Fue la historiadora estadounidense Deborah Lipstadt la que acuñó la idea y la categoría de negacionismo del Holocausto, a propósito sobre todo de un grupo de historiadores de distintos orígenes que sostenían que el plan de exterminio nazi, los campos, las cámaras de gas y los seis millones de asesinados durante la Segunda Guerra eran una invención. Lo hizo en su libro Denying the Holocaust: The Growing Assault on Truth and Memory (“Negando el Holocausto: El creciente asalto sobre la verdad y la memoria”), publicado en 1994 y asombrosamente no traducido al castellano. Uno de sus principales acusados allí era el historiador no académico (jamás puso un pie en la facultad) David Irving, asumido como nazi para los suyos pero no para el resto del mundo (no era cuestión de perder lectores, su principal fuente de ingresos hasta entonces). Ofendido por su inclusión en el libro de Lipstadt, el célebre Irving (varios de sus libros fueron fabulosos best sellers) la llevó a la Corte, así como a la editorial Penguin Books, bajo el cargo de libelo. 
Tras el juicio, celebrado en 2000, Lipstadt escribió un libro llamado History on Trial: My Day in Court with a Holocaust Denier (“La Historia llevada a juicio: mi día en la Corte con un negador del Holocausto”). En ese libro se basa Denial (“Negación”), producida por la BBC, escrita por el prestigioso guionista y dramaturgo David Hare (Plenty, Las horas, La lectora) y dirigida por Mick Jackson, realizador británico cuyo trabajo más conocido sigue siendo, quiérase o no, El guardaespaldas (motivo, seguramente, de que después haya quedado casi exclusivamente confinado a la televisión). La exquisita Rachel Weisz hace de Deborah Lipstadt (una elección bastante curiosa, habida cuenta de que Weisz es británica), un Timothy Spall bastante adelgazado de David Irving, y Tom Wilkinson, de uno de los abogados defensores. Tras su estreno en octubre del año pasado, la plataforma Qubit.TV la ha incorporado recientemente, pudiendo accederse a ella por el pago de una mínima suma extra. “Yo soy David Irving, señorita”, dice el hombrón parado a mitad del anfiteatro en el que Deborah Lipstadt está dando una conferencia. Tal vez respetando la regla dramática que indica la conveniencia de que en una película de duelo empiecen ganando los malos, en ese primer encuentro vence Irving 1 a 0. Tiene a favor el efecto sorpresa, que hace que su rival no pueda salir de la turbación y rehúya el debate. Peor aún: mostrando más orgullo que inteligencia, Lipstadt niega públicamente el debate al negacionista, en forma definitiva. Cualquiera, empezando por el propio Irving, presentado como un tipo de alta velocidad mental, podría acusar a Lipstadt de poco democrática. Lo cual en esta batalla sería mortal. Lo que salva a Lipstadt es el juicio promovido por su rival, que permite a la historiadora rodearse de un dream team legal. Dos dream teams, en verdad. Dos abogados y dos equipos de investigadores, uno para estudiar en detalle los escritos del acusador y otro para leer sus diarios personales. Por su lado, el no muy modesto Irving decide representarse a sí mismo, suponiendo tal vez que aplastar a su colega (¡apenas una mujer, al fin y al cabo!) será pan comido. 
Otro punto de torsión clásico de los films de boxeo (o lo que es lo mismo pero trasladado a las palabras, los de juicio) es el momento de la trompada que tumba al héroe y daña a su esquina. Aquí ese punto es el momento en que Irving revierte un “gancho” del prestigioso historiador Richard Evans, integrante de la defensoría, contestando con un jab que deja temblando a su rival. Mr. Evans presenta una serie de fotografías, explicando en detalle el procedimiento por el cual se esparcía el Zyklon B en las cámaras de Auschwitz. Irving replica que nunca nadie vio ningún agujero en el techo de las cámaras, por lo cual no existe ninguna prueba de que se hubiera gasificado a nadie. A la mañana siguiente los diarios tienen su titular servido por el marketinero David Irving, imposiblemente más eufónico: “No holes, no Holocaust”. “No hubo agujeros, no hubo Holocausto”.  
Pero ya se sabe cómo son las películas de box y de juicios: están llenas de volteretas dramáticas. Desde ya que Denial no es la excepción, hasta el punto de que el juicio a Deborah Lipstadt terminó resultando un duro golpe para los negadores del Holocausto. A más de uno el tema le resonará en relación con episodios y declaraciones de funcionarios del actual gobierno argentino. Que los desaparecidos no fueron 30.000, que Anna Frank “escribía sobre lo que quería” y fue víctima de “una dirigencia que no fue capaz de unir”. Deborah Lipstadt tiene una definición para casos como éstos: negacionismo blando. La película es realmente moderada en relación con Mr. Irving, de cuyo gusto por la provocación da cuenta con cuentagotas. Cuando sostiene, durante un acto de sospechosa audiencia, que “en Auschwitz murieron menos mujeres que en el asiento trasero del auto que cayó a la isla de Chappaquiddick” (refiriéndose al accidente en el que a fines de los 60 murió una joven acompañante del senador Ted Kennedy) y cuando, durante un mitin celebrado en Alemania, el historiador amateur reivindica, en alemán (lo hablaba perfectamente) al criminal de guerra Rudolf Hess.
Vale la pena revisar, aunque más no sea a vuelo de pájaro, los hechos más salientes de la vida y obra de Mr. Irving. Nacido un 24 de marzo (¡!), según su hermano mellizo a los 6 años ya hacía, de puro bromista, el saludo nazi. Siendo estudiante terciario escribió, en una revista estudiantil, que Hitler había sido “la mayor fuerza unificadora europea desde Carlomagno”, además que el apartheid sudafricano “no era suficientemente severo” y que la prensa británica “pertenecía a judíos”. No muy fanático de la precisión, publicó en su primer best seller (1963) que en el bombardeo aliado a la ciudad de Dresde murieron entre 100.000 y 250.000 civiles. En ediciones posteriores bajó a la mitad, y estimaciones actuales estiman la cifra entre 25.000 y 35.000. El opus magnum de Irving es Hitler’s War (y su continuación, The War’s Path) dedicados a mostrar al líder del Tercer Reich como un político racional y a exculparlo del asesinato de judíos, sosteniendo que Hitler no estaba al tanto, y que los verdaderos responsables de la Solución Final eran Himmler y Heydrich. 
Pero lo más lindo son los últimos años. Tras ser puesto un año en prisión en Austria por “trivializar, minimizar y negar el Holocausto”, tuvo que empezar a rebuscárselas como fuera, luego de haber vivido una vida de lujo, producto de sus fabulosas ganancias editoriales. Se dedicó a vender chucherías hitlerianas y libros (propios y ajenos) por Internet, así como a organizar tours en lo que alguna vez fue la Wolfsschanze (“guarida del lobo”) de Hitler, en la antigua Prusia Oriental. Los tours incluyen la opción de visitar “un verdadero campo de la muerte”, acompañado de charlas de “expertos en la auténtica historia”. Cyberlibrero y guía necroturístico: el final del otrora temible David Irving parece el de un feroz cuento satírico.