domingo, 9 de abril de 2017

6° Filba Nacional

Sylvia Molloy, Graciela Cros y Vera Giaconi en el 6° Filba Nacional

Con la escritura como territorio propio

En el festival literario, que termina hoy en Bariloche, las escritoras hablaron sobre sus “exilios” internos y externos que resultaron en su necesidad de volcar palabras sobre papel. Las tres, además, relacionaron la posibilidad de escribir con la libertad


“Ser o no ser”, la duda metafísica de la cultura occidental, resuena desde el sur. Irse o quedarse para escribir. Esa es la cuestión que desmenuzaron Sylvia Molloy, Graciela Cros y Vera Giaconi en el 6° Filba Nacional, que termina hoy en San Carlos de Bariloche. “Decidí irme del territorio de la infancia para escribir. La pregunta es si me fui para escribir o me fui y después escribí para justificar lo hecho. No tengo una respuesta”, dijo Cros en el auditorio de la Biblioteca Sarmiento, una de las sedes del festival. No existía el hábito de lectura en su casa de Carlos Casares, en Buenos Aires, donde nació en 1945. “Fui yo quien introdujo los libros en la familia”, confesó la poeta que a los 10 años se hizo socia de una biblioteca pública y de ahí se llevó Crimen y Castigo y Madame Bovary, entre otros libros. “Entrar a esas otras realidades se convirtió en un motor que me impulsaba y a la vez me distanciaba, me volvía diferente. Yo inventé mi propio exilio dentro de la casa familiar. La lectura era mi exilio voluntario”, afirmó la autora de Pampa Huenuleo. 
Después de haber padecido La Noche de los Bastones Largos en la Facultad de Filosofía y Letras –cuando aprendió lo que era correr desde Independencia y Urquiza hasta la Perla del Once–, se dio cuenta de que el clima se enrarecía. Bariloche, adonde llegó en 1971, fue un exilio hacia lo desconocido. “En aquel tiempo se escuchaba más hablar de los Nacidos y Criados que ahora. Nosotros, los que veníamos de Buenos Aires, éramos recibidos por los NyC con cierta frialdad y recelo no exento de sospecha. Ahora sigo sin ser NyC pero no es un tema que me importe; peor aún, a veces reacciono como si lo fuera”, reveló Cros y explicitó su lugar de enunciación. “Escribir desde el margen, escribir desde la periferia, hacer de la periferia nuestro centro, aceptar que todos somos periferia de algo alguna vez, se ha convertido en una suerte de preciosa libertad”. 
Molloy se fue de la Argentina en 1958 para estudiar en Francia y cuando regresó pasó “un período mágico” en los años ‘60. Hasta que en el ‘67 aceptó un puesto en una universidad en Estados Unidos. “Vivir afuera es sin duda liberador: uno no se siente responsable del ‘aquí’ porque las verdaderas obligaciones supuestamente están ‘allá’. Como extranjera, no me correspondía intervenir, era como estar en casa ajena –aclaró la escritora, que reside en Nueva York–. Pero ser otro significa también no sólo encarnar una diferencia sino tener que explicarla, volverla aceptable. Del otro anónimo que uno aspira a ser se pasa a ocupar el lugar de un ‘informante’ llamado a traducir su cultura para que el otro la entienda. Así me encontré más de una vez tratando de persuadir a quienes me quisieran escuchar que Juan L. Ortiz era una voz tan potente y rica como la de Pablo Neruda”. ¿Hubiera escrito de haberse quedado en la Argentina? “Tiendo a pensar que no, que para mí la escritura surge precisamente del desplazamiento y de la pérdida”, planteó la autora de En breve cárcel, El común olvido y Vivir entre lenguas. “A las preguntas sobre si pienso volver o por qué no vuelvo, digo que elaboro ficciones personales de regreso, ficciones que incluso se transforman en novelas. Esa es mi manera de volver”.
Aunque Giaconi nació en 1974 en Montevideo (Uruguay), cuando tenía 9 meses su padre se escapó a Buenos Aires, sin saber que huía de una dictadura para meterse en otra. Ella vivió con sus abuelos maternos en Mercedes, el pueblito donde se había criado su mamá y de donde se llevarían a su tío, que fue un preso político durante seis años en la cárcel Libertad. “Cuando mi mamá volvió a buscarme, yo ya hablaba; era una bebé parlante. Fui un pequeño monstruo que se agarró del lenguaje antes de tiempo porque demasiado pronto necesitó decir con claridad alguna cosa. Mi relación con la palabra fue no sólo precoz, sino intensa y de una atención exagerada”, explicó la autora de Carne viva, que aprendió a leer y escribir con ansiedad cuando comenzaron a aparecer las cartas que llegaban de Uruguay y las que se mandaban al otro lado del río. “Las cartas fueron para mí la primera forma de leer y de contar historias. Las cartas eran cuentos con principios y finales felices. Cada una mostraba el mundo verdadero de quien la había escrito y la clase de vínculo que habríamos podido tener si hubiéramos vivido todos en el mismo tiempo y lugar”, destacó la escritora que, cuando empezó a escribir sus propias historias, encontró lo que la rescató de un dilema que no habría tenido solución: “¿de dónde soy?”. “Extranjera en Uruguay por haberme criado en la Argentina, extranjera en la Argentina por haber nacido en Uruguay, la escritura fue mi territorio; un territorio escabroso, incómodo a veces, donde puedo hacer preguntas sobre todo y sentirme casi siempre segura”.

Terminó en Bariloche la 6ª edición del Filba Nacional

Cuando la naturaleza se expresa en la literatura

Claudia Piñeiro, Pedro Mairal, Rosario Bléfari, Iosi Havilio, Diego Erlan, Anahi Rayen Mariluan y Adrián Moyano, entre otros, participaron del encuentro, que convocó a escritores, periodistas, músicos y científicos. La cultura mapuche estuvo en los debates y en la atmósfera. 

 El sol juega a las escondidas en el Parque Municipal Llao Llao. A la casa Soria Moria –una cabaña diseñada por el arquitecto noruego Rangvald Utne en 1940, que pertenece a INVAP, empresa estatal dedicada a la alta tecnología– llegan los escritores, periodistas, músicos y científicos que participan del 6° Filba Nacional, el festival de literatura que terminó ayer en la ciudad de San Carlos de Bariloche. Claudia Piñeiro, Pedro Mairal, Rosario Bléfari, Vera Giaconi, Iosi Havilio, Diego Erlan, Guillermo Abramson, Esteban Castroman, Julián López, Cristian Aliaga, Anahi Rayen Mariluan y Adrián Moyano, entre otros, son recibidos por “Cremita”, un gato con la nariz machucada, tan sociable y cariñoso que algunos dicen que parece un perro; comparación benévola pero prejuiciosa de los que intentan disimular su aprensión a los felinos. Impresiona la tranquera de esta casa, construida con el esqueleto de una ballena. La vegetación es de una belleza increíble. Los adjetivos se desploman en el vacío, pequeños e insuficientes para transmitir la hondura de este paisaje donde se mezclan coihues, cipreses, arrayanes y caña de colihue, entre otros árboles, arbustos y plantas.
  El lago de frente y la montaña de fondo preludian el inicio de una de las caminatas en el bosque con Anahi Rayen Mariluan y Adrián Moyano. Mariluan señala un musgo que se forma en la corteza de algunos árboles y revela que es por la pureza del aire. “Me encanta aprender de botánica, pero para nosotros esto tiene otra perspectiva, teniendo en cuenta que son newenes –fuerzas o energías– los que nos están acompañando. Estos árboles tienen miles de años. Dentro de los newenes, las fuerzas espirituales, los del pueblo mapuche somos el elemento más débil. Después vivimos como cualquier barilochense, bien abrigados”, cuenta la cantante y compositora mapuche con una sonrisa tan cálida como los rayitos de sol que alumbran de a ratos el bosque.
–Mari, mari –saluda Adrián Moyano en mapuzungun, periodista y licenciado en Ciencia Política que vive en Bariloche desde 1991, autor de Crónicas de la resistencia mapuche, Komütuam descolonizar la historia mapuche en Patagonia y el más reciente Inakayal.
 –Mari, mari -responden los 12 caminantes, la mayoría barilochenses, que participan de una las actividades del 6° Filba Nacional, el festival de literatura que inauguró la escritora Sylvia Molloy, el miércoles de la semana pasada.
   Aunque Moyano no es descendiente de mapuche, su familia paterna tiene esa mezcla que Atahualpa Yupanqui definía como “criollo de pata en el suelo con indio ilustrado”. Los momentos en que el sol ilumina el sendero se produce un derrame cromático otoñal amarillo-anaranjado-verdoso. “Todo se siente distinto acá, no me dejo de asombrar”, confiesa una mujer que dejó Pergamino para vivir en Bariloche hace unos años. Moyano habla en mapuzungun y después lo traduce. “La manera mapuche de explicar el mundo concibe a las energías como ancianas y jóvenes y como femeninas y masculinas. Yo recién convoqué a la mujer anciana y al hombre anciano del Nahuel Huapi, a la mujer joven y al hombre joven del Nahuel Huapi e hice otro tanto con el bosque. Y también convoqué a los espíritus del primer Mankeweñui, que fue un lonko (jefe) que tuvo espacio territorial por esta zona. Mankeweñui significa amigo del cóndor. Al último que saludé fue a nuestro lonko Inakayal, que tuvo el mando antes de la llamada Campaña del Desierto en el margen sur del lago Nahuel Huapi”.
   El chucao canta con estentórea cautela, como si le diera una suspicaz bienvenida a este grupo que anda por el bosque sin apuro, disfrutando los colores, los olores y los silencios. El pájaro -que se lo ve en uno de los carteles informativos del Parque- es de color café oscuro y se lo presiente por ahí, entre las cañas de colihue. “Es un pájaro rastrero, que se esconde. Ese es su canto cuando está alerta o se asusta; tiene otro canto más dulce cuando está contento”, compara Mariluan. “El chucao tiene mucha importancia como cualquier elemento de la naturaleza. Cuando suena la naturaleza, está bueno saludarla. Cuando canta el chucao, lo saludamos con un ‘mari mari’; con el tiempo hemos aprendido a volver a nombrar la palabra porque nuestro pueblo padece de un genocidio no reconocido. Eso hay que decirlo para que sea parte de la historia de todos, pero también para estar cada día más orgullosos de lo que somos”, subraya la cantante y compositora mapuche. En la canción “Mapu kimün” (conocimiento de la tierra) aparece el chucao y ella comenta por qué. “En un relato viejo encontré que se le hacía una oración al chucao y decía que el chucao mantiene viva las ofrendas y oraciones que le hacemos a la tierra. Soy fanática del chucao”, admite Mariluan.

Gente del Este

   “En la isla Victoria, 2000 años atrás, vivían navegantes. El nombre de la isla se lo puso Aaron de Anchorena a principios del siglo XX. El nombre mapuche de la isla, del lago y de la zona es Nahuel Huapi; aparece en las crónicas españolas en 1621, cuando en la primera expedición documentada que llega aquí el cronista escribe que encuentran a los puelches del Nahuel Huapi; gente que se expresaba en mapuzungun, el idioma de los mapuches, el habla de la tierra –recuerda Moyano–. Puelche es un término problemático; en su acepción más difundida significa gente del Este, pero a su vez es una palabra compuesta: ‘pu’ es una partícula pluralizadora, como decir ‘los’ o ‘las’ y la palabra ‘el’ designa las energías dadoras de vida, que en la lógica mapuche proviene del Este. Hace muy poco una lamien (hermana) de Villa Rica que sabe mucho de mapuzungun me decía que para ella puelche significa la gente sagrada que fue dejada en el Nahuel Huapi. Por eso para los mapuches el Este es tan importante, porque del Este viene la vida, del Este vienen el sol y las casas, cuando hay posibilidad de hacerlas y orientarlas hacia el Este. Y todas las ceremonias se hacen mirando al Este”.
   Hay turistas que pasean por el Parque Municipal Llao Llao con el asombro chispeando en sus pupilas. “Estas tierras fueron adjudicadas a la familia Tacul-Cheuque, que protagonizó un conflicto hace relativamente poco de aquel lado –dice Moyano, mientras señala un más allá a sus espaldas imposible de ver a simple vista–. Ellos fueron desalojados por Parques Nacionales en 1951 y recuperaron un espacio muy pequeño hace diez años. Esta historia la van a escuchar muchas veces: Guardaparques demoliendo casas. La familia Maliqueo fue desalojada en la década del 60 por Parques Nacionales, una institución que es vista como simpática porque trabaja en la preservación, pero tiene una historia nefasta respecto a los derechos de los pueblos indígenas”, advierte Moyano y agrega que hay pinturas rupestres en un alero que da sobre el lago, que abona la hipótesis de que los puelches eran un pueblo navegante. “El estereotipo del pueblo mapuche es el de un pueblo guerrero y cazador, pero por lo menos hasta la difusión generalizada del caballo en el siglo XVII en estas partes fue básicamente un pueblo canoero y lacustre”.
   Canta el chucao, después de un prolongado silencio.
–¡Ahora está contento! –avisa Moyano.
   Todos sonríen gracias al pequeño y escurridizo Chucao, el gran compañero de esta caminata. “Cuando miramos hacia arriba, podemos preguntarnos qué cantidad de tiempo tienen estos seres –plantea Mariluan–. En realidad me di cuenta de que no importa saber cuánto tiempo tienen; para nuestro pueblo no tiene importancia si estamos en el 2017 o en el 5900. Ahí hay una enseñanza fabulosa que va en contra del sistema en el que vivimos. Caminar por estos lugares llena a uno de energía y de alegría, que es una faceta que no siempre está acompañando las noticias de nuestro pueblo. Siempre aparece la circunstancia de resistencia que sostenemos hace tantos años, pero esto también es alegría y belleza”. Moyano precisa que la concepción mapuche del tiempo y de la naturaleza es circular; por eso no tiene sentido contar. “Hay gente que todavía está viva que no sabe cuándo nació; es un dato que no tiene mucha relevancia. Yo conocí a un montón que no sabían cuándo habían nacido; pero cuando le decías que en el documento está tal fecha, te contestaba: ‘sí, me fui anotar yo’. O sea que se anotó de grande”.
–¿Cómo es el rito del entierro para el pueblo mapuche? –pregunta PáginaI12.
   “La manera mapuche de hacer el rito de despedida ante la muerte está casi perdida –lamenta Moyano–. La ceremonia duraba varios días, se juntaban las comunidades cercanas, había un weupife, el historiador de la comunidad, que contaba las hazañas del fallecido, sus logros, los hechos importantes de su vida. Y se comía y se bebía. Los anfitriones hospedaban a los que venían de otros lugares y tenían la obligación de servirles comida. Después de cuatro días, salvo que fuera una persona muy importante y entonces duraba más, se producía el sepelio y se enterraba al peñi lamien con sus bienes más preciados, inclusive en alguna ocasión se sacrificaba su caballo. Hace muchísimo que no se entierra a alguien mapuche en estas condiciones. El orden estatal es tan invasor que hasta decide cómo ritualizar tu muerte. Como la gran mayoría del pueblo mapuche vive en las ciudades, los sepelios no son muy distintos al del resto de la sociedad”.
   A Nancy Videla, una de las jóvenes que hace la caminata, le costó reconocerse descendiente de mapuches. Ese itinerario empezó a los 15 años. Y continúa. Sabe que el apellido por parte de su abuelo materno es Huircan. “Yo tuve mi bebé hace un año y con otras ñañas del pueblo sentimos la necesidad de volver a recuperar lo que sabían nuestros abuelos y le pedimos al Estado que nos den nuestras placentas para poder enterrarlas y que nuestros hijos vuelvan a tener donde ir a sacar sus dudas cuando nosotras no estemos.”
–¿Dónde enterraron sus placentas?
Mariluan: –A orillas del arroyo Casa de Piedra.
Videla: –Yo elegí donde vive mi hermana.
Mariluan: –La vida y la muerte tienen una concepción relativa respecto de qué es lo que muere cuando uno muere, si es que muere… O sea no morimos.
Moyano: –Hay un poeta Bernardo Colipan, que vive en Osorno, que decía que la obstinada resistencia mapuche se explica porque esto es una red de placentas.
Mariluan: –El territorio mapuche está sembrado de placentas y esas placentas se dan la mano entre sí. Es muy bello seguir dando vida.
Videla: –Después de poner la placenta en la casa de mi hermana, el árbol se puso todo verde, porque es algo que era de la tierra y volvió a la tierra.
   El sonido de los pasos de los caminantes es una mezcla de ramas que se quiebran con una brisa que silba bajito. “Cuando llegamos a un lugar se debería estilar un canto de bienvenida, algo muy hermoso que existe en todas las crónicas de donde podemos extraer datos. Yo pensé hacer el canto de bienvenida al final, porque después de compartir un espacio uno empieza a preguntarse por sus propios orígenes y asociamos familia y contexto. A veces la familia son otras personas que han llegado o que están cerca de nosotros. En virtud de lo que caminamos hoy voy a regalarles el canto de agua, de usanza cotidiana”, anticipa la cantante. La voz de Mariluan convoca en un mismo canto al pasado, al presente y al futuro. Nadie canta como ella, con esa fuerza y dulzura estremecedoras. Ella agasaja a los caminantes literarios con una frase perfecta: “Cuando un camino llega a su fin, recién empieza”.

 Extrañamiento invertido

Cristian Aliaga (Darragueira, 1962), que leyó poemas y participó en varias actividades del 6° Filba Nacional, llegó a la Patagonia en la década del 80 y se instaló en Comodoro Rivadavia. “El primer paso es desaprender la literatura escrita por otros –aclara el poeta, periodista y creador de la editorial Espacio Hudson–. Hay que romper con esa especie de resentimiento acerca de la mirada extrañada de los otros que tiene una tradición de 500 años. Pero está también la otra mirada, que es la de los que vivían en el Sur hace 10 mil años. Por eso me gusta citar al poeta y crítico uruguayo-mexicano Eduardo Milán, que dice que los pueblos ancestrales tenían un preverso, algo que estaba antes del verso”. Aliaga ejemplifica con una anécdota. “Uno va a una librería y pide una recomendación y el librero te recomienda En la Patagonia de Bruce Chatwin; es la mirada extrañada que el propio librero patagónico te sugiere que ese es el libro donde te llevás todo sobre la Patagonia. Yo escribí un libro de prosa Música desconocida para viajes, que tiene textos sobre lugares marginales de la Patagonia, como Manantiales o Garayalde. Un día me propuse contestarle a Chatwin, con todos los epígrafes que esto tiene –asume el escritor–. Una universidad británica me invitó y me preguntó si me interesaba escribir Música desconocida para viajes mirando lugares europeos, y yo acepté”.
En La pasión extranjera, publicado en una edición bilingüe en Gran Bretaña, todavía inédito por estos pagos, que presentó en el Filba en “Te cuento mi libro: Work in Progress”, Aliaga es como un Jemmy Button que lo llevaron a mostrar en Londres, pero que mira con un extrañamiento invertido. “Escribir desde el Sur es ir en contra de esa mirada extrañada –define el poeta–. Muchos de los escritores del Sur han quedado de algún modo presos de un regionalismo, que era el espacio que les dejaba esa mirada superior, global, más sofisticada. Ante la mirada extrañada, había que ser exótico, regional o pintoresco. Y ahí hay todo un gran debate hasta hoy sobre qué es la literatura patagónica.”

 Entrar en otros mundos

 Emilio Di Tata Roitberg, autor de El Oso –novela policial sobre una zona de Bariloche a la que nunca llega el turista– nació en Buenos Aires. Llegó a esta ciudad cuando tenía 16 años, en 1986. “El Sur es distancia y aislamiento, espacios vacíos. Muchas veces me dicen con la mejor intención: ¿por qué no te volvés a vivir a Buenos Aires? Como si estuvieran planteando que tengo que empezar de una buena vez mi vida cultural y literaria –ironiza el escritor–. Me lo ha dicho gente que me quiere, cuando voy a Buenos Aires. De hecho lo hice durante un año, en el 98, cuando viví en una pensión en Monserrat donde era el único argentino porque eran casi todos de la Ex Unión Soviética. Me hice amigo de un par de personas que eran de Kazajistán. Por muchas de las cosas que me contaban me sentía identificado con ellos, sobre todo por la distancia y el aislamiento. Disfruto mucho de Buenos Aires cuando voy por una semana o diez días, pero después empiezo a extrañar. Me gusta Bariloche y lo que implica estar acá.”
 Di Tata Roitberg se animó a escribir gracias a una profesora de la escuela secundaria que lo alentó mucho. “Me di cuenta de que no era bueno para los deportes y empecé a escribir basado en las cosas que leía, en el límite del plagio –reconoce–. Cuando leí Rapado, de Martín Rejtman, me dije que quería escribir un cuento cortito, parecido a lo de Rejtman. Yo estaba trabajando en un negocio y apareció un gordito que había caído preso por un asalto con intento de homicidio, que era el hermano menor del carnicero. Me pregunté cómo habría sido el primer día de este gordito cuando salió de la cárcel. Después apareció un hermano evangélico del Oso. Yo no viví lo del Oso, pero mi hermano menor se volvió evangélico. Yo lo había perdido, lo encontré transformado en otra persona. Y el cuentito que creía que tendría tres o cuatro páginas se transformó en una nouvelle. Como lector y escritor me gusta entrar en otros mundos, el día a día sin nada extraordinario de un taxista, de un mozo o de un albañil.”

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