Con el estreno de La discreta enamorada, de Lope de Vega, el director Santiago Doria vuelve al teatro español del Siglo de Oro. Luego de incursionar en autores y estéticas diversas, Doria cree en la importancia de volver a las obras de aquel período para recrear un teatro que, siglos después, estuvo en la base del surgimiento del grotesco criollo, otra de sus pasiones teatrales. La puesta que subirá a escena el hoy en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543, viernes y sábados a las 20.30) tiene, según destaca el director ante PáginaI12, el encanto y la frescura del verso. La versión pertenece al propio director quien, atento a las características del espectador actual, recortó las situaciones sin vulnerar la esencia del texto original.
En 2000, Doria ya había puesto en escena algunos fragmentos de La discreta... cuando estrenó Bien de amores, un atrayente collage de textos españoles de diversas épocas centrado en las complejidades de las relaciones amorosas. Como en aquella oportunidad, el humor y los malentendidos van de la mano en esta obra que, según observa Doria, entretiene sin moralizar. La discreta... trata acerca de los enredos que urde Fenisa para conquistar el amor de Lucindo, su vecino de enfrente. Claro que hay varios personajes más, que involuntariamente o no, se interponen en la historia, hasta que todos y cada uno termina obteniendo lo que según la justicia poética le corresponde. El elenco está integrado por Irene Almus, Mónica D’Agostino, Ana Yovino, Pablo Di Felice, Mariano Mazzei, Francisco Pesqueira y Gabriel Virtuoso.  
–¿Por qué eligió hacer una obra en verso del siglo XVII?
–Veo que desde hace un tiempo, ya sea en la dirección, en las formas de actuación o en la dramaturgia, el teatro está en una búsqueda constante. Por eso también me parece bueno volver a las raíces. Y creo que hacer una obra en verso del Siglo de Oro es como volver a la propia historia teatral,  porque de allí viene el sainete español, que es la base de nuestro grotesco criollo. 
–¿Su interés pasa por lo popular?
–Sí, por contarle a la gente una historia que pueda emocionarla, en el marco de un teatro nacional y popular. Las intrigas, los enredos y los personajes prototípicos son la clave. A mí me gusta el teatro comprensible. Cuando el programa de mano viene con un GPS para entender el espectáculo, me parece que algo no anda bien. Yo viví varias vanguardias –el Di Tella en los 60, y en los 80 y 90, la época del teatro alternativo– y en los momentos de cambio hay que estar atentos, porque está el que rompe sabiendo lo que hace y el que rompe desde la chantada.
–¿Cómo hizo la adaptación del texto?
–Adaptar esta obra respetando su esencia fue difícil, pero si la dejaba tal cual iba a ahuyentar a los espectadores. Quité reiteraciones y vocablos demasiado arcaicos. También algunas referencias históricas de la época que hubieran sido un inconveniente para la comprensión.
–¿Cómo está caracterizado el personaje central femenino?
–Lope tiene un gran respeto por la mujer, a quien presenta con mucho carácter y determinación de hacer su deseo. La mujer en Lope es muy astuta, toma la iniciativa y teje hasta que consigue lo que quiere. En este caso, el amor de su vecino de enfrente. 
–En Bien de amores la música era un elemento muy importante...
–Sí, había personajes “pregoneros” que cantaban conduciendo al público (se hacía en el Museo Larreta) haciendo el enlace de las escenas. Estaban Karina K, Marcelo Savignone, Claudio Garófalo, la misma Irene Almas, un lujo. Ahora habrá música original de Gaby Goldman, con un aire de zarzuela. Esto se me ocurrió porque La discreta... fue la base de la zarzuela Doña Francisquita.
–¿Qué es lo que hay que tener en cuenta para dirigir actores en este tipo de teatro?  
–Como se trata de un texto de 400 años, hay que llegar al espectador con humor y frescura. Primero hay que trabajar en la prosificación del verso, para que el actor entienda lo que dice. Es un trabajo de mesa que se hace junto al análisis de las situaciones. Luego el actor memoriza el texto y lo pone en movimiento. Entonces, la melodía del verso aparece sola, sin el cantito de la rima. Esto pasa cuando el actor hace del verso su propio idioma. Es muy complejo: hay versos compartidos entre cuatro y hasta entre siete personajes, para lo cual se trabaja musicalmente, como si fuera un coro.