Daniel Hendler no pegó el salto a la política, sólo que su opus dos como director se titula El candidato y es sobre un empresario que quiere involucrarse en el terreno de la política de la manera más rápida posible, a como dé lugar. El salto que pegó uno de los actores preferidos de la primera etapa como cineasta de Daniel Burman fue para ponerse la cámara al hombro. Pero eso sucedió en 2011 con Norberto apenas tarde, donde Hendler ponía el foco en un joven treintañero, cuya vida se iba desmoronando poco a poco, se quedaba sin trabajo y al tiempo empezaba a desempeñarse como vendedor en una inmobiliaria. Previamente, el protagonista de largometrajes como 25 watts (de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll), El abrazo partido (de Daniel Burman), y El fondo del mar (de Damián Szifrón) había hecho sus primeras experiencias como director con Arauco Hernández y Federico Veiroj, con quienes trabajó en una serie de cortos. Su segundo largometraje lo encuentra más maduro en el oficio de cineasta y con un manejo del ritmo cinematográfico digno de un director con más películas que las dos que Hendler dirigió hasta el momento. 
Allá por 2011, Hendler también estaba bastante preocupado “por lo que se veía en la tele y en los diarios y la violencia mediática que se empezaba a percibir”. Por aquel entonces, estaba escribiendo “algo muy libre, que todavía no tenía una forma de película”. Su mujer, la actriz Ana Katz –que forma parte del elenco de El candidato–, le dijo: “Deberías adaptar Los magníficos”. Se trata de una obra de teatro que Hendler escribió en 2001. “Yo tenía ganas de hacer algo con Diego de Paula y Matías Singer, algo que tenía que ver con una especie de juego de espejos entre ellos. Ana tiró esa idea de Los magníficos y con la preocupación que tenía empezó a surgir el personaje de El candidato y su grupo de asesores”, dice el actor y cineasta en diálogo con PáginaI12. 
Protagonizada por De Paula, Singer, Katz, Verónica Llinás y Alan Sabbagh, esta coproducción uruguayo-argentina se mete en el detrás de la construcción de un candidato político. Durante 48 horas, Martín Marchand (De Paula), un empresario de unos cincuenta años, decide anunciar su salto a la política y su candidatura. Para lograr una “comunicación eficaz” contrata a un equipo de publicistas, creativos, diseñadores gráficos y músicos, dejando claro que una imagen vale más que mil palabras. Buceando en el lado oculto de la política, la historia avanza con sospechas y conspiraciones dentro del propio equipo, situación que genera un marco de tensión puertas adentro de la casa de campo del empresario. Con el correr de la trama, el espectador se encontrará con las máscaras que se construyen para que un futuro político se meta en un terreno de por sí embarrado y su preparación para la presentación pública. Claro que de una manera totalmente efectista porque aquí sólo importa la publicidad, que genera un efecto, a diferencia de la propaganda que transmite una ideología.   
–¿Es una película sobre el marketing de la política o sobre la política del marketing?
–Sobre la política, en todo caso, porque el marketing es como el recurso. La política es como un botín de los empresarios que necesitan estar de los dos lados del mostrador, y el marketing es una forma de lubricar ese camino sin que nos demos cuenta de semejante desfachatez. 
–¿Cómo fue el trabajo de investigación sobre todo en cuanto a la construcción publicitaria de un candidato político? ¿Hubo cosas que lo sorprendieron en esa búsqueda?
–La búsqueda fue libre y fui encontrando algunos puntos que probablemente conectan con la realidad, pero fruto de algunos accidentes entre datos e ideas que iban surgiendo. Por ejemplo, un publicista conocido me preguntó si me había metido a investigar sobre las campañas porque había algunas cosas que estaban muy bien retratadas pero, al mismo tiempo, también me dijo que había otras tantas disparatadas. Así que me parece que las que  emboqué fueron fruto de la casualidad o de haber escuchado alguna cosa suelta. Pero no hubo una intención de hacer una investigación sobre cómo son las campañas. 
–Respecto de ese punto de conexión entre esta ficción y lo que realmente sucede, ¿está exagerado o hubo cosas que iban a resultar muy poco creíbles si las ponía?
–En la realidad siempre suceden cosas más increíbles que las cosas que nos resultan exageradas en el cine. Ya es casi una frase hecha que la realidad supera la ficción, pero lo vivimos día a día. Los disparates que vemos y escuchamos a diario no serían verosímiles en una película. Y ésta juega un poco entre esos umbrales, entre esos límites que nos impone el verosímil cinematográfico y, al mismo tiempo, esa falta de límites que nos muestra constantemente la realidad.
–¿Por qué definió a El candidato como un film multigénero?
–Porque la película esconde una cierta mirada preocupada y los géneros nos ayudan a ubicar a los personajes en cierto casilleros para establecer el juego. El espectador firma un contrato que después vamos a tratar de no traicionar, pero también las capas van a ir sumando otra cosa que no tiene mucho que ver con los géneros sino más bien con esa mirada más preocupada. 
–Señaló que la película no apunta a un referente concreto sino más bien a una modalidad de discurso ¿En eso radica su universalidad que llevó a que en el Festival de Miami muchos hayan asociado la figura del candidato con Donald Trump?
–Sí, lo gracioso es que con las preguntas y respuestas que hubo después de la función de Miami, se veía que estaban convencidos de que yo me había inspirado en Trump. Lo que pasa es que, tal vez, no se dan cuenta que lleva años hacer la película. Y cuando uno la ve, lo está interpelando en ese mismo momento. Uno no percibe que fue un proceso que empezó hace mucho tiempo y que ni Trump ni tampoco los que hoy están gobernando acá, se sospechaba que fueran posibles ganadores. 
–Pero no se trata de una mirada exclusiva sobre los políticos rioplatenses sino de algo que se da a nivel global, ¿no?
–Sí. Es que yo hablo con gente y noto que estamos todos como que no entendemos qué está pasando tan rápidamente en el mundo. Estamos completamente maniatados por los medios de comunicación. Entonces, el capital encuentra sus resortes y sus mecanismos para hacer pelota todo. Y hay algo que está pasando en todas partes que es bastante parecido: la ola neoliberal, que no es casual. Los disfraces que funcionan en un lugar se empiezan a reproducir en otros lugares. Está lleno de disfraces por todos lados para perpetuar una situación de dominio de los medios y del capital sin límites.
–Una de las reflexiones que la película permite hacer es que la política, tal como funciona en la actualidad, es una estrategia para el beneficio personal antes que para mejorar la vida de las personas a nivel colectivo ¿Por qué cree que puede generar un efecto positivo en el electorado un político que no tiene convicciones?
–Bueno, primero que ahí parto de un prejuicio que, como todo prejuicio, uno considera que es una verdad. No tengo dudas de que es así, pero no me baso más que en mis propias interpretaciones y que voy compartiendo con otros. Es una percepción. No tengo pruebas para decir que los tipos estos no tienen otro interés que el empresarial. Yo estoy convencido de que cuando se van a dormir no sienten ningún remordimiento ni ningún interés por los desastres que están haciendo; pero bueno, no lo podría asegurar. Es una conjetura. Lo principal no es que la gente sea de derecha porque cree que realmente eso ofrece un mundo mejor. Creo que en el fondo si las personas hurgaran un poquitito sobre lo que propone la derecha no sé si lo podrían defender. Tengo un amigo economista liberal que después de un rato de charla, él asume que es un sistema injusto y que nunca va a beneficiar a las clases más bajas. Hay como una idea de que es mejor no crispar nada, no proponer, y que los cambios sean más bien cosméticos y no estructurales porque la gente vive con ciertos valores y estructuras que, por ahí, no tiene ganas de cambiar. El político desideologizado viene como a “calmar” esa angustia que generan los posibles cambios estructurales. 
–¿Cree que la publicidad política crea cáscaras vacías?
–Yo no sé si crea cáscaras vacías o capas que tapan. Por ahí son moldes y el otro ve cómo se acomoda dentro de ese molde o si lo deja vacío y sale por ahí mientras nos hace creer que está dentro de ese molde. La cáscara vacía suena a que el problema es que estos tipos que hoy gobiernan están vacíos. Y me parece que el problema es que justamente no están vacíos: están mucho más llenos de lo que uno pensaba. 
–¿La diferencia entre un actor y un candidato político como el de su película es que el artista no lo hace de manera inmoral?
–El germen de este proyecto también fue ver a estos nuevos políticos actuando muy mal frente a cámaras, pero con intenciones de mejorar. Se podían ver ejercicios y se llegó a ver a tipos hablándoles al oído alguna vez. Pero después se veían intentos por mejorar la parte interpretativa. Entonces, cuando uno ve que los tipos aprenden a actuar es bastante aterrador porque no es que los actores estudiamos muchísimo más que ellos. Si yo iba a la escuela de teatro tres horas por día, no sé si estos tipos han estudiado menos que yo. La diferencia es que yo, mientras no estudiaba actuación, estaba interesado en ver teatro y cine y poner en práctica algunas cosas, y por ahí los políticos se dedican a otras. Pero cuando empezás a ver que los tipos comienzan a mejorar, ahí hay varias cosas para contar. Por un lado, cómo ellos pueden pasar de un discurso al otro. Y no es que sean dramaturgos distintos los que están detrás sino que hay encuestas que los llevan para un lado o para el otro. En realidad, el ejercicio es similar y ahí sí me vi tentado a retratar a ese personaje a través de sus propios personajes; es decir, a través de sus personajes traté de ver si se podía llegar a ese complejo que hay detrás. Esa era una de las ideas. 
–¿Qué tipo de debate generó la película cuando se estrenó en Uruguay?
–Bueno, menos del que hubiera querido. Tuvo buena respuesta, recibimos buenas críticas, tuvo un desempeño más que digno para lo difícil que es hoy el pasaje por salas para cualquier película que no proviene de las majors. Pero a nivel de debate esperaba algo más. De hecho, acá ya está apareciendo un interés mayor a nivel de discutir cuestiones de actualidad o de cómo dialoga esta película con la actualidad. 
–El Pepe Mujica sería la antítesis del personaje de El candidato, ¿no? Porque es un hombre directo, honesto y que no parece preocupado por la imagen...
–Es un pillo bárbaro (risas). En todo caso, tiene muchas cosas opuestas a este candidato, pero hay que decir también que Pepe es un pillo y sabe usar muy bien su imagen. No sé cuán consciente es de eso, pero le ha ido muy bien manejando su imagen y seduciendo no sólo a las masas sino también a las cámaras. No lo pondría como opuesto. Sí diría que es una persona que por más que pueda bolacear es honesta. Es verdad que el tipo limpia su casa y dona su sueldo al partido. Y es cierto que esa imagen que vende es su propia imagen, pero tampoco es un nene de pecho. 
–¿Y a Tabaré Vázquez dónde lo ubicaría?   
–Qué complicado. En realidad, no conozco tanto a a Tabaré. No es un tipo que me simpatice especialmente o que hayamos tomado como referente para este personaje, para el que sí tomamos algunos uruguayos como referentes. Pero sí puedo decir que hay un mínimo parecido físico entre Tabaré Vázquez de joven y nuestro candidato. Eso sí estuvimos viendo. Pero no sé dónde lo ubicaría.
–¿Quiénes son los políticos uruguayos que tuvieron en cuenta para construir al candidato?
–Me propuse como conducta no dar nombres propios, pero más que nada porque después es muy fácil limitar la mirada. Uno se va enamorando de su personaje por más detestable que pueda ser y la verdad es que no me gustaría ver con letra de molde ni dicho por mí ningún nombre de político asociado a este Martín.
–¿Por qué cree que la política actual está viciada de la cultura del exitismo?
–Nos vienen engañando con la meritocracia de a poquito. Y el tema es un problema cuando una comunidad llena de personas se disputan a ver quién es la mejor y, además, aceptando que hay lugar sólo para el mejor o los mejores. Me parece que es un horror, pero es algo totalmente festejado. Y lo que sí creo que, de alguna manera, tranquiliza es que la derecha es más justa que la izquierda, porque la derecha sí es igualitaria porque es nada para nadie y es la ley de la selva, aunque en realidad algunos pocos se reservan ciertos privilegios. Pero la izquierda, siempre que haya distribución mínima o mal hecha siempre es problemática. Entonces, ese exitismo y esa meritocracia prende bien en una sociedad que no quiere ver cómo el de al lado tiene alguna ventaja que él no. Algo de eso puede haber en por qué funciona tanto el exitismo, que es algo siniestro.

De la gran pantalla a la web

Daniel Hendler tiene entre manos varios proyectos por concretar. Está terminando la posproducción de la serie web La división, que se se va a estrenar a fines de mayo en la página un3.tv, de la Universidad de Tres Febrero. “Consta de ocho capítulos cortos, un poco de ciencia ficción local”, cuenta. Posteriormente, se abocará a una obra de teatro que ya tiene título: El inestimable hermano. “Vamos a actuar con Natalia Samoral”, anticipa el director y actor. Y está orgulloso del camino que abrió en su país El candidato: es la primera película uruguaya que se estrena en la Banda Oriental incorporando subtitulado para personas sordas, audiodescripción para personas ciegas y lengua de señas. “Fue una propuesta de la intendencia de Montevideo que, en conjunto con el Ministerio de Comunicación y Cultura, lanzaron este programa de accesibilidad. Y nosotros nos vimos interesados en formar parte”, cuenta Hendler. El momento fue clave porque en Uruguay volvió a discutirse la “accesibilidad de la cultura en términos más generales”, agrega el actor, quien reconoce que “era un gran paso para discutir que la cultura sea accesible a todos. Una vez que el Estado es socio de la película tiene que garantizar que el ciudadano pueda acceder a ella”, agrega el actor y director.