viernes, 26 de mayo de 2017

"La muerte no duele" - Tomás De Leone

La muerte no duele, sobre Rodolfo Ortega Peña

El defensor de los presos políticos


El 31 de julio de 1974, un mes después de la muerte de Perón, Rodolfo Ortega Peña salió del edificio del Congreso, donde tenía un monobloque como diputado, y se encontró con su esposa, Elena Villagra, para ir a cenar. Después de la cena tomaron un taxi, pararon en la esquina de Arenales y Carlos Pellegrini y de repente vieron como un flashazo que los encegueció. “¿Qué pasa, flaca?”, preguntó Ortega Peña. Era una ráfaga de ametralladora, que terminó con la vida de uno de los más notorios intelectuales de la izquierda peronista y defensor de presos políticos, dejando herida a su esposa. Fue el primer asesinato de los mil que la Triple A se atribuyó oficialmente. Aunque parecía mayor, Ortega Peña tenía sólo 39 años. Al día siguiente, la Policía Federal, conducida por el comisario Villar –uno de los jefes de la Triple A– puso presos a todos los asistentes al entierro, cargó con la policía montada entre las tumbas e intentó secuestrar el féretro, defendido por legisladores.
“La muerte no duele”, les dijo Ortega Peña, militante del Peronismo de Base y fundador, junto a Eduardo Luis Duhalde, de la revista Militancia Peronista, a los amigos que le aconsejaron “guardarse”, poco antes del crimen. Ortega Peña aparecía en una de las listas de la AAA. La frase, sin duda bella, puede tomarse como una muestra de coraje, inconsciencia, falta de cuidado por los suyos (Ortega Peña tenía dos hijos, que aparecen en el documental) o esa clase de indiferencia sobreactuada en sordina, tan propia del hombre de campo. Ortega Peña no era hombre de campo. Era hijo de un abogado español y un ama de casa, que lo mandaron a estudiar a la Escuela Argentina Modelo. Eran tiempos del primer peronismo, y el joven Rodolfo era tan gorila como el resto de sus compañeros. Pero tenía unas antenas que el resto no: el mismísimo 16-9-55, en medio de los festejos, advirtió que, así como la clase media y alta festejaban, los pobres estaban desolados.
Se recibió de abogado a la asombrosa edad de 20 años, al mismo tiempo que cursaba Filosofía. Luego estudió Económicas. Poco tiempo más tarde entraba en contacto con los combatientes de la mítica Resistencia Peronista y sobre todo con una luminaria secreta llamada César Marcos, que daba clases informales de Historia en un departamento de la calle Azcuénaga. En ese departamento, Ortega Peña se cruzó con John William Cooke y Mario Eduardo Firmenich, entre otros. Dato que mucho no se conoce, en los ‘60 fueron, junto a Eduardo Duhalde, asesores del “Lobo” Vandor y autores de un libro publicado por la UOM, sobre la desaparición del militante de ese gremio Felipe Vallese, según se cree un modo de exculparse por parte de Vandor. Rodolfo Walsh los fulminó por escrito. En la década siguiente, en plena actividad, según confía su exsecretaria, Ortega Peña andaba con los puños de la camisa raídos, sin plata para zapatos.
El realizador Tomás De Leone combina técnicas documentales con otras ficcionales, recurriendo en algunos casos a actores que representan algunas breves partes mudas, y evita abusar de “cabezas parlantes”, aunque en ocasiones las utiliza. La investigación es rigurosa y la utilización de la música, excesiva, con una recurrencia a Bach que no suena muy justificada, teniendo en cuenta que de lo que se habla no es de la placidez de los salones precisamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario