lunes, 24 de abril de 2017

Shen Yun Performing Arts

La perfección técnica se destaca en el espectáculo de Shen Yun Performing Arts

Reloj de movimientos y bajada de línea

La compañía de danza y música chinas surgió en 2006 en Nueva York, y presenta todos los años un nuevo espectáculo. El que puede verse en Buenos Aires se propone recorrer cinco mil años de una cultura “inspirada en lo divino” y que denuncia al gobierno comunista. 


La perfección técnica es el rasgo destacado del espectáculo que trajo a la Ciudad de Buenos Aires Shen Yun Performing Arts, compañía de danza y música chinas surgida en 2006 en Nueva York. En el plano argumental, una hipótesis (o denuncia) atraviesa las dos horas de show: el objetivo es recorrer 5 mil años de una cultura “inspirada en lo divino”, según se lee en el programa de mano. “En ningún otro lado se puede ver la auténtica cultura china. Lamentablemente, ha sido completamente destruida bajo el mandato comunista”. Los maestros de ceremonia –un hombre que habla castellano y una mujer oriental– aparecen entre los números para explicarlos, refuerzan este mensaje e informan que en China la compañía está censurada.
Con más de 50 bailarines en escena, el grueso del show dirigido por D.F. lo constituyen demostraciones de danza clásica china, cuyo sello distintivo son los saltos, giros y volteretas, con un dejo de gimnasia artística o arte marcial. Hay, además, danzas folklóricas y étnicas, historias bailadas y dos momentos específicamente musicales. Leyendas, mitos y clásicos literarios, entre otros relatos ubicados en diferentes tiempos, son representados gracias a una pantalla gigante que interactúa con el escenario: los intérpretes “entran” y “salen” de los paisajes de las animaciones. Notable es también el desempeño de la orquesta, que se encuentra debajo del escenario, desafortunadamente fuera de la vista del público. La dirección es de William Kuo, la música es original y está basada en melodías ancestrales. La pipa, cordófono semejante al laúd, y el erhu, instrumento de dos cuerdas que se ejecuta con arco, comandan sobre una orquesta occidental.
Visualmente es un viaje muy llamativo. Los colores del vestuario impactan, así como también la energía grupal de las escenas en las que manda la danza, superiores en calidad a las gobernadas por historias, exentas de complejidad y fácilmente inteligibles a los ojos del mundo. Son 19 números, cada cual con su argumento particular, con la hipótesis mencionada al principio como conexión narrativa. En la pantalla, los escenarios cambian para recorrer miles de años: un paraíso dorado en los cielos, los salones del palacio de la Dinastía Han, el acantilado rojo –donde tuvo lugar una célebre batalla en el año 208–, las colinas del sudoeste chino, las verdes estepas mongolas y las cumbres del Tíbet son sólo algunos. Priman la naturaleza y la fantasía, con la aparición de personajes como hadas, deidades, dragones y el célebre Rey Mono, que integra el número “Otorgando el Dao”, homenaje a Lao Tsé. Seres mitológicos conviven con los mortales: los funcionarios, guerreros, sabios y monjes.
Más allá de las distancias en términos de esfuerzo físico, la precisión técnica de los artistas podría equipararse a la de los del Cirque du Soleil: Shen Yun es un reloj de movimientos. Y cuando las polleras de colores fuertes, las mangas de los vestidos u objetos como paraguas, abanicos, tazones (en las cabezas) o tambores (en las espaldas) intervienen en la danza, la disciplina cobra todavía más vuelo. Los intérpretes se forman en la academia de artes Fei Thian y el Fei Thian College, y la compañía produce un espectáculo nuevo todos los años, con el cual gira por el mundo. Los chinos, dice el programa, tienen que viajar para verla: el Partido Comunista, “oficialmente ateo, ve a esta cultura espiritual como una amenaza a su control dictatorial”. Una de las claves para comprender el sentido político de este espectáculo es Falun Dafa o Falun Gong, “método de cultivación y refinamiento de la Escuela de Buda, basado en la verdad, la benevolencia y la tolerancia” que, como explican al público los presentadores, practican músicos y bailarines.
El show baja línea con episodios crudísimos, sin las metáforas que el arte permite, poniendo la exagerada calidad de todo lo demás al servicio de su mensaje. El primero de esos episodios es una escena de persecución y asesinato contextualizada a finales de la década del ‘90, época en que los practicantes de ejercicios de meditación de Falun Dafa ocupaban los parques y eran perseguidos por el Gobierno. Otro muestra la demolición de templos, más atrás en el tiempo, y el tercero la represión policial contra la elevación moral y un libro prohibido. En contraste, sobre el sistema capitalista no hay denuncia, siquiera mirada o mención. En Norteamérica, donde parece que hay miles de practicantes de Falun Dafa y eligió vivir Li Hongzhi –creador de la disciplina que deriva del quigong–, los artistas de Shen Yun dicen haber hallado la “libertad de expresión” perdida.

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