El poeta necesita balbucear, susurrar y enmudecer para viajar hacia dentro de sí mismo. “Sí, silencio. Tan solo silencio. Que se callen/ Que dejen a mi espíritu nadar en lo insondable”, escribió Juan Ramón Jiménez (1881-1958) en El silencio de oro, publicado por la editorial española Linteo -libro que empezó a escribir hace más de un siglo, entre 1911 y 1912, cuando se retiró a Moguer (Huelva), su pueblo natal-, que incluye 36 poemas inéditos que estarán en un libro por primera vez junto a un total de 83 poemas. El texto es el eslabón que “faltaba” para comprender el cambio de rumbo estético hacia una poesía más despojada, el “verso desnudo” que busca llegar al hueso de las palabras. “¡Oh, Silencio! ¿por dónde has puesto tus reales?/ Dile a mis alas que me lleven a tus parques…/ Sin nadie, con la visión del universo/ plantaré rosas entre ruinas, ¡silencio! Carmen Hernández-Pinzón, sobrina nieta y heredera del Premio Nobel de Literatura, comenta que en ese período el poeta “deja toda la influencia del Modernismo y la literatura francesa y se acerca hacia un camino de más sencillez”.
Se le reprochó al poeta, que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1956, su tendencia a aislarse, su inclinación por la soledad. Cuando Jiménez evocaba su infancia en Moguer, decía que de “estos dulces años recuerdo que jugaba muy poco y que era gran amigo de la soledad”. ¿Por qué se cuestionará tanto el silencio, lugar de asombro desde donde se parte y al que nunca se deja de regresar? ¿Qué molesta de la necesidad del silencio? “El silencio era necesario para que él pudiera crear. Toda su vida estuvo obsesionado con el silencio. Y a él recurrió como una manera de recogerse, no de aislarse”, plantea José Antonio Expósito, encargado de la edición crítica, introducción y notas de El silencio de oro, que el poeta escribió en la misma época en que trabajaba con Platero y yo, libro que inmortalizó al poeta. “El silencio es para mí una atmósfera necesaria para respirar como el aire”, afirmaba el autor de Las hojas verdes, La soledad sonora,  Melancolía, Sonetos espirituales y Animal de fondo, entre tantos otros poemarios. “No podía con los tapones de caucho, porque no me basta con no oír el ruido, sino que necesito oír el silencio”, confesó el poeta de Moguer en una nota, como recuerda Expósito en el prólogo del libro.
La procesión va por dentro y Jiménez era un hombre hacia adentro que rehuía del exceso de sociabilidad y los ruidos de la gran ciudad. Su preferencia por el retraimiento, además de criticada, fue glosada como una pose con la que intentaba apuntalar sus “aires aristocráticos”. Expósito rechaza esta interpretación. “No la aprendió de ninguna aristocracia, sino del quehacer cotidiano de la gente del campo que, cuando quiere trabajar, se retira, se recoge para estar más entregada a su trabajo, ser más productiva”, aclara el prologuista. A principio del siglo pasado, cuando Rubén Darío leyó los primeros versos del poeta español, le dijo: “Usted va por dentro”. Esa interioridad quedó resonando en Juan Ramón y pronto se convirtió en una especie de norma de su vida poética. “Aquello fue para mí como un epitafio”, reconoció Jiménez. “Este libro explica el salto entre un Juan Ramón más francés, más colorista y sensual de los primeros años del siglo XX y el Juan Ramón más reflexivo y meditativo, más inglés, de finales de los años 10”, analiza Expósito y confirma que en estas páginas comienza un proceso de cambio. “Se despoja de los ropajes modernistas para sincerarse en la desnudez expresiva; es decir, el silencio lírico en el que solo suena la palabra precisa, sin el oropel del adjetivo ni la alharaca del alejandrino”. Hernández-Pinzón precisa que “hay gente que cree que Juan Ramón comienza a cambiar con Diario de un poeta recién casado (1916), pero es porque no se conocían estos libros que han ido saliendo en Linteo, como La frente pensativa, más metafísico y místico, o Libros de amor”.
Habrá más Juan Ramón para este año. Se prevé la publicación de una nueva edición revisada de su segunda antología poética, que está agotada. En los próximos meses se editará un libro con 185 recetas de cocina de Zenobia Camprubí, escritora y lingüista que fue esposa del poeta desde 1916, en la editorial Niebla. Linteo publicará El zaratón y Voces de mi copla, los dos últimos títulos que Jiménez escribió en México. “Ya se va poniendo el tiempo/ más amarillo. La tarde/ tiene ya, corta y doliente,/ un aire de soledades. …)/ Fresco, el aire/ ronda el alma. Y en su ronda/ desvaída, deja frases,/ encantadas de otros días,/ hojas secas, que acarician/ sangre y risa, pena y carne/ desmayándose, un instante”, se lee en uno de los poemas de El silencio de oro. La palabra de la poesía es la negación del habla ruidosa. El silencio –lo sabía Jiménez– es el misterio que ha de ser revelado por el poeta.