Si en su debut local, en 2004, en el Teatro Colón, donde actuó en el festival Encuentros, hizo gala de sus cualidades como concertista de piano, esta noche, a partir de las 20, Francesco Tristano presentará su veta dance en el ciclo Artlab del CCK (Sarmiento 151). Ese don para conectar dos universos que parecen antagónicos convirtió al artista luxemburgués, de 35 años, en una de las grandes figuras de la vanguardia sonora actual. “Creo que la personalidad musical se define muy pronto en la vida”, asegura desde Barcelona el músico y productor formado en la prestigiosa Juilliard School de Nueva York, y cuyas principales influencias son Bach y la primera generación del techno de Detroit. “Si bien crecí con mucha música clásica y acústica, mi madre también escuchaba Pink Floyd, Jean-Michel Jarre y Earth Wind & Fire. En el fondo, lo que siempre quise hacer es tener mi piano como referencia primaria, y luego hacer electrónica con los sintetizadores. E incluso mezclar ambas.” 
–¿Esa hibridación musical que desarrolló surgió de forma espontánea o se la planteó?  
–Cuando estudié en Nueva York, entre 1998 y 2003, me molestaba que la música clásica fuera tratada como un artefacto antiguo, así que me animé a ubicarla en un contexto contemporáneo. Sin querer ser pedagogo, mi combate es llevar a la gente una música nueva. Y si tomo algo del pasado, es para incorporarlo en el discurso de esta época. 
–¿Por qué en el mundo de la música clásica son tan anacrónicos con respecto al concepto de renovación?
–Porque son un negocio y un establishment que llevan doscientos o trescientos años, y que no han tenido huevos para reinventarse. Lo que pasa es que, desde hace un par de décadas, los promotores de música clásica se dieron cuenta de que no venden y están buscando renovar su público. Y no les quedó otra alternativa que llamar a jóvenes intérpretes que tienen algo nuevo para decir. No me gusta el elitismo de esta escena. No existiría el techno sin Bach y no habría Bach sin techno. No tenía los medios para hacerlo con instrumentos electrónicos, pero su música tiene la esencia del techno, que es el bajo. La música es popular porque le pertenece al pueblo. Además, es un continuo. Las separaciones de estilos surgieron por conveniencia. 
–Su discurso debe ser una blasfemia para los ortodoxos.
–Creo que es erróneo pensar que los del techno están abiertos y los de la música clásica son cerrados. El problema de fondo es que el purismo existe en todos los géneros. Sé que para muchos de la electrónica mi propuesta está corrupta porque vengo de la música clásica. Así que para ellos no debo hacer techno de verdad. Pero me da igual. Expreso lo que siento. 
–Además de usted, artistas como Jimi Tenor, Jeff Mills y Gregor Schwellenbach han trabajando los cruces de la electrónica con el jazz y la música clásica. No está solo en esta cruzada...
–Somos parte de una generación que ya no ve las cosas con una visión única, sino desde ángulos diferentes. Las cosas están cambiando y esta nueva generación tiene público. Sobre eso, John Cage dijo una frase genial: “No hace falta matar al pasado porque está muerto”. Apuntamos hacia el futuro. 
–¿Qué fue lo que le cautivo de la electrónica? 
–El click me lo dio el sonido del sintetizador, pero lo que despertó mi curiosidad para involucrarme en la electrónica fue el techno de Detroit. Aunque la música electrónica haya sido hecha con elementos electrónicos, la programación sigue siendo humana. Como dijo Herbie Hancock: “el sintetizador no se enchufa solo”.