El monólogo extraviado de Margarita Carmen Cansino –más conocida por su nombre artístico, Rita Hayworth– duele como si cada escombro del pasado se desplomara sobre su cuerpo malherido. “¿Quién quiere volver a pasar por el corazón su vida entera? Mejor borrar, borrar, borrar (…) Soy mi propio esperpento frente a un mar desconocido”, balbucea la célebre intérprete de Gilda. En La estirpe del silencio (Seix Barral), de la “argenmex” Sandra Lorenzano, la historia de Hayworth se conecta con la de Claire y Anette, dos niñas parisinas que quedan huérfanas y viajan engañadas a México, donde Claire será obligada a prostituirse. “Somos guardianas de la memoria –dice una de las hermanas–. Si nosotras lo olvidamos, este recuerdo desaparecerá para siempre de la faz de la tierra”. Novela polifónica con una estructura narrativa compleja y un lenguaje hipnótico al borde del lirismo, la de Lorenzano –exiliada en México hace más de cuarenta años– trenza estas memorias como si fuera una buscadora de los hilos escondidos de estas mujeres, las verdaderas hacedoras de relatos.
“Hace mucho tiempo que estoy preocupada y angustiada por la violencia de género”, cuenta Lorenzano en la entrevista con PáginaI12. “En México es una cosa feroz la violencia en general, pero la violencia de género tiene características muy particulares; empezamos con Ciudad Juárez como símbolo de esa violencia, pero cubre todo el país. Hay múltiples causas y quizá uno de los trabajos más interesantes que hay, que trata de explicar un poco qué pasó en Juárez y qué sigue pasando, qué pasa en el estado de México, que es uno de los que mayor número de crímenes tiene, es el de la antropóloga Rita Segato –agrega la escritora–. Lo que importa es que estamos viviendo una situación de emergencia. Me angustia el hecho de que abrimos todos los días el diario, leemos noticias atroces y seguimos con la vida como si no pasara nada. ¿No podemos hacer nada? Me di cuenta de que lo único que yo tengo es la escritura, más allá de lo que uno pueda hacer en otros espacios, cuando doy clases o escribo en los medios de comunicación. Yo quería hacer algo alrededor de la violencia de género, sin que fuera un trabajo de sociología ni antropología”.
La autora de las novelas Saudades (2007) y Fuga en mi menor (2012) tenía ganas de trabajar en Tijuana en un momento preciso: cuando se impuso la “ley seca” –la prohibición de vender bebidas alcohólicas– en la década 20 del siglo pasado y al mismo tiempo empezaron a llegar las redes de trata a América Latina. “Los gringos se pasaban a México para tener alcohol, mujeres y juego. Yo tenía presente la historia de la Zwi Migdal que llega más o menos por esa misma época. Empecé a investigar qué pasó con las redes de trata en México. Hay un espacio que fue clave, el Casino de Agua Caliente, el centro más lujoso que había en América Latina, que hasta tenía pista de aterrizaje. Ahí debutó Rita Hayworth. Cuando descubrí las historias de horror que rodearon a Rita Hayworth, me di cuenta de que ella era el símbolo del maltrato y la violencia contra la mujer –advierte Lorenzano–. De niña fue abusada por su padre, que en la adolescencia la prostituyó; después con cada uno de sus cinco maridos reprodujo ese patrón de mujer sumisa, les terminó dando su dinero o lo que ellos le pedían, siempre con mucho dolor. Me enamoré perdidamente de esta Rita Hayworth dolida. Después de leer la historia de su vida y ver ese video del striptease más famoso de la historia del cine, lo único que querés es abrazar a esa mujer para decirle: ‘no te preocupes, todo va a estar bien’”.
–¿Por qué la memoria también es una cloaca, como se repite en la novela?
–En el caso de Rita, casi podés imaginar que la pérdida de memoria es una respuesta de sabiduría de su propio cuerpo ante el horror vivido. Lo que aparece es que es imposible que olvide lo vivido porque hay marcas en el cuerpo que no desparecen. Por eso la memoria también puede ser una cloaca. La memoria muy pocas veces es un lugar confortable. Hay que cuidar esa memoria porque es finalmente aquello que nos conforma, pero no necesariamente da placer volver a ella. A veces es una obligación cuidarla, aunque quisiéramos perderla. 
–La narradora de una parte de la novela, Irene, la nieta de Claire, no conoce lo que pasó con su abuela y se reprocha, a medida que va sabiendo, por qué no le contaron la historia. ¿Qué pasa con los silencios en las familias?
–Me interesa todo aquello que está silenciado en las familias, pero también en las sociedades. El cuestionamiento de Irene tiene que ver con esos silencios, que a veces buscan equivocadamente proteger a la familia de determinadas historias. Mi herencia argentina impera en esta parte de la novela. Somos sociedades donde los silencios ocupan un papel importantísimo. No sólo estoy hablando de lo que tiene que ver con la dictadura. Hay silenciamientos anteriores; la memoria de la inmigración es una memoria que al incorporarse de manera tan exitosa entre comillas al devenir de la Argentina moderna se canceló. Ya si vemos los álbumes de fotos, más allá de nuestras abuelos, no tenemos idea de quiénes están en esas fotos, no hablamos esas lenguas y muchas veces no sabemos el nombre de los pueblos desde donde venían. Los que venimos de los migrantes del interior del país tampoco guardamos esa memoria. Llevándolo a la violencia mexicana, aunque todos los días leemos noticias sobre el tema es una violencia que se tapa. A esta altura no se sabe si tenemos 60 mil, 80 mil o 100 mil desaparecidos. En situaciones de violencia, la sociedad en su mayoría sigue con su vida cotidiana. En esta novela hay un silencio que es de autoprotección, pero que también es un silencio de complicidad y un silencio de ignorancia, que termina siendo éticamente incorrecto. La escritura de una novela es el pretexto para seguir metiéndome en los temas que me obsesionan, darle voz a otros e intentar pensar siempre desde lugares diferentes y no desde mi propio yo. Ninguna de mis novelas han sido ejercicios de autoficción.