“Tolstoi decía: ‘si pintás tu aldea, pintarás el mundo’”, cita el escritor y músico Luis Caro. Es la forma más llana de enmarcar el eje central de su flamante trabajo llamado Marea. ¿Cuál es la aldea que pinta él?... el nombre lo sugiere: Mar del Plata. Allí nació. Allí se hizo. Allí, vinculado a organismos de derechos humanos, produjo durante años el Festival del Patinodromo, donde tocaron Serrat, Fito Paez, Víctor Heredia y Mercedes Sosa, entre otros. “Luchábamos desde el interior por democratizar los espacios de la cultura y por contribuir al desarrollo de una identidad cultural”, explica este inquieto artista que intentó que ese mar no bañara solamente cuerpos en la feliz. “La identidad se fue convirtiendo en una obsesión para mí”, dice él a punto de presentar su disco-libro, hoy en Café Vinilo (Gorriti 3780).  
 –¿Cómo se aborda la identidad desde una región que, al menos con ese nombre, liga más con la “felicidad” de las vacaciones, que con una impronta cultural o musical?
 –Es cierto, Mar del Plata no es una región con una impronta musico-cultural propia. Pero la gran inmigración interna que llegó a laburar fue dejando su estela, su sello. Si bien es cierto que este gran movimiento aluvional no alcanzó a determinar una identidad musical, al menos fijó influencias y reafirmó una búsqueda. Y para ella tuvo mucha importancia la calidad de músicos populares que vivieron y enseñaron aquí.
 Caro (cuyo apellido completo es Carotenuto) se refiere a referentes de la MPA como Adolfo Abalos, el Canqui Chazarreta y Alberto Merlo, entre otros, cuyas influencias se notan en su decimocuarto disco solista. Ellas, y otras, claro. “Este trabajo incluye algunas canciones fundacionales de nuestro folklore (“Angélica”, “Quiero ser luz”, “Milonga para Don Pedro”) que fueron compuestas en Mar del Plata por y para la aldea. Pero también hay un lado universal, que llega a través de los tratamientos musicales. En estas versiones conviven armonías del jazz, algunas texturas del fado y rítmicas originales… músicas del mundo, al cabo, que uno va absorbiendo en el camino”, explica el músico, que también se refiere a la forma. “La idea del disco-libro ya la había hecho en El mundo es un caballo, dedicado a Juan Gelman”.