jueves, 27 de abril de 2017

Diferente temática, igual intensidad

En la Competencia Internacional del Bafici se vieron Medea, Dark Night y Porto

Diferente temática, igual intensidad

Alexandra Latishev Salazar muestra el ritmo cotidiano de una chica que parece querer salirse de su cuerpo, Gabe Klinger sigue una historia de amor que dura apenas una noche y Tim Sutton reconstruye la vida en una ciudad que está por vivir una masacre.


Los días del Bafici avanzan y continúan sumándose nuevos títulos en el seleccionado internacional competitivo. Tres films de ficción de diferentes temáticas y nacionalidades (Costa Rica, Portugal y los Estados Unidos) fueron las novedades presentadas a la prensa y al público en estos días, aunque es posible afirmar que la característica en común entre ellas fue su intensidad. Intensa es, precisamente, Medea, la ópera prima de la costarricense Alexandra Latishev Salazar, otro de los largometrajes centroamericanos que forman parte de la programación integral del festival. Según sus curadores, se trata de una región del continente que habrá que mirar con atención de aquí en más. En el film, los días de María José transcurren entre las clases en la universidad, a las cuales atiende con apático desinterés, las prácticas del deporte que practica, el rugby, y las noches con un amigo, pletóricas de alcohol, drogas y algo de descontrol. Las llegadas de madrugada o directamente de día a su casa, que comparte con sus padres, suelen mostrar las heridas metafóricas y reales de su cuerpo. A veces, la chica se tilda y mira hacia el infinito, como en un trance.
Construida alrededor de un secreto que, en realidad, no es tal si se siguen con atención los primeros minutos de los 73 totales de metraje, Medea adopta el tono del retrato y nunca lo abandona: la relación con sus padres, cercana pero algo desinteresada, la posibilidad de un vínculo con ese chico nuevo de la facultad que le gusta y que parece gustar de ella, la imperiosa necesidad de acabar las noches en estado catatónico, incluso con el riesgo de sufrir alguna clase de accidente. No hay aquí ninguna clase de juicio ético o social, y mucho menos de moralina: la realizadora se atiene a la descripción detallada del ritmo cotidiano de una chica que parece querer salirse todo el tiempo de su cuerpo, al que pone constantemente al límite de sus posibilidades. Habrá sobre el final una catártica transformación, precisamente corporal, y una serie de planos que rompen apenas con el tono seco que el film había mantenido hasta ese momento. El de Latishev es definitivamente un debut promisorio.
El principal problema de Dark Night, tercer largometraje de Tim Sutton, es la enorme sombra de Elephant, el film dirigido por Gus Van Sant que evocaba, de manera libre y poética, la masacre de la escuela secundaria de Columbine. También basado en un sangriento hecho real, el más reciente tiroteo durante una proyección del film de superhéroes The Dark Knight Rises (de allí, en parte, el título de esta película), la mirada de Sutton es similar a la de Van Sant, construyendo pacientemente un día en la vida de varios habitantes de una pequeña ciudad de la Florida, varios de los cuales podrían o no ser el asesino en potencia. Un adolescente bastante retraído confiesa tener como único amigo a un colega de juego virtual en un violento shooter; un veterano de la Guerra de Irak limpia cuidadosamente su colección de armas cortas y largas, antes de visitar el club de tiro; un joven que acaba de pelearse con su novia pasea por el barrio con un rifle de repetición a cuestas. También hay algunas mujeres, una de ellas obsesionada con sacar selfies de su cuerpo en poses tan artificiales como comunes en la vida online.
Allí late el corazón de la crítica a la sociedad que el film describe y que, más allá de la belleza plástica de muchas de sus escenas, no puede sino sentirse como algo esquemática y obvia. Ya el plano que abre el film, una imagen aérea de las casas, calles, piscinas, estacionamientos y malls del pueblo, que a esas alturas se asemejan a una perfecta maqueta en movimiento, simbolizan a la perfección el concepto central de Dark Night y su estética cercana a la ingeniería o el diseño, reforzadas por la aparición recurrente en la banda de sonido de canciones de tonalidades oscuras. El atractivo visual es indiscutible, y resulta muy difícil quitar los ojos de esos planos perfectamente encuadrados e iluminados, pero el resultado final es muy parecido al espíritu gélido y calculador del loco que irá a ametrallar a un grupo de espectadores inocentes al cine sin razón aparente.
A pesar de haber nacido en Brasil, el crítico, ensayista y guionista Gabe Klinger vivió gran parte de su vida en los Estados Unidos. Muy recientemente, con el documental Double Play, se pasó del otro lado del mostrador y comenzó una carrera como realizador. Su nuevo largometraje, Porto, que tuvo su estreno mundial en la última edición del Festival de San Sebastián, no hace más que confirmar con creces su recién descubierto talento. Coproducida entre Portugal y los EE.UU., filmada en gran medida en la ciudad de Oporto y apenas un poco en París, la película no podría poseer un alma más francesa. No es casual que uno de los personajes secundarios esté interpretado por Françoise Lebrun, la rubia de ojos claros de La mamá y la puta. Precisamente el de Jean Eustache es uno de los espíritus galos cuya presencia se siente con más fuerza en este relato de trama mínima y vehemencia máxima, una historia de amor entre un hombre norteamericano y una mujer francesa que dura apenas una noche, con un epílogo los días subsiguientes.
Dividida en tres capítulos que regresan sucesivamente a los mismos puntos narrativos para ampliarlos e intensificarlos, Porto retrata la fugaz historia en común de Jake (Anton Yelchin, recientemente fallecido en un triste y extraño accidente) y Mati, la increíblemente fotogénica Lucie Lucas, quien podría haber sido una musa de la nouvelle vague de haber nacido unas décadas antes. Un primer contacto, un reencuentro inesperado unas horas más tarde, las miradas en un bar que parece salido de un film sesentoso de Godard y una noche de sexo que es representada sin remilgos, pero con una sensibilidad romántica en el sentido más físico y erótico de la palabra. Como si quisiera reflejarse en pantalla, literalmente, eso que suele llamarse “pequeña muerte”. Tal vez como otro guiño al cine del pasado, Porto alterna diferentes formatos de pantalla para reflejar pasados, presentes, futuros y sueños, y fue rodada en 8, 16 y 35 mm. ¡Y qué linda es y cuántos matices permite registar la imagen analógica, a la cual ya casi se perdió la costumbre de admirar!

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