viernes, 19 de mayo de 2017

"El cuervo" - Toshio Hosokawa

Se estrena El cuervo, de Toshio Hosokawa, en el CETC

Escenas de una transfiguración

Es la versión que el compositor japonés, uno de los más importantes de la actualidad, realizó sobre el poema de Edgar Allan Poe. Natalia Salinas tiene a cargo la dirección musical, la puesta es de Federico Lamas y la cantante Adriana Mastrángelo es la protagonista.


Ella, Lenore, ha muerto. Un cuervo golpea la ventana con su pico y al entrar en la habitación, se posa junto a un pálido busto de Pallas. El cuervo hablará y dirá, varias veces, una única palabra: “Nevermore”. Esa invocación, cerrará el poema, ya en boca del narrador ““Y mi alma, del fondo de esa sombra que sobre el suelo flota,no podrá librarse ¡nunca más!”–, después de haber revelado que el ave nunca se ha ido, y que sus ojos tienen la apariencia de los de “un demonio que está soñando”. Edgar Allan Poe cobró, como caridad, 15 dólares de un editor que no quiso publicar el poema –Rex Graham, de la Graham Magazine– y 9 de The American Review que sí lo hizo, en el número de febrero de 1845 y firmado con el seudónimo Quarles, aunque pocos días antes, el 29 de enero, había sido editado “como anticipo” y con la firma de Poe en el Evening Mirror.
Es posible que “El cuervo” sea uno de los poemas más famosos de la historia. Fue traducido, entre otros, por Stéphane Mallarmé e ilustrado por Édouard Manet, en 1875. La justificación del mecanicismo y la repetición como principios constructivos que Poe pergeñó a partir de allí, The Philosophy of Composition, parece haber sido una de las fuentes que Maurice Ravel tuvo en cuenta para su Boléro. Y músicos tan variados como Alan Parsons, el director de orquesta Leonard Slatkin, el grupo psicodélico The Glass Prism, Queen (en la canción “Nevermore”) y Lou Reed, entre muchos otros, realizaron adaptaciones musicales de “El cuervo”. Toshio Hosokawa, uno de los compositores más importantes de la actualidad, compuso un monodrama, para mezzosoprano y 12 instrumentistas, por encargo del grupo The United Instruments of Lucilin, de Luxemburgo. “Cuando leí El cuervo me recordó una obra de teatro Noh”, relataba el compositor. “La mirada sobre el mundo del Noh no es antropocéntrica. Algunos de los personajes principales son animales y plantas y otros son espíritus sobrenaturales. Poe describe el proceso del colapso del moderno mundo racional como una consecuencia de la invasión por un extraño animal que vive en el otro mundo.” 
La obra está dedicada a la cantante Charlotte Hellekant, que había interpretado el papel de Murasame en su ópera Matsukaze. “En muchas de mis obras con protagonista femenina, las mujeres actúan como chamanes conectando este mundo con el mundo de los espíritus”, dice Hosokawa. “En ‘El cuervo’ la cantante es a la vez una chamán y una mujer actual cuyo mundo racional se quiebra.”
La ópera fue estrenada en La Raffinerie de Bruselas hace exactamente cinco años y representada posteriormente en el Gran Teatro de Luxemburgo, en el Muziekgebouw de Amsterdam, en Suiza, en el Théatre des Bouffe du Nord parisino, en Nueva York, Baltimore, Helsinki, Hiroshima –la ciudad natal de Hosokawa–, Bratislava, República Checa, Bolzano y varias ciudades alemanas. Y hoy a las 20 será su estreno en Latinoamérica, en el Centro de Experimentación del Teatro Colón. “Después de una primera mirada sobre la música, sobre la partitura, intenté entender la obra a partir de la escena, del texto; del contexto particular de este monodrama, y de cómo interactúa con la escena lo que compone Hosokawa, que es alguien que escribe maravillosamente para el teatro”, dice a PáginaI12 Natalia Salinas, una directora particularmente sensible no sólo a los refinamientos sonoros sino a los aspectos dramáticos de una obra –cuando conduce lo hace sin perder de vista en ningún momento lo que sucede en el escenario–. Ella es quien tiene a cargo la dirección musical de esta puesta de Federico Lamas que será protagonizada por la notable cantante Adriana Mastrángelo. “Hosokawa habla frecuentemente de paisajes y de cómo uno puede derivar de uno a otro sin que haya una costrucción lógica. Cómo uno se encuentra en un paisaje y puede, en el momento siguiente, estar en otro. Y eso es algo que está presente en su música”, afirma. 
Con nuevas funciones mañana y el sábado 20, también a las 20, y el domingo 21 a las 17, la obra cuenta con escenografía de Isabel Gual, vestuario de Mariana Seropián, iluminación de Julián Gómez Christean, proyecciones y ejecución en vivo de Lucas DM, tatuajes de Ana Leiva y, en el video que se proyecta, dirección de fotografía de Juan Patricio Campini y de maquillaje de Gisela Polizzotto. La orquesta nuclea a varios intérpretes de prmier nivel: Patricia Da Dalt en flauta, federico Landaburu en clarinete, Danián Apicella en piano y preparación musical: Demián Apicella, Mariano Miglioraen saxo, Martín Mengel en trompeta, Heini Schneebeli en trombón, Bruno Lo Bianco en percusión, Laura Hackstein y Katharina Deißler en violines, Marcela Magin en viola, Jorge Bergero en violoncello y Carlos Vega en contrabajo. “La obra tiene, además, algo circular”, comenta Salinas.  “Caundo termina uno podría pensar que vuelve a comenzar.  Con Federico (Lamas) lo sentimos así y lo hemos conversado mucho. Es muy importante, en Hosokawa, la alternancia entre sonido y silencio. Y es muy interesante como construye la forma dramática. Parte de un estado de inmensa quietud, donde la cantante comienza diciendo el poema, y de a poco va armando la aparición de la voz cantada, que es la voz humana. Hay un paso gradual y un crecimiento expresivo muy fuerte; hay un clímax, antes del final, en el momento en que la mujer empieza a ser el propio cuervo, una transfiguración. Y luego retorna el vacío.”

El cuervo, de Toshio Hosokawa, en el CETC

Tensión, contraste y densidad ausente

Un huevo frito golpea la ventana. Ah, no, era un cuervo. Pero no, el cuervo es la mujer que canta. Entonces, ¿quién irrumpe en el mundo de quién? Mal podría acusarse a una interpretación por antojadiza. Ya se sabe, de eso se tratan las interpretaciones. Pero pocas veces como en esta versión del extraordinario monodrama de Toshio Hosokawa que acaba de estrenarse en el CETC (Centro de Experimentación del Teatro Colón) la impecable altura de los aspectos musicales, la implacable construcción de la obra y, lejos del último lugar en importancia, la inquietud que atraviesa al texto se vieron tan entorpecidas por una puesta en escena.
La dirección exquisita de Natalia Salinas, el exacto equilibrio entre los planos, el oleaje dramático incontenible, una actuación brillante del ensamble instrumental y una interpretación vocal de antología por parte de Adriana Mastrángelo edificaron un fresco de rara belleza y lograron una versión que nada tiene que envidiarle a la que se estrenó hace cinco años ni a la grabación realizada en Hiroshima en 2014 que acaba de ser publicada por el sello Naxos, con Charlotte Hellekant –la dedicataria de la obra– como protagonista y la dirección de Kentaro Kawase. La puesta de Lamas elige trabajar con una proyección de video constante que, inteligentemente, no duplica los contenidos del texto ni busca ilustrarlos de manera mecánica. Allí concluyen sus aciertos. A la densidad opone una mira leve, e incluso algo chistosa, que lejos de reemplazar por otro un sistema referencial de particular espesor -la referencia a los griegos, a la ciencia y a los libros, presente en el poema de Poe-, simplemente lo ignora para poner en su lugar un huevo frito –esa es, realmente, la primera imagen de esta escenificación–, el primer plano de una revista con fotos eróticas, leída por el/la protagonista –en vez del “viejo y raro libro de olvidada ciencia”– y la multiplicación del busto de Pallas Athenea en innumerables bustos de diversos personajes, como si el contenido importante allí fuera el yeso y no el contraste –y la tensión– entre el inesperado cuervo –el mundo de lo incomprensible– y la ordenada ciencia simbolizada por su diosa.
La idea de tensión y contraste es, por otra parte, central tanto en el poema de Poe como en la obra de Hosokawa. En el primero, el ritmo repetitivo, el sonsonete casi de ronda infantil establece una segunda voz inevitable a esa amenaza velada que expresa la única palabra que, una y otra vez, el ave pronuncia: “nevermore”. Ese “nunca más” prefigura, en todo caso, otros terrores y otros pájaros y si la idea era jugar con las resonancias pop allí estaban Boris Karloff y Bela Lugosi, el bueno de Alfred Hitchcock y, más cerca, hasta una revisita de Los Simpson, para aportar referencias. En el caso del compositor, su modelo es el teatro Noh y la contigüidad –y también la tensión– entre el mundo natural y el sobrenatural. Desde ya, nada de eso aparece en esta puesta.
Mastrángelo, con un compromiso escénico encomiable, es, en la visión de Lamas, una especie de mujer pájaro desde el comienzo de la obra. Los errores, eventualmente, no están en la lectura que se hace de la obra sino en su fracaso. Es posible, desde ya, mirar desde otra parte. Pero esa mirada no debe ser decorativa ni esteticista. No alcanza con articular un video “moderno”, atento a los guiños generacionales. No se trata de lo que agrega, en todo caso, sino de lo que saca y no se ocupa de reemplazar. Faltan, en este Cuervo, la abigarrada red simbólica (o alguna red simbólica, aunque más no fuera) y, sobre todo, la inquietud. Podría contarse –es decir, un puestista en escena tendría derecho a hacerlo–, en lugar del quiebre del mundo racional, la historia de la filatelia en Afganistán. Pero debería lograr, para ello, que esa segunda historia fuera aún más interesante que la que se desecha. La belleza de la música y la calidad de su interpretación son tales, no obstante, que conviene ir al CETC, cerrar los ojos y confiar en la imaginación –y en el inconsciente– para que aporten la densidad ausente.

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