jueves, 27 de abril de 2017

Curanderismo, delito, perdedores y deseo

El espanto, Orione, Los territorios y Vergel en la Competencia Argentina del festival

Curanderismo, delito, perdedores y deseo

El documental de Pablo Aparo y Martín Benchimol muestra un pueblo sin médicos; el de Toia Bonorino confronta lo doméstico con la criminalidad y el de Iván Granovsky engaña desde la comedia. La ficción de Kris Niklison va del duelo y la espera al deseo forzado.


El nombre del pueblo parece elegido a propósito. El Dorado, como la tierra soñada por los conquistadores españoles. Aquella que, se suponía, contenía las mayores riquezas de la Tierra. Este El Dorado, en cambio, atrasa tanto que nadie en él cree en la medicina occidental sino en el curanderismo, que muchos de los vecinos del pueblo practican. El espanto, que transcurre enteramente en ese pueblo bonaerense, no es ninguna ficción sino el más puro documental, que muestra al espectador urbano del siglo XXI hasta qué punto perviven todavía, a escasa distancia y en el mismo tiempo que a él le toca vivir, las más cerriles supersticiones, que niegan tozudamente todo avance de la ciencia y el saber. Orione es un tipo de documental bien distinto, que elige contar la trayectoria delictiva de dos jóvenes del sur del conurbano en la voz de la madre de ambos, una de esas supermadres que parecen capaces de sobreponerse a todo. Hasta a la muerte de sus seres más queridos. Como “documental del yo” podría definirse a Los territorios, ópera prima de Iván Granovsky, en la que la narración deriva tanto como el narrador. Opus 2 de Kris Niklison, realizadora de Diletante, Vergel no podría estar más distante de aquélla. Ficción absoluta, de imágenes sumamente compuestas y con un tratamiento de color muy deliberado, esta coproducción argentina-brasileña se halla drásticamente dividida entre una primera parte dominada por el duelo y la espera, y una segunda en la que el deseo se desata. Todo esto sucede en la Competencia Argentina del 19º Bafici.
“No, los médicos no la van a poder curar de ninguna manera”, afirman como quien tiene el saber todos los vecinos de El Dorado, localidad bonaerense de apenas 318 habitantes, refiriéndose a una señora que está enferma. “Nooo, acá jamás viene un médico, las enfermedades las curamos nosotros”, es lo otro que aseguran. Pasarse un sapo por la mejilla si duele una muela, un hilo de un largo específico para otras dolencias, o recitar algún mantra que nadie está dispuesto a develar a los intrusos Pablo Aparo y Martín Benchimol, cuya previa La gente del río el Bafici había exhibido cuatro años atrás. Qué hará esta gente ante un infarto, una infección, una afección neurológica, se pregunta uno. Ellos parecen no sufrirlos, están muy satisfechos con sus métodos caseros. Hay una sola enfermedad que confiesan no poder curar: el espanto. El espanto es un shock, por lo visto bastante común, experimentado ante algo que produce mucho miedo. Fantasmas, luces malas, esas cosas. “Lo sufren las mujeres, que son más débiles”, aclara un vecino. “Acá en el pueblo no hay homosexuales, si hubiera tendríamos que matarlos”, acota otro. ¿No hay nadie que cure el espanto? Muy de a poco, entre muchos subterfugios y recelos, surge que hay uno que lo cura. Un viejo curandero que vive medio alejado y que a pesar de su método muy particular tiene éxito. El método es realmente particular y no debe develarse, salvo decir que hubiera puesto colorado al pai de Alberto Olmedo. Más allá de esto, El espanto parece un film fantástico, en el que dos seres urbanos se extravían y van a parar a un pueblito detenido en el tiempo, en el que la gente se casa vestida de gaucho. El espanto es graciosa y excéntrica, sí, pero en línea con lo que indica su título, pone los pelos de punta.
“Sí, mamá, a mí me gusta robar”, dice la señora que le dijo su hijo Alejandro el día que se lo cruzó esposado en una comisaría. “Mañana no chorea nadie”, dice a cámara un hijo no identificado (puede ser Alejandro o su hermano Leo, que también delinque), pasado de vino en una fiesta familiar, con los chicos jugando ahí cerca, y mamá y papá sentados a la mesa. Lo que hace la realizadora Toia Bonino en Orione es justamente eso: confrontar el mundo de la domesticidad con el de la criminalidad, tomando como eje narrativo la confección de una torta amorosamente decorada que mamá prepara para su nieto, el hijo de Alejandro. Sobre esa acción se sobreimprime el relato-off (calmo, articulado, casi imperturbable) con el que mamá reconstruye la historia de Ale y Leo. A ese eje concurren las imágenes familiares (fotos, grabaciones caseras), que permiten dibujar el interrogante de cómo y en qué momento un chico la quiere tan fácil como para agarrar los fierros, sin darse cuenta de que en nueve de cada diez casos eso es pan para hoy y hambre para mañana. Hay una carta íntima que parece escrita desde el lado de allá de la muerte. Orione es un documental de deudos.
“Los territorios” es el nombre con que se conoce a Gaza y Cisjordania. Lo primero que uno piensa ante una película llamada Los territorios es que tratará sobre ello. No es el caso de la ópera prima de Iván Granovsky, que termina en esa zona, pero antes de llegar allí da vueltas por Capital Federal, varios países de Latinoamérica, Mendoza, París y el País Vasco, entre otros puntos del globo. Como una suerte de flâneur del documental, Granovsky, que viene de la producción y distribución cinematográficas, se busca a sí mismo alrededor del planeta, quemándole la tarjeta de crédito a la mamá, que amenaza con bloqueársela. Sí, Los territorios es también una comedia documental, en la que el protagonista se muestra como una suerte de Woody Allen de lo real, perdedor con las chicas, irresoluto con la vocación, económicamente dependiente de su madre y profesionalmente a la sombra de su padre. Su padre es Martín Granovsky, ex secretario de Redacción y actual columnista de PáginaI12, quien aparece aconsejando a su hijo, como si éste en lugar de 30 tuviera diez años menos. Pero ojo que Los territorios es un documental muy engañoso. No sólo porque el propio Granovsky (Iván) se presenta, al final, como “actor”, sino porque la materia fílmica aparece sumamente controlada, medida, dosificada, con un uso de muy diversos materiales y una gran flexibilidad de la forma.
Quien viera Diletante y Vergel juntas, jamás podría adivinar que son de la misma realizadora. Total sencillez allá, sofisticación formal acá. Un desglose de planos sumamente fragmentado, un trabajo de colores (fuertes, fauvistas, almodovarianos) muy calculado, lo mismo que el montaje y la dirección de arte, dominada por el vergel del título, un balcón terraza francamente selvático y seguramente alegórico. Durante algo más de la mitad de la película, la actriz brasileña Camila Morgado está como sitiada en ese departamento (uno de los desafíos de Niklison es no salir de allí durante todo el metraje), intentando resolver los trabajosos trámites burocráticos para poder enterrar a su marido, que acaba de morir en un accidente. Eso, en medio de la depresión ocasionada por el hecho. Hasta que llega la vecina de abajo (Maricel Álvarez, sobreactuando a lo loco), a quien la dueña del departamento le pidió que le regara las plantas, y como derrocha vitalidad se la contagiará a la joven viuda. De pronto, ambas aparecen juntas en la pileta del baño, dando inicio a la segunda parte de la película, donde se desata un deseo que suena bastante forzado.

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