lunes, 1 de mayo de 2017

CUBA > Santa Clara

CUBA > La isla frente al deshielo

Un destino con identidad

El 31 de agosto de 2016 el vuelo 387 de la empresa Jet Blue aterrizó en la pista de Santa Clara, en el centro de Cuba, la ciudad conocida por el mausoleo del Che Guevara. Y se convirtió en la noticia del siglo: fue el primer vuelo comercial entre Estados Unidos y Cuba en más de 50 años, luego del embargo norteamericano.


A casi un año del acontecimiento, con un turismo que crece a velocidad de avión más que de crucero, la isla ya no parece sufrir “la maldita circunstancia del agua por todas partes”, como escribió el poeta Virgilio Piñeira, sino más bien se pregunta qué hacer con la descomunal circunstancia de los turistas por todos los rincones.
“El boom que desató la reconciliación con Washington elevó los precios. Hay turistas dispuestos a pagar más que en París, pero son más exigentes y buscan la diversión capitalista con campos de golf. Y la pregunta es si Cuba está preparada para modificar su estructura sin por eso derrumbar su identidad socialista”, dice el geógrafo Salvador Anton Clavé.
En los 90, luego de la caída de la Unión Soviética, el turismo pasó a ser el polo de atracción del capital foráneo –institucionalizado en 2014 con la Ley de Inversión Extranjera– hasta convertirse hoy en el sector más dinámico de la economía cubana. “El Estado dejó de tener el monopolio sobre la administración y la comercialización de los hoteles –continúa el geógrafo–. Hay un sistema mixto de empresas cubanas y extranjeras que dominan el negocio y proyectan edificar 108.000 nuevas habitaciones hacia 2030. Otro interrogante es si el paisaje de sol, playa y montaña de un país atractivo por su estampa antigua no se perderá con los modelos arquitectónicos y culturales que llegan de la globalización”.
Al recorrer las calles de La Habana, entre un casco histórico que luce trasfigurado por la remodelación de la fachada colonial y nuevos hoteles en construcción, sobrevuela la sensación de que las opiniones están divididas. Hay quienes encuentran una rápida salida laboral alquilando habitaciones o multiplicando la venta de tabaco, ron, y los servicios de gastronomía y transporte. Y otros que, ante la apertura indiscriminada, objetan reparos ideológicos. “Si bajamos la guardia, nos colonizan. Es necesario crear ‘guerrillas culturales’ para ganar la batalla de las ideas”, dice el ministro de Cultura Abel Prieto, y no es el único que se preocupa por ver cómo los jóvenes se identifican con exponentes del reggaetón como Yandel y Marc Anthony bajo una estética de collares de oro y mujeres moviendo los cuerpos en piletas lujosas.
Elizabeth es una mujer de 50 años, docente, que además renta una librería como una variante del cuentapropismo permitido en la isla. “La realidad económica del cubano es vivir en la lucha. Se sobrevive con dos o tres ingresos porque los salarios siguen bajos. Los principios revolucionarios de soberanía y justicia social van a continuar, pero a la vez necesitamos crear recursos propios y no depender más del Estado ni de las remesas que mandan familiares desde afuera”, confiesa.
Las estampitas del Che, los posters sobre la Revolución y los libros sobre Fidel se venden como pan caliente. Son fijas del llamado “turismo revolucionario”, que no excluye el hospedaje en un hotel cinco estrellas de los Cayos con todo incluido. “Los extranjeros pagan por experimentar el socialismo con swing y andar austeramente por la ciudad, esa postal sesentista que viaja en carros viejos. Al parecer, Cuba volvió a estar de moda: ya estamos en Netflix y la Internet está plagada de páginas dedicadas a casas de alquiler listas para abducir a los turistas”, se lee en la revista cubana El Estornudo.

UN TURISMO, DOS CARAS Hace unos años que la isla supera su propio récord de visitantes. En 2016, según cifras oficiales, se alcanzó el tope histórico de cuatro millones de turistas en una nación que apenas llega a los once y medio millones de habitantes. Canadá y Alemania son los líderes, pero desde el retorno de los vuelos con Estados Unidos, el país ahora presidido por Donald Trump se transformó en el segundo emisor con 300.000 visitantes, que todavía tienen prohibido hacerlo como turistas pero sí como viajeros culturales, religiosos o académicos. Las autoridades cubanas calculan que un millón de norteamericanos visitarán la isla anualmente si se levanta el embargo, con un predominio de los cubanos estadounidenses.
¿Se dirige Cuba hacia una nueva era? Las cadenas internacionales hablan de la isla como si tuviera un tesoro a punto de descubrirse. “¿Está Cuba preparada para la avalancha de turistas?”, se pregunta la señal América Tevé, de Miami. Los medios nacionales, como el portal Cuba Debate, anuncian que en los puntos característicos de Trinidad, Cienfuegos, Viñales y Varadero no hay reservas disponibles y posicionan el turismo como “una cartera de oportunidades para la inversión extranjera hacia un futuro amplio”.
José Luis Perelló, titular de la Facultad de Turismo de la Universidad de La Habana, lo piensa como el eje de una economía “híbrida” que avanza “en la actualización del modelo socialista”. Y explica que el desafío del presupuesto, que destina el 61 por ciento a “lo social”, es no depender exclusivamente de las divisas turísticas como otrora del azúcar. “Hay pocos países que hacen tantos esfuerzos para que la educación, la salud y la vivienda sigan siendo gratuitas con un embargo estadounidense aún vigente. El avance de la derecha en Latinoamérica también deja aislada a Cuba, que hoy tiene al turismo como el principal motor económico, por encima de la exportación de los servicios médicos”.
Los ortodoxos de la Revolución que se escandalizaron cuando cruceros norteamericanos pidieron encallar en sus puertos, lo hicieron aún más cuando el letrero Four Points by Sheraton se colocó el año pasado en La Habana, convirtiéndose en el primer hotel administrado por una compañía norteamericana desde que Fidel Castro tomó el poder en 1959.
Una paradoja que se vive en los mercados populares es que, mientras la demanda turística exige una capacidad de provisión superior a la media, los alimentos escasean entre los cubanos y son encarecidos por los intermediarios. El daño ambiental también es otra preocupación. “Las aguas negras que salen de los hoteles contaminan las playas. Hay que ejercer un control responsable sobre los recursos, y entender que la entrada de cada persona es un factor de contaminación para posibles enfermedades. No hay que olvidar que Cuba tiene serios problemas con la provisión de agua”, dice Helena Solo Gabriele, profesora de Ingeniería Ambiental.
El imaginario de una isla colapsada, en efecto, inquieta a propios y extraños. La hospitalidad del pueblo cubano sigue siendo una cualidad poco encontrada en otros destinos, pero la alteración de los servicios públicos impacta en la vida cotidiana. Las guaguas, que son el transporte más barato del mundo, viajan repletas y los pasajeros, apiñados.
“Están entrando demasiados extranjeros, hay colas para comer y para tomar un carro. Este año, por ejemplo, arribaron 370.000 cruceristas ante el problema de la escasez de plazas hoteleras”, explica Perelló.

¿UNA NUEVA CANCÚN? A solo 144 kilómetros de Estados Unidos, la historia de Cuba ha sido marcada por el saqueo y la opresión. “El pueblo no va a permitir que el turismo vuelva a convertir esta tierra en el patio de casinos y prostitución que fue en el época de Batista. Es momento de repensar la identidad”, dice el ensayista Miguel Barnet. Y la opinión no es inocente. Los medios internacionales fogonean como paradigma el modelo del “spring break”, típica fiesta de los estudiantes norteamericanos bajo el estándar de la música electrónica y el exceso de drogas y alcohol. “¿Se convertirá Cuba en otra Cancún para los jóvenes?”, se preguntan en la prensa yanqui, como si se tratara de un espacio virgen para el espectáculo del “american way of life”.
“Somos la última fantasía de Occidente y se nos ofrece como una serie de lugares comunes: la salsa y los sones, el baile y los mojitos. Y el populismo racista de Trump es una amenaza gravísima para Cuba”, dice Juan Orlando Pérez, periodista de El Estornudo. Tal como la arena blanca que se expande hacia el mar turquesa, en los bares de La Habana se propaga un temor: que el presidente norteamericano vuelva a limitar los viajes y los negocios con Cuba.
Uno de cada tres cubanos posee un familiar en Estados Unidos y la hermandad entre los pueblos, tan pregonada por el poeta José Martí, es otro factor social que retornó con el deshielo. “No hay pesimismo con la muerte de Fidel y la asunción de Trump, pero al mismo tiempo existe necesidad de inversiones extranjeras. Obama entendió que era absurdo seguir prohibiendo las vacaciones en la isla, y lo que queda pendiente es derribar el embargo”, dice el economista Eladio Somavilla, quien subraya que Cuba tiene nueve lugares declarados Patrimonio Mundial por la Unesco, “algo que es un encanto ineludible”.
En el vértigo de los “yumas” que inundan la isla con miles de dólares, el archipiélago más grande del Caribe moderó la prédica antiimperialista y lucha por defender una identidad cultural que, mientras anuncia la creación de cientos de cajeros automáticos y computadoras portátiles con zonas de wi-fi, sigue siendo un imán turístico. Las playas paradisíacas con deportes náuticos, las fiestas populares y los bosques silvestres, la arquitectura colonial y los pueblos pintorescos, la rica vida cultural con museos y cine, la historia revolucionaria y una sensualidad tropical con toques de buen humor y solidaridad, son una diversidad poco común en la región latinoamericana.

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