“Soñé que era un ala/ desperté/ con el tirón/ de mis raíces.” El poema se titula “Vuelo interrumpido” y su autora, la poeta, narradora, ensayista y traductora nicaragüense Claribel Alegría, estaba profundamente dormida en su casa de Managua, ayer a la madrugada, cuando su enfermera la despertó para darle la noticia de que le habían otorgado el 26° premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (“el Cervantes de la poesía”), dotado de 42.100 euros, que reconoce el conjunto de la obra de un poeta vivo, que por su valor literario constituye una aporte relevante al patrimonio cultural común de Iberoamérica y España. La risa le hermosea el rostro a esta dama centroamericana de 93 años, que fue miembro de la llamada “generación comprometida”, discípula de Juan Ramón Jiménez y amiga de Roque Dalton, Juan Rulfo y Julio Cortázar, entre otros. “¡Estoy tan feliz! No me lo esperaba”, reconoció Alegría. “Esta es una enorme sorpresa, porque el Reina Sofía es de los mejores premios que puede recibir un escritor. Es una muestra de amor de parte de toda la gente”, agregó la poeta nicaragüense que se suma a la galería de premiados integrada por Antonio Colinas (2016), Ida Vitale (2015), Ernesto Cardenal (2012), Fina García Marruz (2011), Blanca Varela (2007), Antonio Gamoneda (2006) y Juan Gelman (2005), entre otros.
Alegría (Estelí, Nicaragua, 1924) se considera a sí misma salvadoreña porque vivió en la ciudad de Santa Ana durante su infancia. En 1932, tenía 8 años cuando fue testigo de la masacre de más de treinta mil campesinos e indígenas en El Salvador. En los años 40, estudió Filosofía y Letras en la Universidad George Washington. Los poemas de su primer libro Anillo de silencio (1948) los seleccionó Juan Ramón Jiménez y contó con un prólogo de José Vasconcelos. “Es la etapa de la adolescencia, de querer buscar el amor, tener curiosidad por qué es el amor, por quién eres tú”, lo definió la poeta que continuó publicando el poemario Vigilia (1953), un libro de sonetos con el amor como tópico; Acuario (1955), donde aparece el humor, Huésped de mi tiempo (1961), Vía única (1965), Aprendizaje (1970) y Sobrevivo (1978), con el que ganó el premio Casa de las Américas. Escribió las novelas Cenizas de Izalco (1964) -junto a su esposo el escritor y diplomático estadounidense Darwin J. Flakoll- Album familiar (1982), Pueblo de Dios y de Mandinga (1985) y Luisa en el país de la realidad (1987), entre otros títulos. Tradujo al poeta inglés Robert Graves y escribió varios libros de ensayos sobre Nicaragua. 
“Yo empecé a ver no solo a la gente que estaba alrededor mío, las cosas que pasaban alrededor mío, sino las cosas que pasaban en mis pueblos. Me metí en otra onda. Escribí poemas que muchos dicen que son políticos, pero que considero, ya lo he dicho muchas veces, poemas de amor a mis pueblos. Esas cosas me tocaban, me apretaban el alma, entonces tenían que salir en poemas. Nunca quise escribir un poema acusando a alguien, pero sí diciendo las cosas que pasaban. Después de todo esto me salieron los poemas por los que muchos creen que soy poeta comprometida. Es muy tremendo decir poesía comprometida porque la poesía yo no la quiero poner al servicio de nada. Pero primero que poeta soy ser humano, y como ser humano no me puedo desligar de mis semejantes”, planteó en una entrevista en 2015 con el diario El País de España por la publicación de la antología Pasos inciertos, una selección de sus poemas publicados entre 1948 y 2014.