Uno más en la lista de los que pegan el salto: después de tantos años de poner el rostro mirando a cámara, Fernán Mirás decidió debutar como realizador de cine. En realidad, hace ya una década le habían ofrecido dirigir un largometraje, pero en aquel momento sintió que todavía no estaba listo. De todos modos, a partir de aquel ofrecimiento, la idea volvió recurrente a su cabeza y el actor puso manos a la obra para cuando se presentara otra oportunidad. El momento llegó: es el director de El peso de la ley, que se estrenará comercialmente el próximo jueves. “Lo curioso fue que, cuando empecé el rodaje, me di cuenta de que desde los 17 años estoy en un set preguntándoles todo a todos, y sentí que desde siempre había querido dirigir y no me había percatado. Siempre tuve curiosidad por todas la áreas, me gustan todas, y cuando empecé a filmar dije: ‘Ah, bueno, esto venía de antes’”, comenta el protagonista del éxito de los 90 Tango Feroz. En la película que dirigió, también actúa. Y afirma que en el doble rol se sintió “muy cómodo”. Pero también reconoce: “Me preocupaba hacerlo y traté de no hacerlo, pero era un personaje de pocos días y además el productor quería que lo hiciera yo. Fue casi como la condición para que hiciera la película que yo tuviera ese rol. Me fue muy cómodo, pensé que me iba a complicar más”.
En la ficción, Paola Barrientos compone a una joven abogada llamada Gloria, a quien le toca un caso difícil: defender a un acusado de violación. El tema es que nunca defendió a un inocente, y tal vez esa es una de las causas de su desencanto por su profesión y por el sistema legal. Su vocación adormecida parece despertarse cuando se ve obligada a litigar contra la fiscal Rivas (Maria Onetto), quien fue su admirada profesora en la Facultad de Derecho. Pero nadie escupe agua bendita, dice el refrán: ese sistema legal ha convertido a la fiscal en lo contrario de lo que enseñaba y su vínculo íntimo con el juez de la causa (Dario Grandinetti) deja en desventaja a Gloria. La historia se sitúa en un pueblo, donde los supuestos víctima y victimario padecen las humillaciones y vejámenes en manos de un Sistema Judicial que no parece precisamente independiente. En ese complejo escenario, Gloria tiene que luchar para que su idea de la justicia tenga sentido y por no convertirse en alguien como Rivas.
–¿Qué ventajas tiene ser actor al tener que dirigir?
–Muchas. En realidad, una que encuentro tiene que ver con el trabajo con los actores. Veo que, a veces, el director de ópera prima les tiene miedo a los actores. Son todos colegas míos que conozco desde hace años y con los que trabajé. Por otro lado, como trabajé con muchos de ellos, cada actor es muy distinto y sé lo que necesita. Yo sabía lo que necesitaba cada uno: quién quería hablar más y teorizar más sobre el guión, quién quería ensayar haciendo y no teorizando... Además, es un elenco con mucha experiencia, y ellos también pueden decir lo que es mejor o peor. En un sentido, eso era un aspecto muy facilitador.
–Al comienzo de la película se señala que la historia está basada en hechos reales. ¿Cómo la conoció?
–Surgió porque el coguionista, Roberto Gispert, que también es coproductor de la película y abogado, me habló de este caso real y me dio para leer el expediente, porque fue su tesis cuando se recibió de abogado. Por un lado, tenía todos los vicios del sistema judicial que puede tener y que puede padecer una persona. Tanto la víctima como el victimario pueden padecer por igual. Lo que más me interesó cuando él me planteó escribir juntos el guión sobre ese expediente, fue que sentí que la trama que sostiene la película estaba ahí, pero el tema judicial me interesaba mucho. Empezamos a hacer entrevistas durante dos años con gente que trabajaba en el Poder Judicial. Trabajamos mucho con eso porque él, como abogado, conocía a muchísima gente. Yo arrancaba siempre las entrevistas preguntándoles por qué habían decidido estudiar Derecho. Y el 90 por ciento de ellos decía: “Porque era muy ingenuo”. La misma frase. Empecé a indagar en ese asunto: “¿Por qué decís eso?”. Y era la visión de alguien sobre la Justicia antes de empezar a trabajar en ella, que siempre era muy distinta a cuando estaba adentro. Una persona, tratando de explicar eso, me dijo: “La justicia no existe. Existe lo que se puede probar. Lo que no está en el expediente no está en el mundo”. Así de sencillo y de concreto. Parte del tema era esa ingenuidad que uno tiene frente a la Justicia y qué visión tienen los que trabajan en el Poder Judicial. Lo que más nos pasaba era que nos contaban el padecimiento de ellos en el sistema legal. Entonces, lo que surgió de ahí fue que la película cuenta el peso de la ley sobre la víctima y el victimario, en este caso particular, pero también el peso de la ley sobre los que trabajan en el Poder Judicial.
–Es una película que habla muy mal de la Justicia, pero está ambientada en 1983. De todos modos, ¿cree que es una historia actual en cuanto a lo que significa la familia judicial en la Argentina?
–Uno de los primeros planteos nuestros al encarar el guión era encontrar qué cosas del expediente hoy no seguían siendo un problema. Por ejemplo, hoy hay un juez de garantías que no existía en esa época, entonces todas las pericias las hacía la Policía. Probablemente esa zona de esta historia hoy en día no pasaría. Pero la idea de la investigación nació para ver qué cosas de esos problemas siguen estando. Y nos encontrábamos con que básicamente eran los mismos. Según tu poder adquisitivo, vas a tener más o menos armas para defenderte. Y de eso habla un poco la película.
–Por otro lado, habla también de las convicciones para pelear solo que hay que tener frente a distintos sectores del poder, que es lo que le pasa al personaje de Barrientos...
–Bueno, algo que me gusta mucho de la película es que para todos es un caso muy menor. No es un juicio contra una tabacalera. Es un expediente muy menor, pero por el modo en que se dan las cosas, terminan todos muy involucrados de una manera muy personal con ese expediente, por lo que se le juega a cada uno. Si no, dejarían pasar el expediente como uno más. La película es bastante piadosa. Alguien que la vio me dijo: “Sentí que ellos no se dan cuenta”. Vas viendo el padecimiento de esta gente en el pueblo y, a la vez, todos lo demás están en los Tribunales ocupados de otras cosas, firmando papeles que viajan y llegan, y tienen un costo para esa gente. Gloria es la única que parece darse cuenta de que hay una persona que es víctima de sus decisiones.
–La película parece plantear que cuanto más arriba en la escala de poder alguien se encuentra, más dispuesto debe estar a negociar su grado de impureza. ¿Piensa que siempre es así el acceso al poder?
–No, pienso que no, que hay casos en que uno sabe que no. Ese poder se puede usar de distintas maneras y, en un sentido, la película tiene distintos ejemplos de distintas posiciones en el Poder Judicial. A las encrucijadas podés tenerlas en cualquier estrato económico, social o del escalafón del Poder Judicial. Para mí, la película habla de que lo que aprendiste cuando querías estudiar Derecho, de tener del mismo nivel de responsabilidad que cuando empezaste a estudiar. 
–¿Cómo se lleva usted con su propio pasado? ¿Cómo recuerda su debut con Tango feroz, una película que fue tan convocante en los 90?
–La película en sí fue un encuentro vocacional para mí. De hecho, actuaba hacía cinco o seis años, pero a la vez estudiaba Bellas Artes y no había dejado la carrera. El film de Marcelo Piñeyro me decidió a dejar la plástica por la actuación. Aunque ya lo venía haciendo, el día que terminó el rodaje dije: “Quiero actuar y dejar lo otro”. Y después, él éxito de la película me cambió la carrera. Para mí eso fue muy importante.
–¿Esa película lo mostró como ídolo adolescente o la TV ya le había otorgado esa pesada carga?
–No, tampoco sé si fui ídolo adolescente alguna vez. Pero antes de Tango feroz era más conocido por algunos programas de Doria o por obras de teatro, más que nada. Puede ser que eso haya pasado pero no tengo mucha conciencia. Me sentía muy afortunado porque una película que había sido un éxito me había vuelto muy famoso. Estaba orgulloso. <
–Y la música siempre estuvo presente en su vida porque sus padres fueron músicos, ¿no?
–Mi papá toca el piano, aunque no es un músico profesional. Pero la música siempre estuvo muy presente. Yo toqué la batería muchos años. Diría que hubo un aspecto de El peso de la ley muy particular y que, de alguna manera, tiene que ver con mi padre: toda la música es de Bach. La directora musical, Cecilia Pugliese, es concertista, no hace música para cine. Y en este caso, fue un viaje de un año muy particular trabajando la música, porque elegíamos las piezas y ella siempre usaba partes de tres o cuatro piezas. Para mí fue un placer muy grande porque he escuchado hablar de música a mi viejo y también a mi vieja, que falleció pero que también tocaba el piano y era profesora de guitarra. Entonces, fue un aspecto de la película que me dio mucho orgullo cuando mi viejo escuchó la música, porque conoce esas piezas y porque se las escuché tocar a él. Fue como un regalo que todo lo que yo escuché de chico tocado en mi casa o en charlas sobre música se plasmara en la película. 
–¿Sus padres lo apoyaron en la profesión cuando pegó el salto de la plástica a la actuación?
–Sí, en realidad, tuve mucho apoyo, lo cual es bastante atípico en una carrera artística. En general, las historias marcan que hay resistencia. Mis viejos eran espectadores de arte, les gustaba mucho y como hobby tocaban el piano. Cuando yo era chico dudaba. A los 11 años, decidí estudiar Bellas Artes, a los 12 o 13 empecé a estudiar teatro y, al mismo tiempo, tocaba la batería. No había nada de eso que prometiera un futuro venturoso económicamente. Y mis viejos, dentro de la generación a la que pertenecían, fueron bastante modernos y me dijeron algo clave en esa edad que después lo pensé para mis hijos: “A esta edad, podés hacer todo porque seguramente después vas a tener que elegir”. Entonces, me dejaron estudiar las tres cosas y no me obligaron a buscar una carrera más segura. Hoy, para mí es muy curioso que todas esas cosas que hice se juntaron: el rol de director tiene un poco de todo. Fue como haber vuelto a recuperar un poco todas esas cosas que estudié. Siento que la pintura ayudó mucho y haber estudiado música también. 
–¿Sigue pintando en la actualidad? ¿Encuentra en la plástica otro modo de expresión?
–Hace como diez años empecé a escribir guiones y lo mantenía como una especie de vocación secreta que me daba placer, que no quería profesionalizar sino que hacía porque me gustaba. Y escribir un guión tiene mucho del trabajo solitario de la pintura. La actuación es un trabajo muy grupal. En los momentos difíciles de alguna situación de trabajo actoral, pensaba: “Podría estar con un caballete en un atelier sin que nadie me rompa las pelotas”. Y cuando empecé a escribir, hace como diez años, sentí que recuperaba un poco de esa intimidad de trabajar solo, de no tener apuro con los tiempos, no tener que estrenar en una fecha. El guión es la parte menos condicionada, donde uno más vuela.   
–Tuvo y tiene mucho trabajo en televisión. ¿Cómo evalúa al medio después de tantos años de trayectoria?
–Ahora estoy grabando la segunda temporada de Loco x vos. La televisión es un medio muy interesante. Hay gente muy talentosa allí. Hay buenas y malas obras de teatro, lo mismo pasa con las películas y con los programas de TV. No la sé evaluar bien como espectador. Más que nada, la conozco de adentro y diría, de manera muy curiosa, que también hay un prejuicio justificado del cine hacia la televisión. Para mí, fue notable cuando tuve algún incidente que nos impedía filmar como, por ejemplo, la lluvia, con un plan muy acotado, y recordaba que hay directores de TV que trabajan a una gran velocidad o que hay escenas filmadas a dos cámaras. Ver buenos directores de televisión trabajando me salvó la vida al momento de hacer cine. Podés encontrar cosas muy interesantes en la TV, cómo Barone trabaja con dos cámaras, por ejemplo. Como yo había hecho escenas con Barone dirigiendo y veía dónde ponía las cámaras y no podía creer que eso lo resolviera, los días que tuve que usar dos cámaras fue fundamental eso. Entonces, para mí la televisión puede ser un medio muy interesante, depende de quién lo haga.
–¿Cree que se recuperó el espacio para la ficción televisiva en la Argentina?
–No, hay muy poco. Las razones comerciales se me escapan y tampoco sé cuánto de eso tiene que ver con el crecimiento del cable o de plataformas On Demand, pero la realidad es que hay mucha menos. Veo que los canales intentan y luchan por seguir haciendo ficción, pero no creo que quienes toman esas decisiones tengan ganas de poner latas sino que, indudablemente, tiene que ver con algo estructural. Al mismo tiempo, más allá de si miro películas o series de otros países, hay algo que me pasa cuando veo en televisión algo que es nuestro: la identidad me hace sentir como en casa. Siento que falta más de eso. Es un reclamo también muy importante para el trabajo porque no somos los actores solamente los que trabajamos en televisión sino un montón de personas. Y que haya poca ficción no es bueno porque es un bien cultural.

 Crisis autoinfligida

 Fernán Mirás nunca dejó de manifestar sus ideas y su adhesión a las políticas del kirchnerismo. Por eso, cuando se le consulta sobre si cree que el país esté volviendo a los 90, en más de un sentido, tiene su opinión formada. “Creo que esto es una crisis autoinfligida, como la que yo vi durante los 90. Son las mismas políticas económicas. Ya sé dónde terminan. El argumento del gobierno es absurdo y es el imperante, porque prácticamente todos los medios están ocupados por antikirchneristas. No importa si son radicales, de derecha o de izquierda, porque nadie que tenga una opinión medianamente moderada a favor del kirchnerismo es dejado hablar ni es invitado a hablar”, denuncia el actor. Mirás también entiende que “están metiendo una idea con calzador (y han logrado meterla): que esta crisis, que tiene que ver con las políticas económicas y con una línea ideológica, es toda culpa del gobierno anterior y es causa de lo que están haciendo, más allá de lo que puedas tener de herencia y de problemas del gobierno anterior”.

El peso de la ley, opera prima de Fernán Mirás

En las mazmorras de la Justicia

El prólogo de El peso de la ley, ópera prima como realizador del actor Fernán Mirás, anticipa en parte el mayor lastre que la película deberá arrastras hasta sus últimas escenas. La estudiante de abogacía Gloria Soriano (Paola Barrientos) se enfrenta a un trío de profesores encabezado por una inflexible y sarcástica fiscal de apellido Rivas (María Onetto) en el último examen de su carrera; minutos después de aprobar y entre festejos con algunas amigas, el hueco de un ascensor se transforma en la trágica vuelta del destino que dejará en ella una marca física durante el resto de su vida. Esa instancia excesiva, melodramática, resulta el primer esbozo de un estilo marcadamente televisivo, en el que prácticamente todos los personajes y los hechos que suceden son aquejados por el mal del subrayado (al menos hasta el desenlace, donde la narración adquiere una súbita intensidad que hasta ese momento permanecía oculta).
Basada aparentemente en un caso real de la historia judicial argentina, ocurrido en algún momento de los años 80 en el interior del país, la de Gloria (alias La renga, corolario del mencionado accidente) es la historia de David contra Goliat por otros métodos. Abogada defensora de la categoría más gris imaginable (su “oficina” es un subsuelo infestado de legajos, donde ni siquiera funciona la cadena del inodoro), ocupada usualmente en defender clientes culpables de los hechos imputados, la llegada de un nuevo caso la pondrá en la línea de fuego del aparato judicial de su distrito, enfrentándola asimismo con esa antigua profesora, ahora en camino hacia un posible sillón de jueza. La defensa de El Gringo (el experimentado actor de teatro Daniel Lambertini), habitante de un minúsculo pueblo donde nadie parece sonreír, no parece sencilla: acusado de violar a Manfredo (el personaje que se reservó el propio Mirás), un hombre tímido y callado al que las fojas del legajo consignan como “deficiente mental”, las piezas del juego parecen estar fijadas en casilleros inamovibles, cruzando corrupción policial y civil con intereses de todo tipo, ínfimos y de gran calibre.
Hay algo genuinamente interesante en el personaje interpretado por Barrientos, que en su viaje para recabar información se transforma en una suerte de detective a la vez que socióloga, enfrascada en un intento por comprender un universo con reglas tan propias como indescifrables para el forastero. Pero el tono usualmente ampuloso y crispado de los personajes, en el que cualquier atisbo de sutileza es inmediatamente eliminado de la ecuación por el trazo grueso (que, por momentos, roza lo caricaturesco), atenta constantemente contra la posibilidad de que el relato encarne en algo más que la ilustración de una serie de ideas dispuestas en el guión. Sobre el final, cuando la batalla entre las dos mujeres es mediada por un juez (Darío Grandinetti), la situación mejora: a pesar de la densa bajada de línea sobre cuestiones sociales y la esquemática descripción de los oscuros entretelones del ámbito judicial, una serie de precisos diálogos deja entrever, durante esos escasos minutos, la película que no pudo ser pero bien podría haber sido.