domingo, 2 de abril de 2017

MISCELANEAS 3

MISCELANEAS 3

No es caída

“Es la idea de un equilibrio imposible, ese momento de tensión en el que se está esencialmente en un estado de limbo, la línea fina entre el control y el caos”, cuenta la directora artística Gem Fletcher, creadora del concepto detrás Impossible Balance: una sorprendente serie de imágenes gatilladas por el fotógrafo sueco Marcus Palmqvist, que retrató a bailarinas de Estocolmo en poses –por lo menos– improbables, donde cuerpos suspendidos parecieran librar contienda contra las mismísimas leyes de gravedad. Ya sea flotando por los aires, imponiéndose frente a obstáculos urbanos, balanceándose en pasajes improbables, sin –dicho sea de paso– efectos especiales ni uso de edición digital. Y es que aquí guían los movimientos erráticos, salvajes, incómodos, “en locaciones gráficas ordenadas que no hacen sino enfatizar, aumentar la tensión”. Al menos, en palabras de la directora artística del proyecto, que se muestra chocha de contenta por haber convocado al mentado fotógrafo nórdico, a quien considera “un talento que logra enfoques increíblemente escultóricos en su captura del movimiento”. “Me gusta llevar mi obra a límites extremos, sin caer nunca jamás en la peligrosidad real; encontrar un momento inesperado, que es parte control, parte azar”, aporta el muchacho Palmqvist, confiado en un producto final tan inquietante que posiblemente (nos) haga trastabillar, gracias a elegantes composiciones que –acuerda la prensa– se mueven en las fronteras experimentales y proponen menos convencionales maneras de acercarse a la fotografía comercial.

 Música sanguinolenta

 Máquinas que convierten tatuajes en músicas, o crean composiciones a base de la destrucción total de un celular; adminículos capaces de extraer sonidos de minerales o, por qué no, de la radioactividad. Apenas algunos de los experimentos del artista, ingeniero y científico loco Dmitry Morozov, moscovita que responde al alias ::vtol::, cuyos proyectos suelen dar que hablar. Por caso, el más reciente: Until I Die (en criollo, “Hasta que muera”), propuesta que hubiera hecho las delicias de la condesa Elizabeth Báthory, de haber sido esta damisela tan melómana como sangrienta. “Esta instalación funciona con baterías únicas que generan electricidad usando mi hemoglobina. La corriente eléctrica producida por las baterías acciona un pequeño sintetizador electrónico, módulo que crea una composición de sonido generativo que se reproduce a través de un pequeño altavoz”, explica el especialista en arte sonoro y robótica, expreso fan de los físicos italianos Luigi Galvani y Alessandro Volta, además de los experimentos de alto voltaje del siglo XIX.  “Este dispositivo usa mi vitalidad para crear sonidos electrónicos. A la vez, me convierto en mero observador, mirando mi propio funcionamiento a través de un mecanismo que existe por fuera de mi cuerpo, y es resultado de mis mejores esfuerzos. Así, por un corto período de tiempo, alcanzo mi existencia creativa a través de una instalación breve que luego es desmantelada ritualmente, simbolizando la fragilidad de la existencia”, anota el vampirizado señor, que se extrajo 4 litros y medio de sangre a lo largo de 18 meses (diluidos luego en 7 litros con cuidado de conservar las propiedades electroquímicas originales), amén de dar vida a su sonora criatura: un híbrido tecnobiológico que, según definición de Morozov, no deja de ser una extensión de sí mismo. Extensión muy musical, eso sí.


El pan nuestro de cada día



Con 120 años de vida y perseverancia, el de San Telmo es uno de los últimos mercados tradicionales que hay en Buenos Aires: una enorme estructura de hierro, planchas de chapa y vidrio, proyecto y realidad del Ingeniero Buschiazzo de fines del siglo XIX. De su función original, como proveedor de alimentos del barrio, fue mutando y sumando venta de antigüedades varias, luego chucherías turísticas de dudosa calidad y, en los últimos tiempos, propuestas gastronómicas modernas que rompen con la monotonía; desde cafés de especialidad hasta un fast food vietnamita, entre otros. 
En este cambio de aires que vive el Mercado, al fondo, donde hasta hace no tanto se almacenaba la basura, abrió Merci, bar y panadería comandada por dos franceses radicados hace más de una década en la parte sur de la ciudad porteña. El local, de aires tradicionales y respetuoso con la estética del mercado, cuenta con varios mostradores, donde es posible comprar una baguette o un pan de campo ($25), tomar el desayuno o un almuerzo liviano e incluso beber un vino con tapas antes de ir a cenar.
Hay mesas chicas y otras compartidas, los panes se ofrecen sobre el mostrador, en pizarrón se ven los precios y de la cocina a la vista salen platos del día, como el cerdo con salsa de manzana y puré de rúcula ($120) o una sopa de remolacha y jengibre ($90), según el buen saber y entender del cocinero.
La especialidad son los panes (y, en consecuencia, también los sándwiches, rondando los $110), con la acidez y el alveolado típicos que otorga el uso de masamadre como fermento, así como la costra bien crocante y difícil de conseguir en otras panaderías de la ciudad. El más grande, de 1 kilo de peso ($100), es perfecto para tostadas con manteca y mermelada de naranjas o una buena feta de jamón crudo. 
Los viernes, desde las 18 horas, la casa sirve tapas gratis a quienes pidan copas de vino de la casa ($50), una verdadera ganga y la mejor posibilidad de conocer Merci, uno de los protagonistas en este bienvenido resurgir del Mercado de San Telmo. 
Merci queda en Carlos Calvo 455. Horario de atención: martes a sábado de 8 a 20; domingos de 8 a 17. Sólo efectivo. 


Esquina de luz


Frente al Mercado de San Telmo, una ochava con buena luz y mucho encanto alberga desde hace tres años a Lumio, una cafetería que derrocha una austera simpatía: ambiente despojado, grandes ventanales sobre Bolívar y Carlos Calvo y unas mesitas en la calle que son ideales para exprimir los todavía cálidos soles otoñales. Paredes blancas, estantes con libros y objetos antiguos completan la decoración, mientras que desde los mostradores se ofrece la pastelería hecha en casa, elaborada día a día, sin amarrocar una generosa y bienvenida cantidad de manteca como materia prima.
La carta ofrece buena variedad de opciones para todos los momentos de la jornada. Se puede comenzar por un desayuno con tostadas, manteca y mermelada ($89) o con yogur y granola caseros ($95), siempre incluyendo en el precio un jugo e infusión elegida. Al mediodía lo que más sale es el menú (de $120 a $140, con bebida y postre o café), que presenta platos sencillos pero bien realizados, como pan de carne relleno o bombas de papa. Claro que también hay opciones a la carta: ensaladas (se preparan al momento) sabrosas, algunas tartas (rica la de queso azul y puerros, $105) o una buena milanesa de ternera en pan ciabatta ($110). Otro best-seller a tono con los tiempos que corren son las hamburguesas vegetarianas (de lenteja, $112/118), que se sirven en un rico pan de calabaza y semillas.
Como buena cafetería, lo mejor viene por el lado de la pastelería: ricas medialunas ($17) que se destacarían aún más con un poco menos de almíbar, pepas de frutos rojos de masa bien lograda, budines con semillas, muffins: todo rico y fresco.
Las mañanas de los fines de semana el lugar se llena de clientes solitarios o en pareja en busca de tranquilidad, mientras que por la tarde aparecen los grupos más numerosos de familia o amigos, incluyendo a quienes pasean por el barrio. Una esquina privilegiada en este San Telmo que mezcla como ningún otro lugar turistas, pensiones, adoquines y hipsters. 
Lumio queda en Carlos Calvo 498. Teléfono: 4300-9944. Horario de atención: lunes a viernes de 11:30 a 20, sábados y domingos de 10 a 20. 

A brindar se ha dicho


Chocar las copas y tomar con amigos en un ambiente festivo: desde la onomatopeya de su nombre, Chin Chin, recoge este espíritu en lo que hasta hace poco fuera una verdulería de barrio. Puertas de chapa y cañerías dan un aire industrial a la barra, mientras que al fondo algunos stencil y partes de cajones de madera completan la decoración.
Música a volumen elevado (incluso se advierte en la carta que la intensidad del sonido es alta, así que no valen las quejas) y la cerveza a muy buen precio forman una combinación callejera que le cierra a la multitud de jóvenes y no tanto que, noche a noche, rebalsan la vereda. 
En Chin Chin ofrecen seis estilos de cerveza ($65/70 la pinta), también aperitivos y destilados con un extendido y generoso happy hour (de 16 a 21, la pinta por ejemplo sale $50). Pero lo que realmente sorprende, y que ubica a esta propuesta por encima de sus competidores, es la comida que sale de los fuegos de una cocina apenas escondida al fondo del salón. La cantidad de frascos con especias y preparaciones preanuncian sabores intensos y originalidad. Así, desmarcándose con firmeza del remanido combo de fritas + hamburguesa + cerveza que hoy está en auge, la carta propone sandwiches como el Bulgogi, con carne de ternera, sésamo, miel, verdeo, akusay y pepino ($100) o unos huevos rotos sobre papas confitadas y ensalada de zuchini y menta ($100). Los principales (enormes, muchos de ellos para compartir) no le van en zaga: se puede optar por una o polenta crocante con vegetales asados, verdes y ricota ($120), un curry picante (carne, pescado o vegetariano, $140) o un salmón con vegetales asados (a $190, sin duda entre los más baratos de la ciudad), entre varias opciones más. La cocina abre a las 20, aunque desde la tarde ya se pueden pedir las papas o batatas fritas ($70, enormes), cortadas gruesas y condimentadas con perejil, chimichurri y pimentón.
Lo que a primera vista es otro bar en San Telmo, se sale de la norma con buen ambiente, platos ricos, abundantes y a precio amigable. ¿Qué más pedir? 
Chin Chin queda en Estados Unidos 500. Horario de atención: martes a sábados de 16 al cierre; domingos de 10 a 24.

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