La luz mortecina alumbra con destellos grotescos los anaqueles infestados de libros, algunos de ellos tan execrables que apenas si han sido hojeados por mano humana alguna. Como una cripta milenaria y sideral, los pasadizos subterráneos de la Biblioteca Nacional, en el barrio de la Recoleta, albergan un contingente de extrañas criaturas que permanecen ocultas a los habitantes del exterior. A pesar de que llevan ya varias semanas conviviendo y mezclándose con ellos, sus actividades resultan misteriosas incluso para los empleados del lugar. Súbitamente, otro haz luminoso –mucho más potente que los apagados ocres de las bombillas eléctricas– deja entrever entre sombras un complejo artilugio de ángulos imposibles, manipulado por un ser que insiste en acercarse a él, casi como si deseara fundirse y conformar la más abominable mezcla de piel, vísceras y metal jamás pergeñada por el hombre. El equipo técnico, camarógrafo incluido, continúa ultimando los detalles de la toma mientras el director, que responde al nombre de Marcelo Schapces, se ubica detrás del iridiscente monitor y pide que se llame al actor para ubicarse en la posición auspiciada por el encuadre. Es la tercera semana de rodaje de Necronomicón, ambiciosa apuesta que imagina el universo del escritor Howard Phillips Lovecraft trasladado a la pantalla nacional. Con un presupuesto más elevado que el de la típica producción de terror a la que está acostumbrado el espectador de cine argentino, la película protagonizada por Diego Velázquez (La larga noche de Francisco Sanctis, Kryptonita) tiene su origen en un mito difícil de erradicar, que el autor de El color que cayó de cielo y En las montañas de la locura se encargó de cimentar en varios de sus textos más importantes. Es sabido que nuestro país es el depositario de una de las escasas copias existentes del infernal volumen, escrito por el árabe loco Abdul Alhazred poco antes de su misteriosa muerte, fuente de horrorosas verdades universales, como aquella que reza que “no está muerto lo que yace eternamente, y con los eones extraños incluso la muerte puede morir”. ¿Cuántos lectores en tránsito por esas impresionables edades, la pubertad y primera adolescencia, se habrán comunicado con la Universidad de Buenos Aires (Lovecraft sic) para corroborar la información e intentar acceder a los secretos del indescriptiblemente deleznable volumen? La leyenda echa raíces aún más fuertes con un pie de página bello y fantástico: el propio Jorge Luis Borges podría haber sido el encargado de fichar el poderoso libro en los cartularios de la Biblioteca Nacional durante su gestión al frente de esa entidad, quedando ciego como consecuencia de la malsana curiosidad literaria.
   “Sé que no se parece a nada de lo que haya hecho con anterioridad, pero mi relación con la obra de Lovecraft tiene su punto de partida hace muchísimo tiempo”, afirma Schapces poco antes de acercarse al set armado en el subsuelo de la Biblioteca. “En el año 71 o 72, cuando todavía estaba en la escuela primaria, descubrí los Cuentos de los Mitos de Cthulhu, que recién acababan de ser publicados por Alianza. Y me voló la cabeza. Así como Poe me encantaba y me deslumbraba, Lovecraft me abrió a la posibilidad de sentir realmente miedo. Te ibas a la cama y tenías que leer con cuidado. A los quince o dieciséis años ya era un lovecraftiano absoluto y, desde esa época, tomé nota de la particularidad local: tal vez por exotismo, o por lo que en los años 30 podía parecer exótico, se ubicaba un ejemplar sobreviviente del Necronomicón en nuestro país. Siempre tuve esa fantasía de que había que hacer algo al respecto, aunque pasó mucho tiempo para que eso se transformara en algo concreto”. 
   Hace unos cinco años, el director de La velocidad funda el olvido y Che, un hombre de este mundo –además de productor de largometrajes como Juan y Eva y Tatuado– comenzó a pensar seriamente en timonear un proyecto que girara alrededor del siguiente concepto: un grupo de personas desea hacerse del ejemplar maldito para conjurarlo y desatar el caos, mientras que otras personas se encargan de mantenerlo oculto y sostener, de esa manera, el precario equilibrio de nuestro mundo. “Comencé a armar el esqueleto básico de la historia, pero en algún momento me di cuenta de que necesitaba a alguien más joven, con una mirada distinta a la mía, para encargarse de la escritura del guion. Y así fue que llamé a Luciano Saracino, a quien ya conocía y con quien suelo hablar regularmente de historietas y de literatura fantástica. Fue Luciano quien sumó al novelista Ricardo Romero y así comenzó el trabajo en conjunto, hasta que ellos llegaron al desarrollo final del relato”.

LA SEMILLA DEL TERROR

“Schapces es un bocho del terror. Tiene en su casa una biblioteca bestial de literatura fantástica”, afirma Luciano Saracino, que, como muchos guionistas, prefiere no aparecer mucho por el rodaje y esperar los resultados finales para apreciar finalmente qué, cómo y cuánto de la palabra escrita terminó reflejándose en la pantalla. Autor de una gran cantidad de guiones para historietas, como así también de libros de ensayo (entre otros, una cronología de los zombis cinematográficos, ¡Zombis! Una enciclopedia del cine de muertos vivos), guiones de televisión y cuentos infantiles, Saracino también se define como fervoroso amante de la literatura de Lovecraft. “Mi novela favorita es El color que cayó del cielo”, afirma sin dudarlo ni un instante. “Aunque para el guion tomamos como referencia El caso de Charles Dexter Ward y Aire frío, que aparecen citados y el lector experto reconocerá inmediatamente. El trabajo de escritura fue maravilloso, una fiesta: Lovecraft, Buenos Aires, la Biblioteca Nacional. Fueron muchas veladas donde nos sentábamos a escribir los dos juntos, nada de hacerlo de forma separada y mandarnos emails. Pasamos noches regados de Cynar y unas picadas gigantescas. En ningún momento hubo disidencia alguna: aparecían las ideas, las desarrollábamos y eso ayudaba a que aparecieran otras. El guion fue un tercer monstruo surgido de dos cabezas monstruosas”. El trasfondo de ese relato que se sigue gestando al momento de publicación de esta nota es una Buenas Aires apocalíptica, que Saracino imagina como “un mundo que está destruyéndose, húmedo, molesto, ceniciento, denso. Allí hay un selecto grupo de personas que se encargan de cuidar los necronomicones que hay en el mundo. Que es un libro, pero también es una jaula, porque dentro de esas páginas están dominados los arcanos, los eternos, aquellos que nunca deberían despertar. Este Necronomicón, el de esta película, es una jaula para esos dioses ancestrales. Los protectores tienen su contraparte, los discípulos de los arcanos, que quieren destruir el libro y, de esa forma, despertar a los eternos. Hay un protector que muere y un heredero que, en un primer momento, no entiende nada de lo que está pasando. De alguna manera, se va enterando junto con el público”.
   El actor Diego Velázquez es el encargado de darle vida a Luis, ese involuntario (al menos, en un primer momento) protector del mundo tal y como lo conocemos. Dieter, el viejo amigo que muere y le deja ese “pequeño recado” -que también puede ser visto como una maldición en toda regla-, vuelve a reencontrar a Federico Luppi con el horror luego de casi veinticinco años: el recuerdo de su vampírico personaje en Cronos, del mexicano Guillermo del Toro, todavía sorprende a quienes ven la película por primera vez. El resto de los papeles está interpretado por María Laura Cali (Judith, la hermana paralítica del personaje de Velázquez), Daniel Fanego como Baxter, el dueño de una librería de anticuario, Cecilia Rossetto en la piel de la directora de la Biblioteca Nacional y Victoria Maurette en el rol de Mara, la chica joven a quien el viejo Dieter utiliza como nexo para guiar a Luis como el nuevo cuidador del libro. “A eso hay que sumarle una participación especial de Juan Sasturain, que hace una suerte de cameo. Es una película sobre libros y es muy interesante comprobar que escritores como Borges o Mujica Láinez eran muy lovecraftianos, tipos que uno no imaginaría como tales. Saracino y Romero incluyeron el mito urbano sobre Borges, que, según dicen, podría haber quedado ciego del todo intentando leer el Necronomicón”, bromea con rostro serio Schapces. Esa seriedad quizás tenga que ver con un elemento para nada despreciable: no es fácil trasladar el universo de Lovecraft al cine, ubicar en la pantalla esos miedos indescriptibles, para los cuales no alcanzan las palabras. Quizás el realizador que mejor haya logrado el traspaso sea John Carpenter: a pesar de que no recorre literalmente ninguna de las historias del escritor norteamericano, En la boca del miedo logra transmitir, con mucho nervio y precisión, su tono y climas amenazantes y paranoicos. Tanto Schapces como Saracino coinciden plenamente con esa apreciación cinéfila, aunque cada uno de ellos tiene en la memoria un título extra para agregar a la exigua lista de grandes films lovecraftianos. En el caso del director, Posesión, de Andrzej Zulawski (“un lumen del cine de terror, por su extrañamiento”). Para el guionista, en tanto, Re-Animator, el festín gore ochentoso de Stuart Gordon, tiene muchos puntos de contacto con los del autor, aunque en una clave paródica y graciosa. “En realidad, en Lovecraft está la semilla de todo el cine de terror moderno”, sentencia rotundamente Saracino, “y es por esa razón que el cine le debe todavía una gran adaptación de alguna de sus obras”.

VER PARA TEMER

Necronomicón, que una vez finalizado el rodaje tendrá un intenso trabajo de posproducción –en gran medida dedicado a los efectos especiales–, tiene una fecha de estreno tentativa para el último trimestre de este año. Pero antes de poner en imágenes esos monstruos digitales hubo que imaginarlos. Y, más difícil aún, decidir cuánto mostrar y cuánto sugerir. Continúa Saracino: “Lo que tiene Lovecraft es que, como lector, uno nunca ve a esos monstruos. Lo que describe, llevado literalmente a una imagen, es una porquería. Seres triangulares, todo muy vetusto. Lo genial es que, al escribir, esquivaba el bulto con frases como ‘aquello que vieron era tan bestial que no podían siquiera recordarlo’. El problema es que en el cine es más difícil esquivarlo. Y ese fue uno de los temas de discusión centrales cuando escribíamos el guion, sabiendo de antemano que algo que un guionista nunca puede manejar es cómo se verá eso en pantalla. Lo que decidimos con Ricardo y con Marcelo fue que sí se verían monstruos, pero sobre todo tentáculos. Lo que queríamos destacar, lo que nos parecía más importante, era que el clima y todo lo que rodee a ese monstruo -los diálogos, el alma de los personajes- fuera lovecraftiano”. El encargado de darle una forma visual a esas presencias ancestrales y temibles fue el dibujante e historietista Salvador Sanz, uno de los más celebrados autores en la nueva etapa de la revista Fierro. Y también, para completar el círculo del conjuro, lector de Lovecraft. Sanz incluso ilustró uno de los cuentos más famosos del autor, La llamada de Cthulhu, para una reciente edición de la editorial Pictus. “Me interesa mucho la parte de diseño creativo en el cine, en particular si es de género fantástico”, confiesa el autor del comic Nocturno. “En este caso, se van a ver muy poco las criaturas: es una película de atmósfera, de climas, pero como toda buena película de terror en algún momento hay que mostrar. Se puede trabajar con la sugestión, pero en algún momento hay que ‘pelar’. Y ese fue mi trabajo, en el que tuve mucha libertad, más allá de que Schapces y los guionistas me guiaron hacia dónde querían ir. Hay algunos humanoides y luego cosas más abstractas, muchos tentáculos y también algo que propuse yo y que será mi momento de lucimiento, que seguramente serán dos segundos y medio en pantalla (risas). Ahora estoy dibujando para la película algunas imágenes de una Buenos Aires distópica, una ciudad muy húmeda; una especie de Londres, pero más amazónica, con la vegetación rompiendo el pavimento”.
 De vuelta en el set, Nico García, el actor que interpreta a un empleado de la biblioteca –vestido con el típico mono de operario color azul– se ubica en el lugar indicado por el realizador. En una de sus manos, el maquillador dibujó una franja de color rojo que bien podría ser una vieja herida o un estigma de los horrores por venir. El carro de travelling comienza a avanzar, inexorablemente, hacia la oscuridad de uno de los interminables pasillos atiborrados de libros. “Tengo treinta y pico de películas como productor y algunas como director que no tienen nada que ver con esto. Pero yo soy esto”, dice Schapces de manera enfática. “Toda la vida he visto películas de terror y leído literatura fantástica. Es una parte constitutiva de mí. Hay varios directores argentinos que, en los últimos años, han hecho buen cine de terror. Mi aspiración, poniéndome un poco ambicioso, es tratar de subir un escaloncito más para que, entre todos, sigamos dándonos un empujón y haciendo cada vez mejores películas de género”.