domingo, 2 de abril de 2017

Arcadia

Arcadia

La tierra imaginaria

A pesar de que la danza contemporánea está relegada a un lugar marginal en las programaciones culturales, en esta disciplina se producen obras complejas, que interpelan al espectador de manera contundente. Es el caso de Arcadia, de Bárbara Hang y Ana Laura Lozza, en el Cultural San Martín, que indaga en el funcionamiento de una sociedad y se pregunta si es deseable o no el orden y el consenso.


Arcadia remite a un lugar utópico, abrazado sobre todo por los poetas románticos para imaginar un lugar donde reine la armonía y el acuerdo. Donde los seres humanos pueden trascender sus diferencias en pos de un bien común. Es un ideal que sabemos imposible, e incluso podemos dudar si sería un bien: va en contra de las leyes de la entropía, del caos como principio transformador y creador. Aún así, tierra imaginaria o principio anhelado, el consenso y el orden sobrevuelan la idea misma de sociedad. ¿Cómo se construye ese acuerdo? ¿Cómo se unen las fuerzas e ideas individuales en un proyecto común? ¿Cómo se abarcan las infinitas opciones y excepciones? ¿Qué se deja de lado? ¿Cómo se recupera el sentido cuando el plan colapsa? En la cuarta obra que las coreógrafas Ana Laura Lozza y Barbara Hang hacen en conjunto como el colectivo Acánohaydelivery, crean una micro-comunidad donde indagan precisamente en estas proezas y retos del vivir juntos.
Como han demostrado en sus creaciones anteriors, Hang y Lozza trabajan con meticulosidad el pensamiento que estructura sus obras; Arcadia es un recorrido sorprendente que lleva al espectador a lo largo de múltiples formas de pensar la piedra que ponen a rodar desde el principio: la de un grupo de personas (Alina Marinelli, Camila Malenchini, Natalí Faroni y Bárbara Hang) rodeadas de objetos reconocibles pero alejados de su utilidad que intentan organizar y organizarse. Colchones, maderas, sillas, caballetes, todos elementos de materiales precarios, y a la vez, de cierta resistencia, o más bien, instados a resistir. Desde el comienzo de la obra, se alternan en escena la sensación de precariedad y de épica. Todo el tiempo lo que sucede habla de algo pequeño y de algo inmenso a la vez, la escala que pretende abarcar es filosófica y al mismo tiempo lúdica. Y en eso acompaña mucho la música en vivo de Guillermina Etkin, que desde el comienzo marca un sentido paralelo o más profundo de aquello que sucede en escena.
Una tarea supuestamente absurda, como la de apilar las sillas verdes en una pila que toque el techo sin caerse, se vuelve una metáfora perfecta del anhelo humano, del trabajo colectivo para emprender hazañas pioneras y lograr que lo naturalmente torcido y endeble se mantenga erguido. Lo más interesante ocurre cuando lo que tratan de construir parte de un pensamiento ambicioso; cuando como monumentos, o estructuras de tamaño no humano, los objetos  tratan de ser puestos en pie. Y cuando esa torre cae, o se desvanece de a poco, y alguien corre a corregirlo como puede, manteniendo la propia fe y la confianza en lo construido, el espectador asiste a la síntesis del empeño mismo. Al deseo humano de acción colectiva y creativa, al futuro imaginado entre varios; y también a su fracaso. Lo curioso es que la obra casi no propone enfrentamientos, incluso cuando en una de las escenas del comienzo, luego de una especie de tempestad de fin del mundo, las intérpretes regresan a escena hablando un idioma ininteligible, lo que prima es el intento de entendimiento. El acuerdo, la negociación y la admisión del colapso de una idea son las bases para que la obra  transcurra y se despliegue.  Y el espectador sigue todo esto, extrañamente en vilo, porque desde el comienzo, se crean las condiciones para que sea algo que nos involucre, que nos emocione en lo inesperado, y nos sorprenda por las lecturas que origina.
Al igual que en su trabajo anterior, 4 artificios, las artistas construyen la obra a partir de consignas que traducen en prácticas escénicas aquello que quieren indagar. En cada función las intérpretes se abisman realmente a la búsqueda de acuerdo para la creación de varias de las escenas. Por eso resulta tan magnético de observar, porque lo que vemos no es una obra cerrada y concluida sino una experiencia que se despliega verdaderamente ante nuestros ojos, proponiendo al mismo tiempo la hipótesis y su experimentación. “Cuando una de nosotras propone algo, ninguna sabe cómo llevaremos a cabo esa consigna, ni quien de nosotras va a comenzar, ni qué va a surgir de todo eso. Y eso es lo que hace a la práctica interesante y divertida. Es imposible hacer lo mismos dos veces, salvo que el trabajo pase a investigar cómo ordenar los objetos de tal forma que siempre podamos construir la misma estructura. Pero el trabajo no tiene nada que ver con eso. Está más bien en relación con hacer algo todas juntas que no sabemos bien qué es ni adónde nos va a llevar. No hay lugar a que uno ponga sus deseos por delante de los otros: ahí es cuando todo se desmorona, eso es muy claro”, cuenta Barbara Hang.
En un momento de la obra, se presenta una escena que las creadoras llaman “la reunión” donde se proponen distintos planes, y lo que comienza de una forma sencilla, se va complejizando llevando al espectador a una deriva de la conciencia y sus posibilidades. Sigue Hang: “La escena de la reunión continúa lo que estamos haciendo antes pero a nivel de la palabra. Nunca fue una opción que estuviera fijo. Ensayamos mucho para mejorar y no estar perdidas; tenemos herramientas pero no controlamos el resultado: es un ejercicio de asociaciones de la mente, del lenguaje, y sobre todo de la imaginación. Es excitante estar ahí haciendo eso. Y esa excitacion está justamente dada por la ansiedad y adrenalina de seguir, de seguirnos.” Y agrega Ana Laura Lozza: “La estructura abierta es parte del concepto de la obra. Si lo fijáramos se convertiría en una actuación más que en una indagación sobre unos principios. Es pensar todo el material desde un proceso coreográfico, incluso en el uso del lenguaje. Eso diferencia el uso que hacemos de la palabra a cómo la usaríamos en una obra escrita. Intentamos construir con el lenguaje una magnificación de la idea de estar parado en el centro del momento”.
Ese vértigo y cuidado de todo lo que sucede en la obra, genera una tensión y un suspenso que rebalsa a la platea y que se percibe en el clima concentrado que se mantiene hasta el final. Algo hipnótico se construye en este trabajo delicado e inteligentemente contruido. Y es revitalizante confirmar que pese a que las instituciones culturales siguen relegando a la danza contemporánea a un lugar marginal dentro de su programación y gestión, a que el teatro Alvear está abandonado  hace 1027 días y no tiene fecha de apertura, entre otros ‘olvidos’, los coreógrafos contemporáneos están creando varias de las obras más interesantes y complejas de la escena local. Produciendo obras que interpelan de una manera contundente a la sociedad de la que surgen.

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