viernes, 28 de abril de 2017

Cómo moverse sin llegar a ninguna parte

La brasileña Arábia, la española Niñato y la japonesa Out There en Competencia Internacional

Cómo moverse sin llegar a ninguna parte

El film de João Dumans y Affonso Uchoa es una road movie en busca de un amor que no pudo ser, mientras que la ópera prima del madrileño Manuel Orr se desplaza a través de un grupo de familia y el segundo largometraje de Takehiro Ito viaja entre Tokio y Taipei.


Otra tríada de películas se sumó a los veinte títulos que compiten por los premios principales del 19° Bafici, que va acercándose a sus tramos finales: la brasileña Arábia, la española Niñato y la japonesa Out There. La primera de ellas viene haciendo ruido desde su reciente premiere mundial en el Festival de Rotterdam. Es comprensible: el film de los realizadores João Dumans y Affonso Uchoa logra conjugar su estimable sensibilidad social con una mirada totalmente alejada tanto del tono biempensante como del miserabilismo que suele consumirse en el circuito internacional. Rodada parcialmente en un pueblo de Minas Gerais llamado Ouro Preto (irónicamente, ya que muchas riquezas no parecen llover sobre sus habitantes), se trata en realidad de una particular road movie que, como su protagonista (o, más correctamente, uno de ellos) no deja de moverse por calles, rutas y poblados del interior del sudeste de Brasil. Ya la letra de un tema de Townes Van Zandt anticipa, desde la secuencia de títulos, esa imperiosa necesidad de moverse y no mirar atrás, a menos que lo que se recuerde es un amor que no pudo ser.
El encuentro de un muchacho con un cuaderno de notas, escrito por un operario de la fábrica de aluminio cercana que acaba de accidentarse, es el disparador del relato dentro del relato. Su protagonista es Cristiano, un hombre que luego de salir de la cárcel comienza su derrotero como mano de obra disponible para diversas faenas, desde la recolección de mandarinas hasta la carga de bolsas en camiones, del trabajo de construcción de rutas a la refacción de la mampostería de un burdel. Dumans y Uchoa van hilvanando ese retrato de una vida a lo largo de ocho años a partir de una sutil acumulación de experiencias y sensaciones, con un particular placer por el relato oral como origen de la empatía y la emoción. De esa manera, además de describir la pequeña epopeya de un hombre apegado por deseo o necesidad (o ambas cosas) a una vida de “golondrina”, el film acierta en el retrato social de un Brasil interno, alejado de las grandes urbes, que habrá cambiado la cosmética de algunas de sus relaciones de poder entre dueños, jefes y empleados, pero mantiene casi inalterables las distancias y posibilidades de aquellos que circulan por los escalones inferiores. Y el amor, claro está, que no parece formar parte de la vida de esos hombres endurecidos, pero es capaz de marcarlos para siempre.
Retomando la historia y los personajes de un cortometraje previo, Buenos días, resistencia, el director madrileño Manuel Orr debuta en el largometraje con Niñato, a su vez el apodo de su protagonista, un hombre de unos treinta y pico de años que afronta día a día la difícil tarea de criar a tres hijos pequeños y que, a pesar de la dura situación económica y laboral, sigue persiguiendo el sueño de alcanzar algún día la fama con su talento para escribir y rapear temas de hip hop. Difícil saber cuánto de real y cuánto de invención respira en cada plano del film: Niñato se acerca bastante a eso que algunos llaman ficdoc o docfic, en el cual sobre el lienzo de la más estricta realidad se dibujan los trazos de algunas o muchas ficciones. Pero lo importante quizás no sea tanto qué fibras se utilizaron para su confección como la tela resultante.
A partir del crecimiento en pantalla de los hijos de Niñato es posible adivinar que la cámara se mantuvo ocupada durante unos tres o cuatro años de rodaje intermitente y es muy posible que la idea de la estructura del film haya terminado de cuajar durante la edición. Lejos de cualquier formato de familia nuclear tradicional, la de ese padre cariñoso pero firme, porrero empedernido y dependiente de su madre para el lavado de la ropa (entre otros menesteres) es, sin embargo, un clan muy unido precisamente gracias a las dificultades que debe afrontar, tanto aquellas que llegan desde afuera como las internas. Orr logra que ese registro íntimo de una familia tenga algo de universal a pesar de sus peculiaridades y su película nunca pierde ni el sentido del humor contagioso ni la simpatía y sentido de la humanidad por los personajes que crea/registra.
Out There es la película más larga exhibida en esta competencia (142 minutos) y, tal vez, la más melancólica de la veintena. El segundo largometraje de Takehiro Ito va y viene intermitentemente entre Japón y Taiwán, entre el blanco y negro y el color, entre la ficción absoluta y la posibilidad del registro de lo real. La sinopsis señala a un director de cine que busca a un actor y a una actriz para su próximo proyecto, que debe reescribirse sobre la marcha por falta de presupuesto. En realidad, las diversas capas que lo conforman nunca terminan de dejar en claro qué forma parte de la película dentro de la película, qué escenas derivan de un sueño o de una fantasía, cuáles son los recuerdos reales de los personajes. Resulta claro que la intención de Ito no fue tanto construir un universo verosímil como encontrar una tonalidad y entrelazarla a partir de los diversos niveles temporales y espirituales que conforman la “trama”. El gran tema de Out There quizás sea la imposibilidad de su protagonista, Ma, un joven amante de los rollers, de hallarse finalmente en un lugar al cual poder llamar hogar.
Ma nació en Taiwán, vivió un tiempo en los Estados Unidos y ahora recorre Tokio con sus patines, pero sus deseos más profundos lo llevan a sentirse inquieto nuevamente, afectado quizás por eso que los alemanes llaman Sehnsucht y que el muchacho no logra describir delante del cineasta durante una sesión de casting. Hay también un fantasma que aparece y desaparece, silencioso e invisible para todos excepto para el espectador, y una vieja sala de cine derruida que la cámara recorre una y otra vez, quizás en busca de algún otro espectro, esta vez cinematográfico. La monotonía de Out There se hace evidente luego de un tiempo de proyección y su duración excesiva permite avizorar cierta cualidad pretenciosa, pero en sus mejores momentos logra encontrar una resonancia lírica diáfanamente triste.

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