Las grandes narraciones construyen puentes entre distintas generaciones y permiten imaginar utopías para exorcizan la asfixia del presente. A esta estirpe literaria pertenece Los destinos invisibles (Duomo), la novela que el escritor israelí presentó ayer en la Feria del Libro de Buenos Aires. Un hijo, Dori, busca a su padre, Mani, que después de extraviarse por Ecuador, Bolivia y Perú recala en Santa Fe, más precisamente en Moisés Ville, “la Jerusalén de Argentina”, donde creó “Neuland”, un centro de actividad ética para los israelíes que viajan por Sudamérica, abierto a personas de otros países, un espacio donde se profesa la no violencia, la igualdad progresiva –una alternativa tanto a la moral capitalista como a la comunista–, el altruismo y la apertura hacia el otro, entre otros valores. Durante la pesquisa para encontrar a su padre Dori conoce a Inbar, una periodista que ha escapado de su vida en Berlín y de un hombre al que no ama. La estructura de la novela, tejida a la manera de un coro con múltiples voces inolvidables como la de la abuela Lili –la mujer que viaja en sentido “inverso” de Polonia a Israel–, despliega una historia de amor y una fina espuma de posibilidades.
   Nevo (Jerusalén, 1971) habla un español pausado, como si paladeara con la punta de la lengua un territorio familiar que le produce una extraña felicidad. Igual que Inbar. En la novela, ella dice que la palabra “corazón” en español le suena a “un cruasán caliente” o que “catarata” le permite oír “cómo las sílabas se precipitan una tras otra”. El escritor israelí, cuya infancia transcurrió entre Israel y Estados Unidos, estudió Psicología en Tel Aviv y trabajó en publicidad, hasta que abandonó todo para dedicarse a la literatura. Además de Los destinos invisibles, hay otras dos novelas traducidas al español: La simetría de los deseos (2014) y Los amores solitarios (2015). “Me interesa la perspectiva nueva que me da el viaje. Yo estoy aquí, en Buenos Aires, desde el domingo, y ya tengo pensamientos nuevos sobre mi vida”, cuenta el escritor en la entrevista con PáginaI12. 
–¿Por qué algunos personajes necesitan un lugar en el mundo como Israel, mientras que otros quieren irse de ahí?
–El sionismo fue una salvación para la generación de mis padres y de mis abuelos porque les dio un territorio seguro a los judíos después de las experiencias del antisemitismo y de la guerramundial. Pero mi generación tiene curiosidad por viajar. Israel es un país muy pequeñito y no tenemos amigos del otro lado de las fronteras. Después del servicio militar, casi todos los israelíes viajan a América latina para escapar y reconstruirse. En esta novela, a Dori no le gusta viajar, pero necesita buscar a su padre. A su padre sí le gusta viajar, pero por razones muy personales: él no puede vivir más en el lugar donde su esposa murió. Israel es un país muy duro, hay mucha violencia, muchas guerras y terror. Aquí hubo sólo dos atentados terroristas –el de la Embajada de Israel y el de la AMIA– hace veinte años. En Israel hay un atentado terrorista cada semana, cada mes, cada año… El alma necesita descansar de una vida tan desquiciada como la que vivimos en Israel. Por eso yo siento que América latina es mi casa.
–¿Por qué?
–Desde mi primer viaje, siempre me sentí muy cómodo. Mi primer viaje lo hice en 1995 y desde entonces tengo la sensación de que esta es mi casa como nunca me pasó en otros lugares. América latina es como mi segunda casa. La otra razón es literaria. En Argentina, las colonias judías fueron el camino no elegido del sionismo. Los destinos invisibles es un libro sobre ese camino no elegido. 
–Dori no estuvo en la Guerra de Yom Kipur, pero hay algo del dolor del padre que el hijo recibe. ¿Los dolores se heredan? 
–Sí, es cierto. Mi novela es una novela antiguerra y el dolor no es sólo de Mani sino del país. En Israel casi no hay personas que no tengan relaciones con un soldado que murió o un soldado que fue herido. Después del servicio militar, el viaje a América latina es una forma de evitar terminar en un “hospital de locos”. La idea de Mani de construir una comunidad en vez de un hospital es una utopía. Necesitamos gritar que no podemos vivir así mucho más, siempre en guerra, siempre con dolor.
–¿Cómo se puede alcanzar la paz?
–Hay que cambiar la coalición del gobierno. Yo estoy en la oposición y ruego, aunque no soy religioso, que podamos hacerlo. Hace tres años que con mi compañera abrimos una escuela de escritura en Tel Aviv. Se llama “Talleres de casa” porque al principio, en el 2000, íbamos a la casa de los alumnos. ¿Por qué hablo de esta escuela? No es para promoverla en Argentina, sino para explicar que esta escuela es para cambiar la sociedad. Durante los talleres pasan cosas que no están solamente puestas en la escritura. Hay conversaciones, hay más atención, hay más tolerancia; hay ricos y pobres, viejitos y jóvenes que se reúnen en un mismo lugar y comparten experiencias. Abrimos esta escuela para cambiar la sociedad, para hacerla menos violenta y más tolerante. Este es mi proyecto de vida: promover una casa de la tolerancia y contra la guerra. 
–Mani escribe un diario para poder exorcizar todo lo que lo atormenta, pero también esa escritura tiende un puente entre él y su hijo. ¿La escritura es un modo de cauterizar las heridas?
–Hay muchas razones para escribir en la novela. Mani escribe para amortiguar la angustia del ataque de pánico. La escritura a veces es una salvación. Si él no hubiera escrito, hubiera enloquecido. Inbar quiere escribir para ser escritora; es un objetivo en su vida. Aunque para ella no es una salvación, la escritura es una vía de expresión para canalizar sus emociones. Cuando Dori lee el diario de su padre, por primera vez en su vida puede entenderlo. La escritura es un lugar de encuentro. 
–¿Por qué al hablar en español duele menos la boca, como dice un personaje en la novela?
–Inbar es mi personaje favorito. Es algo muy raro porque la mayoría de mis lectores piensan que la vida de Dori es mi vida. El secreto es que Inbar soy yo; los momentos más autobiográficos del libro están puestos en ella. El español cambia mi alma y mis pensamientos. Cuando Inbar habla en español, se siente feliz. Yo también.
–¿La idea de un hijo que busca a su padre es autobiográfica? ¿Escribió la novela para entender a su padre?
–No y sí (piensa). Mi padre fue psicólogo durante la guerra del 73, que fue una de las más duras en nuestra historia. El nunca habló sobre su experiencia, no tuvo estrés postraumático, a diferencia de Mani. Pero tengo recuerdos de mi infancia en los que los amigos de mi padre venían a casa y yo pescaba algo en el aire. La experiencia de tener flashbacks de la Intifada es mía, no es la de mi padre. Quizá escribí la novela para entenderme a mí mismo.