viernes, 17 de marzo de 2017

Caetano Veloso y Teresa Cristina

Caetano Veloso y Teresa Cristina deslumbraron en el Gran Rex

La elegancia del mejor samba carioca

En su versión más entrañable, solo con su guitarra y un generoso puñado de sus canciones de todas las épocas, el bahiano volvió a asombrar en un show que lo tuvo como centro, pero en el que se permitió presentar a una revelación carioca, la espléndida Teresa.


“Este show es la exposición más elegante de lo que es el samba carioca”, dijo Caetano Veloso para presentar a Teresa Cristina. De vuelta en Buenos Aires, esta vez el cantautor brasileño trajo consigo una de las voces más encantadoras de la música actual de su país, a la que concedió la primera parte del show, con un set tan sencillo cuanto efectivo: voz, guitarra y canciones de ese taller ancho e insondable, con apariencia de inagotable, que es la geografía musical de Brasil. Fue el miércoles en un teatro Gran Rex que agradeció efusivamente la propuesta del bahiano, diferente a la que había mostrado en sus últimas visitas en este mismo escenario.
“Una cantante, un guitarrista y un autor. Eso nos trajo hasta aquí”, anunció Caetano y dejó la escena para que Teresa comenzara con “O Mundo é um moinho”, un samba de Cartola. Y precisamente al gran creador carioca, una de las marcas afectivas más profundas del samba, estuvo dedicado su repertorio, como dedicado está su último disco, editado por Nonesuch Records.
De pronto, la combustión entre guitarra, voz y canciones produce un sentido de intimidad que achica el escenario y el teatro hasta hacerlos casi desaparecer. Entre los artistas y cada uno de los casi tres mil presentes, fueron pasando más temas de Cartola, como “Corra e olhe o céu”, “Alvorada”, “Preciso me encontrar”, “Acontece”, entre otros que son parte del más selecto ADN carioca.
Por estos días, las premisas antojadizas de los rótulos ponen a Teresa en la punta de algo así como un “renacimiento” del samba carioca. Puede ubicarse así, pero más allá de las circunstancias, quedó claro a qué raza pertenece: es de las que encanta con una voz de esas algo turbias, que al final de las frases sabe tornarse levemente nasal y, cuando parece que se va a quebrar, se recompone en un resplandor afectuoso con un golpecito mínimo y preciso de vibrato. Teresa canta con una voz antigua y familiar, que tiene la saudade de quien añora algo importante y la dulzura de quien sabe que no hace falta gritar para que el pasado escuche.
A su lado, el guitarrista Carlos Moraes, conocido como Carlinhos Sete Cordas, resultó el complemento ideal. Su estilo resume y actualiza la bella enciclopedia de la guitarra en el samba, con un sensible sentido del color y un pulgar musculoso y ágil que coloca los bajos con gracia y exactitud. Cuando acompaña pone mucho, pero casi nada molesta, y en los solos ornamenta sin descender a malabarismo.
Con “As rosas nao falam”, también de Cartola, terminó la primera parte del show. Tras la grata sorpresa de Teresa y Carlinhos Sete Cordas, llegó el momento más esperado. Ya casi no hay posibilidad para sorpresas, pero sí para el asombro ante un Caetano Veloso en su versión acaso más entrañable: solo, con su guitarra y un generoso puñado de sus canciones. Canciones que según explicaría en uno de los pocos momentos en los que habló durante el show, son algunas de las que habían quedado afuera en los conciertos con Gilberto Gil, cuando estuvo por última vez en Buenos Aires, un año y medio atrás.
A los 74 años, tras una vida en la que le cantó a muchas cosas y opinó sobre todo, Caetano es un ícono que trasciende el proverbial encanto musical brasileño. Sus canciones perduran, su voz no renuncia a la discreta estridencia del que sabe que dice cosas significativas y su guitarra suena con un rusticidad de las cosas que no se hacen en un día.
Con el aplomo de quien se sabe escuchado, desplegó canciones de la década del setenta, como “Um indio y O leaozinho”; de los ochenta (“Luz do sol”, “Meu bem, meu mal”, “Menino do Río”, “Branquinha” y “Reconvexo”, que escribió para su hermana María Bethânia); de los noventa, como Os “Passistas”, “Minha voz, minha vida” y “Sozinho”. Y más acá en el tiempo, hizo “Abraçaço”, del álbum homónimo.
También trajo un par de canciones poco conocidas de 1968, momento vital del Tropicalismo, que anunció como “importantes... al menos para mí”. Una de ellas fue motivada por “las manifestaciones que entonces hacíamos contra la dictadura”, contó y cantó “Enquanto seu lobo nao vem”. Ante un cantante de la ubicuidad de Veloso, es natural encontrar una referencia directa a los días de movilizaciones callejeras que se viven en la Argentina, conflicto docente incluido.
En el final de una noche que había comenzado con la actuación de Zabeca Dúo (Tiki Cantero y Ernesto Snajer), Caetano, Teresa y Carli- nhos Sete Cordas, los tres juntos, siguieron elevando encantos y recibiendo aplausos con una serie de bises que nunca terminaban de satisfacer a un público que no quería dejarlos ir del escenario.


Teresa Cristina

Escuela de samba

Carioca y cancionista elegante que representa la renovación del samba, es la elegida de Caetano Veloso para su nueva gira y la última de las favoritas del músico, a quien le gusta señalar cuáles son los artistas importantes de las nuevas generaciones. Teresa Cristina ha versionado a Cartola, Candeia, Paulinho da Viola y hasta a Roberto Carlos, cuyo repertorio resignificó en los bares de Lapa. En esta entrevista cuenta cómo empezó a investigar la tradición, por qué el samba es la música de los oprimidos de Brasil y, por supuesto, habla sobre su relación con Caetano.


Sigue siendo la furiosa metalera que clausuraba la puerta de su pieza para escuchar a Van Halen y a Iron Maiden. Nada más que se ha convertido, con el tiempo, en la dedicada madre de una pequeña de 7 años, y en una referente de la renovación del samba. Una cancionista fina, sin afectación, que puede posar como una Billie Holiday –blanco y negro, cigarrillo en la mano– y a su vez dar una imagen totalmente cotidiana, de batón con flores y cabello crespo recogido. Irrumpió hace veinte años como una brisa tan leve como la cadencia del  samba y provocó elogios de medio Brasil, entre ellos, el de Caetano Veloso. Cada vez más el bahiano gusta de señalar con su dedo de oro a artistas de otras generaciones. La anteúltima iluminada había sido María Gadú. El señalamiento tiene algo de cuento de hadas, de hechizo: con sus convocatorias Caetano legitima y proyecta como no lo podría hacer la más perfecta campaña de promoción.
Teresa Cristina Macedo Gomes nació en Rio de Janeiro en 1968 en un hogar de clase media de Vila da Penha, barrio de donde, aunque lo haya intentado, no se puede ir. Como en el poema de Troilo, le gusta pensar que siempre está volviendo, que el barrio la contiene. “Tuve una infancia maravillosa –dice a Radar–. Creo que la niñez fue la mejor etapa de mi vida. Tengo seis hermanos, estábamos todo el tiempo jugando en la calle, me gustaba el fútbol, el baile y hacer amigos. Ahora veo esa misma calle vacía, y me agarra una tristeza gigante. Vivo en el mismo sitio, con mi hija y mi madre. Vila da Penha”.
Teresa Cristina y Caetano Veloso cantaron el viernes en Córdoba, el miércoles actúan en Buenos Aires y el sábado en Rosario. Están realizando una gira que tiene una estructura clásica: cada uno hace su show de manera independiente y finalizan a dos voces, con temas de Caetano, de Teresa y del samba tradicional. Desde que se conocieron no paran de prodigarse piropos, como un ping pong de cumplidos. Primero fue el bahiano, que luego de invitarla a su espectáculo Obra em Progresso quedó rendido ante el trabajo que ella hizo sobre temas de Cartola, el legendario sambista de Mangueira. “Me impresionó su elegancia en escena, la espontaneidad de cada gesto, el humor, la riqueza y el colorido de su afinación segura... Todo revela el carácter de una cantante creadora, de una artista de la canción”, señaló Veloso, que para este show se cuidó de no incluir ninguna de las canciones que hizo para el espectáculo conjunto con Gilberto Gil. “La primera que quise cantar en este espectáculo fue ‘Os Passistas’, del disco Livro”, dice.
Teresa, ¿cómo llegaste a Caetano?
–Primero quiero decir que desde pequeña soy fan de él. Muchas de sus canciones delimitan etapas de mi vida: con solo escucharlas yo puedo reconocer dónde estaba, cómo me sentía, cuál era el momento histórico del Brasil. Así de presente está su música en mi vida. Cuando grabé una canción de él, “Gema”, me llamó y me invitó a su show, que era Obra em Progresso. Sería 2008. El estaba en Rio preparando el disco Zii&Zie.
¿Cómo te impactó la idea de hacer algo juntos?
–Fue un sueño. Realmente. Ahora que ya está ocurriendo, siento emociones muy diferentes. A veces pienso que es una oportunidad de crecer artísticamente, que tengo que aprovechar estar al lado de un artista completo. Caetano, por ejemplo, tiene una postura perfecta en el escenario. En cambio yo estoy siempre tensa... Cuando lo veo, cuando veo esa independencia que tiene respecto de la platea, siento que tengo que tender a eso. Resulta muy bonito cuando ves a alguien que logra eso, que tiene que ver con la verdad. En fin, espero seguir aprendiendo.
Además de Cartola, Teresa Cristina se metió con la obra de otro sambista, Candeia, capo de Portela. A todas luces le interesan los trabajos conceptuales. Hizo a Paulinho da Viola, ha rastrillado como pocos el cancionero de Roberto Carlos y cuando cantaba algún tema de El Rey en el circuito de bares del barrio bohemio de Lapa muchos se sorprendían. Teresa siguió la huella de la resignificación de Roberto Carlos que abrió Caetano en los años 90. Fue en esa década cuando ella se hizo fuerte en Lapa. En el bar Semente tuvo su mayor y más prolongado suceso, al punto que bautizó a su grupo con ese mismo nombre, Semente. Cuando la vio Caetano quedó perplejo por “su autoridad natural en el mundo del samba” y, sobre todo, destacó un aspecto, digamos, político: “Cómo su dignidad personal potenció la dignidad social que el samba tuvo a lo largo de su historia”.
En ese sentido, forma parte de una generación que indagó, a veces de una manera casi antropológica –como el caso de Marisa Monte, con quien grabó– en el samba, una música que atraviesa con diferentes y a veces sutiles cambios de forma prácticamente todo el territorio de Brasil. Cuando se metió con Cartola –el prócer de la escola Mangueira– y con Candeia –el prócer de la escola Quilombo de Portela– su carrera tomó un fuerte envión y asimismo una dirección unívoca.
¿Por qué decidiste abordar la obra de Cartola?
–Bueno... ¡cómo no meterse en ese mundo! Fue el poeta del samba, un melodista extraordinario, muy talentoso. La mejor manera de definirlo es: Cartola fue genial. Cualquier otro adjetivo es poco. él inventó la escola de samba de Mangueira y yo, como carioca, no podía dejar de honrarlo. Me sentí desafiada por sus canciones.
¿Y Candeia?
Para hablar de Candeia necesito hablar de dos Candeias. Uno, el compositor de Portela, el líder de la escola de samba Quilombo, alguien muy preocupado por rescatar las tradiciones del samba, ya en los años 60 y 70. Ok. El otro Candeia es más personal, porque fue su música la que me empujó al samba. Yo soy lo que soy porque alguna vez existió Candeia.
Le das mucha importancia a la tradición, a todo lo que simboliza Río de Janeiro…
–Soy carioca de raíz, muy orgullosa de su ciudad. No quiero vivir en ningún otro lugar que no sea Rio. Es una ciudad que enfrenta muchos problemas, problemas de gobierno, malas administraciones... Quieren hacerle daño de todos lados, pero ella siempre vence. Adoro Rio. Nunca deja de ser la ciudad maravillosa.
¿Cómo observás el momento político actual de Brasil?
–Bien complicado. Tuvimos un golpe de estado, y la gente se siente muy insegura. Hay mucha intolerancia y mucha agresión motivada por divergencias políticas. A mí me gusta la democracia total: que vos elijas a un presidente, y que ese presidente cumpla el mandato hasta al final. Lo que más me interesa es que Brasil vuelva a ser un país democrático.
Antes de dedicarse al canto, trabajó en una oficina y como vendedora. Quiso ser jugadora profesional de vóley y escritora (llegó a estudiar Letras en la Universidad). Su padre salía en una escola de samba, y muy temprano incorporó la música de Roberto Carlos, y también a Tim Maia y a Chico Buarque. El samba era, dice, “una especie de música de los arrabales”. “A los 15 virei metaleira”, cuenta en su encantador portugués. “El amor que siento básicamente por Iron Maiden y Van Halen no terminó. Es cierto que los escucho menos que antes, pero hace poco fui a ver en vivo a Maiden y continúo escuchando a Van Halen. Recién a los 25 años descubrí el samba con profundidad. Tardé, pero llegué”
¿Cómo fue el proceso?
–Es que empecé a frecuentar un movimiento que se desarrollaba en la Zona Sur de Rio, de revitalización de ese ritmo, que estaba algo perdido. Y fue muy fuerte. Porque el samba no solo está adentro del alma de los cariocas, también está dentro de los bahianos, dentro de los pernambucanos... Está en todo el Brasil. Antes en los bares se escuchaba solo música de los Estados Unidos, mucho Motown: Diana Ross, Dona Summer. Esta reivindicación creo que tiene que ver con que la gente se está reconociendo, está mirando hacia el interior. Por suerte se terminó en gran parte el estigma de que el samba es una música de viejos. Más que de viejos, es la música de los oprimidos. De alguna manera es nuestro blues. Al principio mucha gente se refería a mí como una cantora antigua.
Hasta la década del 50, el tango y el samba se desarrollaron por caminos análogos. Hubo una fuerte relación entre los dos géneros. ¿Te interesa el tango?
–Sí. Muchas músicas brasileñas de aquellos tiempos fueron influenciadas por el tango. La verdad, de tango te puedo decir que escuché mucho a Piazzolla. Sé que es poco. Fui solo dos veces a la Argentina. Tengo la esperanza de que cuando empiece a ir más seguido más voy a conocer de tango. Es un ritmo que tiene un costado dramático que me interesa mucho como artista. Adoro un tema que grabó Carmen Miranda, y también Caetano, que se llama “O samba e o tango”. Tiene una letra bien interesante acerca de la relación de los dos ritmos.
Ya fue dicho, la seducción que siente Teresa por Caetano es recíproca. Hay, en ese hundirse en las raíces y en ese vibrar, por caso, por el heavy metal mas clasico, un gesto tropicalista. El bahiano lo reconoce, y se muestra maravillado ante la curiosidad sin límites de la carioca. “Quedé impresionado con su cultura musical. Para empezar, cuando la conocí, sabía todas mis canciones. Incluso algunas que yo había olvidado. Después conocía con igual profundidad la obra de Roberto Carlos, de Cazuza y de ¡Supertramp! También valoro sus progresos. Cuando con la banda Os Outros hacía canciones de Roberto Carlos era buenísima, pero parecía no querer salir demasiado de una zona de seguridad. Cuando hizo Cartola se volvió una artista total. Su show fue una antología realizada por una especialista superior”, contó.
Seguramente muchos van a ir al teatro Gran Rex abducidos por todo lo que representa la música y la figura de Caetano Veloso en Buenos Aires. Pero quién sabe, tal vez algunos logren sentir el impacto de un batacazo artístico, cuando Teresa Cristina –la vieja nueva diva del samba– mueva lentamente su cuerpo y, como si estuviera en uno de esos bares de Lapa en los años 90, a puro tabaco y cachaça, empiece a desandar la tristeza dulzona del samba con su arma implacable: una entonación cansina, sensual y perfecta.

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