domingo, 30 de abril de 2017

"Demoledores" - Daniel Aráoz y Coco Sily

Daniel Aráoz y Coco Sily protagonizan Demoledores, basada en textos de Roberto Fontanarrosa

Combatientes en defensa de lo popular

Ambos actores fueron amigos del escritor y humorista rosarino, y decidieron montar la obra adaptando dos cuentos, con el agregado de un texto de Pedro Saborido. “Cualquiera de los personajes que el Negro escribió podríamos ser alguno de nosotros”, aseguran.

 “¿Esto es para tapa, no?”, pregunta Coco Sily, con mirada inquisidora, ni bien comienza la entrevista. “Sí, sí, la condición exigida fue que sea tapa. Y del diario, no del suplemento”, agrega Daniel Aráoz, con gesto adusto, disparando las primeras risas de una serie que acompañará la entrevista. “Como debe ser a la talla de dos intelectuales de prestigio como nosotros”, suma una más Sily, que recibe como celebración la carcajada de su compañero. Amigos y humoristas, los actores parecen ser las dos cabezas de un mismo cuerpo, o los dos hemisferios de un mismo cerebro. Al igual que en el escenario, también en el llano la dupla se retroalimenta en conceptos, ideas y –sobre todo– bromas, que siempre tienen a tiro. “No renegamos de nuestras raíces populares”, afirman, casi a dúo, quienes acaban de estrenar Demoledores, una obra en la que vuelven a llevar a escena –lo habían hecho hace años con Aryentains– textos de Roberto Fontanarrosa, en el Teatro Picadilly (viernes y sábados a las 23, domingos a las 21).

“Es una suerte de homenaje al Negro, a diez años de su partida”, se apresura a señalar Aráoz, que junto a Sily entablaron una estrecha amistad con el escritor rosarino (ver aparte). Tomando los cuentos “El rey de la milonga” y “La Nela y el gordo” de Fontanarrosa, Demoledores se permite readaptarlos a una puesta teatral que hace reír y emociona por igual. La obra cuenta con un cuento final escrito por Pedro Saborido, que los protagonistas narran como en el recordado Compatriotas, el ciclo televisivo que hace algunos años se emitía en las medianoches de la TV Pública. “La literatura del Negro es la que más nos representa. Cualquiera de los personajes que el Negro escribió podríamos ser alguno de nosotros. La identidad barrial, el lugar de la amistad, el humor, la sorpresa, la puteada, la simpleza, el lugar del perdedor... Allí nos vemos reflejados buena parte de los argentinos”, analiza Sily, con la mirada atenta de su compañero de aventuras, durante la entrevista con PáginaI12.
–¿Por qué vuelven a llevar al teatro parte de la obra de Fontanarrosa?
Daniel Aráoz: –El Negro nos dejó una literatura increíble, con un estilo muy particular. Es una literatura sencilla a la vez que rica. En sus primeros cuentos, por ejemplo, hay muchos guiños a Macedonio Fernández, con reminiscencias a un lenguaje muy oscuro. La literatura de Fontanarrosa provoca reacciones atípicas de los lectores. En general, la imagen que existe en el imaginario social de un lector es el de un hombre o una mujer sentados bajo una luz leyendo seriamente un libro. Al lector de Fontanarrosa se lo reconoce a la distancia. Es distinto. El lector de Fontanarrosa es un tipo que está vivo, gestualmente activo. Me ha pasado de toparme con gente riéndose a carcajadas y notar que estaban leyendo algún libro del Negro. Pocos textos generan carcajadas como los de Fontanarrosa. Ese estado sólo es posible generar con una construcción literaria muy precisa.
Coco Sily: –El Negro fue uno de los autores costumbristas más importantes de la literatura argentina, junto con Osvaldo Soriano. Y ha hecho escuela, porque uno cuando lee a Eduardo Sacheri o a Fabián Casas, por citar dos casos, indudablemente reconoce una misma identidad. Fontanarrosa vive en las bibliotecas de las casas y también en las nuevas generaciones de escritores argentinos. Dejó una escuela literaria que hoy es reivindicada, pero que en cierta época fue mirada de reojo por ciertos sectores de la intelectualidad y literatura argentina. (Jorge Luis) Borges lo hubiera cagado a trompadas. Sobre todo teniendo en cuenta su diatriba anti futbolera. ¡Por suerte no se cruzaron nunca! (risas)
D. A.: –El poder reflexivo sobre lo argentino de Fontanarrosa es otro aspecto que lo distingue. Su literatura, además, contiene una autocrítica furiosa. El que no percibe el aspecto crítico sobre el ser argentino es porque es un negador o directamente un pelotudo.
–La literatura de Fontanarrosa es tan cercana al costumbrismo como el registro actoral de ustedes lo es respecto de lo popular. ¿Ayuda ese vínculo artístico a la hora de intepretar los personajes?
C. S.: –Nosotros no renegamos de las raíces populares. Al contrario: somos combatientes de la defensa de lo popular, como lo opuesto a lo elitista. Vivimos en un país que siempre menospreció a los actores populares, principalmente a los cómicos. Los actores que tienen cierta gracia para hacer reír siempre fueron la berretada para el mundillo culorrotismo argentino pseudo intelectual. Porque un tipo como (Alejandro) Dolina, al que nadie puede negarle su lugar de intelectual, pondera lo popular. Dolina, incluso, se transformó en un artista popular siendo un intelectual de altísimo nivel. El culorrotismo argentino hizo que a (Alberto) Olmedo lo ponderemos después de muerto. O hasta el mismo Guillermo Francella, que recién fue reconocido como actor una vez que hizo papeles dramáticos. A mí no me hacía falta que trabajara con (Juan) Campanella para darme cuenta de que se trataba de un actor formado.
D. A.: –Hay una nueva etapa en la actuación argentina. Ahora podemos hacer comedia y drama sin problemas.
C. S.: –Es muy difícil. Vos lo lograste, Francella...
D. A.: –Es un desafío, pero hay que buscarlo si uno desea cambiar de registro. Hay que parar por un tiempo, alejarte, dejar descansar al público, para poder volver y escapar de tus personajes. No necesitaba el prestigio de la mirada ajena, pero sí animarme al desafío. Los actores somos rehenes de nuestros personajes. A veces tenemos que escaparnos.

 El último chiste del Negro

 Entre las anécdotas de todo tipo y color que guardan con Fontanarrosa (“un amigo inolvidable”, lo definen), hay una que Sily y Aráoz destacan con particular énfasis. Tal vez sea porque bien podría haber formado parte de algún cuento del autor de Usted no me lo va a creer, Best seller y El área 18, entre otros. Arranca Aráoz: “Cuando el Negro murió, fuimos los cuatro Aryentains a Rosario a despedirlo. Fuimos sin saber ni dónde lo enterraban ni nada. Nos mandamos. Apenas entramos a Rosario, nos sorprendió la cantidad de gente que había en la calle y que, sin que le dijéramos nada, nos hacía señas para llegar hasta el entierro. Todo Rosario estaba en la vereda. Fue muy conmovedor”, recuerda. Toma la posta Sily, para rematar la anécdota con el que ellos creen que “fue el último chiste” de Fontanarrosa: “Resulta que los más íntimos estábamos en el velorio y en el momento que estaban bajando el cajón, en ese momento terrible, me suena el celular a todo lo que da, con una canción de ringtone que –vaya a saber por qué tenía ese y no otro– decía: ‘viví la vida, vivíla, vivíla’. Nos gusta creer que fue la última humorada del Negro antes de llegar al cielo”.

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