Tiene razón Néstor Frenkel cuando, medio en broma pero también con una buena dosis de seriedad, encuadra a Los ganadores en el orden de lo antropológico y sociológico. El concepto no es nuevo, e incluso podría aplicarse a prácticamente la totalidad de sus trabajos. El director de Construcción de una ciudad, Amateur y  vuelve a demostrar que es una de las voces más particulares del amplísimo y ecléctico panorama del documental argentino adentrándose nuevamente en una realidad minúscula, invisible a los ojos de la mayoría, para observarla y devolverla a la pantalla filtrada por los mecanismos de la comedia. “Hace un tiempo me había mandado un mail Jorge Mario, el superochista que había protagonizado Amateur, avisándome que ese fin de semana iba a estar en Buenos Aires. Le pregunté dónde iba a parar, y me dijo que venía a buscar un premio y se volvía en el día. Entonces fui a la entrega”, recuerda Frenkel ante PáginaI12. Esa visita resultaría el germen para su séptimo largometraje, que después de haber participado en Competencia Argentina de la última edición del Festival de Mar del Plata tendrá su estreno la semana próxima en el Malba, el Cine.ar Gaumont y en varias salas del interior del país.
El film mete la nariz en la liturgia de las entregas de premios dándoles voz e imagen a organizadores y vencedores. A ese panorama general le seguirá una visita a la ceremonia de los Premios Estampas de Buenos Aires, que durante todo un día reparte centenares de estatuillas mientras los invitados amenizan las vísperas con sánguches de miga y gaseosa en vasitos de plástico. Con el correr de las horas sobrevendrán los imprevistos técnicos y logísticos –una peligrosa baja de reservas de Coca Cola, por ejemplo–, además de un sinfín de discursos que oscilan entre la emotividad, el compromiso político y el agradecimiento más puro y sincero, siempre con la alegría de saberse reconocido como motor lingüístico. Frenkel explica: “Me resultó interesante que cada uno de los ganadores representara en cierta forma un estilo aprendido: todos respondían a alguien más famoso, como si se inscribieran en una tradición. Al rato de estar ahí sentí una conexión mucho más emotiva, mucho más verdadera: la alegría que se ve en los ganadores es genuina, y eso me hizo emocionar”.
–¿En esa ceremonia se dio cuenta que podía haber una película alrededor de ese tema?
–La verdad es que no sé en qué momento. El lugar, la gente y la ceremonia eran de una magnitud enorme, pero cuando salías a la puerta te encontrabas con que era domingo a la tarde en Buenos Aires y que todo terminaba ahí. Eso fue un impacto fuerte. Uno tiene una suerte de vicio profesional, y cuando veo gente feliz que está construyendo su mundo dentro del mundo, veo una película. Había hecho una sobre Jorge Mario, y ese hombre me presentó un universo donde hay muchos que conviven con él en esa misma frecuencia.
–¿Cómo fue encontrando los distintos personajes?
–Fue un devenir. Hay uno que es más bien el protagonista. A él lo encontré en la premiación que fui con Jorge Mario. Lo primero que hice fue acercarme para charlar, tener un par de entrevistas y filmar el proceso de los últimos días de organización de la ceremonia. El resto apareció en ese momento. Después sentí que todo eso podía ser una buena segunda parte y que me faltaba un comienzo, así que fui buscando algunos personajes que me meterían en ese mundo. Fue una investigación básicamente por redes sociales y las puntas que me iban abriendo los entrevistados.
–Todos los presentes de la ceremonia que muestra terminan ganando algún premio. ¿Entendió cómo es posible que suceda algo así?
–Creo que es la misma motivación que nos mueve a todos, más allá de los detalles particulares: regalarse momentos de felicidad, divertirse, tener una fiesta entre amigos, sentirse querido y reconocido. Todos necesitamos reconocimiento y afecto porque somos seres imperfectos. Es un juego, igual que todas las ceremonias. No veo muchas diferencias con otras más importantes porque, a la larga, todos los premios son inventados e igual de relativos. Ese es un poco el juego: no sentir que se está mirando algo muy distinto, sino tratar de encontrarse uno en eso que mira, ver cuánto hay ahí, cuánto se comparte.
–Los ganadores se mueve en el límite entre reírse “de” y reírse “con”. ¿Cómo manejó esa cuestión?
–Es complicado. Yo siento que no me río, sino que me sorprendo. Hay cosas que me hacen pensar, que me dejan perplejo, y trato de ir con un espíritu curioso para dejarme invadir. Y cuando construyo un relato audiovisual, sí, lo hago con los ritmos y efectos de la comedia. Pero no es el fin en sí mismo, no se trata de cuánto pueda o no reírme de algo o alguien, sino qué me cuenta. A veces hay gente que se queda con una capa más superficial, pero sé que es el riesgo que corro. No me voy a sorprender con que haya algún espectador que se enoje, no soy tan inocente, pero son las reglas y lenguajes que encontré. Además, siento que mi perplejidad es auténtica. Si uno se aleja y mira el mundo, la comedia de la existencia aparece sola. Hay lugares más proclives y gente más dispuesta a mirar con esos ojos.
–¿Pensó en ese límite a la hora del montaje?
–La ética en el documental está presente todo el tiempo, es prácticamente uno de los faros más importantes cuando uno trabaja con material de la vida real. Quizás yo coquetee con cierta incorrección, pero siento que no me estoy riendo ni faltándole el respeto a nadie. Tampoco traicionando. También es cierto que es raro lo que le pasa a la gente cuando le ponés una cámara adelante. A mí me conmueve de diversas maneras que pase eso, y una de las respuestas ante la conmoción puede ser reírse. Yo filmo gente siendo filmada, gente que está reaccionando ante la presencia de una cámara. Cuando se prende, cambia la atmósfera, la composición del aire, y yo respeto eso. Después, podemos hacernos más o menos amigos, pero vos aceptaste que pusiera la cámara ahí. Es una situación asimétrica porque el que se lleva el material para editar soy yo. Lo que no voy a hacer es cambiar el sentido. Si alguien me dice “no me gusta esto”, no voy a cortar el “no” para que quede “me gusta esto”.
–Varias de sus películas se centran en mundos olvidados o invisibles a los ojos de la mayoría. ¿Cómo es el trabajo para encontrar esos pliegues?
–Me interesa que aparezcan cosas genuinas. La gente me resulta atractiva más por sus particularidades que por sus logros. No me imagino haciendo un documental sobre alguien muy importante que se murió. Necesito ver algo, conectarme con eso y observar qué pasa con la cámara prendida. Y lo que pasa está en los detalles. Además, si hacés una película con cien actores y cincuenta técnicos, podés contar grandes cosas. Pero si vos vas a meterte a lugares con una cámara y un micrófono, lo importante está en lo que puedas capturar con tu mirada y qué tipo de conexión puedas establecer.