No cambió mucho la esencia de aquel muchacho criado en Adrogué cuando se transformó en un hombre maduro, padre y actor reconocido. No mucho. Al menos, la manera de vivir la vida que tiene Joaquín Furriel permite entender que si bien eligió una profesión en la que es casi imposible evitar la exposición, sigue manteniendo su mundo privado lo más alejado posible de las cámaras. Y también continúa viajando con los mismos amigos del barrio que conoció en su juventud adonde la naturaleza es el principal protagonista. Egresado del Conservatorio de Arte Dramático, Furriel decidió no ser uno más de la troupe de Montaña rusa cuando se inició en el mundo de la actuación televisiva: en un medio donde pintaba solamente para galancito –al menos así lo nombraba la patria periodística– finalmente construyó una trayectoria que ya tiene dos décadas. Y llegó a actuar y ser dirigido en teatro por el enorme Alfredo Alcón, con lo que no cuesta imaginarse que aquello fue para Furriel una escuela acelerada en su carrera artística. Un peldaño más grande de lo común en la escalera de su trayectoria. Desde su primer protagónico en la pantalla grande, Un paraíso para los malditos, de Alejandro Montiel, estrenada en 2013, Furriel viene siendo requerido cada vez con mayor frecuencia por los realizadores de cine. El más reciente provino del español Gerardo Olivares (el director de 14 kilómetros, sobre la inmigración africana), con quien trabajó en El faro de las orcas, que se estrena mañana en Buenos Aires.  
La ficción transcurre en Punta Norte, Patagonia Argentina, donde el  guardafauna Beto (Furriel), está acompañado casi exclusivamente por los delfines oceánicos. Hasta que llegan una mujer y su hijo con autismo. En el televisor siempre encendido en el cuarto del niño, en la lejana Madrid de donde vienen, vieron en un documental a estas orcas que ahora pueden mirar de cerca. Y a este hombre singular que se mete al agua con ellas. La madre, Lola (la española Maribel Verdú) decidió viajar lejos de su tierra con su hijo Tristán en busca de un milagro. Beto ya no puede evitar la pérdida de su tan preservada soledad. Además, el hombre percibe la conexión del niño con las orcas, y de las orcas con el pequeño. El guardafauna existe en la realidad y se llama Roberto Bubas. Nació en Esquel. Piloteando su avión llegó al Atlántico, muy joven, se hizo guardafauna y se fue a vivir solo a Punta Norte. Allí convivió con las orcas durante más de una década, las estudió y se hizo “amigo” hasta convertirse en un experto. Un día, lo visitó una mujer con un hijo con síndrome de Asperger. Más tarde, Beto escribió y publicó el libro Agustín Corazón abierto. 
“Primero me pareció interesante darle visibilidad al tema del autismo”, dice Furriel en la entrevista con PáginaI12. “En la vida real fue un chico hipoacúsico con un grado de autismo. En la película se habla directamente de autismo. Me pareció muy valiosa la proeza de esa madre, ya que los padres con hijos con autismo son capaces de hacer todo para que sus hijos puedan salir del ostracismo”, agrega. A raíz de la película, el actor confirmó algo que ya presumía: “Tengo una amiga que hace teatro con chicos con autismo y ella me decía que los padres que tienen hijos con autismo son muy estigmatizados”, comenta Furriel. 
–¿Por qué?
–Porque les echan la culpa, porque entienden que los padres tienen algo que ver con el autismo de ese niño. Muchas veces los hacen responsables de una manera prejuiciosa y estigmatizadora. No es fácil ser padre de un niño con autismo en la sociedad. Y el personaje que interpreta Maribel Verdú  habla de eso. Entonces, es muy valiosa la posibilidad que brinda la película de ver una madre que se viene desde Madrid con su hijo a la Patagonia. 
–Su personaje es más luminoso respecto de otros que le tocó interpretar. ¿Se conectó de otra manera para componerlo?
–En principio, es lo que se llama héroe luminoso y virtuoso. Yo eso lo había hecho con algunos galanes de novela, pero esto es algo diferente. Es una persona que, a pesar de que al principio le cuesta aceptar esa especie de invasión, es alguien que tiene una gran entrega y humanidad. Es todo lo que tiene Beto. 
–¿Investigó sobre el autismo?
–Investigué por curiosidad pero no por historia, porque el personaje responde de una manera más intuitiva y más autodidacta. Responde a los estímulos que percibe del niño. El no tener ninguna apoyatura científica ni ninguna metodología de cómo estar con un chico con autismo hace que la película demuestre que una de las herramientas de conexión más importante es acompañar lo que al chico lo conecta. En realidad, esto es inherente a cualquier niño. Si a un nene le decís: “Vamos para allá que está el Cabildo” y el nene está jugando con una piedrita en la plaza, es mejor quedarte jugando allí con la piedrita que sacarlo de ese juego y llevarlo a ver el Cabildo. Es probable que al verlo diga: “Esa porquería no quiero ni verla, no me interesa, quiero volver a la plaza y jugar con las piedritas”.
–¿Cree que la sociedad no tiene la actitud necesaria para la inserción social de los chicos con autismo?
–No sabría contestarlo con mucha precisión. Mi sensación es que, cuando existe el prejuicio o una estigmatización, nunca se va a poder llegar a un mejor lugar. Cuando uno no conoce algo es mejor informarse antes que declarar una opinión. Eso es algo esencial en esto que usted plantea para que la sociedad pueda ser diferente. Leí en The Guardian que ahora en Plaza Sésamo empieza un personaje con autismo. Recuerdo que una vez se murió la voz de uno de los personajes importantes y decidieron que muriera también el personaje y hablar de la finitud en ese programa. Muchas veces Plaza Sésamo ha tocado temas de la inclusión, del racismo. Ha hablado con sus personajes. 
–Es una manera inteligente de llegar con temas difíciles a los chicos...
–Sí, en ese sentido ese programa viene marcando tendencia hace años. Son generaciones y generaciones que lo vieron. Mi hija lo ve ahora y antes lo veía yo. Darle luz a un personaje con autismo es una manera de ponerle, por lo menos, un límite al prejuicio y a la estigmatización.
–Y en cuanto a las instituciones, ¿cree que funcionan para estos casos?
–Bueno, depende. Si hablo por lo que vivencié con el equipo de Psiquiatría de la Fundación Fleni, donde estuve hablando, digo que sí. Hay instituciones que trabajan muy seriamente. La educación, en ese sentido, es el ámbito donde todo germina. Ahora, eso también exige pensar, repensar, tratar de acercar los temas para que los niños puedan estar estimulados y encontrar que la diferencia es un valor. Es algo enriquecedor en ese sentido. Hay diferentes autismos. No es una palabra general. Cada niño es un caso único. Me contaban las psiquiatras que hay diagnósticos que aparecen en edades adultas de las personas. 
–Es que en cualquier chico el principal estímulo es el afecto, ¿no?
–En este caso fue la naturaleza, por ejemplo, porque el afecto lo tenía. A partir de estar ahí, empezó a desenvolverse de otra manera. Beto Bubas me comentaba algo que algunos psiquiatras también lo dicen, que es como si uno fuera tres personas: el que fue, el que es y el que uno construye socialmente. Y que los animales tienen una sola apariencia: lo que es, es. Quizás el acercamiento de los niños con autismo a terapias con caballos o terapias de ese estilo permita que los chicos puedan conectarse de manera directa porque los adultos tenemos muchas caras y eso no es tan fácil. Esta teoría que estoy comentando marca que es la sociedad la que estaría enferma y responde de una manera negativa con quienes tienen otro lado de sensibilidad. 
–La película también lo conectó con otra de sus pasiones: la naturaleza.
–Sí, porque volví a estar donde estuve como mochilero a los dieciséis años. Fuera de la actuación me considero un viajero empedernido y voy seguir viajando. Hace poco llegué de El Chaltén porque estuve seis días en la montaña. Caminar con la mochila, la carpa y todo para estar seis días ahí adentro tiene un significado muy importante. Soy una persona urbana, pero con una gran experiencia con la naturaleza. Estuve en el Himalaya, en el Sudeste Asiático, en Indonesia... 
–¿Disfruta de los personajes con los que se siente identificado o le resultan más atractivos los que están a una distancia importante de su manera de ver la vida?
–No me pasa siempre lo mismo. Ahora voy a filmar la película Luz, de Juan Solanas, y voy a hacer un personaje muy difícil de empatizar para mí: es un tipo que roba bebés en la época de la dictadura. Sin embargo, sé que tengo que armar una composición para ese personaje y entender por qué el personaje cree que lo que está haciendo está bien. 
–¿Le servirá su experiencia en la novela Montecristo?
–Bueno, de alguna manera. Es verdad que en Montecristo la historia del  padre de mi personaje tenía que ver con la apropiación de bebés. Uno tiene una opinión, pero a la hora de interpretar tiene que llevar al máximo la historia de su personaje. 
–Por su formación en el Conservatorio Dramático se supone que es de estudiar mucho a los personajes, pero ¿qué lugar ocupa la intuición? 
–Estoy leyendo un libro de un sobreviviente uruguayo que dice que después del accidente que tuvo, él tenía que saber cómo iba a funcionar su intuición. Dice que la intuición es la combinación entre el conocimiento y la pasión. El conocimiento es la parte más técnica que uno aprende y la pasión tiene que ver con lo emocional, es lo que a uno lo mueve. Me gustó mucho esa definición, porque la intuición siempre está asociada a algo que viene fortuitamente y yo no creo en lo fortuito. Creo en el entrenamiento y en el trabajo para que uno pueda crear hasta donde pueda. Si uno lo hizo bien o mal queda en la subjetividad, pero he hecho villanos de novelas, personajes de teatro clásico como Segismundo en La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca, donde entrás con un texto en el que no te podés salir durante dos horas y veinte minutos. Todo ese eclecticismo que me permitieron lograr los productores que me convocaron para diferentes programas y siguen convocándome me está ayudando a poder seguir creciendo interpretativamente, a seguir entrenando y practicando. Estoy todo el tiempo estudiando y pensando qué puedo hacer para poder mejorar. 
–En ese sentido, ¿el cine le permite otro modo de expresión que el teatro y la televisión o no depende del formato?
–No, no depende del formato. Desde ya que el tiempo es siempre favorable. Estoy ensayando vía Skype con el director de una película desde hace dos semanas. Ahora, me voy a Asturias y filmo esa película. Cuando vuelva, voy a tener cuatro meses para preparar a “La Bestia”, el personaje que voy hacer en el largometraje de Juan Solanas. 
–Al ser actor de TV, cine y teatro, ¿cómo observa el tema del público? ¿La televisión lo acerca a distintas capas sociales y tiene mayor llegada en ese sentido?
–Sí, la primera vez que empecé a sentir una sensación de popularidad fue con Soy Gitano. Y a los meses de estar haciendo esa novela hice Don Chicho, de Alberto Novion, que es una obra muy importante de nuestro teatro y que es como la bisagra entre el sainete y el grotesco. La dirigió Leonor Manso. Y me pasó que salía del Teatro Cervantes y me encontraba con público que me decía: “Es la primera vez que vengo al teatro. ¡Y qué hermoso es este teatro!”. Ese público vino por la tele. Desde ese momento, entendí que la televisión es una hermosa herramienta de popularidad y que después depende de uno hacia dónde lleva esa popularidad. Es una decisión de uno ver por fuera de ese espacio a dónde va convocando a ese público. Me gusta. Pudieron ver Rey Lear y Final de partida con Alfredo Alcón. Y con muchas obras de teatro que elijo hacer me doy cuenta de que viene público al que le gusta el teatro y público que me conoce solamente por la tele. 
–Ayer se cumplieron tres años de la muerte de Alfredo Alcón. Con todo un poco más digerido, ¿cómo lo recuerda y qué significó para usted no sólo como maestro?
–A Alfredo siempre lo pienso, lo tengo presente y lo extraño mucho. He tenido el privilegio de ser dirigido por él y actuar con él en su último trabajo en teatro, Final de partida, una obra de Beckett tan difícil como es Beckett, que no es fácil poder ahondarla. Sin embargo, con Alfredo hasta lo más difícil parecía posible. Fue alguien que me enseñó sin darse cuenta de que me estaba enseñando y que me estimuló a ponerle garra al camino para tratar de ser el mejor actor posible porque él amaba profundamente nuestra profesión, como yo también la amo. Fue muy saludable para mí en ese momento conocer a un actor de la edad de Alfredo, del recorrido que tuvo como actor y ver que seguía teniendo las ganas, el deseo y esa llama prendida para estar arriba del escenario diciendo los textos como él los decía. No va a haber nadie que lea los textos como Alfredo. Recuerdo los monólogos en Rey Lear o los que tenía en Final de partida. A veces, no lo recuerdo sólo por las obras que yo hice. Lo recuerdo sentadito en el proscenio de la sala Martín Coronado del Teatro San Martín, en Variaciones Goldberg, una obra que dirigió Roberto Villanueva con Fabián Vena. Alfredo tenía un monólogo ahí prácticamente de una hora. Pocas personas te pueden llevar a donde quieren. Y Alfredo lograba eso. Con el texto, lo llevaba a uno a donde quería. Eso siempre lo voy a tener muy presente, como un gran ejemplo de búsqueda, de intención y de cariño por nuestra profesión. Alfredo es uno de esos nombres que le hacen muy bien a nuestra profesión.

El faro de las orcas, con Joaquín Furriel, Maribel Verdú y Quinchu Rapalini

Una historia de códigos compartidos

La película de Gerardo Olivares tiene como protagonistas a un guardafauna ermitaño, una madre española, su hijo con autismo y una orca entrañable. En la relación de los personajes hay una dosis de verdad que trasciende la mera suma de tópicos gancheros. 


Como se sabe, el cine industrial suele construir sus historias apelando a fórmulas dramáticas y “pernos” narrativos, que bien ajustados permiten, se supone, hacer andar la máquina. Pero un relato cinematográfico no es una máquina inhumana: para no bajarse y tomarse otro, el espectador necesita creer que en ese rodado viaja gente de veras. No es lo mismo gente que actores: actores pueden ser simples muñequitos al servicio de ideas, guiones, tramas o efectos especiales. En la pantalla tiene que haber gente en la que el espectador pueda proyectarse: el cine es un fenómeno de proyección.
Últimamente, algunas películas industriales logran traspasar el carácter inhumano que de por sí define a esa clase de cine. El de El faro de las orcas es un caso, con la particularidad de que ese traspaso se da en el curso mismo, dejando ver las dos versiones: la maquinal y la que no lo es.  Los pernos de esta coproducción hispano-argentina –basada en una novela y dirigida por el andaluz Gerardo Olivares– son Beto, un ermitaño guardafauna de Península Valdés (Joaquín Furriel), Lola, una bonita española (Maribel Verdú) y el hijo de ésta, un niño de once años llamado Tristán, que padece de autismo (Quinchu Rapalini). Lola ha viajado estos 16.000 km junto a Tristán porque viendo en televisión un documental en el que Beto jugaba con unas orcas, detectó en su hijo una emoción inusitada, y tiene esperanzas de que el contacto con esos cetáceos permita su curación.
Todo está preparado para encajar: el guardafauna buenmozo y solitario, la bella mujer separada, la posibilidad de curación de un mal grave, siendo el cine tan afecto como es a toda forma de superaciones, segundas oportunidades y curaciones, y hasta la orca amiga de Beto, que acude presta al llamado de su armónica (¡como si fuera el fiel alazán de algún cowboy!), para dejarse acariciar por su “amigo costero”, como el propio Beto se denomina (¿son en verdad las orcas tan sociables con los humanos como los delfines?). Y esos dos solitarios que son Beto y Tristán, que tal vez puedan encontrarse más allá de las barreras del comportamiento. Todo esto conforma El faro de las orcas-máquina. La diseñada en distintas computadoras, teniendo en cuenta estadísticas sobre gustos del público.
Pero en algún punto se produce una conspiración entre el realizador y sus actores, que no subvierte ese diseño pero le provee una verdad que no tenía. Entonces las miradas entre Furriel y Verdú hacen creíble lo que hasta ese momento era pura imposición de guion, un gesto de Tristán se convierte en encantador código compartido entre los tres, puede creerse que el chico huya a caballo y se interne en el mar en busca de su nueva amiga, y que ésta lo reciba también como tal, abriendo su bocaza no para devorarlo sino para festejarlo, emitiendo esa clase de ultrasonido típica de los delfines. Y que el guion, coescrito por Lucía Puenzo, tenga la delicadeza de dejar la relación de Beto y Lola en estado de suspensión. Al que habría que darle un tirón de orejas es al compositor Pascal Gagne, cuya banda sonora no para casi un minuto.