Tal vez sea por su origen francés, que lo recubre de cierta extravagancia. Tampoco hay que descartar la tonada gangosa de su pronunciación, amplificada con ese nombre y apellido con el que carga y que muchos creen artístico, cuando no es otro que aquél con el que sus padres lo inscribieron en su país natal, allá lejos y hace tiempo. Ese germen francés-argentino le imprimió a Jean Pierre Noher cierto aire de bon vivant. Un aura muy particular, que se combina con un peronismo explícito que lo vuelve tan argentino como cualquiera. Esa cruza de ambos lados del Atlántico es la que atraviesa Her o no her, el disco con el que el actor debuta como cantante y que hoy presenta en Boris Club (Gorriti 5568), desde las 21.30. “Como mucha gente desconfía de mi identidad francesa, decidí hacerle honor a aquellos orígenes con este disco, que es un homenaje a la Nouvelle Vague francesa de los ’50, ’60 y ’0”, le cuenta el actor a PáginaI12.
“Es un proyecto personal, desde el punto vista emocional, pero no quise que sea un ego trip”, aclara Noher. “Tampoco me planto como cantante. Tengo mucho respeto por los músicos. Soy un actor que se anima a cantar. Es un disco lúdico, con una presente sonoridad cinematográfica”, subraya Noher, que en Her o no her realiza versiones libres de clásicos franceses, alguna bossa nova y hasta se anima a un tango. Adriana Varela, Julia Zenko, Guillermo Fernández y Daniela Horovitz son algunos músicos que lo acompañaron.
Noher pisó Buenos Aires junto a su familia cuando tenía 3 años, escapando de un pasado tormentoso. Sus abuelos fueron asesinados en Auschwitz, su padre logró huir a los 13 años de un campo de concentración. “Se escapó vestido de monaguillo –cuenta–. Mi abuelo había arreglado con el cura del campo que iban a entrar dos monaguillos pero iban a salir tres, uno de los cuales iba a ser mi padre. En esa incertidumbre sobre si la barrera se iba abrir o no, como esa moneda que vuela en el aire y no sabés de que lado caerá, está el ser o no ser. Por eso el juego del título”. Finalmente, su padre cruzó de Alemania a Francia (“ayudado por un árbitro de fútbol; tal vez por eso es que me gusta tanto ese deporte”, dice), para emprender un nuevo exilio hacia la Argentina.
“La música siempre fue una válvula de escape para la familia”, cuenta el actor, que acaba de llegar de Río de Janeiro, donde grabó la novela Sol nasciente, su octava participación en TV Globo. “Me veo a los 11 años, cantando con un cepillo en la mano, frente al espejo, a Gilbert Becaud. Me emociona pensar en aquel pibe que jugaba a vivir otro mundo. La música siempre me salvó. En casa había mucho quilombo. Me acuerdo que en el Bat Mitzvah, que tuve que hacer para recibir buenos regalos, uno de ellos fue un combinado hermoso, que puse en mi pieza, aun cuando era mucho mejor que el que estaba en el living. Los long play de mis viejos que eran piolas, los ponía a un volumen muy alto, y de esa forma zafaba de todo lo que nos pasaba. El arte ayuda a acompañar mejor los pesares”.
–En Her o no her hay versiones de clásicos franceses, tango y bossa nova. ¿Se lo puede pensar como la cortina musical de su vida?
–Es un cuento personal. Pero mi historia es la de muchos. Como decía Tolstoi: “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Nunca nada es netamente personal. Todos somos hijos de una historia con situaciones parecidas. La de mi padre huyendo de un campo y llegando a un país alejado sin saber una sola palabra de castellano es la historia de muchos inmigrantes que huyeron de la pobreza, la guerra o la persecución. En el disco está presente la música francesa de la Nouvelle Vague, con canciones que tienen un fuerte componente melancólico pero también festivo. La samba y la bossa se cuelan con canciones de Vinicius de Moraes y Caetano Veloso, al igual que “Los mareados”, pero funcionan como extras de un disco con aroma francés.
–¿Por qué eligió la música francesa de los ’50, ’60 y ’70?
–Es la mejor música francesa. Así como el mejor cine estadounidense es el de los ’70, la mejor música francesa, de Edith Piaf hacia acá, fue la que va de los ’50 a los ’70. La posguerra y ocupación de Argelia y el Mayo del ’68 provocaron en Francia una corriente artística-política inigualable. Las ansias de libertad hicieron cantar a una serie de artistas tan talentosos como comprometidos con su tiempo. Ojalá el disco llegue al corazón de quiénes lo escuchen. 
–Básicamente, las canciones hablan sobre amores y desamores. 
–No tengo problemas en decir que se trata de un disco romántico. Todas las canciones cuentan grandes pasiones, con encuentros y desencuentros, porque tanto Prevert o Yves Montand, como Jacques Brel o Serge Gainsbourg le escribían a sus amores. Eran tiempos de la posguerra donde había cierta necesidad de cantarle al amor. Eran tiempos en los que la palabra y la poesía tenían un peso importante. Todos esos cantautores vivían apasionadamente. En las canciones que elegí, todos los hombres le cantan a mujeres que los abandonan. Reivindico al amor como también reivindico a la política, al deseo de transformar el mundo que nos rodea, de eliminar las injusticias.