el telón de la jornada inicial del Lollapalloza Argentina a las 12:30, en el Main Stage 2 y el Alternative, respectivamente, los mendocinos Usted Señálemelo (una de las actuales sensaciones del indie argentino) y los platenses Un Planeta lo harán en el mismo horario y escenarios el sábado. El primer nombre internacional en la grilla del viernes es el de la banda inglesa Glass Animals, en el Main Stage 2, a las 16:30, y en la siguiente fecha lo harán las gemelas canadienses Tegan and Sara, pero en el Main Stage 1, a las 15:30 (ambos protagonizaron algunos de los sideshows que se llevaron a cabo, entre el martes y el jueves de esta semana). Por eso conviene tener a un click de distancia la app del festival (se puede descargar desde un Andorid o iOS) o agendar los horarios de antemano desde la web de Lollapalooza.
Otra estupenda noticia es que, aparte de los colectivos (168, 60, 15 y 21) y del Lolla Bus (la información del micro oficial está en la web del evento), el ferrocarril Mitre (ramal Tigre), cuyo destino final para la ida será la estación San Isidro, funcionará para el regreso, hasta las 2.30 (sólo se detendrá en la estaciones Barrancas de Belgrano y Retiro). Igualmente, para los que quieran ir en auto, el Hipódromo de San Isidro albergará un estacionamiento. A manera de referencia, el último acto de esta noche será la dupla electrónica estadounidense The Chainsmokers, que se presentará en el Main Stage 2, entre las 23:45 y la 1:00, y el cierre de mañana estará a cargo de Flume, en el mismo escenario, aunque entre las 23:30 y la 1:00.
El productor y DJ australiano es una buena muestra del promedio de edad de la mayoría de los artistas foráneos que serán parte del festival: 27 años. Así que, salvo por Metallica y Los Strokes, quienes son los cabezas de cartel de este año (el primero hoy y el otro mañana, en el Main Stage 1), se trata de Lollapalloza más joven. De antemano, esta versión argentina de la fiesta musical creada en Chicago será recordada como la que mejor supo representar a su generación. Esto ya se vio en los sideshows de esta semana, donde los mancunianos The 1975 (sediciosa mezcla de David Bowie, Iggy Pop y Michael Jackson que repite esta noche), en un Vorterix colmado, dejaron bien en claro que son más que un fenómeno. Si bien en los anteriores capítulos del evento New Order,  y Red Hot Chili Peppers coexistieron con Cage The Elephant o Tame Impala, en esta ocasión lo que mandan son los estilos y la forma de entender la música en la era 2.0. Por eso, será una estupenda chance para disfrutar hoy de la electrónica andina del ecuatoriano Nicola Cruz, del cachetazo de autor del australiano Vance Joy, de la canción descarnada de la sueca Tove Lo, del dream pop homoerótico de los ingleses The xx y del nuevo Eminem: G-Eazy. Y mañana será el turno del future funk de Griz, el debut local de la novel estrella del EDM Martin Garrix, la redención de la danesa MØ y la posibilidad del canadiense The Weeknd de hacer lo que no logró Pharrell Williams: pegar duro con el R&B.

Segunda y última fecha del Lollapalooza Argentina 2017

La masividad de los alternativos

Ante 100 mil personas, el artista canadiense Abel Tesfaye, a través de su alter ego The Weeknd, y The Strokes, que mejoró su show de 2011, fueron lo más relevante de la jornada de cierre del festival realizado en el Hipódromo de San Isidro. También se presentó Duran Duran.


Nunca nadie creyó que Michael Jackson podía morir. Pero un día se murió. “¡El Rey del Pop ha muerto, viva el rey!”, vitorearon el 25 de junio de 2009. A partir de entonces, muchos intentaron ocupar la vacante monárquica. Desde Justin Timberlake hasta Pharrell Williams, pasando por Justin Bieber y Bruno Mars, pugnaron por la sucesión. Incluso, este último asumió el título de “Príncipe del Pop”. Aunque todos suenan como él y hasta hacen pasitos que se parecen a los suyos. Sin embargo, mientras los aspirantes a “Maikel” se preocupan por preservar su legado, sólo uno, que hasta el momento se hizo el que no quiere, veló por modernizarlo. A pesar de que el comienzo de la nueva centuria fue testigo de las póstumas genialidades del artífice de Thriller, Abel Tesfaye, a través de su álter ego The Weeknd, hoy es lo más cercano a un “Michael Jackson del siglo XXI”. Y eso lo justificó el sábado a la noche en su debut en Buenos Aires, durante su actuación en la segunda fecha del Lollapalooza Argentina 2017, en el Hipódromo de San Isidro.
Amén del símil hiperbolista, el artista canadiense es, por sobre todo, el nuevo paladín del R&B digital (escena que alcanzó su apogeo en lo que va de la década). Si bien es cierto que The Weeknd pecó en temas lentos en la mitad de su actuación en el Main Stage 2, donde destacaron los souleros “Earned It” y “Wicked Games”, al igual que el hip hop “Ordinary Life”, no mermó la riqueza de una propuesta que apunta a la afro vanguardia (algo que pretendió Rockwell en los ochenta con su hit “Somebody Watching to Me”). Y eso lo dejó en evidencia desde el vamos con “Starboy”, single que titula su más reciente álbum, y que cuenta con la participación de Daft Punk. Le siguieron el arrebato new wave “False Alarm” y “Glass Table Girls”, en el que mostró su veta electrónica. Pero Tesfaye también sabe ir y venir del R&B al rap en una misma canción (“Six Feet Under”) o bajar al fondo de las oscuridades del trap (el género de la música urbana que revoluciona a los chicos en la Argentina) en el popurrí “Low Life” y “Might Not”.
Antes de finalizar su show de hora y media, The Weeknd (se la bancó solito en el escenario debido a que sus músicos estaban encima de las pantallas dispuestas sobre éste), se despidió bien arriba –como se suponía–, con una terna de temazos orientados a la pista de baile. O más bien fueron cuatro, pues “Secrets” resultó enlazada magníficamente con “Can’t Feel My Face” (en la que emuló parte de la coreografía del video), para dejarle el terreno servido a “I Feel It Coming” y “The Hills”. Si el novio de Selena Gómez, con quien vino a esta parada del festival, superó lejos la performance de Pharrell Williams (último artífice del R&B post 2000 en visitar el país), además con una arriesgada oferta estética sustentada en buena medida en el minimalismo, los Strokes regresaron a la Argentina con un recital que remontó el que dieron en 2011. Aunque con un concepto, si es que realmente fue lo que idearon para esta ocasión, sobrio y de pulso krautrock. Por más que las guitarras de Albert Hammond Jr. irreconocible (tiene cabello de vuelta) y Nick Valensi sonaran más CBGB’s que nunca.
Pero lo más desconcertante de la performance del quinteto neoyorquino, cabeza de cartel de la jornada, fue sin duda la introducción, pues antes de entrar en escena sonó el remix en clave de cumbia villera, que hizo en 2013 el santiagueño Oscar Coronel (lo firmó como El Shulian K-sablan-k), de su clásico “Reptilia”. Tras este triunfo de la Internet, el grupo insignia del indie rock estrenó su lista de canciones con “The Modern Age”, que dejó atrás en un santiamén. Lo que causó desconcierto entre el público debido a que, por más que nunca cesó el pogo ni el arengue, The Strokes no se caracteriza por su show sino por sus canciones. Se encontraban ante su mejor ensayo abierto. Además, y durante hora y media en el Main Stage 1, la banda desenfundó todos sus hits, haciendo hincapié en los de su primer álbum, el fundamental Is This It (2001), mientras que de su más reciente trabajo, el EP Future Present Past (2016), sólo tocaron “Drag Queen” y “Threat of Joy”, y dejaron afuera los de Angels (2011) y apenas hicieron uno de Comedown Machine (2013).
Si Julian Casablancas, quien ya participó en el Lollapalooza Argentina, pero en 2014, con su proyecto paralelo The Voidz (lo secundó Albert Hammond Jr. en 2016 en plan solista), le pidió a los argentinos que “no sean malos con Messi”, Simon Le Bon manifestó la importancia de tocar acá para Duran Duran. Y bien que lo supo llevar a la praxis, pues, por más que no se encontraba en un horario central (tocaron en el ocaso de la tarde en el Mains Stage 2), esta leyenda británica se hizo de un show que fue de menor a mayor. No sólo eso: pese a que fueron a por sus temas más conocidos, entre los que sobresalieron “Hungry Like a Wolf”, “Notorious”, “Ordinary World”, “Save a Prayer” y “Rio”, los de Birmingham, cuya última visita había sido en 2012, pelean por su vigencia. Lo constataron con “Last Night in the City, de su más reciente disco, Paper Gods (2015). Y hasta se dieron el gusto de tributar a David Bowie con un cover (con ello propio) de “Space Oddity”. Esto pasaba al mismo tiempo que el público más joven del festival se plantaba nuevamente en la Perry’s Stage.
Al igual que sucedió el viernes, el escenario que rinde culto al creador del evento, Perry Farrell, fue sacudido por la electrónica. Sin embargo, a pesar de que el nuevo referente de la movida EDM, Martin Garrix, se alzaba como el favorito de ese aforo, el trofeo a lo mejor de la fecha allí se lo llevó el detroitiano Griz, con un fabuloso live set en el que exprimió su “future funk”. El mayor atractivo del Alternative Stage era la cantante danesa de electropop MØ, pero los argentinos Lisandro Aristimuño y La Yegros le opusieron resistencia. Compartieron el protagonismo de ese espacio, al que casi se suma el rapero brasileño Criolo, que en su cierre mostró una bandera en la que se leía: “Fuera Temer”. Si bien la música es un canal político, también da revancha. De eso puede dar fe la banda indie norirlandesa Two Door Cinema Club, que esta vez, a cuatro años de su primer desembarco rioplatense, jugó de local en la Main Stage 1. Y si es cierto lo que se comentaba en la trastienda del festival, en 2018 habrá Lollapalooza por tres días.

"Power Rangers" - Dean Israelite

El “reinicio” de Power Rangers no ofrece nada novedoso

Poco más que una lavada de cara audiovisual

Hace poco más de una semana, el productor Haim Saban afirmó a Variety que su equipo creativo tiene guardada bajo siete llaves las bases de un tratamiento argumental que permitiría extender la saga Power Rangers hasta un total de seis entregas.  Eso significa que la que llega esta semana a la cartelera nacional es la germinación de un universo cuyas ramificaciones se presumen frondosas, aunque el filo de la taquilla será, como casi siempre en la industria de Hollywood, el encargado de poner límites a la expansión. Esa condición seminal se traduce en un relato que funciona como un episodio de presentación de la serie original pero de una chiclosa duración de dos horas y un par de minutos, y no mucho más. La fórmula podría reducirse al delineamiento burocrático de los personajes seguida del contexto que los lleva a convertirse en los elegidos para salvaguardar la integridad del mundo, y una media hora final reservada para el habitual despliegue de acción tan grandilocuente como vaciado de sentido que impone el subgénero de los superhéroes.
Creada en 1993 y explotada desde entonces mediante series, reinicios, evoluciones y un par de largometrajes –el primero de ellos, que data de 1995, llegó a estrenarse en la Argentina–, la franquicia apuesta ahora a un borrón y cuenta nueva que, sin embargo, no va más allá de una lavada de cara audiovisual. Los protagonistas provienen, otra vez, de una típica high school movie, y se conocen durante una jornada de castigo. Igual que en El club de los cinco, pero sin la capacidad de interpelación emocional de John Hughes detrás. La galería es un menjurje de estereotipos sociales, culturales y étnicos: el mariscal de campo facherito y con capacidad de liderazgo aunque de pésimo rendimiento académico, el nerd afroamericano acostumbrado al bullying, la chica popular y divina que tiene onda con el primero, otra de ascendencia latina y con problemas de socialización (la estrellita pop Becky G.), y un último de ojos rasgados y con varios problemas familiares a cuestas.
Todos ellos darán con unas piedras enterradas hace millones de años justo debajo de su ciudad, cuyo uso les permitirá adquirir poderes sobrenaturales que deberán usar para combatir las intenciones mesiánicas de Rita, tal como les explica el líder Zordon (Bryan Cranston, en otro desesperado intento por dejar atrás a su Walter White de Breaking Bad) en la cueva subacuática (¿?) que funciona de base de operaciones. Todo lo anterior sucede en la primera hora. La segunda es la práctica de esas habilidades sólo alcanzables una vez que los cinco sean francos y honestos entre ellos, excusa ideal para una puesta en común de miedos y perspectivas digna de una sesión comunitaria de autoayuda, y la peleíta entre un monstruo de oro y un robot gigante sacado de Titanes del Pacífico. El problema es que el director es un tal Dean Israelite y no Guillermo Del Toro. El sentido de aventura y la mirada de niño grande del realizador mexicano le hubieran venido más que bien a estos Power Rangers demasiado parecidos a todos los superpoderosos que ya pasaron, y seguramente a los que vendrán.

Bafici

Presentación oficial del Bafici, que empezará el 19 de abril

Un nuevo banquete para cinéfilos

El cineasta Nanni Moretti, objeto de una retrospectiva, será la visita más renombrada de la 19ª edición del festival. En 32 sedes porteñas se verán cuatrocientas películas, entre largos, medios y cortos. Habrá más de cien estrenos mundiales. 


¡Viene Nanni Moretti! Esa es la dicha máxima que deparará la nueva edición del Bafici, que dará inicio el miércoles 19 de abril, finalizando el domino 30. Uno de los grandes héroes cinéfilos del actual director del evento, el crítico Javier Porta Fouz, la presencia en Buenos Aires del realizador de Caro Diario y la reciente Mia Madre será sin duda uno de los grandes acontecimientos en toda la historia del festival porteño, que este año cumple los 19. De hecho, la retrospectiva completa que le dedicará en esta edición el Bafici al cineasta romano da una vuelta carnero y le da la mano a la primera edición, la de 1999, cuando pudieron verse todas sus películas filmadas hasta ese momento. De acuerdo a lo anunciado en la conferencia de prensa celebrada en la mañana de ayer en instalaciones de la Usina del Arte, Moretti se hará presente en todas las exhibiciones de sus películas (¿será eso posible?), incluyendo una de Habemus Papam al aire libre, en Plaza Francia. Además se presentará un libro dedicado a su obra.
Además de la presencia del genial realizador de Palombella rosa, el Bafici –organizado, como de costumbre, por el Ministerio de Cultura de la Ciudad y con apoyo del Incaa– incluirá otras actividades. Cuatrocientas películas entre largos, medios y cortos, por ejemplo, como ya es tradicional. Más de cien estrenos mundiales y otro tanto para los latinoamericanos y sudamericanos. Treinta y dos sedes, si a las tradicionales (se sigue incluyendo al Gran Rivadavia de Floresta y, obviamente, sigue faltando la Lugones) se les suman los espacios culturales barriales que proyectarán cine gratuito (queda por ver cuál será la programación). Esos espacios son el Adán Buenosayres de Parque Chacabuco, el Homero Manzi de Pompeya, el Julio Cortázar de Núñez, el Julián Centeya de Boedo y cinco más en sendos barrios porteños. A ellos se les agregan barrios carenciados como el Rodrigo Bueno, Los Piletones, la Villa 21-24 y cuatro más, en una iniciativa que si se lleva adelante con coherencia puede ser valiosa. Habrá Cine al Aire Libre en Plaza Francia, el Anfiteatro de Parque Centenario, la Plaza Martín Fierro y Patio Salguero, y además el Bafici se sumará a la programación de la Usina del Arte durante la segunda quincena de abril.
Con presencia del Ministro de Cultura de la Ciudad, Ángel Jorge Pititto (aka Ángel Mahler), el Presidente del Incaa, Alejandro Cacetta, y el Director Artístico del Bafici, Javier Porta Foux, cupo a este último presentar la programación de esta edición Nº 19. La película de apertura será la germana Casting, que viene de ganar el premio Teddy (el destinado a la diversidad sexual) en la última edición de Berlín. El cierre quedará para el documental L’Opera de Paris, del suizo Jean-Stéphane Bron, a quien el Bafici le dedicó un foco tres años atrás. Entre una función y otra, el despliegue del festival, que en Competencia Internacional presentará más óperas primas que nunca: la mitad más una. Más cifras: siete películas latinoamericanas sobre un total de veinte a concurso, igual número de cineastas mujeres y cinco estrenos mundiales, lo cual representa un record para el festival. Las competidoras argentinas son El candidato, de Daniel Hendler (coproducción con Uruguay) y dos óperas primas: Hoy partido a las 3, de Clarisa Navas (sobre fútbol femenino) y Una aventura simple, de Ignacio Ceroi, que se anuncia como “una de aventuras”.
Seis óperas primas que habrá que descubrir, entre las quince a concurso en Competencia Argentina. Las que tienen antecedentes son Vergel, esperado opus 2 de Kris Niklison, realizadora de la magnífica Dilettante; Cícero impune, lo más nuevo de José Celestino Campusano, que desde hace unos años estrena indefectiblemente en Mar del Plata y el Bafici; Una ciudad de provincia, de otro “abonado” del festival porteño, Rodrigo Moreno (El custodio, Reimon); La vendedora de fósforos, lo siguiente de Alejo Moguillansky luego de El escarabajo de oro; El Pampero, de Matías Lucchesi,  realizador de Ciencias naturales, que presenta la reaparición de Julio Chávez en un papel protagónico, y Otra madre, regreso del cordobés Mariano Luque luego de la premiada Salsipuedes. Este será el segundo año para la Competencia Latinoamericana, que presenta apenas nueve títulos, uno de ellos argentino (la cordobesa La película de Manuel) y otro argentino-paraguayo (Un suelo lejano).
Habrá focos dedicados al estadounidense Alex Ross Perry, el portugués António Reis, el alemán Heinz Emigholz y el francés Stéphane Brizé, todos ellos (salvo Reis, que ya no está en este mundo) con presencia de los realizadores. Perry, autor de la no  estrenada Queen of Mars y la sí estrenada Analizando a Philip, es uno de los realizadores indie más consistentes del nuevo cine estadounidense. El de Reis puede ser todo un descubrimiento, teniendo en cuenta que se lo considera un realizador influyente sobre quienes lo sucedieron. Presentado en 2004, Emigholz vuelve al Bafici, con cuatro películas, estrenadas en la última Berlinale. Brizé, realizador de El precio de un hombre (2015), trae dos filmes, uno de ellos Une vie, muy bien recibido en la última edición de Venecia.
El precio de la entrada general es de $45 y $30 para estudiantes y jubilados. Las entradas se venderán en todas las sedes (con excepción de Fundación PROA, a partir del 20 de abril.
Las charlas en el Auditorio El Aleph y en el Microcine del Centro Cultural Recoleta y las proyecciones al aire libre son gratuitas y no requieren retiro de entradas. Son por orden de llegada y están sujetas a la capacidad de cada espacio. Para las proyecciones, charlas y eventos gratuitos en el resto de las sedes sí hay que retirar tickets. Se entregarán hasta dos entradas por persona. Para las clínicas profesionales en la Usina del Arte y el taller de Baficito en el Centro Cultural Recoleta, se requiere inscripción previa en www.buenosaires.gob.ar/festivales.

"Hambre de poder" - John Lee Hancock

Hambre de poder retrata las contradicciones de Ray Croc, el creador de McDonald’s

Paradojas del capitalismo y sus reglas

Aunque en su primera parte el film parece encaminado a volver a vender el “sueño americano”, el director John Lee Hancock expone la crueldad, el oportunismo y la ambición del hombre y a un sistema que tolera la rapiña y las trampas por sobre el trabajo y la honestidad. 


Teniendo en cuenta el papel de herramienta de penetración cultural y comercial con que muchas veces se utiliza al cine, no es raro que una película sobre los orígenes de la cadena de comida rápida McDonald’s y el hombre tras su crecimiento pueda generar suspicacias. Como Ray Croc –ese hombre, paradigma del self made man–, Hambre de poder representa una metáfora que puede aplicarse tanto al capitalismo, sus valores y mecanismos, como a Estados Unidos, su principal promotor. Dirigida por John Lee Hancock, la película retrata el ascenso de Croc en el mundo de los negocios, cuando con poco más de 50 años pasó de simple viajante de comercio a artífice de una de las marcas más exitosas del mundo. Una de esas que, junto a Coca-Cola, Nike, Apple o Marlboro (ahora ensombrecida por las políticas antitabaco) lograron convertirse no sólo en la crema de la heráldica comercial de Estados Unidos, sino en mascarón de proa de la cultura del híper consumo global.
El relato comienza dándoles la razón a quienes abriguen sospechas. Durante la primera mitad, Croc aparece como un viajante convencido de que la voluntad es el motor del éxito, que recorre las rutas de Estados Unidos tratando de vender máquinas para preparar leches malteadas. Así llega hasta la hamburguesería que los hermanos Mac y Dick McDonald abrieron en 1948 en San Bernardino, California, donde conoce el sistema de fast food inventado por ellos. Maravillado por el concepto y la estética, Croc se ofrece a dirigir un sistema de franquicias que expanda la marca por el país. El alegato con que logra convencer a los hermanos de que sus Arcos Dorados pueden erigirse en un símbolo de reunión para todos los norteamericanos, junto con la bandera y la cruz cristiana, es el clímax de esa primera mitad en que la película amenaza con convertirse en una oda a los ideales del “sueño americano” y el American way of life.
Pero las diferencias entre Croc y los McDonald acerca de cómo llevar adelante el negocio acaban generando una brecha. Es ahí donde Croc muestra su otra cara, menos amable, en la que aquel idealismo se revela como mero discurso tras el cual se oculta un pragmatismo que pone a la rentabilidad por encima de las personas. Lejos del panegírico, en su segunda parte Hambre de poder expone la crueldad, el oportunismo y la ambición del hombre, y a un sistema que tolera la rapiña y las trampas (que no por contar con un soporte legal dejan de ser trampas) por sobre el trabajo y la honestidad. El relato deviene en paradoja acerca de la dificultad de retratar al capitalismo y sus reglas sin exponer los peligros de dejarlo librado al individuo y al laissez faire. Y tal vez no exista un actor más oportuno que Michael Keaton para ponerle cuerpo a esa ambigüedad y a la dualidad de un personaje con una historia como la de Croc.

Joâo Gilberto Noll

Murió el escritor brasileño Joâo Gilberto Noll

Una literatura dolorida

Uno de los autores más importantes de Brasil, autor de Harmada y Hotel Atlántico, entre otros, concibió una obra atravesada por la pulverización de la identidad y la errancia voluntaria. Obtuvo cinco veces el premio Jabuti, uno de los principales en lengua portuguesa.


Los dedos de Joâo Gilberto Noll pulsaban algo en el aire con una intensidad arrebatada, como si estuviera en el preámbulo de un concierto, a punto de tocar una pieza de su amado Bach. “No hay sentimiento más poderoso para la escritura que el de la elevación”, decía el escritor brasileño –que murió el lunes, a los 70 años, en su casa de Porto Alegre– con una dicción que preservaba la modulación sintáctica de su formación en el canto lírico; unas cuerdas vocales que se aceitaron en público al compás del “Ave María” de Schubert. A la vera del sinuoso camino de la existencia, un muchacho gaúcho, que entonces tenía 18 años, descubrió su vocación después del ramalazo que significó haber leído a Clarice Lispector. Locura, fascinación, convite a la libertad. La necesidad de ser escritor comenzó a flotar en el firmamento. El periodista desempleado que fue a los treinta y pico decidió encerrarse durante siete meses para escribir. El resultado de esa clausura y escritura frenética fue El ciego y la bailarina (1980), su primer libro de cuentos. El impacto que generó en la crítica y en los lectores fue creciendo novela tras novela, desde Bandoleros, pasando por Hotel Atlántico, Harmada, A cielo abierto y Lord, publicadas por Adriana Hidalgo. El tópico de la pulverización de la identidad, el viaje y la errancia tan voluntaria como incesante en busca de lo desconocido, un único personaje sin nombre ni atributos, el timón de un lenguaje poético construido con frases largas, atraviesan el universo narrativo de uno de los escritores contemporáneos más importantes de Brasil.
La literatura de Noll –reconocida en cinco ocasiones con el Premio Jabuti, uno de los más importantes en lengua portuguesa– abreva en la tradición de la introspección de Lispector, con la crudeza urbana de Rubem Fonseca, pero a su manera, con un estilo tan excéntrico como inclasificable, con más oraciones coordinadas que subordinadas; una sintaxis de extensión fluida y copiosa que manifiesta la urgencia en la deriva y el vagabundeo, como si el narrador necesitara decir todo al mismo tiempo para postergar el punto gramatical. Que es como aplazar la muerte o intentar retardarla. También se percibe la estela de la metafísica y del existencialismo, Jean-Paul Sartre y Albert Camus; algo de la prosa corrosiva de Thomas Bernhard y la descarnada filosofía de Samuel Beckett. El escritor -que nació el 15 de abril de 1946- tocaba el piano para acompañar el canto lírico durante su infancia. A los 15 años tuvo una fuerte crisis, que coincidió con el descubrimiento de su homosexualidad. Vivió en Río de Janeiro entre 1969 y 1986 y fue colaborador en los diarios Folha da Manhâ y Última Hora. El escritor y sus fantasmas de Ernesto Sabato fue “un libro primordial en mi vida de escritor para un chico que estaba fascinado con el existencialismo sartreano”, comentó Noll en septiembre de 2011, en el III Festival Internacional de Literatura Filba, en una de sus visitas al país.
“La literatura existe porque el sentimiento humano es muy insuficiente –planteaba a PáginaI12–. El ser humano coloca el lenguaje delante del mundo, o sea la invención, los mitos. Para Fernando Pessoa, el mito es ‘el todo que es nada’. La sensación que tengo es que con la invención estamos construyendo ese vacío pleno. Esta es la esencia de mi ficción: la necesidad de construir mitos para simular una presencia alentadora en este vacío existencial en que todo hombre está agobiado. Soy un escritor metafísico, pero me sentí muy culpable porque vengo de una generación con una fuerte formación marxista. Escribo porque me voy a morir y pienso que eso es una cosa horrorosa. Empecé a publicar en la década del ‘80, en un momento de la caída de las utopías. Si alguien quisiera analizar mis libros desde el canon político-ideológico, mi protagonista representa ese vacío de referencias éticas. Soy hijo de ese vacío”. La primera novela que se tradujo y publicó en Argentina fue Lord (2004), en la que un escritor con siete novelas publicadas –suerte de alter ego del propio autor– viaja a Gran Bretaña, invitado supuestamente para dar una serie de conferencias, aunque nunca queda claro cuál es el motivo de ese viaje. No sabe mucho más del asunto y tampoco parece importarle demasiado una vez que está en Londres. El personaje más que caminar por la ciudad parece andar a la deriva, sin rumbo ni brújula, sin anclajes que lo hagan detenerse en alguna parte y reposar. 
“Mi narrativa es mucho más metafísica que psicológica. En mis protagonistas hay un deseo de fundirse, de ahogarse en todo y en todos en la ciudad. Y al mismo tiempo que hay una atracción visceral por el otro como vehículo de transformación, aparece la necesidad de la disolución”, afirmaba el escritor que publicó 18 libros y algunas de sus historias han sido llevadas al cine, como las novelas Hotel Atlántico y Harmada, dirigidas por Suzana Amaral y Maurice Capovilla respectivamente. “Me interesa expresar la crisis de este momento, y en ese sentido mi obsesión está en lo que llamo la ‘amnesia cultural’, la falta de memoria. Nuestra época está signada por el temor al Alzheimer, una enfermedad contemporánea que genera mucho miedo. Pero al mismo tiempo estamos sometidos por el instantaneísmo, el mundo rápido, ágil, simultáneo, y creo que para prevenirme de esto intento inocularme una vacuna contra este mal que nos está destruyendo”. 
Noll aclaraba que no tenía un programa literario porque escribía con el inconsciente. “Nunca sé cómo van a terminar mis libros. Si lo supiera, no escribiría. ¿Para qué? Es el lenguaje que me guía; tiene un valor estructurante, produce el sentido y un tema. Comienzo a estructurar mis novelas a partir del lenguaje. Por eso no tenía programado hacer una obra que tratase de un mismo personaje.   Escribo porque tengo una dificultad muy grande con la comunicación; mi literatura se hace desde esa dificultad –reconocía el escritor–. Mi estilo viene justamente de esta imposibilidad de la comunicación; es un estilo con una sintaxis muy dolorida”.

SERIES : "Supermax"

Entrevista a Cecilia Roth, que estrenará Supermax por la TV Pública

“Hay una cultura televisiva homogeneizada”

A partir del próximo martes, la actriz participará de un thriller psicológico que tendrá como eje un reality show extremo. Se trata de una coproducción internacional con un notable elenco iberoamericano. Roth señala que la historia encierra una crítica a la TV actual. 


Cecilia Roth no esconde su satisfacción. Sentada en un pequeño sillón de La Cúpula del Centro Cultural Kirchner, la actriz disfruta estar presentando Supermax, la ficción que el martes a las 22 estrenará la TV Pública. “Es un proyecto muy ambicioso”, subraya, inmediatamente, para dar cuenta de que se trata de una coproducción internacional de la que participan la brasileña Globo, la mexicana TV Azteca, la española Mediaset y la TV Pública argentina. Sin embargo, la verdadera razón de su felicidad, confiesa, es haber vuelto a trabajar con Daniel Burman, que la había dirigido en El nido vacío y que en la serie ostentó el crédito de creador y director. “Daniel es de esos directores a los que uno se entrega con confianza, muy creativo y del que surgen experiencias enriquecedoras. Por eso fue que cuando me llamó para contarme del proyecto, acepté sin haber leído guión alguno. Bastaron sus deseos como director para motivarme”, reconoce Roth, en la entrevista con Página/12.  
Supermax es un thriller psicológico. La actriz interpreta a uno de los ocho participantes de un “reality show” extremo: hombres y mujeres deben sobrevivir a todo tipo de pruebas inhumanas, encerrados en una cárcel de máxima seguridad. Un animador que huele la sangre, y un productor sin escrúpulos, disparan la acción de una trama en la que todos ocultan un pasado que los depositó en ese misterioso y cruel lugar. “Es una trama que ahonda no sólo en las acciones a las que son sometidos los personajes, sino en la cabeza de cada uno. La historia fluctúa entre dos espacios: el que se cuenta y el que subsiste en la mente de cada personaje. Incluso en dos tiempos, porque hay un pasado oculto que intenta emerger, y lo hará paulatinamente. Supermax tiene mucho de policial de suspenso”, subraya la actriz, que vuelve a la pantalla chica tras haber interpretado a la esposa de Arquímides Puccio en Historia de un clan.
Junto a Roth, los españoles Santiago Segura y Rubén Cortada, los argentinos Antonio Birabent, Laura Novoa, Juan Pablo Geretto, Alexia Moyano y Guillermo Pfening, el uruguayo César Troncoso y la brasileña Laura Neiva, conforman el elenco iberoamericano de Supermax, que en la TV Pública tendrá su estreno mundial, cada martes. Roth cree que ese intercambio de tonos y modos iberoamericano enriquece la propuesta. “Hay –detalla– una mixtura de acentos españoles que le aporta una sonoridad particular a la ficción. Es la primera producción en español de Globo TV, lo que también le otorga al proyecto una relevancia mayor, ya que puede ser el inicio de un camino muy necesario para la producción audiovisual. Globo está empezando a investigar cómo es trabajar en español y con productores de diferentes países. Supermax es un bicho de laboratorio audiovisual que esperemos que de sus frutos.”
  En Supermax Roth interpreta a Pamela Dalmaso, una mujer que –como el resto de los personajes– parece estar en una condición extrema, al punto de creer que en esa cárcel de encierro “está acompañada” por alguien que la trama irá revelando. “Es –define la actriz– una psicótica, vive una realidad paralela a la que viven todos. No es que una opaca a la otra, sino que conviven. Es un personaje con una patología grave, producto de alguna situación que tuvo en el pasado y que le generó un trauma tal que la terminó psicotizando. Todos los personajes son distintos. Todos los locos son distintos, y todos somos un poco locos. Nadie puede dar fe de su normalidad. En un capítulo de Mujeres asesinas había hecho a una celópata, que imaginaba una realidad que no era, pero debo confesar que esta Pamela llega más lejos en su enfermedad.”
–Supermax narra una ficción sobre un reality show. Es paradójica, a la vez que buscada, esa idea, teniendo en cuenta la vida actual, donde las fronteras entre lo real y lo ficcional parecen diluirse. 
–Vivimos en una suerte de Gran hermano. Somos una sociedad vigilada. No sé cómo va a recibir el público a la serie. Es una trama que tiene un anclaje en la realidad que vivimos, pero esta cosa de estar las 24 horas del día vigilados genera en los televidentes el morbo de estar viendo aspectos del ser humano que no quieren que se vean. Aún cuando el reality show sea una ficción, el morbo aparece. Los reality shows tuvieron tanto éxito porque muestran al ser humano sin ningún tipo de filtro cultural, y en general se ve lo peor de todos nosotros. Somos una sociedad que naturalizó el espionaje, el ver lo que los otros no quieran que veamos. Hay una idea que se extendió últimamente en la TV, y que los reality shows estimularon, que es esa cosa de perder la conciencia de que estás siendo filmado. Hoy, al igual que los personajes de Supermax, todos somos filmados y vistos.   
–¿Cree que en Supermax hay una crítica solapada a la televisión actual?
–Absolutamente. La televisión cada vez más se parece a un reality show. Ya no hay tanta distancia entre los géneros en la pantalla, como la había antes. Al haber menos ficción, hay una cultura televisiva homogeneizada. Incluso, los programas periodísticos o políticos son un poco reality shows. La atracción de esas propuestas hacen pensar un poco en el formato de reality: los televidentes saben qué ideología determinada tiene cada panelista, qué va a defender cada uno y qué no, hay una búsqueda de que surja lo instintivo por sobre lo reflexivo... Hay menos ficción...Hay muy poco trabajo en Argentina, y no sólo lo sufrimos los actores.  Pero la televisión está cambiando.
–¿Y eso es bueno?
–¡Es de terror! No sé si la palabra es “terror”, pero no creo que sea algo positivo. Con la aparición de tantas series fuera de la TV, que uno puede elegir ver a la hora que quiera y dónde quiera, la televisión ha dejado de ser la herramienta del encuentro familiar. La televisión perdió el poder de unir a la familia viendo el programa favorito. La baja de rating muestra eso.
–La pregunta es si la TV pierde audiencia por las otras plataformas de entretenimiento hogareño o si lo hace porque no ofrece contenidos interesantes...
–El mundo está cambiando. La manera de comunicarse se transformó. Y la TV, que antes amalgamaba, ya no lo hace. De ninguna manera. Tiene que ver con la aparición de nuevos modos de comunicación... o de incomunicación. 
–Las redes “antisociales”.
–En las redes sociales cualquiera puede decir cualquier cosa y uno no sabe quién es el que está detrás de ese mensaje. Mi hijo tiene 17 años y no ve televisión. Está con la compu y el teléfono viendo cosas, pero no enciende la tele. No le interesa. Los chicos están horas frente a una pantalla, que forma sus ideas y sus opiniones. ¡Ni hablar! Da miedo eso pero uno no puede controlar todo. 
–¿Tiene una mirada pesimista sobre la sociedad?  
–Los vínculos sociales son lo más importante. La familia y los amigos son, en cierto modo, lo que somos. La vida está hecha de las relaciones que entablamos. La vida es conocer al otro, descubrir nuevos lugares, transitando la realidad palpable. No creo que los vínculos digitales puedan reemplazar a los presenciales. Es una época en la que confundimos mucho el conocer al otro. Creemos conocer a mucha gente porque la seguimos o nos seguimos en Facebook o en Twitter. La gente cree conocerse mucho y no se conoce nada. ¿Uno puede ser amigo de 3 mil personas porque te siguen en Facebook? Cuando éramos chicos nos preguntábamos si podíamos ser amigos. 
“¿Puedo ser tu amigo?”, nos decíamos, mirándonos a los ojos y con cierto pudor. No hay click que reemplace ese momento. 
A Roth se la puede ver habitualmente sobre el escenario de cualquier teatro o en cualquier pantalla. De larga y reconocida trayectoria, la actriz es una trabajadora a la que los directores –sean argentinos o españoles– acuden con cierta garantía. Pero también se la puede encontrar defendiendo ideas o posturas sobre la realidad argentina en un lugar con menos brillo pero no por eso menos importante: la calle. Sin ir más lejos, Roth participó de la marcha del viernes pasado, al cumplirse 41 años del último golpe militar argentino. “Suelo ir a la Plaza cada 24 de marzo, porque es una fecha que me parece importante recordar, siempre. La democracia hay que defenderla todos los días, pero mucho más hay que ponerle el cuerpo en el aniversario del golpe”, subraya, con una naturalidad cívica que probablemente sorprenda a quienes piensan que a los artistas “no les conviene” expresar públicamente sus ideas. 
–¿Nunca abandonó su compromiso social?
–Siempre he sido muy transparente y me he expresado sin ningún tipo de incomodidad sobre las cosas en las que yo creo. Tengo mi posición política, mi postura sobre lo que nos pasa y sobre temáticas que siento que me interpelan como ciudadana... Marché también el 8 de marzo en el Encuentro de Mujeres... Siempre me expresé y sigo pensando que debo hacerlo.
–¿No cambió su postura después de que algunos señalaran que estaba mal que los actores opinaran sobre política?
–¿Cómo iba a cambiar? Lo que pasa es que empezó a haber un exagerado interés de cierto periodismo sobre lo que pensábamos los artistas. Hubo cierta búsqueda de armar quilombo, con una lógica más amarillista que periodística. Eso llevo a que nuestras posturas perdieran potencia y seriedad, porque comenzaron a convertirse en un “chisme”. Cuando leo “La grieta de los actores”, me causa gracia. Hay diferentes posiciones sobre la vida, como hubo siempre. En Argentina siempre ha habido “grietas”, aunque no se usara esa palabra. Hubo “unitarios” y “federales”, River-Boca, qué se yo... Forma parte de la Argentina, y no sólo de este país. No me parece serio el tratamiento. Hubo situaciones que se desprendieron de esa “grieta” como lo que sucedió con Sagai, en donde actores acusaron falsamente a otros colegas sobre el manejo de fondos... Es jodido, no es enriquecedor y prodice situaciones desagradables, como que Pablo Echarri no esté haciendo en Telefe la serie sobre Sandro. Es jodido que por pensamiento político uno pueda estar en una lista negra, o pueda ser peligroso... De Pablo dijeron que su presencia dividía la pantalla... Es hasta ingenuo.
–¿No cree que por sus posiciones, o por ir a la marcha del 24 de marzo, pueda sufrir algún costo artístico?
–No me importa si sufro costos. Y no tengo la menor duda de que los sufro. Lo tengo clarísimo. Pero no voy a dejar de ser quién soy. No quiero que me utilice nadie, pero no voy a ocultar mi pensamiento. Estamos en libertad. De eso se trata la libertad y la democracia. Sin dudas tuve, tengo y tendré costos. Es así. ¿Qué se va a hacer?

jueves, 30 de marzo de 2017

"79, el ladrón que escribe poesías" - Gastón Brossio

Gastón Brossio, rescate y literatura

“Yo estaba en guerra”

Ladrón precoz, a los 35 pasó casi media vida en cárcel. Pero sacó de ella el tiempo libre para leer, escribir, estudiar y hasta presentar proyectos. 


Los dos balazos que recibió cuando tenía 17 años casi acaban con su vida. Le dejaron la mitad del rostro paralizado. Esa vuelta, antes de cruzarse con la policía, perseguía una de las camionetas que transportaban la recaudación de Correo Argentino. Estuvo dos meses internado en el hospital. Cuando volvió a la calle, no tenía pensado dejar de robar. Desde muy chico había aprendido: a los 9 entró a un local de ropa deportiva por la noche y se llevó todos los buzos y pantalones que pudo. Para Gastón Brossio no había otro modo de seguir. Esquivó a la policía hasta los 20, cuando cayó preso. Pasó más de 14 años en cárcel hasta que salió en septiembre pasado. Fue una sola “equivocación”, como él la llama, la que torció el rumbo de su vida: la escritura.
“Nunca había leído un libro. En los ‘buzones’ leí mi primero, una vez que estaba guardado por mala conducta. Buenos días Espíritu Santo, de Benny Hinn”, recuerda Gastón cebando un mate cargado de azúcar en el departamento que comparte cerca del cementerio de Chacarita. “La ventana que tenía daba a otra celda. De ahí un pibe al que nunca le vi la cara me palomeó el libro. Ese libro me hizo re llorar. Lo primero que reflexioné fue cómo un libro, con simples letras, podía causar emociones. Ahí me dispuse a leer, a leer, a leer. Tenía 21, hacía menos de un año que estaba preso.”
Gastón comenzó a prepararse: quería convertirse en escritor. Terminó el secundario en la cárcel y lo trasladaron al penal de Devoto. Siguió estudiando en el Centro Universitario Devoto (CUD), dependiente de la UBA, que funciona allí. Hoy le faltan siete materias para la Licenciatura en Filosofía y Letras, y cuatro para la de Administración de Empresas. Desde que salió de prisión trabaja corrigiendo textos para ciegos en Filosofía y Letras de la UBA, y presentó un proyecto al Estado para financiar la construcción de una sede del CBC en Fuerte Apache, barrio donde se crió.
En prisión, el CUD le había dado la posibilidad de “liberar su alma”: tenía al menos una hora por día para sentarse solo ante una computadora. Escribió cinco libros y todas las canciones del disco Sin cadenas en la mente, de la banda Portate Bien, formada en la cárcel de Devoto. Con la plata que ganaba en la fajina diaria pagó la edición de su libro 79, el ladrón que escribe poesías (Tren en Movimiento). En agosto de 2015, cuando ya podía “salir de transitoria”, lo presentó en la Sala Borges de la Biblioteca Nacional.
Los versos de ese libro recorren un sendero autobiográfico que desnuda la violencia institucional, el desamparo y las poesías malditas como camino de redención. “Llegar a los poetas malditos para mí fue entrar en otra forma de inteligencia. Artaud, Rimbaud, Baudelaire, Poe. Son otra forma de lucidez –asegura Gastón–. Como William Blake, Rembrandt o Van Gogh. Todos han sufrido mucho en su vida, y yo creo que la escritura es diez por ciento inspiración y noventa por ciento transpiración. Siempre escribí desde mi sufrimiento.”
A los 15, cuando ya era un ladrón consumado, Gastón Brossio formaba parte de “la banda de Rosendo”. Cayeron bajo cargos de homicidio, robo y tenencia de armas de guerra. Dos de sus compañeros, de 16 y 17 años, fueron los primeros pibes condenados a cadena perpetua en el país, en una sentencia luego revocada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Cinco años después, él fue condenado por “homicidio en ocasión de robo”: 23 años de prisión que logró reducir a 15 a partir de su buena conducta y los estudios dentro de la cárcel.
“Yo hice muchas cosas malas, más que algunos. También se me murieron muchos amigos. Cosas reales. Y si con todo eso malo que hice y que me pasó hoy puedo hacer cosas buenas, ¿por qué otro no? Yo estaba en guerra con el estado, con la yuta, y a fin de cuentas vivimos todos en el mismo barrio. En esa guerra yo pude salir y comprender que el enemigo es otro, uno más grande. Seguir hablando de bajar la edad de imputabilidad es seguir diciendo que la violencia se frena con más violencia, que el hombre es lobo del hombre, y a mí lo que me permitió liberarme fue el arte. Yo soy un caso más para entender que la violencia no cura ni ayuda a nadie.”

"Shalom bombón" - Sofía Ungar

Ungar documentó la vuelta a Israel

El mundo de Sofía

En Shalom bombón, la joven documentalista registró las más candentes zonas israelíes hasta los pasillos de hotel. 

 


Taglit es un programa educativo cuyo objetivo es que los jóvenes judíos de todo el mundo puedan visitar Israel. Hace un par de años, cuando tenía 26, Sofía Ungar se decidió a aprovechar este viaje y de él surgió Shalom bombón, su debut cinematográfico, filmado en Tiberias, Kineret, Tzafat, Jerusalem, los altos de Golan, Netanya y el Mar Muerto, zonas de altísima tensión geopolítica. Al inicio del film, mientras recorre con su grupo la barrera israelí de Cisjordania, Sofía confiesa que comenzó el viaje con idea de encontrar novio: “De alguna manera es un chiste, porque siempre se dice extraoficialmente que estos viajes están armados para que los de la colectividad formen pareja y se vayan a vivir a Israel”.
Sobre la filmación, cuenta que la empezó bastante comprometida, pero al final ya estaba agobiada. “Ya no podía filmar más. El viaje por un lado es un regalo, es casi gratis, pero está organizado por grupos sionistas: vos sabés a dónde te estás metiendo. Hacía un montón de tiempo que no vivía con mis viejos, además, y trabajaba pero no en relación de dependencia, así que me era raro estar todo el tiempo haciendo lo que me decían. Más allá del conflicto Palestina–Israel me interesaba mostrar qué pasa con los grupos: una manada siempre impone ciertos roles en las personas y eso me hacía sentir incómoda. También habrían surgido tensiones si hubiésemos viajado a España.”
A diferencia del cine documental que parte de una premisa o tesis, Shalom bombón es un viaje en primera persona y sobre una experiencia totalmente subjetiva: “Saco fotos y estuve viajando mucho sola por Perú, Tailandia, Vietnam, Cambodia, Malasia y Hong Kong, llevando siempre un diario personal con imágenes, y creo que todo eso encauzó en esta peli”, dice esta admiradora del cine de Jonas Mekas, Chris Marker o Andrés Di Tella. “Con ese tema del conflicto entre Israel y Palestina ni me meto porque es híper complejo. La mía es una aproximación más emocional. Mi mirada es la de una mujer viajando sola, no es normativa.”
Luego de muchas quejas y denuncias, cuando queda claro que no se puede resolver nada, al final Sofía y sus amigas Zoe y Marian se disfrazan y juegan un poco: “Me gustó mostrar un poco eso de que capaz nos ponemos ropa que está mal considerada, porque mostramos demasiado el cuerpo. Es una rebeldía mínima pero, en ese contexto en el que todo el tiempo nos decían qué hacer, fue una bocanada de aire fresco. Hay algo de empoderamiento, de tomar conciencia de que el único poder que teníamos en el viaje estaba en nuestros cuerpos. Ponerte una mallita y correr por los pasillos del hotel con la complicidad de otras era lo más liberador que podíamos hacer”, analiza Sofía. “Para mí el proceso artístico es lo más parecido a la fe que encontré. Pensé en la película como en poesía: hay imágenes que no se pueden explicar pero que resuenan en tu cuerpo.”

Microguagua

Microguagua, reggae callejero trasnacional

Yo quiero a mil banderas

Cuatro argentos, un paraguayo y un milanés se afirmaron en la Ciudad Vieja barcelonesa para montar un proyecto autogestivo de música libre y soberana.


Un día tocan en la estación de tren de Vicente López, luego en Berisso y después invitados por La Bomba de Tiempo en Konex. La gente advierte algo que le suena, como si su música remitiera a la memoria emotiva que el rockero promedio de Argentina atesora. Salvo un puñado de amigos, la mayoría ignora que no es un grupo de acá sino del más allá, de la otra orilla atlántica: Microguagua, sexteto que celebra sus diez años con una docena de shows por el área metropolitana de Buenos Aires y alrededores, se formó en el centro de Barcelona con músicos de distintos lares. El rote se llama Music Is My Occupation Tour por un motivo esencial: a pesar de tocar muchas veces a la gorra, Microguagua no es un hobbie sino la razón de sus vidas.
Se definen como “street power reggae”, formato que desplegaron con influencia de las procedencias personales, articuladas en una de las escenas callejeras más efervescentes del planeta, la de la “Ciudad Vieja” de Barcelona. Entre sus inspiraciones se entreveran Bob Marley, Mano Negra, The Clash y Los Fabulosos Cadillacs. Por Microguagua pasaron catalanes, brasileros y chilenos, aunque la columna hoy se vertebra con cuatro argentinos, un paraguayo y un cantante milanés, Francesco Casatta, que redescubrió sus raíces en esta insospechada excursión por el Río de la Plata: “Siento que italianos y argentinos somos muy parecidos en la forma de hablar, de mover las manos y hasta de comer”, apunta el Tano, como le dicen allá y, naturalmente, acá. “Yo soy del norte, donde todo es más ordenado, pero a Buenos Aires la veo parecido al sur, donde hay mucho descontrol… ¡y eso me gusta!”
Todo comenzó cuando Casatta empapeló el centro de Catalunya con carteles: “Músico italiano con canciones propias busca colegas para armar un grupo”. El primero que llamó, el guitarrista argentino Mariano de Ritis, arrimó a otro coterráneo, el bajista Luis Coti Raffatela. Microguagua nació con ese trío fundacional que primero tocó en calles, luego en salas y más tarde en teatros. Un espíritu urbano con aspiraciones profesionales y premisa rectora: “Cuando empezamos a llevar gente se acercaron agencias y mánagers, pero decidimos quedarnos en la nuestra –subraya Casatta–. Y descubrimos que fue la mejor decisión, porque si bien hay que ocuparse de cuestiones administrativas, entendimos que era la única forma de que el producto nos perteneciera”.
Hoy el conjunto cierra filas con el trombonista paraguayo Oscar Frutos y otros dos argentinos, el baterista Darío Alonia y el saxofonista Adriano Torregiani. “Esta mezcla de culturas es bien representativa de Barcelona, una ciudad cosmopolita”, sostiene el Tano. “Un lugar con mucha inmigración, sobre todo en el centro, donde la gente viene de otros países y se queda.”
El grupo acumula cuatro discos grabados y muchos sueños pendientes. Recorrer el mundo es uno, algo que experimentan en giras por toda Europa y que, después de la escala argentina, continuarán por Japón. Música plurinacional pero sin banderas, como debiera ser el arte siempre y no sólo en saludables excepciones como la imperdible Microguagua.

El combo free y los ocho monos

El combo free y los ocho monos

¡Calato ésta!

Como una nube de feedback y armónicos llega el cuarteto que convocó a ocho compositores para su nueva obra.


En el tramo de la sala de ensayo al restaurante peruano frente al Abasto, los cuatro Calato comentan detalles de la jornada de trabajo junto al compositor Federico Barabino: “Nos hizo afinar una guitarra en 440 hertz y otra en 438, cosa que al tocar la misma nota se genere una oscilación percusiva increíble”, dice el guitarrista Javier Areal Vélez. “Lo tremendo es el contacto ínfimo, estar frente a los amplis a todo volumen, soplando las cuerdas para hacerlas vibrar y generar acoples”, sigue su par Jorge Espinal. En medio de esa nube de retroalimentación, Agustín Genoud retuerce y expande su rol de vocalista, reproduciendo los armónicos que emana Pablo Verón al golpear una chancha y captar variadas resonancias con un micrófono, según la zona del parche a la que apunte.
Esta aventura sonora empezó a fines del año pasado, cuando Calato ganó la Beca Bicentenario para la Creación del Fondo Nacional de las Artes, con la que encargaron obras a ocho compositores argentinos. La idea decantó del propio movimiento del cuarteto, surgido a finales de 2010 como banda de improvisación explosiva y de reacción, hermana de los combos Coso y Ricarda Cometa. “La premisa era que fueran temas rápidos y cortos, no un cuelgue insoportable”, recuerda Agustín. En una segunda etapa, armaron partituras gráficas, abiertas, con las que trabajaron hasta registrar Swong (2016), su segundo álbum. Jorge: “Tocamos bastante la parte de impro, tres años de las partituras gráficas, y lo lógico era luego abordar ideas y enfoques que vinieran de afuera, como ahora: tenemos ocho métodos de acción completamente distintos a los que estamos acostumbrados”.
Quisieron abordar “compositores que fueran distintos entre sí, desde la edad hasta el enfoque”, resume Pablo. Ellxs son Cecilia Castro, Nicolás Varchausky, Fernando Manassero, Lucio Capece, Zypce, Leonello Zambón, Federico Barabino y Adriana de los Santos. “Gente que hace cosas que nos interesan”, dice Javier, y todos coinciden en que cada obra refleja la personalidad del autor. “La de Zypce es re performática: estamos cada uno con un celular y auriculares, y todos juntos le damos play a un mp3 por el que nos da indicaciones a cada uno”, adelanta. “Leonello está leyendo sobre capitalismo tardío y nos pasa un montón de información que estamos viendo cómo traducir a música. Armó un esquema con nueve movimientos, con títulos como Laberinto de call centers”, cuenta Agustín.
La obra de Capece se llama Nena, quiero ser tu Dave Lombardo y es tremenda: “Trece minutos en los que Pablo tiene que tocar semicorcheas en doble bombo sin parar”. Capace estudió el espectro de armónicos del bombo de Pablo y escribió líneas de voz y guitarra en esas frecuencias. La experiencia llevó a Calato a indagar en lugares por los que no habían reparado, en el mambo de la escucha y la tranquilidad, utilizando el silencio como un elemento más. Jorge: “Lo que hacemos es entrar con un sonido que en realidad ya está sonando”.

Las Kellies

Las Kellies animan el Ban Bang Fest

Las reformas de la forma

El femicombo riot se simplificó para Friends and Lovers, con algo así como la premisa de que menos adornos es más rock.


Después de seis giras por Europa y Estados Unidos, cada regreso de Las Kellies resulta bienvenido como las vueltas de esos amigos o familiares que, ajenos a esta guerra de nervios de cada día, traen algo simple e indispensable pero difícil de encontrar: un poco de buena onda y ganas de bailar, divertirse y celebrar que, al fin de cuentas, estamos vivos. Friends and Lovers, su nuevo disco, publicado hace un par de meses, es una obra minimalista, bailable y rockera: “En cierta forma es como retomar el camino de Shaking Dog, nuestro primer disco, editado independientemente en 2007. No en el sentido bailable sino como algo más rockero y simple a nivel composición”, cuenta Ceci Kelly, guitarrista y cantante de esta banda que será una de las animadoras del Ban Bang Fest.
Si luego del excelente Total Exposure (que derivó en el disco de remixes Dubby Exposure, producido en los estudios de Mouse On Mars) la banda parecía abrirse cada vez más a aprovechar su potencial groovero y bailable para explorar el dub, el hip hop y la electrónica, ese proceso derivó en un disco oculto aún inédito: “Se llama Sat Night Jam y es un disco lleno de sintetizadores y batas electrónicas. Algo muy jugado, con un rumbo más hip hop, donde reinan los bajos y los grooves de batería, y hay muchos silencios. Por ahora está oculto, pero algún día saldrá”.
A diez años de su primer disco, tienen en Friends and Lovers otro álbum luminoso. Y a esta altura está claro que la simplicidad de la banda, que acaba de tocar en Texas en el festival SXSW, es su principal virtud. De hecho, casi no hay sintetizadores en el disco, que también fue producido por Iván Díaz Mathé (Nairobi). Los riffs que arman Ceci y Sil Kelly (una baterista precisa y maquinal que tocó con Daniel Melero) suenan más grooveros y rockeros que nunca, pero la sorpresa son las evocadoras melodías de Sundays, Summer Breeze o Tied To a Chain, cercanas al dream pop o al shoegaze. “Amamos las melodías, creo que desde Total Exposure venimos encarando ese camino melódico y de ensueño: Las Kellies siempre van tomando nuevas formas.”
El post punk también es una constante al hablar de una banda que tiene en su panteón otros grupos de chicas como ESG, Shonen Knife o Delta 5, y que abandonó sus berretines políglotas de intentar cantar en catalán, francés y castellano para hacer todos sus temas en inglés. “Componer letras en inglés es más fácil por la métrica del idioma. Muchas palabras son de una sílaba y eso ayuda mucho a componer rítmicamente las letras. El español es un desafío no sólo por el ritmo del idioma sino además por el contenido de las palabras. Hay muchas bandas que nos gustan que cantan en español, pero crecimos escuchando rock inglés”.

Madda Kali

Madda Kali y el machismo del rasta

“Por ser mujeres fue más difícil”

Con casi una década, la orquesta de reggaeras sobrevive mestiza, tiene disco nuevo y copa el circuito con cuidado.


Es 8 de marzo y allá afuera una horda de pibas empieza a marchar en repudio y denuncia a la violencia machista, los femicidios, la trata. En un café frente al Obelisco, desde donde se ve todo, Selva Rodríguez Méndez, cantante y saxofonista de Madda Kali, cuenta que muchas veces la cuestión de género les cerró puertas. “La cultura rastafari es muy machista, y pasó que no nos invitaran a un festival por ser un grupo de chicas. O a veces te toca un bolichero que se agranda porque somos minas, y te dan ganas de cagarlo a trompadas”, dice.
Madda Kali arrancó en 2008 con la idea de hacer reggae, pero escapándole –sí, se puede– al cliché de Marley. Aunque hoy son tres las que persisten en la base (Selva en voz y saxo, Lola Marco en bajo y Agustina Brizuela en batería y voz), al principio llegaron a ser diez mujeres, todas obsesionadas con explorar la raíz jamaiquina. Así llegaron a sus preferidos Barrington Levy, Gregory Isaacs y Rico Rodríguez. Empezaron como banda instrumental y con el tiempo sumaron cantantes. “Queríamos hacer reggae en castellano pero sin perder de vista la raíz”, explica Selva.
El álbum que están presentando se llama Vol. 1 y fue editado en forma totalmente autogestiva, con la plata que fueron ganando en las fechas, o sacando de sus bolsillos. Las canciones, que despliegan un reggae cadencioso y muy bien armado en la instrumentación, navegan por el roots, el new roots y el dub, con incursiones en el rocksteady y, ahora, el raggamufin. Mientras hacían el disco, que tiene de invitadas a Sara Hebe y Francia Herrera, las Madda Kali tocaron mucho en el circuito porteño y giraron por Uruguay y Brasil.
“Nunca fuimos por el lado de la coquetería. Mostramos el lado de la mujer guerrera, el respeto, el cuidado, la lucha, y eso a veces no les gusta a los hombres”, afirma Selva. Y avisa: “Por ser mujeres siempre fue más difícil, pero supimos ponernos en un lugar que nadie nos pueda pasar por arriba”.

"L’arlesiana" - Francesco Cilea

L’arlesiana, de Francesco Cilea, podrá verse mañana en el Teatro Roma, de Avellaneda

Obsesiones amorosas y parentela alterada

Tras dos intentos de presentar en la Argentina esta ópera del compositor calabrés, finalmente llegó la oportunidad con una puesta pensada como una película. “Abundan las manipulaciones y los abusos se dan de manera muy sutil”, asegura Boris, el director de escena. 


En un arco breve de tiempo, otro título de Francesco Cilea sube a escena en el ámbito local. Se trata de L’arlesiana, ópera en tres actos con libreto de Leopoldo Marenco, sobre el drama homónimo de Alphonse Daudet, que este domingo 31 a las 21 tendrá su segunda función en el Teatro Roma de Avellaneda (Sarmiento 109).
Después de Adriana Lecouvreur, título con el que el Teatro Colón abrió la temporada lírica 2017, el Roma también apuesta a una ópera del compositor calabrés. Otra historia intensa, de obsesiones amorosas y parentela alterada, que si por un lado calca hábitos y estructuras de la ópera romántica italiana –por ejemplo, servirse de un drama francés–, por otro presenta la particularidad de que la protagonista, la arlesiana, domina la historia sin aparecer en escena.
La producción del Teatro Roma contará con un elenco interesante. La mezzosoprano María Luján Mirabelli será Rosa Mamai, madre de Eduardo, el enamorado de la señorita oriunda de Arles, que será interpretado por el tenor Nazareth Aufe. Metifio, un boyero que asegura ser el objeto del amor de la arlesiana, será el barítono Mariano Gladic; y Vivetta, a su vez enamorada de Federico con el aval de la suegra, será la soprano Laura Polverini. Como Baldassare, un viejo pastor contador de cuentos estará el barítono Leonardo López Linares (Pol González actuará en la segunda función); como el hermano menor de Federico se presentará el tenor German Polon (Sergio Vittadini en la segunda función) y el bajo Alfredo Martínez encarnará a Marco, tío de Federico. La dirección escénica es de Boris, la escenografía de Zacaria Gianni, el vestuario de María Vucetich, las luces de Oscar Morali y el maquillaje de Amalia Repetto. 
Jorge Lhez es el director musical de esta producción, al frente de la Orquesta Sinfónica Municipal de Avellaneda y el Coro del Instituto de Música de Avellaneda preparado por Armando Garrido. “Asumo este estreno como hago con todo compromiso artístico, con la responsabilidad de presentarme frente a un público –dice Lhez en conversación con Página/12–. Y en este caso particular, con la expectativa de ver cómo este público recibe una ópera que nunca se había puesto en escena completa en la Argentina”.
L’arlesiana se estrenó en 1897 en el Teatro Lírico de Milán, por entonces propiedad del editor Sonzogno, con Enrico Caruso en el papel de Federico. En 1898 una revisión redujo los actos de cuatro a tres y más tarde, en 1937, Cilea le agregó un preludio. Dramáticamente eficaz y con algunas arias bellas, desde su concepción la música de Cilea compite indirectamente con la música de escena que Georges Bizet escribió en 1872 para el drama original en su versión teatral.
Hubo dos intentos de presentar en Buenos Aires este título poco frecuentado en la actualidad, como sucede en general toda la breve producción de Cilea. En 1949, una producción con Beniamino Gilgli, que tenía 61 años, no llegó a buen puerto, y en 1957, una huelga en el Colón la bajó de cartel. Para Boris –así, a secas, como se presenta este intrépido animador de la actividad lírica en el país–, la tercera será la vencida. “En Buenos Aires tenemos cerca de 40 o 50 títulos al año, pero pocas veces los teatros que tienen la posibilidad de producir una ópera con gran orquesta y coro, se animan con nombres que no conocemos”, comenta el director de escena y agrega: “Es necesario buscar la diversidad. Si no le demostramos al público que existen miles de obras y que para regresar a La Traviata, El Barbero de Sevilla o Carmen debemos hacerlo cuando amerita la presencia del artista ideal, estaremos haciendo un arte de repetición”.
–¿En qué dirección está pensada la puesta escénica de L’arlesiana?
Boris: –Imagino todo lo más crudo posible, porque no tenemos pudor ni reticencias ante las escenas escabrosas que propone este drama. Abundan las manipulaciones y los abusos se dan de manera muy sutil. Los personajes femeninos, incluso la arlesiana, a quien no veremos nunca, manipulan a sus hombres de todas las maneras posibles. Curiosamente, por “el bien” del otro. La puesta en general está pensada como una película, sin solución de continuidad, con sobretítulos en castellano y una duración de una hora cuarenta minutos.
Jorge Lhez: –En esta obra, en la que fácilmente se puede caer en la exageración dramática de algunos personajes, Boris es muy cuidadoso en conservar cada esencia, sobre todo en los conjuntos, y ese fino equilibrio entre los personajes, que tan bien logrado está en la partitura.
–¿Cómo se encuadraría respecto a otras óperas veristas de la época?
J. L.: –Creo que no hay tanta diferencia en el tratamiento verista de los personajes, con respecto a Leoncavallo o Mascagni. La música es tonal, intensa, con una veta melódica muy fluida y muy cercana a las características de cada personaje. Y hay algunos momentos en que su sonoridad y orquestación se acerca al sonido francés.
B.: –Si bien Cilea tiene un estilo muy propio, fue gran pianista y muy profundo orquestador, mantiene las claves del verismo. El lenguaje resulta más ramplón que poéticamente elaborado, y las escenas son breves y contundentes. Todo se resuelve rápido.
–¿Cuáles consideran los momentos más logrados de la partitura de Cilea?
J. L.: –Aparte del “Lamento de Federico”, que es lo más conocido, tenemos el bellísimo dúo de Vivetta y Federico en el final del segundo acto. También “Esser madre è un inferno”, el aria de Rosa Mamai en el tercer acto, un momento de un dramatismo profundo y visceral. Y por supuesto el dúo entre Baldassare y Federico, donde el viejo le da verdaderas lecciones de vida.
–¿Y lo más delicado? 
B.: –No llegar al incesto, aunque la música y las posibilidades pareciera que lo piden a gritos, pero hay elementos que quizá nos acercan mucho más. Es interesante reflejar cómo seguimos teniendo tabúes sobre ciertos temas, cosas de las que es difícil hablar. Y acá la relación madre-hijo es muy compleja. En el siglo XXI, hay hombres que viven con sus madres, en general por razones económicas, y tal vez no se llega a percibir que se crea un vínculo muy especial entre ellos. Esta ópera también habla de eso.

"Hipersomnia" - Gabriel Grieco

Hipersomnia, con Yamila Saud y Gerardo Romano

Realidades paralelas y pesadillas tangibles

Tras el paso en falso del debut con Naturaleza muerta, definida como “thriller vegano” (2014), el realizador Gabriel Grieco ajusta la puntería con Hipersomnia, donde cuenta con la ayuda en el guion de Sebastián Rotstein, coguionista y correalizador de la reciente Terror 5. La idea sobre la que trabaja este opus 2 de Grieco es la de las realidades paralelas, o la de las pesadillas demasiado vívidas –o las alucinaciones–, o la del doble. La abundancia de disyunciones no habla de un cualunquismo de guion sino de una ambigüedad bien manejada, en la que termina por no importar demasiado qué entidad tiene esa realidad otra en la que la protagonista ingresa cada vez con mayor frecuencia, sino lo que pasa ahí dentro. Que no se parece a un paraíso, sino más bien a lo contrario.
“¿Sabés cómo elegía Godard a sus actores?”, le dice el director de teatro Federico del Pino (Gerardo Romano) a la principiante Milena (Yamila Saud). “Los citaba en un bar, se sentaba en una mesa donde no podían verlo y los observaba, para ver cómo actuaban en la vida corriente.” Un par de minutos más tarde se retira y llega una chica (Sofía Gala), que le tira a Milena toda clase de ondas. Y no de palabra. El clásico tema de la manipulación de la actriz principiante por parte del director veterano pronto va a ceder el centro de la escena, cuando Milena despierte en un tugurio oscuro, no del todo igual a sí misma pero no del todo distinta, rodeada de un grupo de chicas vestidas con poco más que lencería y visitada por varios pesados de sórdido aspecto. En un primer momento cabe la posibilidad de que esto sea parte de un ejercicio teatral extremo urdido por Del Pino. Cuando los golpes dejan paso a un sádico torturador enmascarado, queda claro que no.
Con Nazareno Casero como el novio de Milena, Gustavo Garzón como un compañero de actuación no muy conforme con su nueva partenaire, Jimena Barón, Vanesa González, Candela Vetrano y Florencia Torrente como pupilas del prostíbulo, Daniel Valenzuela y el genial Chucho Fernández como los pesados, un eficaz Peter Lanzani como el “malo bueno” del lugar, una convincente Fabi Cantilo como madama y varios cameos de músicos de rock & pop (Juliana Gattas, Claudia Puyó, Daniela Herrero), las actuaciones de Hipersomnia son desparejas, pero las buenas pagan por las que no tanto. El verosímil está muy bien construido, cuando pudo haberse caído a pedazos. La idea de convertir súbitamente a las chicas en guerreras implacables, en cambio, tanto como la de ligar la película con la temática del secuestro y tráfico de personas en la Argentina suenan inconfundiblemente marketineras.

"Polina, danser sa vie" - Angelin Preljocaj y Valérie Müller

Polina, danser sa vie, de Angelin Preljocaj y Valérie Müller

Movimientos de una bailarina en el exilio

La ópera prima de los realizadores Angelin Preljocaj y Valérie Müller es un asunto matrimonial: además de ser marido y mujer, su largometraje intenta enlazar amorosamente las artes cinematográficas y las de la danza. Bailarín y coreógrafo con una prestigiosa carrera en su país, Preljocaj parece haber aportado no sólo las coreografías sino, esencialmente, un punto de vista personal sobre la maduración técnica y creativa de la protagonista; Müller, a su vez guionista, tomó como punto de partida una novela gráfica para construir un tradicional arco de ascensos y caídas artísticos y humanos. El extenso prólogo que abre el relato recorre los primeros años de la pequeña Polina –una niña de unos ocho años, primero, adolescente después– enfrentada a sus propias limitaciones y a un rígido profesor (interpretado por el ruso-polaco Alekséi Guskov), mientras se prepara para el examen de ingreso del ballet del Teatro Bolshói.
Esa primera media hora de Polina, danser sa vie resulta ser lo mejor del film y encuentra en la debutante Anastasia Shevtsova un rostro lo suficientemente delicado y, al mismo tiempo, potente, como para llevar adelante este relato de crecimiento con convicción. Los paisajes nevados de la Rusia post comunista son reemplazados por las algo más cálidas vistas de París, hacia donde parte Polina –acompañada por su novio francés– para iniciar una nueva vida, cambiando el rigor del ballet clásico por los movimientos más libres –pero no por ello más sencillos– de la danza contemporánea. A partir de ese momento, Preljocaj y Müller hacen derivar la historia hacia un convencional retrato sobre las dificultades cotidianas de una ballerine que no logra encontrar su lugar en el mundo (del baile). Separada de su pareja y con problemas de dinero, deberá aceptar un trabajo como mesera, al tiempo que la relación con sus padres se sostiene gracias al tendido de cables telefónicos.
Los realizadores intentan por diversos métodos diluir ese convencionalismo del relato (las dificultades a la hora de encontrar un modo creativo propio y artísticamente efectivo, la relación con la comprensiva pero inflexible profesora encarnada por Juliette Binoche, la dura realidad de la vida en un nuevo país) con una puesta de cámara y montaje elusivos, escapándole asimismo a algunos de los momentos de mayor intensidad y destacando, en su lugar, la descripción de situaciones aparentemente más triviales. Excepto, por supuesto, las instancias de baile, que rozan las zonas del musical tradicional sin entrar de lleno en él. Hacia el final, el círculo se cerrará de manera previsible y esperanzada, confirmando que Polina está más cerca del cuento de hadas hiperrealista que del drama íntimo de una bailarina en el exilio.

"El otro hermano" - Adrián Caetano

El otro hermano, lo nuevo de Adrián Caetano

La crueldad bajo el signo del dinero

El director de Un oso rojo vuelve a las primeras ligas con esta película basada en la novela Bajo este sol tremendo. Leonardo Sbaraglia y Daniel Hendler encabezan un elenco notable, que enriquece la historia que transcurre en un pueblo semidesértico. 


“¿Cuánta guita hay?”, pregunta Danielito. “Más de la que viste en toda tu vida”, responde Duarte, con sonrisa casi lujuriosa. Guita, guita, guita. Todo es cuestión de guita en El otro hermano, regreso con gloria de Adrián Caetano, tras unos años de andar medio perdido. Todos parecen estar detrás de la guita en la desolada, reseca y herrumbrada Lapachito. Si algunos la tienen son otros, fuera de cuadro. ¿El intendente Morales, tal vez, que aparece sólo en los carteles y tiene ese apellido posiblemente inadecuado? ¿Será otro intendente de Itatí este intendente de Lapachito? Lo cierto es que allí donde otro cartel promete la construcción de un Polo Científico de Lapachito, no hay nada que no sea polvo, baldío y pedrusco, así que muy cumplidoras las autoridades del lugar no parecen. Pero a nosotros nos interesan Duarte, Danielito, su padre muerto, su madre viva, Cetarti y su madre y hermano muertos. La población de El otro hermano, la película que, basada en la novela de culto Bajo este sol tremendo trae de vuelta a Adrián Caetano a las primeras ligas, tan hiriente como un chorro de ácido sobre el capó de un auto viejo.
La novela del chaqueño Carlos Busqued transcurre al borde de la selva nordestina. La película que Caetano coescribió (apenas disimulado bajo el nombre I. A. C. Suparregui) junto a Nora Mazzitelli (proveniente de la televisión) reconvierte el ambiente en un semidesierto, filmado en la provincia de Buenos Aires pero ubicado, en términos ficcionales, en la misma zona. Calor, transpiración, agobio. ¿Por qué no mantener el título de la novela, que tiene atracción, misterio y responde perfectamente al clima de la película, en vez de remplazarlo por este soso El otro hermano, carente de resonancias? Hasta el lugar llega Cetarti (Daniel Hendler), llamado por Duarte (Leonardo Sbaraglia, quien viene de recibir un premio en el Festival de Málaga por este papel), que le avisó que el amante de su madre la mató de un escopetazo, a ella y a un hermano con el que Cetarti tenía poco contacto, y después se suicidó. Desempleado (“¿Renunciaste a un empleo público? Debés ser el único tipo en el mundo que hace eso”, se asombra el truchísimo Duarte) y dedicado full time al arte de fumar porro, Cetarti no parece demasiado conmocionado con el doble crimen. Aunque ver los cráneos reducidos a cenizas rojas por los escopetazos desde corta distancia no le resulta tarea fácil. La fauna de El otro hermano está compuesta por tres clases de especímenes: los crueles, los indiferentes y los que pueden dejar de ser indiferentes para volverse crueles.
Algo así como el “poronga” del lugar, Duarte, suboficial retirado de la Fuerza Aérea, vive haciendo toda clase de chanchullos. Uno de ellos es el cobro del seguro de la madre y el hermano de Cetarti, para repartir entre el recién llegado, obviamente él y lo que él llama “las palometas”, que son los que perciben los “diegos”. Claro que al mismo tiempo Duarte es el albacea de Molina, el suicidado, que también era suboficial retirado. Otro egregio representante del comercio local es el chatarrero, que compra y vende lo que sea, desde viejas revistas Selecciones del Reader’s Digest hasta autos hechos pelota (Pablo Cedrón está genial, como varios otros integrantes del elenco). Otra rama comercial que Duarte practica es la de los secuestros, usando como ayudante a Danielito (Alian Devetac, otro de los geniales) y violando eventualmente al secuestrado, aunque se trate de un Down. Un par de planos solitarios sobre la viuda de Molina (Angela Molina, reconvertida en una anciana), engañada durante años con la otra mujer, generan una súbita, inesperada piedad para con ella. En el papel de la segunda secuestrada, una descompuesta, desesperada Alejandra Flechner es la tercera genia de la lista. Con ella la película termina de hacer un giro en U que la deja ante las puertas mismas de lo goyesco.
Lo del giro en U es deliberado, ya que El otro hermano recuerda mucho (con menos dosis de grotesco) esa otra temporada en un hades de provincias que fue Camino al infierno, de Oliver Stone (U-Turn, 1997). A su vez, la naturalización del secuestro en el contexto de una vida más o menos familiar, ahora con el debido siniestro, no sólo dialoga sino que en verdad corrige El clan, de Pablo Trapero. Otra película reciente con la que El otro hermano dialoga es El ciudadano ilustre. En ambos casos se aborda cierta sensación de “tierra baldía” en un pueblito del interior, desde la mirada de un porteño. Pero mientras que en la película del dúo Cohn-Duprat ese porteño es un encumbrado representante de la cultura, en la de Caetano es un fumón cuyo futuro inmediato consiste en irse a alguna playa brasileña, no sabe para qué. O sea que no hay superioridad que valga: la tierra baldía es el país entero.

"Ghost in the Shell" - Rupert Sanders

La vigilante del futuro: Ghost in the Shell, dirigida por Rupert Sanders

En busca de la identidad perdida

En la línea de los clásicos de la ciencia ficción, Blade Runner hasta Matrix, aquí también se produce el mestizaje cibernético, aunque la estética digital le gane la pulseada a lo narrativo. Scarlett Johansson se luce en el marco de un universo distópico. 


Parece que después de tantos años la pregunta sigue sin respuesta: ¿sueñan o no los androides con ovejas eléctricas? Tal el dilema que Philip K. Dick –uno de los vértices del triángulo fundamental de la ciencia ficción estadounidense del siglo XX, junto a Isaac Asimov y Ray Bradbury– planteaba desde el título de su novela más popular en buena medida gracias a Blade Runner, adaptación al cine realizada por Ridley Scott en 1981. La cosa renueva su pertinencia con el estreno de La vigilante del futuro: Ghost in the Shell, de Rupert Sanders, cuyo fondo vuelve a ser más o menos el mismo: ¿qué es una persona? ¿Cómo se constituye un sujeto de derecho? O más en profundidad, ¿qué es y cómo se construye la identidad? Temas que también abordaron el inglés Brian Aldiss en el cuento “Los superjuguetes duran todo el verano” que Stanley Kubrick planeaba llevar al cine, proyecto que heredó y finalmente concretó en 2001 Steven Spielberg con Inteligencia Artificial, o el redescubierto Paul Verhoeven en su clásico Robocop (1986).
La humanidad ha dado un salto evolutivo hacia un mestizaje cibernético, en el que las personas son un híbrido entre lo humano y lo robótico. El hecho no sólo implica una mejora científica de las facultades propias de lo humano, sino la ampliación radical de lo que un cuerpo es capaz, reuniendo lo mejor de su naturaleza (la inteligencia y su eventual aplicación) con el potencial de la tecnología. En ese contexto, una corporación industrial ejerce el monopolio del negocio de la biotecnología, recogiendo los beneficios comerciales de la nueva realidad, convirtiéndose así en un peligroso actor político. En un universo distópico como los que suele presentar este tipo de ciencia ficción, la apuesta de llevar al extremo los presupuestos del capitalismo siempre incluye un grado de crítica social, haciendo que el malo de la película sea el propio sistema, incapaz de poner límites a la ambición humana.
En medio, una mujer de cuerpo robótico cuya única parte humana es el cerebro, fusión que representa la extensión ilimitada de la vida o la conciencia, en tanto dicha conciencia –el ghost (o fantasma; o alma) del título– habita un cuerpo que puede ser reparado o mejorado a perpetuidad, encarnando la aspiración máxima de dicha tecnología. Que esta mujer sea la agente estrella de un comando de élite que trabaja para el gobierno, aunque sigue siendo propiedad de Hanka, la corporación que la hizo posible, permite que las cuestiones existenciales queden subsumidas a una trama más interesada en aprovechar la espectacularidad visual del cine de acción, el policial y el thriller.
La película está basada en el manga (historieta japonesa) homónimo, género dentro del cual constituye un clásico de su era dorada, la década de 1980, junto con títulos como Appleseed, ambas del artista Masamune Shirow, o Akira de Katsuhiro Otomo, las tres adaptadas al cine como animés. Aquella versión de Ghost in the Shell, dirigida por Mamoru Oshii y estrenada en 1995, acabó convirtiéndose en una influencia estética fundamental para la ciencia ficción cinematográfica contemporánea. De hecho es posible que al reconocer los múltiples puntos de contacto entre la película de Sanders y, por ejemplo, Matrix (1999), lo primero que se piense es en el influjo de la película dirigida por los entonces hermanos Wachowski (hoy hermanas), cuando en realidad ambas responden al diseño y la puesta en escena del film de Oshii.
 La búsqueda de la identidad perdida (o la constitución de una nueva) por parte de la protagonista, va cobrando peso a medida que el relato avanza. Lo mismo ocurría en la citada Blade Runner, ineludible fuente de inspiración para esta versión de Ghost in the Shell, aunque acá lo estético acabe ganándole la pulseada a lo narrativo. La utilización de la tecnología digital para la creación de personajes virtuales hace que en muchos pasajes la película se parezca más a un videojuego que a un producto cinematográfico, demostrando que aún se está ante los primeros pasos de un esquema que, es de prever, seguirá ganando cada vez más espacio en el cine industrial. En este contexto de supremacía estética, la elección de Sacrlett Johansson para el rol protagónico es perfecta. Aunque en este caso no sea por sus virtudes dramáticas, sino porque su cuerpo y sus rasgos encajan de manera inmejorable en el molde estético del manga y el animé.