“Es la primera vez que armo una banda especialmente para tocar. Eso ya me genera toda una adrenalina que está buena, porque me pone en órbita”, dice y transmite su entusiasmo, de cordobesísima tonada, Mery Murúa. Es que esta intérprete, autora y compositora, nacida en Cruz del Eje y radicada en Unquillo, viene a Buenos Aires a presentar su nuevo bello disco, Sal, con una banda diferente a aquella con la que lo grabó: esta vez, con Jerónimo y Mono Izarrualde en percusión y flauta, Omar y Néstor Gómez en bajo y guitarra, y Franco Luciani en armónica. Será hoy a las 21 en el CAFF (Sánchez de Bustamante 772), junto a varios invitados.
Con esta banda “adoptada”, entonces –un pedacito de Los Amigos del Chango, advierte Murúa, ya que casi todos forman en este grupo–, la cordobesa encarará en Buenos Aires la presentación en vivo de un disco en vivo: de ese modo fue registrado Sal en Córdoba, así que muestra esa potencia. A la que se suma la de la interpretación de Murúa, capaz de exhibir una paleta de matices y sentimientos para un repertorio que abarca a Dávalos y Falú, Castilla y Leguizamón, Cadícamo y Troilo, destacados temas propios y de nuevos compositores, y una muy original versión flamenca de “Luna de Tartagal”, de Chango Rodríguez. Esta grabación, cuenta la intérprete, también tuvo que ver con una “decisión de hacer”. “En medio de este desamor y revés que estamos viviendo como país, siento que es el momento de ponernos al hombro la adversidad para transformarla en posibilidad. Y que, si le buscamos la vuelta, hay posibilidades de gestar cosas, como ya ha ocurrido en momentos negros del país”, asegura. 
–¿Así fue pensado este disco en vivo?
–Claro. Había hecho el disco anterior (Acacia) en vivo, pero sola: en un bosque de acacias en Unquillo, en medio de las sierras de Córdoba. Cuando lo presenté, todo el mundo me dijo “¡Pero por qué no invitaste a la grabación!” Y yo, que ya tenía conceptualmente armado este repertorio nuevo, me puse a imaginarlo así, rodeada de toda esa gente que se entusiasma junto conmigo. También lo pensamos, por así decirlo, como un sacha financiamiento colectivo: armé un concierto y con el dinero de la entrada pude costear toda la primera parte de la grabación. Recaudé 60 mil pesos y con eso cubrí después todo ese día de trabajo. Para eso necesitaba una sala que no me matara con los costos y encontré una ideal: el bar de la Estación Mitre de trenes, en Córdoba. Un lugar que tiene toda la ambientación de 1900, hermoso. Me surgió pensar cuánta gente se habrá dado el último beso de despedida ahí, o el abrazo del reencuentro, durante tantos años...
–Uno de sus temas, “Tu mama calma”, sonó como bandera contra la prohibición de amamantar en la vía pública. ¿Imagina estos destinos cuando compone?
–En realidad, no compongo sistemáticamente, y no me considero para nada una “cantautora” o compositora. Las canciones que he grabado han sido revelaciones que me han sucedido en un momento en que se ve que no podía decir de otra forma algo que quería expresar. Simplemente me tomo el trabajo que me enseñó Ramiro González: “vos grabá todo lo que se te venga, llevate una libretita y anotá, no pierdas el impulso”, me dijo él. Y eso hago yo. Esa canción me salió porque la Violeta mía, que ahora tiene 5 años, me dejó la teta ¡motu proprio! En un momento me dijo “gracias por los servicios prestados” y no tomó más. ¡Y a mí me agarró una angustia! Por esos días vino a casa Roberto Cantos, de Los Copla (mi marido, Gustavo Gutiérrez, trabaja con ellos) y me vio triste. Cuando le expliqué por qué, él, que tiene cinco hijos, se rió mucho y me dijo: “Es el primer adiós que te hizo la chinita, de un largo trecho”. Y así empieza la canción: “Es un adiós nomás, tantos que tiene un trecho”...
–Hoy hay un panorama muy amplio de intérpretes femeninas dentro de la música de raíz. ¿Qué impronta personal querría dejar?
–Siempre estoy peleando por que la música deje de tener esta cuestión de una competencia. Es cierto, somos muchas minas y mucha gente haciendo música hoy. A mí me hace sentir que mientras más seamos haciendo arte, mejor va a ser el mundo. Me hace feliz que cada vez seamos más las mujeres, y los varones, niños y niñas vinculados al arte en todos sus aspectos. Después, todo decanta: tal vez te decías a otra cosa, pero el veinte por cierto de tu vida lo pasás haciendo arte. Listo, ahí ya tenés una herramienta de liberación. Porque eso es, en definitiva, la música, el arte. Yo puedo decir que la música me salvó la vida. Y me puso en los lugares que fueron los mejores para mí y para los que quiero. Siempre. Entonces, no pienso en una impronta personal; creo que cada vez tenemos que ser más, y voy por cada vez más arte, al alcance de todos.