Horacio Lavandera y cuatro sonatas de Beethoven. “La Patética”, “la Claro de luna”, “la Waldstein” y “la Appassionata”, según la denominación que en su informalidad realza el afecto hacia el genio capaz de popularizarse en la leyenda y al mismo tiempo sostener el aura de profundidad y enigma que representa el otro lado del mismo goce. El sábado, Lavandera ofreció un concierto memorable en el marco del 3º Festival Konex de Música Clásica, que finalizó ayer en la Ciudad Cultural de Sarmiento 3131 y que esta vez estuvo dedicado al compositor alemán en coincidencia con los 190 años de su muerte. Fue uno de los momentos centrales del evento que durante cinco días mostró a un público variado distintos aspectos de la vida y la obra de Beethoven. Desde las nueve sinfonías y algunos cuartetos, hasta películas, un espectáculo infantil y experiencias de audición en la oscuridad con espacialización sonora. 
Interpretadas en orden cronológico, las sonatas abordadas por Lavandera podrían escucharse en perspectiva como una gran sonata que contiene un momento del período central del arco creativo de Beethoven. Entre “la Patética” que abrió el concierto, y “la Appasionata”, que lo terminó, transcurrió poco tiempo -1799-1804- en el que Beethoven vio pasar amores no correspondidos y revoluciones no concretadas. Años en los que además compuso “la Tercera”, comenzó la Quinta Sinfonía y preparó los Cuartetos del Op. 59 -conocidos como Razumovsky-, con los que dejaría atrás la angustia de la influencia y orientaría su estilo hacia un anhelo de infinito en el que vislumbrar rasgos del Romanticismo. 
Con claridad y transparencia, Lavandera comenzó con una magníficamente mesurada interpretación de “la Patética”, en la que puso en evidencia lo que sería una constante del recital: Beethoven compositor del Clasicismo. Efectivamente, el afecto y la fibra de la expresividad beethoveniana se reflejaron en la regularidad rítmica, un portentoso empleo de las dinámicas y el sobrio uso del pedal, más que en excusadas inflexiones de tempo y otros expedientes de la sensiblería. Tras el maravilloso “Presto agitato” del final de “La Claro de luna”, la segunda parte del concierto resultó sencillamente colosal. Con precisión encantadora, Lavandera levantó monumentos a dos de las sonatas más temibles, por empeño técnico y espesor expresivo: “la Waldstein” –también reconocida como “Aurora” y la única del programa en tonalidad mayor– y “la Appasionata”, cuyo enardecido final, que según Czerny debía tocarse “ruidoso”, se estrelló contra el aplauso de un auditorio conmovido. 
Entre los bises, que respondieron con generosidad a los aplausos, estuvieron Para Elisa, las variaciones que Anton Rubinstein compusiera sobre la Marcha Turca de Beethoven –tal vez más conocida como la cortina de El Chavo–, el Strauss de los valses y el Piazzolla del ángel. 
Beethoven y Lavandera, como los clásicos, siempre están diciendo algo.