martes, 9 de mayo de 2017

Abelardo Castillo

Abelardo Castillo

Crónica de un iniciado

Consideraba la literatura como testimonio, como arte, como modo del conocimiento, lúcido compromiso con la locura o pasadizo que desemboca en el sueño. Escribir ficciones, decía Abelardo Castillo, es antes que nada un acto poético. Maestro de escritores y polemista entusiasta, refinado cultor del ajedrez, Castillo murió el martes pasado, a los 82 años. Además de ser un cuentista admirable y venerado, cuyos primeros relatos aparecieron a fines de los 50, fue también un joven dramaturgo consagrado y el fundador y director de El grillo de papel, El escarabajo de oro y El ornitorrinco, revistas literarias inolvidables, en las que aparecieron desde los primeros textos de Alejandra Pizarnik o Miguel Briante hasta las solicitadas de Madres de Plaza de Mayo en plena dictadura: el pulso de la literatura y la filosofía a lo largo de dos décadas. Autor de libros imprescindibles como los cuentos de Las otras puertas, las novelas El que tiene sed y Crónica de un iniciado y los ensayos de Las palabras y los días, en el último tiempo había empezado a publicar sus Diarios, que escribía desde los 18 años, y del que aún queda el segundo tomo por editar. En las páginas que siguen Radar despide a un escritor fundamental de la literatura argentina.

 Alguien capaz de sumergirse en los entresijos de su computadora o el motor de su Once Ligero hasta que ningún cablecito o bite quedara fuera del control de su inteligencia. Y de desnudar las contradicciones de nuestro tiempo al punto de dejarnos sin coartadas y sin el desahogo inocuo de una mera adhesión. Un hombre que, en cada uno de sus actos y en cada una de sus palabras, fue coherente con la convicción de que, más allá de discursos floridos y soluciones de utilería, la única sociedad justa será aquella en la que se cumpla a pleno ese alto precepto de Marx: “A cada cual según su necesidad, de cada cual según su capacidad”. Un tipo incómodo que nos conmina a pensar, y a pensarnos, hasta las últimas consecuencias. Ese es Abelardo Castillo. El que, ya a  los 24 años, sostenía que la belleza es siempre revolucionaria y el arte es un acto a favor del hombre; quien, consecuente con esa concepción, fue construyendo una obra literaria de intensidad y belleza impares que lo instala entre los grandes de nuestra literatura. Un maestro, en el sentido total del término. Un maestro difícil, de generosidad inaudita: te tiraba por la cabeza, sin guardarse nada, todo su caudal de sabiduría y de ética: si sabías barajar el bulto, seguro que algo bueno ibas a hacer con los pocos dones que te dio la providencia; si no, capaz que el impacto te pasmaba para siempre. Su humor y su capacidad de juego eran sorprendentes, y también lo era su implacabilidad, con los otros pero, sobre todo, consigo mismo. Y su capacidad de entender, a su modo y por las suyas, la teoría de la relatividad o la Ley de Entropía. Especie única, sí. Tratar de hacerle justicia se me hace una tarea infinita.
 Pero no es por eso que me resulta tan difícil –o mejor: tan extraño– escribir este texto. Es por algo que estoy descubriendo en estos días: desde hace décadas he vivido y he escrito con la seguridad de que Abelardo está. No importaba que pasaran semanas sin que supiéramos uno del otro: la amistad, a diferencia del amor, puede prescindir de la cercanía. En cualquier acontecimiento vivido, en cualquier página leída o escrita, anidaba la instancia de que un día, en un diálogo telefónico (nuestro vínculo fue altamente telefónico), el suceso despuntara y entonces discutiéramos o nos riéramos a propósito de él, o compartiéramos la fascinación que había despertado en una y en otro. Era una certeza entre tanta incertidumbre, un hecho afortunado ese saber-que-está. Pero resulta que el último martes, entre mensajes conmovidos y llamadas mediáticas, recibí una llamada absurda, venida de los orígenes de El escarabajo de oro, que fugazmente me hizo imaginar una escena muy cómica. Entonces pensé: se lo tengo que contar a Abelardo. Y no; supe de golpe y sin atenuantes que eso no iba a ocurrir. Ahí está lo extraño, en el vacío con el que escribo estas palabras y con el que tengo que aprender a convivir de ahora en adelante, con el que tendremos que aprender a convivir todos aquellos que tuvimos la suerte de conocerlo y quererlo. Y no incluyo en este colectivo a Sylvia, su mujer, ya que su dolor y su amor son únicos, son sagrados. Pero sí incluyo a quienes no lo conocieron y, a lo mejor, no tomaron conciencia de ese vacío. Porque más allá de la obra, que permanece, de las semblanzas y anecdotarios que seguramente irán creciendo, cuando falta la presencia, hoy y aquí, de un intelectual como Abelardo Castillo, capaz de ver detrás de lo evidente y de decir lo que otros no se atreven siquiera a sugerir, la cultura de un país queda más pobre, más desamparada.
Pero no pienso cerrar el texto con este desamparo. Abelardo solía esperar de mí una versión tirando a entusiasta de los hechos (más entusiasta, presumo, de lo que los hechos merecen). Por eso voy a terminar con algo que escribí hace muy poco en un presente del que no quiero desprenderme: Abelardo Castillo, escritor inmenso, hombre extraordinario, que fue mi maestro, a quien considero mi mejor amigo, del que puedo decir palabras similares a lo que alguien escribió sobre Malcolm Lowry: no más conversar un rato con él me alegra para toda la semana.

 Compromiso y literatura

Con la intención de beber sin el incómodo gotero, Esteban Espósito no vacila en quebrar el pico de una botella de whisky contra una mesada de mármol. Acusa poco más de treinta años de edad y es un alcohólico consumado. La novela se llama El que tiene sed y apareció en abril de 1985. Seis años después, en Crónica de un iniciado, nos volveremos a topar con Esteban Espósito, en este caso cuenta con veintiocho años, bebe con moderación y está dispuesto a cambiar su vida por la literatura. Esteban Espósito, qué duda cabe, es el alter ego de Abelardo Castillo, quien, como el personaje que creara, alguna vez fue un alcohólico consumado y desde siempre decidió cambiar su vida por la literatura.
Ignoro en cuanto tiempo escribió El que tiene sed, puedo afirmar, el propio Castillo lo ha dicho, que demoró treinta años en escribir Crónica de un iniciado. La novela apareció en octubre de 1991. Muchas de las 458 páginas que narran la iniciación del joven Esteban Espósito, su modo de sentir la literatura y su pacto con el Diablo, yo no las había leído sino escuchado en la propia y contundente voz de Castillo, mediante lecturas que comenzaban pasada la medianoche y terminaban al pie de la madrugada. Ahora, por fin, podía leer aquella novela tantas veces escuchada. Pocas semanas después me referí a ella en un comentario publicado en el suplemento de Clarín, que por aquellos días se llamaba: Cultura y Nación. No tengo copia de ese texto, aún no utilizábamos las computadoras para escribir, por lo que no había modo de guardar lo escrito en las adecuadas carpetas que hoy brinda Word, pero tengo presente cómo cerré la nota, palabra más, palabra menos, afirmé: “Una novela a la que necesariamente habrá que acudir cada vez que se hable de la gran literatura argentina”. 
   A veintiséis años de aquella afirmación, sigo pensando exactamente lo mismo. Crónica de un iniciado, El que tiene sed, La casa de ceniza, El evangelio según Van Hutten, así como sus piezas teatrales y todos sus cuentos, que invariablemente rozan la perfección, hacen de Abelardo Castillo uno de los mayores escritores de este tiempo y le otorgan, sin más vueltas, su condición de clásico. Aquí se hace necesaria una advertencia: cuando digo “clásico” no me refiero a esas obras citadas sin descanso, pero que rara vez son leídas, estoy hablando de aquellos textos que, más allá de la época en que fueran concebidos, mantienen su contemporaneidad, no envejecen bajo ningún concepto. En esta categoría se inscribe la obra de Castillo.
   En la mayoría de los casos, cuando evocamos a alguien que conocimos, que fue nuestro amigo, fatalmente acabamos hablando de nosotros mismos. Esta nota no será la excepción de esa regla. No hay duda de lo que significa Abelardo Castillo para la literatura en nuestra lengua. ¿Pero cuánto significó, cuánto significa, para mí? Muchísimo. Esto nunca se lo dije y justamente lo hago público ahora que él no está para escucharme. Lo conocí a comienzos de los sesenta, yo era un jovencito de veintiún años que se pretendía escritor; Abelardo, que me llevaba cinco, ya lo era: su formidable libro de cuentos Las otras puertas y su pieza teatral El otro Judas daban definitiva cuenta de ello. Entonces dirigía El escarabajo de oro, me invitó a incorporarme al grupo y yo acepté de inmediato, durante diez años fui uno de los responsables de esa revista, a la que tildábamos de católica: “sale cuando Dios quiere”, decíamos, bromeando. Lo cierto es que, con o sin ayuda de Dios, regularmente El escarabajo de oro estaba en numerosos quioscos del país. Un par de décadas más tarde, algunos catedráticos, sin bromear, la consideraron “una publicación mítica que influyó enormemente a los jóvenes escritores de entonces”.
   Estuve diez años en la revista, pero esta cifra no debe leerse como un mero dato estadístico. En lo que a mí hace, significaron mi formación como escritor. El escarabajo de oro y Abelardo Castillo fueron los responsables de esa formación. En los sesenta, Cuba se constituía en el primer país socialista de América, comenzaba a ser posible lo que hasta entonces había sido una mera utopía. No es casual que la tapa de El escarabajo de oro tuviese como acápite una frase de Goethe: “Gris es toda teoría y verde el árbol de oro de la vida”. No nos costaba mucho imaginar a los Andes como la Sierra Maestra de América, se hacía posible replantear al marxismo desde el existencialismo, Jean-Paul Sartre era un modelo a seguir y ¿Qué es la literatura? nuestro libro de permanente consulta.
   Abelardo Castillo sabía adaptar, darle voz argentina, a cada una de esas nuevas propuestas que surgían en este lado del mundo. Las notas editoriales que número a número aparecían en El escarabajo de oro son una buena prueba de ello. Arte y literatura estaban íntimamente ligados y el compromiso político no tenía por qué perturbar al compromiso literario. Castillo ayudó a comprender que Borges, además de ser nuestro mayor escritor, es un autor genuinamente argentino, logró que fueran desterrados para siempre aquellos ridículos cantos de sirena que lo tildaban de europeizante. La literatura debe ser un modo de vida, nunca un medio de vida, repitió hasta el cansancio y jamás se apartó de esa consigna. En Ser escritor, un libro que debería constituir lectura obligada para todos aquellos que se inician en la escritura, podemos leer: “Si la palabra mercado te hace pensar ‘persa’, quizá no seas muy original pero todavía estás a tiempo. Si la palabra mercado te hace pensar en la venta de tu libro, no insistas con la literatura”.
   Hay etapas para todo. A comienzos de los setenta decidí que la mía en El escarabajo de oro llegaba a su fin. Junto a Mario Goloboff fundé y codirigí la revista Nuevos Aires. Tres años más tarde me fui a Barcelona, regresé una década después. Cuando me reencontré con Abelardo sentí que el tiempo no había pasado, fue como retomar una charla que habíamos suspendido un par de días atrás. En 1997 edité su libro Ser escritor, igual que en los años de El Escarabajo de Oro, trabajamos de noche, con el mismo entusiasmo y la misma alegría de nuestra juventud.
   Comencé esta nota hablando de Crónica de un iniciado. Tengo el libro en mis manos y releo la dedicatoria: “Después de treinta años de amistad se puede decir que dos hombres son casi hermanos”, escribió Abelardo. Aquella vez le dije: “¡No exageres, che!”. Ahora me llena de orgullo saber que fuimos amigos y que, a nuestro modo, también fuimos casi hermanos.

 El que tiene sed no claudica nunca

La primera imagen que tuve de Abelardo Castillo cuando a los veinte años lo visité en su departamento de la calle Corrientes es la que secretamente –ahora me doy cuenta– fue escandiendo mi forma de leer su obra, libro tras libro y últimamente en sus Diarios. Fue un encuentro que me puso en otra órbita y me orientó para siempre. Porque ese narrador de cuentos memorables, ese escritor comprometido que había aprendido a conocer en El grillo de papel a través de sus lecturas de Marx y Sartre y el polemista brillante con intervenciones tan lúcidas como aquella polémica con Viñas en la que el joven Castillo le gana por nock-out –el boxeo como una de las bellas artes provee de recursos y alegorías de lecturas, basta releer el ensayo dedicado a Nicolino Loche para saber hasta qué punto esto es cierto– ese escritor me recibía entonces en su escritorio leyendo en un atril de madera un texto de San Buenaventura: el Itinerarium Mentis in Deum.
Ese desconcierto necesitó muchos años para comprender qué figura de escritor encarnaba Abelardo Castillo y qué sentido tenía la lectura de libros como ése que se extendía más allá de las lecturas obligadas de la época acuciadas entre el compromiso y el existencialismo y cada uno de ellos a su vez acuciados entre la literatura y la política, entre las ideas y la experiencia, en definitiva entre el arte y la vida. Quiero decir: su lectura, por ejemplo, de Tolstoi no se circunscribía a La guerra y la paz más bien se ampliaba con Qué es el arte; en el mismo sentido, su conocimiento profundo de la literatura alemana se expandía necesariamente a los grandes filósofos. Quiero decir: su concepción de la literatura no era exclusivamente literaria, no yacía bajo la cripta monolítica de la literaturidad, desde siempre estuvo atravesada por textos que la interpelaban desde otras esferas del conocimiento. En un acto fundacional, Abelardo exige que la literatura se haga cargo de las grandes preguntas de la cultura occidental.
Lo que ese atril de madera con un libro de la patrística me mostraba (y yo todavía lo ignoraba) no era otra cosa que las condiciones materiales de un escritor que para llegar a serlo no encuentra otro camino válido que la de ser un lector pero no sólo de literatura, con el propósito claro de no apartarse de ella y expandir sus fronteras sin dejar de volver. La pregunta sobre Dios no le era ajena y ese texto medieval o mejor: la pregunta que lo sostiene como texto, habría de reaparecer a lo largo de su obra narrativa y ensayística. Esta es la figura que encarna Abelardo con la exigencia de una actitud ética que situó por encima de todos los temas y los procedimientos de su escritura: la del lector omnívoro, descomunal, brillante que, quizás en la estela de Leopoldo Marechal, se vuelve exégeta del libro, es decir, de todo libro, ya filosófico, novelístico o poético, para practicar el arte de la interpretación como en La Divina Comedia de Dante Alighieri. Comparte con el autor del Adán Buenosaires una suerte de filología de autodidacta, un ejercicio de exégesis profana, laboriosa y creativa, no exenta de rigor y de una eximia inteligibilidad que no necesitó pasar por la academia para encontrar los pilares de la construcción de su literatura. Un escritor que basa su literatura en el acto de leer (el atril y el libro condensan ese acto ritual e incluso físico que involucra al cuerpo) no deja tranquilo al texto y vuelve siempre a él: leer es, además, corregir, variar, enmendar, traducir sus vocablos en un proceso que, como él mismo escribió en “La ética de la forma”, deviene “un trabajo espiritual”, en la línea de Paul Valery cuando concibe la corrección como una rectificación de uno mismo.
   En los años de sus inicios ya era una rara avis en el campo literario: la irrupción de los temas bíblicos se codeaba con el compromiso sartreano, la desesperación existencial del individuo se topaba con la necesidad de transformar el mundo, el tema de la traición no era sólo un tema político sino también un problema teológico, es decir, plantea una teología política de suma importancia para la literatura argentina. Todas estas preguntas preocupaban ya al joven escritor como lo demostraba  El otro Judas cuyo dilema parecía no coincidir con las posiciones ideológicas de izquierda. Para decirlo de otro modo: es el devenir literatura de un ateísmo agónico, de raigambre unamuniana, que no se da por vencido porque sabe que la contienda no tiene término. Al contrario de Borges, para Abelardo Castillo la teología no es nunca un subgénero de la literatura fantástica sino el núcleo trágico del dilema de nuestra cultura.
Hay en su obra el esfuerzo por encontrar dentro de la literatura argentina un lugar para la densidad que ha podido leer en los grandes narradores de los que parte: me refiero a Goethe, Thomas Mann, Hesse, Tolstoi para sólo nombrar a cuatro cuya incidencia se me vuelven evidentes en su escritura. Crónica de un iniciado los concita y encuentra en Estanislao del Campo un primer acceso de entrada en nuestra literatura: no sólo el modo de leer el pacto fáustico desde el humor y la gauchesca (al lado de ese alter ego de Esteban que funda una saga narrativa, el padre Cherubini es uno de los personajes más memorables de su obra) sino también la de articular las tradiciones, creencias e imaginarios de la cultura argentina.
Abelardo fue desde el inicio un escritor incómodo para la izquierda argentina, su posición frente al comunismo fue siempre tan heterodoxo como frente al cristianismo. Pero decimos muy poco si sólo nos quedáramos en la heterodoxia probada de sus posiciones. Ya tempranamente, en 1959, registra en su Diario la matriz de sentido de su literatura: “Con el marxismo me pasa como con el cristianismo. No encuentro marxistas ni cristianos ni entre los afiliados comunistas ni en la Iglesia”. El evangelio según Van Hutten lleva esta idea hasta su máxima radicalidad al plantear el cristianismo como el manifiesto comunista de Dios. El contenido de la literatura de Abelardo –“el contenido de verdad” que tantas veces citara parafraseando a Walter Benjamin, con quien tiene más de un punto de contacto– es lo que su capacidad de lector ha conseguido construir: un pensamiento que le quita la cáscara dogmática a las ideas hasta dejarlas en su patente desnudez, enfrentándolas a ese punto extremo justo allí antes de caer al vacío. Pero no cae, sigue luchando mientras tenga vida, porque el que tiene sed no claudica nunca, desconoce la derrota, no se distrae de la rebelión, nunca lo sacia ningún sentido absoluto: sigue leyendo y escribiendo contra toda esperanza.

 Las preguntas

Tenía que entrar a la Universidad en 1978. En ese año la dictadura militar cerró las carreras humanísticas en la Universidad de Buenos Aires. Quedaban pocas opciones atractivas. Así que tuve que elegir una que no lo era pero que me permitiría trabajar pronto: Ciencias Económicas. Me gustaba estudiar, lo que fuera, así que hice la carrera en poco tiempo y con buenas notas. Pero no fue suficiente.  
 Ya graduada, trabajando muchas horas por día, me costaba iniciar otra carrera universitaria. La necesidad de escribir me hizo buscar talleres literarios. Me pasaron el dato del taller de Abelardo Castillo. Su taller era de los más prestigiosos en Buenos Aires. Se decía que en sus grupos “la escritura se tomaba como cosa seria y no como pasatiempo”. Si ibas al taller de Abelardo era porque querías ser escritor. Me daba miedo no estar a la altura ni del maestro ni de mis potenciales compañeros, venía de una carrera universitaria ajena a la escritura. Tomé coraje y lo llamé. Me atendió amable, me escuchó, pero enseguida comenzó con un cuestionario preciso. “¿Leíste Madame Bovary? ¿Leíste Guerra y Paz? ¿Leíste En busca del tiempo perdido? ¿Leíste Crimen y Castigo?”. 
   Así me preguntó, uno por uno, acerca de diez libros que él consideraba imprescindibles para cualquiera que quisiera escribir. Fui honesta y, aunque me avergonzaba, respondí que sí sólo frente a los títulos que había leído, apenas unos cuatro o cinco. Abelardo Castillo se quedó en silencio. Me lo imaginé del otro lado de la línea meneando la cabeza. Al rato dijo: “Y bueno... si querés venir, vení igual, pero no sé si va a funcionar...”. No fui. Me resultaba casi escandaloso haber pretendido escribir sin haber hecho antes esas lecturas. Me tomé el tiempo para hacerlas y luego, temiendo ser reconocida como “aquella que llamó sin haber leído”, empecé el taller con Guillermo Saccomanno, otro maestro estricto y generoso, pero que tenía una lista de cien libros que había que leer para poder escribir. Entonces, ante una lista tan larga, era más fácil decir que solo había leído la mitad y ponerse al día, si lo lograba, con el tiempo.
   Aquella anécdota frustrada con Abelardo Castillo fue fundante: no hay otro camino para escribir que leer mucho, que leer todo. Tenía razón cuando hacía ese cuestionario a los alumnos que iban a su taller. Muchos de los que pasaron por su casa son hoy escritores consagrados y agradecidos. Abelardo Castillo fue, sin dudas, no sólo un gran escritor sino un gran maestro para muchas generaciones de alumnos que pasaron por su taller.
   Hoy, en esa lista de lo que hay que leer si uno quiere escribir, hay que incluirlo a él, a sus cuentos, a sus novelas, a ese entrañable libro que es “Ser escritor”. A pocas horas de su muerte parecía que todo el mundo tenía presente su obra. Ojalá sea así. Ojalá perdure. Ojalá se lo lea más. Se lo merece él y nos lo merecemos nosotros, los lectores.

 El sentido de la literatura

“Creo en la literatura como testimonio, creo en la literatura como arte. Ontofanía, modo del conocimiento, lúcido compromiso con la historia, pasadizo que desemboca en el sueño o la locura, escribir ficciones es para mí, antes que nada, un acto poético”.  Eso está en Del mundo que conocimos, el último libro que Abelardo Castillo armó con quince de sus cuentos, y aunque en la tapa figure la palabra antología él se encarga de aclarar en el prólogo que se trata más bien de un mapa personal, que abre con “La madre de Ernesto” y cierra con “La fornicación es un pájaro lúgubre”. Guarda, que también daban ganas de arrancar por las primeras líneas de “Crear una pequeña flor es trabajo de siglos”, que dicen: “Soy un escritor fracasado. No es un comienzo demasiado original, lo sé. Ni me pasa sólo a mí. Varios de mis mejores amigos podrían encabezar su autobiografía de la misma manera, sin faltar en absoluto a la verdad. Sólo que yo lo acepto naturalmente, que ésta no aspira a ser la narración completa de mi vida y que, yo, tengo una historia de amor para contar”. También fueron candidatas unos veinte textos de sus Diarios (1954-1991), o estas líneas de “La que custodia el fuego”, en Las palabras y los días: “Hubo un tiempo hermoso e irrecuperable en que la gente tenía un lugar en el mundo. Una especie de vientre cálido, de corazón para habitar. Yo atesoro para mí (o ahora lo invento) el recuerdo de una infancia y una adolescencia de amor en las cocinas. He escrito amor, sí. Porque ahora me parece que todo sucedía en las cocinas. Los deberes y las comidas junto a la radio; los juegos de lotería al reparo de las tormentas y de los miedos de la noche; los primeros poemas. Y el amor. No digo el encuentro físico, esa desnuda comunión, o simulacro de la agonía, que sólo a veces es el amor; digo el familiar amor con aroma a especias y a sopa en invierno y a bizcochos. Falsa memoria, dije antes. Es curioso, yo no tuve de chico una cocina con altos frascos de dulce ni secretos aparadores con olor a canela; pero me acuerdo igual”.
Cuando el martes pasado supe la noticia salió al cruce la incredulidad y trascartón recordé un texto sobre él de Liliana Heker en Diálogos sobre la vida y la muerte, en el que de arranque lo describe trabajando con unas tablas para armar una biblioteca, con una energía y una vitalidad, con un rechazo tan visceral y reflejo por la muerte que, en sintonía con muchas de las cosas de Castillo que leí aquí y allá, me dieron la sensación de que su fecha andaría lejanísima. Por el oficio lo entrevisté siete u ocho veces, para este diario, para otros medios: sobre coyunturas políticas, sobre historia, sobre sus libros, sobre literatura y filosofía, sobre su vida. Las conversaciones siempre se desbordaban, duraban al menos un par de horas y dejaban abiertos cien caminos para continuar: era apasionante. No soy original, como aquel narrador suyo: decenas de escritores y periodistas que lo conocieron han contado en estos días sus experiencias con él, las charlas de madrugada, las jornadas en sus talleres, las huellas de sus cuentos y novelas, su extraordinario sentido del humor, las marcas de sus lecturas y los viajes que él hacía por libros y autores. Son relatos que hablan de sus huellas que dejó, de las puertas que abrió, de aprendizajes genuinos. De reconocimientos en simultáneo informales y profundos. Bueno: a no ponerse solemne.
Sus cuentos me siguen pareciendo de lo mejor que se ha escrito, dentro del género, en la Argentina. Su obra es formidable, vaya descubrimiento: están las revistas mitológicas (El Grillo, El Escarabajo, El Ornitorrinco), los debates con Cortázar, sus libros de ensayos, los libros de conversaciones, los diarios. Y las novelas: El evangelio según Van Hutten, El que tiene sed, Crónica de un iniciado. Aunque no es esta hora de inventario: se trata, más bien, de un intento torpe por contar a los tumbos de su incidencia fuerte en nuestra vida, de un tipo con la ropa y la existencia jugada en la literatura, con una coherencia sostenida a través del pensamiento y el tiempo. “¿Qué sentido tiene la literatura en un mundo sin sentido? –se preguntaba Castillo–. No hay más que dos respuestas. La primera: ningún sentido. La segunda es precisamente la que hoy no parece estar de moda. El sentido de la literatura, como el sentido del arte, es imaginarle un sentido al mundo y, por lo tanto, al escritor o al artista que hacen esa literatura o ese arte”.

 Los mundos reales

Se fue Abelardo, nomás, y con él esa tensión narrativa única y ese simbolismo también impar que impregna sus cuentos, tesoro literario que nos deja para siempre. Cierto que también fue importante como novelista y dramaturgo pero su magisterio fue enorme, sobre todo en el vasto territorio de la narración breve.
   Devoto de Poe, de Borges y Cortázar en su juventud, con serena autoridad trabajada por décadas, plena de suficiencia y modestia, Abelardo fue una figura completamente inusual para la siempre pretenciosa literatura de Buenos Aires.
   Los mundos reales –al que calificó alguna vez de “libro incesante”– se compone de varios de sus mejores títulos: Las otras puertas, Cuentos crueles, Las panteras y el templo, Las maquinarias de la noche. Esa saga cuentística trajinó el eterno debate entre realidad y fantasía, pasión aprendida en Poe. Si hasta parecía que entre ellos había una relación casi de padre-hijo, o quizás de amo-esclavo. Como si el gran cuentísta norteamericano le hubiera susurrado al oído no el argumento de las historias pero sí el modo de contarlas, caso por caso. Esto es evidente en cuentos impresionantes como “Patrón”, “La madre de Ernesto” o “Triste le ville”, que para mí son dignos de figurar en cualquier antología de los mejores cuentos latinoamericanos de todos los tiempos.
   Qué duda cabe: sin Abelardo estamos más solos y más pobres desde esta noche.

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