jueves, 13 de abril de 2017

"El porvenir" - Mia Hansen-Love

Mia Hansen-Love logra que sus personajes reflejen la vida cotidiana con autenticidad

“La única regla es estar atenta a todo”

La directora francesa asegura que su quinto largometraje, El porvenir, se propuso “ir hasta el final” al hablar de un tema que le generaba temores debido a su historia familiar: la brutalidad de una separación y la dificultad que plantea escapar de la soledad.


A los 36 años y con cinco películas estrenadas, la parisina Mia Hansen-Love se habitúa a los premios. Su film inaugural Tout est pardonné (2007) recibió el premio Louis-Delluc a la mejor ópera prima. La siguiente, El padre de mis hijos (2009), el Premio Especial del Jurado de la sección Un certain Regarde en Cannes, y más recientemente en Berlín El porvenir se llevó el Oso de Plata a la Mejor Dirección. Antes de decidirse por la realización cinematográfica, esta muchacha delgada, pálida y rubísima, tal como indica su apellido nieta de daneses, dio algunas vueltas laborales, pero siempre en el ambiente del cine. Empezó trabajando como actriz para Olivier Assayas en Fin de agosto, comienzos de setiembre (1998) y Los destinos sentimentales (2000), siendo todavía alumna de liceo secundario. Cuando dejó de serlo, hizo dos cosas: ingresó al Conservatorio de Artes Dramáticas, que abandonó prontamente, y se unió a Assayas, a quien no abandonó. De hecho, tienen un hijo juntos.
Como su compañero, Hansen-Love pasó por la mítica revista Cahiers du Cinéma, también brevemente, de 2003 a 2005. De inmediato comenzó a preparar su primera película, y de allí en más ya no cambió de oficio. Habitualmente relatos intimistas, las películas de Hansen-Love tienen algo de “mosca en la pared”, en el sentido de que en ellas no se siente el peso del dispositivo cinematográfico. Hay en ellas algo de inmediatez, de mundo real. Aun cuando en ocasiones, como en la previa Edén (2014), ese mundo real más parece una ensoñación a la medida de unos personajes cautivos de paraísos artificiales. Tal como su título lo indica, El porvenir narra la “segunda vida” de una profesora cuya jubilación tiene lugar en forma casi simultánea a su separación. Pocas semanas después de su resonante aparición en cartelera en Elle: Abuso y seducción, Isabelle Huppert interpreta a Nathalie. Que, como los padres de Hansen-Love, es profesora de Filosofía.
–En algunas ocasiones parece que el personaje de Isabelle Huppert no tiene la menor idea de lo que le aportará el mañana o incluso el momento siguiente. ¿Consigue esto siendo muy libre en el set de rodaje? ¿Sigue el guión al pie de la letra o busca causalidades oportunas?
–No ensayo antes de filmar porque la verdad de cada escena depende mucho del decorado, la luz, la ambientación y hasta de cómo influye todo esto en los actores. El guion, la estructura y los diálogos son muy importantes, pero en el set se trata de que todo cobre vida, y eso sólo puede suceder con la interacción entre los actores y el director en un momento preciso. A veces ese momento tarda en llegar, en otras ocurre con suma rapidez; puede que sea tal como lo había imaginado o vaya en una dirección que no tiene nada que ver. No hay reglas, excepto seguir abierta, estar atenta a todo.
–El porvenir aborda un mundo muy poco transitado en el cine, el de las ideas.
–El destino de Nathalie y su fuerza a la hora de aguantar la separación de su marido no puede disociarse de su relación con las ideas, la enseñanza y la transmisión. No podía enfocarlo de forma anecdótica. Incluso me entraron más ganas de rodar a una profesora de Filosofía poseída por su trabajo, debido a la falta de libertad en el cine en cuanto a la representación de intelectuales y al vaivén de las ideas. En muy pocas películas se sabe qué periódico leen los personajes, qué ideas tienen y qué temas políticos les preocupan. Siempre intento situar a mis personajes en el mundo real, pero El porvenir me ha dado la oportunidad de sumergirme en la relación entre libros e ideas. No puede reducirse a una mera descripción del entorno. Requiere una forma de precisión que no debe ser sólo de carácter documentalista, sino también poético. Me conmueve oír el nombre de los lugares por donde pasan los protagonistas. También el nombre de las revistas que leen o los grupos de música que escuchan.
–El cine suele definir a los personajes por su origen social. En este caso, están definidos por su biblioteca. Nathalie y su marido tienen una relación casi biológica con sus libros, como si fueran la columna dorsal de su existencia.
–En el piso donde crecí, el gran lujo era la colección de libros. No creo que pudiera vivir en un lugar sin libros, por eso siempre me fijo mucho en qué libros hay en las estanterías de mis películas. Una fila de primeras ediciones o de libros de bolsillo, una fila marrón o una multicolor no dicen lo mismo. Si lo que contiene una estantería es falso, lo siento como un cachetazo. Es más, en mis películas los personajes leen y van al cine. Trabajan en profesiones que les hacen ser lo que son, como ocurre con la mayoría de nosotros en la vida real. Al contrario de una idea preconcebida, me parece que la gente real da más importancia al arte que sus “congéneres” en el cine. Por ejemplo, hacia el final, en el Vercors, cuando Nathalie lee La muerte, de Vladimir Jankélévitch, es una imagen sacada de mis recuerdos. Poco después de que mis padres se separaran, recuerdo a mi madre leyendo el libro, que le había dedicado un viejo profesor de universidad al que adoraba. Me hizo gracia que se sumergiera en La muerte en ese momento y no se diera cuenta de lo que significaba. Pero también me afectó. Quizá fuera ese el momento en que nació El porvenir.
–¿Cómo surgió en su imaginación el personaje de Nathalie?
–En parte surge de la pareja formada por mis padres, su unión intelectual y la energía de mi madre. Luego viene la brutalidad de la separación y, para muchas mujeres de cierta edad, la dificultad que plantea escapar de la soledad, algo que, como todos nosotros, he tenido ocasión de observar. Pero escribí la película pensando en Isabelle Huppert, por eso puedo decir que Nathalie nació a partir de mis recuerdos y de lo que había observado, así como de Isabelle. El guion de El porvenir casi se escribió solo, a pesar de mis temores en torno al tema y a cómo podía afectarme. El tema me asustaba por una cierta oscuridad unida al hecho de ser mujer, pero debía hacerlo. Estaba dispuesta a ir hasta el final, sin miedo ni autocensura. Si hubiera tenido miedo, habría introducido una relación romántica para un final más feliz.
–¿En qué hubiera consistido la autocensura?
–En dar otra profesión a Nathalie y no la de profesora de Filosofía. Cuanto más trabajaba en el guión, más comprendía la unión entre enseñar Filosofía, tal como lo había conocido por mis padres, y lo que el cine significa para mí. Lo que me trasladaron y que reproduzco a mi manera es, en realidad, la búsqueda del significado. La pregunta constante. También es una obsesión por la claridad y la integridad. En lo más profundo de mi ser, veo el Arte y la Filosofía como dos caminos posibles hacia un solo fin, el vínculo con lo invisible. Nuestras preguntas, por muy aterradoras que sean, nos aportan fuerza y valentía, y eso es la esencia de la película.
–En el papel de Nathalie, Isabelle Huppert vuelve a sorprender una vez más con su encarnación del personaje, su forma de moverse, de ocupar el espacio, de hablar, de tomar el sol, de pensar...
–No podía imaginar a nadie más en el papel. Además de las conocidas facetas de su talento, también tenía en mente a la Isabelle Huppert que había conocido lejos de los rodajes, que tiene poco que ver con los personajes en los que estamos acostumbrados a verla. Otra cosa me llamó la atención, una especie de fragilidad, de tranquilidad, que contrasta del todo con la mujer dura a la que suele interpretar. Tenía ganas de sacar ese lado y llevarla hacia algo más dulce, tierno, inocente incluso.
–Los actores respiran autenticidad, tanto los miembros de la familia de Nathalie como los componentes del ámbito estudiantil. ¿Cómo lo logró?
–Si tengo un método en el plató, no sabría definirlo. Es a la vez intuitivo y definido. Las conversaciones con los actores giran en torno al ritmo, los movimientos y pequeños detalles que dicen mucho. No suelo tocar temas profundos. Tengo la impresión de que cuanto menos se hable de esas cosas con los intérpretes, más felices se sienten. No hay nada peor que descargar todas las consideraciones psicológicas del realizador en el actor.

El porvenir, con Isabelle Huppert y André Marcon

Certezas e incertidumbres

En su quinto y estupendo film, Mia Hansen-Love muestra sutil y discretamente los interrogantes sobre el futuro de una profesora de Filosofía, a partir de las marcas de un presente en que es abandonada por su marido y pierde a su madre. 


“Los chicos se fueron de casa, mi marido me dejó, mi madre murió... Es la libertad total... es extraordinario”, se sorprende repentinamente Nathalie en una escena cualquiera de El porvenir, el quinto, estupendo largometraje de la directora francesa Mia Hansen-Love. Se podría asegurar que ése es núcleo, el nudo dramático de la nueva película de la realizadora de Edén. Y, de alguna manera, sin duda lo es. Pero más allá de ese momento determinante del film, que significa para Nathalie toda una súbita toma de conciencia, El porvenir es exactamente sobre aquello que promete su título: sobre el interrogante de lo que vendrá, de la vida que Nathalie tiene por delante y que en muchos sentidos –y no está mal que así sea– estará signada por la que paulatinamente va dejando atrás.
Es notable como Hansen-Love es capaz de expresar esta paradoja, de hacer una película sobre la incertidumbre a partir de las certezas del tiempo presente, del día a día, que la directora expresa de una manera tan material, tan rotunda, tan contundente. A la vez, hay mucha sutileza y discreción en El porvenir. En el cine de Hansen-Love nunca se van a encontrar golpes de efecto dramáticos o exhibicionismos formales. Resucitando una vieja dicotomía, se diría que el suyo no es un cine de poesía sino un cine de prosa. Pero una prosa que no depende tanto de su trama como de la carnadura de sus personajes, de su verdad interior y exterior. De aquello que los personajes son y también expresan con sus cuerpos, con sus hábitos y hasta con sus bibliotecas.
Sucede que tanto Nathalie (Isabelle Huppert, una vez más asombrosa) como su marido (André Marcon) son profesores de Filosofía, como los padres de la propia directora, por otra parte (ver entrevista). Ella además dirige una colección de su materia en una importante editorial. Y ya en el primer encuentro que tiene con dos expertos de marketing de la empresa, que objetan la caída de ventas de sus títulos, a los que acusan absurdamente de excesiva austeridad gráfica, hay una pista para Nathalie: “El futuro está comprometido”, le anuncian ominosamente, dándole a entender que su colección está en peligro.
Y no sólo su colección. Su madre (Edith Scob, legendaria protagonista de Los ojos sin rostro y actriz fetiche de su director, Georges Franju) la enloquece a toda hora del día y de la noche con sus demandas y depresiones. Y su marido, un día –ante la presión de sus hijos, que saben de la situación– le confiesa que ha conocido a otra mujer y que piensa irse a vivir con ella.
Lo particular de esa escena es su llaneza: sin duda, para Nathalie el mundo de pronto bascula, pero no se desmorona. No hay reproches, gritos ni melodramas. Nada se sabe (ni se sabrá) de esa tercera en cuestión, que la inteligencia de la directora omite. Se trata de un golpe de la vida que Nathalie asimila como puede. Y lo hace con mucha entereza, lo que no le resta fragilidad. Aquí se comprueba una vez más la enorme estatura de actriz de Isabelle Huppert, en un trabajo muy distinto a la de la reciente Elle: su fuerte personalidad es evidente, pero asoma también una cierta dulzura, muy lejos de la ferocidad que mostraba en la película de Paul Verhoeven.
“La revolución no es lo mío, me conformo con ayudar a mis alumnos a pensar por sí mismos”, le dice Nathalie justamente a un ex alumno que ahora es su amigo y la invita a pasar unos días en su comuna anarquista, en la montaña, lejos de París. De eso se trata El porvenir, un film a la vez triste y optimista: de la necesidad que tiene Nathalie de pensar por sí misma, de aplicar la filosofía que predica –de Rousseau a Levinas, de Pascal a Theodor Adorno– a su vida diaria, a sus acciones cotidianas. Por carácter transitivo, esa a su vez es la virtud de la película: hacer de la lisura de esa superficie la materia de su pensamiento.

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