domingo, 2 de abril de 2017

Metallica - Lollapalooza

Entrevista a Robert Trujillo, bajista de Metallica, que tocó anoche en el Lollapalooza

“Este es un nuevo comienzo, esto no se detiene acá”

El grupo llegó por quinta vez a la Argentina para presentar las canciones de Hardwired... to Self Destruct, su disco más reciente, al que señala como un punto de partida para una nueva etapa en el veterano grupo. “La máquina está de nuevo en funcionamiento”, dice.


Todos saben que Robert Trujillo está algo apurado. Pero no se le nota. Para él, una de las claves del triunfo personal está en conservar la serenidad. No sólo es la recta rutina que sigue antes de cada espectáculo con Metallica, donde toca el bajo desde hace catorce años; son también las ganas de llegar al hipódromo de San Isidro para ver tocar a su hijo con el grupo The Helmets, parte de la grilla del viernes del festival Lollapalooza, que su propia banda encabeza, y donde estaría tocando, apenas nueve horas después, para 100 mil personas (ver más información en página 34). “Cuando tocamos en un festival solemos elegir las canciones más populares, teniendo en cuenta que no es nuestro propio show”, le explica a PáginaI12 desde la comodidad de una silla afelpada, en el hotel Four Seasons. Y ratifica sus prioridades para arrancar un día de concierto: “Algunas cosas van cambiando con el tiempo, pero hoy mi rutina empieza con dormir lo suficiente y estirarme bien cuando me levanto”.
A sus espaldas un banner reproduce en tamaño gigante el arte de tapa de Hardwired… to Self Destruct (2016), la décima placa de estudio de Metallica, y la primera en ocho años, si no se toma en cuenta la colaboración con Lou Reed para el olvidable Lulu. Después de sus dos shows “a la carta” en el estadio ciudad de La Plata en 2014, el cuarteto concretó su quinta visita al país, esta vez, con la excusa de presentar el nuevo material, que fue entregado en un disco doble. “Siempre es lindo tener canciones nuevas, lo interesante de presentarlas ahora es que, realmente, las habremos tocado tal como están un par de veces. La máquina está de nuevo en funcionamiento”, dice. Afuera, al paisaje caótico que se dibuja un viernes cualquiera se le agrega un puñado de cuarenta fanáticos armados con remeras, discos y teléfonos celulares, que espera algún tipo de señal sobre la calle Posadas. “Me gusta llegar temprano al lugar donde vamos a tocar”, detalla el bajista. “Llego como una hora antes que los otros muchachos. Ahí me estiro de nuevo y empiezo a trabajar, a revisar canciones, a conectar con el bajo. A veces también hago entrevistas y Meet & Greet”. 
–Explicó qué hace por su cuenta. ¿Y con sus compañeros?
–Tenemos una sala especial, la sala de afinación. Ahí podemos estar tranquilos, hay batería y amplificadores. Ahí uno se puede perder en la música y abstraerse de todo. Usualmente empiezo yo y después se suma James, tocamos y practicamos algunas voces juntos. 
–¿Esa fue la base de Hardwired... to Self Destruct? ¿Estar todos juntos en una sala?
–En parte sí. Fue un proceso largo, aunque el foco lo pusimos los últimos dos años. Hace ocho años estábamos terminando Death Magnetic, en el medio hicimos el disco con Lou Reed, después la película 3D Through the Never, el festival Orion… muchas cosas. Algunas ideas de riffs pudieron haber sido zapados hace unos seis años. Todos esos desafíos de estos tiempos colaboraron para que el material hoy sea lo que es, a que las canciones crecieran y nosotros fuéramos una mejor banda. Así que estoy muy orgulloso de la producción de este disco. Zapamos, todo mayormente a partir de riffs que trajo James, pero pasamos mucho tiempo tocando e improvisando juntos. Todo el disco se hizo así, excepto la canción que le da nombre, que fue escrita en un par de días por Lars y James. De hecho, yo pensaba que habíamos terminado de grabar, estaba aliviado, como diciendo “Terminé”, y me dijeron: “No, esperá. Hay algo más”. Para mí Death Magnetic fue un gran primer paso, y este es el siguiente. Es un nuevo comienzo, y se siente muy bien. 
El músico de 52 años fue siempre reconocido tanto por su idoneidad como por su afección al trabajo. Desde que con su sonido y forma de tocar revolucionó la música de Suicidal Tendencies, llevando todo ese torrente juvenil a una zona más adulta y profesional, demostró que era capaz de perfeccionar a una banda ya consolidada. Eso, más su excelente trabajo en los funkies asesinos de Infectious Grooves, lo llevó a tocar con Ozzy Osbourne, en quizá la última gran formación del cantante, la que incluía a Mike Bordin de Faith No More y el inevitable Zakk Wylde. 
Más cerca de su instrumento que de las maniobras de marketing que persistentemente pergeñan sus compañeros Lars Ulrich y James Hetfield, Trujillo fue parte de la rehabilitación compositiva del grupo, porque su entrada se produjo cuando St. Anger –probablemente el peor disco de su historia– estaba a punto de publicarse. Ya para Death Magnetic (2008), Metallica había recurrido al productor Rick Rubin en un intento por reencontrarse con su esencia; una vez logrado el objetivo, ahora el cuarteto desestimó la ayuda de Rubin y resolvió, tal como lo cuenta el propio músico, ponerse a trabajar muy duro en la sala, y darle al productor Greg Fidelman un rol menos participativo en la creación. El bajista aclara: “La cosa con Hardwired... es que la pasamos muy bien haciéndolo, o al menos así fue mi experiencia. En la composición hay elementos de thrash, pero lo más importante es el groove. Este disco tiene un pulso muy sólido, estoy muy orgulloso de la sección rítmica. Después está el productor, que se encarga de ensamblar los sonidos para resaltar ese punto. Todo encajó muy bien”.
–Pese a que figura como autor en menos canciones, parece sentirse más identificado con este álbum que con el anterior, ¿es así?
–Death Magnetic fue más colaborativo, me sentí más involucrado directamente en el proceso de composición. Pero a Hardwired... lo hicimos zapando, pasamos mucho tiempo tocando juntos, con el productor escuchando. Siento que hay más calidad y energía puesta en cada parte. En un mundo perfecto, existiría una mezcla de ambos discos. Este es un nuevo comienzo para mí, esto no se detiene acá. 
–Mencionó varias veces la importancia de la zapada, ¿es cierto que Kirk Hammett improvisó todos los solos de guitarra?
–Cuando estábamos zapando las canciones, usualmente éramos Lars, James y yo. Los solos aparecieron después, Kirk es un guitarrista impresionante, que sabe conectar bien su propia creatividad con los arreglos. Yo zapo mucho con Kirk por fuera de Metallica, ahí aprendí más de él, tocando en clubes o bares, haciendo funky o lo que sea. Es muy especial, puede ser fresco y espontáneo en cualquier momento. Un espíritu libre, podría decirse.
–¿Cuál fue su participación en la canción “ManUNkind”?
–Hice la introducción. En realidad, zapamos todas las canciones, así que aunque no esté mi nombre ahí, todos participamos del armado. Yo estaba trabajando en algo, una canción instrumental, y a James le gustó mucho la idea, pero para hacerla como introducción al tema. Lo gracioso es que yo me enteré de que estaba en el disco una vez que salió. Me encanta esa parte, la tuve grabada en mi iPhone durante mucho tiempo, le había puesto “Cliff’s Song” (“Canción de Cliff”, en referencia al fallecido primer bajista del grupo), porque me hacía acordar a su energía, lo que significaba su presencia. James tiene mucha energía y creatividad, y escuchó eso. Esa es la belleza de mi vida y de la gente con la que me rodeo: es toda gente muy creativa. Con Infectious Grooves fue igual, estuvimos cinco días ensayando cuatro horas, y salieron veinte canciones como si nada. Enseguida teníamos un demo, y entramos a grabar canciones que habíamos tocado dos o tres veces. Acá fue un poco así, lo que se escucha en el disco somos James y yo tocando esa parte juntos por primera vez. En la música, hay que saber aprovechar los momentos. 

Metallica dio un show memorable en la jornada de apertura del Festival Lollapalooza

Una primera fecha de alta intensidad

El grupo estadounidense generó una oleada de energía entre un público entregado ante el amplio arco de sus propuestas estilísticas. León Gieco desató ovaciones con su cátedra de rock. Al cierre de esta edición, todo se preparaba para la participación de The Strokes. 


Pese a la pluralidad de estilos y artistas que ofrece el Lollapalooza Argentina 2017, el show más esperado en la primera fecha del festival fue el de Metallica. De lo que dejaron constancia la mayoría de las 100 mil personas que acudieron a partir del mediodía del viernes al Hipódromo de San Isidro, a través de una colección de remeras que recorrió diferentes etapas de una de las bandas icónicas del metal. Aunque en esta ocasión los liderados por el vocalista y guitarrista James Hetfield también mostraron un poco de su actualidad. Y es que su presentación se produjo a manera de escala de la gira de su nuevo disco, Hardwired... To Self Destruct, publicado en noviembre de 2016. Por lo que su actuación arrancó, alrededor de las 22 hs, poniendo a prueba en directo dos de las canciones del álbum: “Hardwired” y “Atlas, Rise!” (las que abren esta producción). Luego de sendos shots de intensidad sonora, y tras saludar a los espectadores con un “Buenísimo”, el frontman del cuarteto explicó la dinámica del recital: “A todos los que están acá, sin importar quiénes ni el origen, ahora son parte de la familia Metallica”. Algo que fue recibido con frenesí y sirvió para entrar en calor desde el principio. 
Será quizá porque su esposa es argentina, y porque practica el ritual que encierra el mate, Hetfield aprendió a conectar con el público local de una forma tan especial y única. Así que ese sentido de pertenencia fue el detonador para un show memorable, que alcanzó su primer clímax con “One”, una de las grandes arias del thrash metal. A la que le secundaron, luego de que el líder de la agrupación explicitara la alegría que le daba volver al país tras seis años y reincidiera en el orgullo que sentía porque ese público fuera parte de la familia Metallica, otro de los temas de su nuevo trabajo, “Halo On Fire”, que tuvo al bajista Robert Trujillo en calidad de protagonista. Y que dio pie a clásicos del tamaño de “Sad But True”, “Wherever I May Roam” o “Master of Puppets”, en el que el violero Kirk Hammett una vez más hizo gala de su clase. En  esa máquina del tiempo en la que se transformó su repertorio, el grupo comprobó a lo largo de dos horas, y más allá de las canas, que sigue tan vigoroso como hace tres décadas atrás. Pero con la sapiencia de quien ha sobrevivido de la vorágine. 
Sin ninguna otra alquimia, más allá de unas visuales inspiradas en cada tema, y después de cerrar su show ante una multitud enardecida, con el seminal “Seek and Destroy” (incluida en su álbum debut, Kill Em’ All, de 1983), Metallica regresó al Main Stage 1 para dar la estocada final con “Fight Fire With Fire”, “Nothing Else Matters” y el tremendo “Enter Sandman”. 

Gieco sensación

Quien también la rockeó en el mismo escenario, aunque a media tarde, fue León Gieco. Luego de la polémica que generó en las redes sociales su participación en el cuarto Lollapalooza local, a causa del aparente contraste de su propuesta con respecto a las del resto del evento (muchos olvidaron que Robert Plant fue parte de edición de 2015, donde, además, la rompió), esta institución de la música nacional sorprendió a todos con una cátedra de rock. Y para la ocasión tuvo de banda de acompañamiento a Infierno 18, con la que, sin alejarse del folk, afiló himnos como “Pensar en nada”, “Hombres de hierro”, cuyos cómplices versionaron hace exactamente una década atrás, y “La mamá de Jimmy”, de Porsuigieco. Mientras que a “El fantasma de Canterville”, igualmente de su otrora grupo, le subió un cambio para convertirla en un alud blusero. 
A partir del pulso que fue tomando su presentación, Gieco, aparte de su legión de seguidores, cautivó a más y más público que se acercó a verlo y que lo despidió con una ovación. Pero antes, fiel a su impronta, el artista, quien repasó temas de la talla de “Los Salieris de Charly”, “En el país de la libertad”, “La colina de la vida” y aprovechó esa vitrina para llamar a la reflexión: “Bajen las armas, que acá sólo hay pibes comiendo”, invocó previo a “El ángel de la bicicleta”, en referencia a la acción cometida por la policía en un comedor infantil de Lanús, en la que roció a los chicos con gas pimienta. Al igual que el músico santafesino, otras de las sensaciones del día uno del festival fueron Cage The Elephant y Rancid. Los primeros, comandados por el volátil frontman Matt Shultz (un híbrido físico y performático entre el Mick Jagger de los sesenta y el Iggy Pop de los Stooges), brindaron una oda a la sedición, amenizada por el garage rock, la psicodelia, el blues y el punk. Esto dejó como resultado un nuevo amor local y una guitarra destruida. 
Mientras que la banda pilar del punk californiano y del ska punk, mediante hitos musicales como “Ruby Soho” y “Time Bomb”, se armó de toda una fiesta para los amantes del pogo, que estuvo precedida el jueves por un sideshow, en el Teatro de Flores, que se agotó en dos horas. Si bien el Main Stage 1 se llevó buena parte de los recitales más importantes de la jornada, su contraparte, el Main Stage 2, tuvo dos actos para destacar: el de The 1975, banda indie británica con ambición de pop melódico, y el de sus compatriotas de The XX. Al tiempo que los de Mánchester, un fenómeno polémico en las Islas, afinan su propuesta, los de Londres patearon el tablero. Y es que el trío volvió a Buenos Aires con I See You, exquisito nuevo disco con el que demostró que su dream pop homoerótico no era estático. Al punto de que, por cortesía de su productor e integrante, Jamie Smith, pusieron un pie en la pista de baile. Pero sin dejar de ser ellos mismos. Así enarboló un recital precioso cargado de matices y que, pese a los pocos recursos, los consolida en grandes aforos. De lo mejor del viernes.  
Durante su show, el vocalista y bajista de The XX, Oliver Sim, no sólo manifestó su felicidad por estar en el Lollapalooza, sino por compartir fecha con Metallica. De eso también dio cuenta el hijo de Robert Trujillo, Tye, de 12 años, que cerró el escenario Kidzapalooza con su grupo, The Helmets, ante la atenta mirada de su padre, y arengado por los fans del cuarteto metalero. Mientras todo esto sucedía, los milénicos se hicieron los desentendidos y bailaron a más no poder en el Perry’s Stage, el aparador electrónico del evento, con los locales Poncho, el francés Tchami y el misterioso DJ enmascarado (con un tacho luminoso, de ojos en cruz y mueca alegre) Marshmello. Haciendo honor a su nombre, el Alternative Stage se tornó en una opción que reunió al dance étnico de Nicola Cruz, el folk radiante de Vance Joy, la canción bailable y descarnada de Tove Lo y el rap 2.0 de G–Eazy. Pero la celebración no terminó ahí. Al menos para los artistas, pues luego se vieron en el Hotel Faena para celebrar el cumpleaños del creador del festival, Perry Farrell, que acabó zapando junto a Simon Le Bon, líder de Duran Duran, y un invitado sorpresa: Charly García.

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