martes, 16 de mayo de 2017

MISCELANEAS 6

MISCELANEAS 6

Una actriz elige su película favorita: Jimena Anganuzzi y Mientras avanzaba ocasionalmente vi pequeños destellos de belleza, de Jonas Mekas.

Cincuenta años de vida

Elegir una película preferida me resulta difícil: son tantas. Cuando era más joven tenía más memoria, podía hasta acordarme diálogos enteros. Es que todas las películas que vi están en mi cabeza de una forma desordenada, y eso me gusta. Era el año 2002, de esto tampoco estoy sumamente segura, quizá un año más o un año menos. Sí estoy segura de que era la sala Leopoldo Lugones, en donde vi casi todas las películas que más me marcaron en la vida. Yo no conocía al director, nunca había visto una película suya; en realidad es un documental, una especie de diario íntimo repleto de imágenes hermosas. Mientras avanzaba ocasionalmente vi pequeños destellos de belleza, ese es su nombre, y es de Jonas Mekas.
Era la tarde de un día cualquiera, ya sabíamos con mi novio de aquel entonces que la película duraba más o menos cuatro horas, y no nos importaba; es más, nos parecía un plan espectacular, compramos chocolates y caramelos en el kiosko y antes de entrar fuimos al baño. Fue mi novio de aquel entonces quien dijo de ir a verla: él ya era fan de Jonas Mekas y yo recién estaba dando mis primeros pasos. No podría contarles de qué se trata, el mismo Mekas  dice: “Perdonadme: nada, nada extraordinario hasta ahora ha sucedido en esta película, son simples actividades cotidianas, la vida”. Es cierto, era la vida de una persona lo que estaba viendo, ni más ni menos. Cincuenta años de vida que el propio Mekas filmó, en un documental en el que están sus amigos, su familia, su hija: a esa niña es a quien más recuerdo, pequeña, rubia, en viaje en un bote, con su padre. Fui testigo, y esto lo recuerdo muy bien, de sus primeros pasos, y creo que también de sus primeras palabras. 
Así iba avanzando la película, al igual que esos primeros pasos de la pequeña hija. Estaba viendo algo único, pensaba yo; me sentía parte de esa familia, aunque estaba filmada en lugares que ni conocía, lugares extraños para mí. Pero yo me sentía parte de todo eso que estaba viendo. Me hacía pensar mucho en mi vida, me hacía preguntas todo el tiempo, me identificaba. También me viene ahora a la cabeza la voz en off del propio Mekas, con ese acento tan hipnótico, completando las imágenes con sus pensamientos, sus dificultades para armar la película. Decía que primero unió las imágenes cronológicamente, para luego rendirse y empezar a unirlas al azar, de manera desordenada. A mí también ahora me vienen a la cabeza imágenes de la película de manera desordenada, quizá mas parecido a la lógica que tienen los sueños, en donde uno pierde un poco la noción del tiempo. Puede pasar cualquier cosa en los sueños, al igual que en esta película. Mekas tuvo una vida terrible, fue tomado como prisionero por los nazis y pasó por varios campos de trabajos forzados, y así y todo la película de su propia vida está repleta de belleza. Creo que a partir de ver esta película-diario íntimo documental, me empezaron a interesar mucho los documentales. Una sensación parecida tuve cuando descubrí a Mario Levrero y su Novela luminosa: sentirme adentro del libro, extrañarlo, angustiarme por sus problemas y dificultades, quererlo al igual que a un amigo.
Recuerdo muy bien la sensación de no querer perderme nada, nada. Pero la película era larga, yo me estaba haciendo pis y era imposible aguantar, tenía que ir al baño. Me levanté y salí de la sala mirando para atrás todo el tiempo, para tratar de perderme lo menos posible; ya en el baño pensaba que ojalá no pasara nada extraordinario en mi ausencia. También pensaba que yo haciendo pis podría ser parte de la película, que no me desconecté nunca de lo que estaba viendo. Yo también podía tener mi propia película. Volví a la sala y todo seguía igual, mi novio seguía comiendo caramelos y las imágenes se sucedían tranquilas e hipnóticas. Mientras escribo esto, en mi mesa de luz tengo un libro de Jonas Mekas, Ningún lugar adonde ir. Ya lo leí pero lo tengo ahí todavía, a la espera de releer alguna frase, de volverme a encontrar con su vida: también este libro es una especie de diario íntimo. Eso me hace pensar ahora, mientras escribo, qué es lo que me atrae tanto de lo biográfico, de lo real. Justo en este momento de mi vida estoy haciendo un unipersonal en donde interpreto a Frida Kahlo. También estoy escribiendo una novela que tiene mucho de autobiográfico, así que me quedo tranquila: entiendo que eso es lo que me gusta, que todo está en uno. Todo. Me gustaría terminar esto con un texto de Jonas Mekas que está  en la película, y que encontré cuando me puse a googlear porque, como dije al principio del texto, ya no tengo tanta memoria. La frase es simple pero contundente, repleta de verdad. “Mundo, nunca te he abandonado, pero me hiciste cosas terribles.”

Jimena Anganuzzi nació en Buenos Aires en 1977. Realizó cursos de teatro desde su infancia y se formó con Norman Briski entre 1990 y 1995. En 1997 estrenó en el Centro Cultural Recoleta Cachetazo de campo, dirigida por Federico León, trabajo considerado por la crítica como una renovación del teatro argentino. Actuó también en Mujeres soñaron caballos, de Daniel Veronese; en el biodrama Squash, con Edgardo Cozarinsky; y en Largo encuentro, de Tato Pavlosky, con dirección de Elvira Onetto. Su primera incursión en la dramaturgia fue Yo en el futuro (Federico Leon, 2009). En 2012 estrenó la obra Japón, en la que actuó y también dirigió y escribió junto a Alejandro Lingenti. Sus últimos trabajos en teatro fueron junto a Ana Katz, en el Centro Cultural San Martín y en Timbre 4, protagonizando la obra Pangea; y en el Festival de Dramaturgia Europa + América, estrenando en Latinoamérica la obra española Humo, de Josep María Miró. En el ámbito cinematográfico actuó en Fuga de Cerebros (Fernando Musa, 1997), Todo Juntos (Federico León, 2002), Agua (Verónica Chen, 2005) y Tatuado (Eduardo Raspo, 2004). En la actualidad protagoniza el unipersonal Frida Kahlo, de Patricio Abadi, en el Centro Cultural de la Cooperación.
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 24 horas sin noticias

“Invertimos horas y horas mirando nuestros dispositivos móviles. Queremos saber qué está pasando, por qué y cómo. Necesitamos saber. Pero en el perpetuo rastreo por llenar cada minuto de nuestro tiempo buscando algo significativo, no aprendemos nada. Estamos tan dominados por ocupar cada momento de vigilia con cosas para ver y hacer, aprender y escuchar, que hemos olvidado lo que es ser. Sentarse y pensar. Desconectarse y aburrirse. Soñar despierto”, advierte el acta de presentación de Nothing in the News, flamante proyecto que ofrece... absolutamente nada. Y es que la serie presenta a algunos de los principales diarios del mundo vacíos de noticias, sin novedades. Apenas papel tras papel sin coberturas, sin palabras, amén de apaciguar al bombardeado lector y obsequiarle una (falsa e inducida) sensación de tranquilidad durante 24 horas. “Para el precipicio cultural que vivimos, te ofrecemos lo único que necesitas más que cualquier otra cosa: nada. Hoy, y solo hoy, no hay nada en las noticias. Disfrutalo mientras puedas”, propone Sideline Collective, team artístico internacional, integrado por los portugueses Joseph Ernst (realizador) e Isabel Lucena (diseñadora gráfica), el escritor británico Richard Gorodecky y el programador holandés Jan Van Bruggen. Que para la misión, drenó el contenido de Le Monde, Correio da Manhã, The New York Times, Corriere della Sera, Die Zeit, El País, The Sun, entre otros periódicos del globo. Vendiéndolos, colmo de la ocurrencia, a 15 libras esterlinas el desinformado número.
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 Sándwiches de humor



Para Maitena, “nada más lindo que hacer reír, y Pepita lo logra con frescura. Sale victoriosa de sus fuertes influencias y es ella misma: inocente, expresiva y adorable”. Para Tute, “su humor es sencillo como un sándwich, valioso como una pepita”. “Estos dibujos son, como diría Wittgenstein, ‘una cachetada inefable y certera a la sumatoria de arquetipos con los que uno se cruza en la sociedad contemporánea’. Mentira, Wittgenstein no dijo eso, nunca lo leí, pero quería quedar inteligente. Eh… ¡Sos una genia, Pepita!”, anota Liniers. Valiosos ganchos de las huestes del humor gráfico que dan su “me gusta” a Pepita Sandwich, ilustradora local. Dueña de ocurrentes y confesionales remates que resuenan fuerte entre los más de 45 mil seguidores de su cuenta Instagram, del tipo: “Me gustaría saber tanto de historia como sé de las Kardashian”; “Si mi vida fuera un programa de tele se llamaría ‘Bailando por no tener sueño’”; “Prefiero darme por vencida antes de empezar la semana”; “Iba a hacer ejercicio, pero prefiero atrofiarme”…
Frases que dan en la tecla (del celu), y a las con la edición de Diario de Super-Vivencia (Sudamericana), su primer libro, se suman otras ingeniosidades como “Mi deporte preferido es navegar en Internet” o “Hagamos las cosas como Google manda”. Además de simpáticas listas que Pepita confecciona sobre cuanto tópico venga a la mente, chanceros stickers que invitan al cut & paste y otras agraciadas bondades que incluye el monono tomo. Obra y (mucha) gracia de esta muchacha insumisa (aunque ¡agotada!), tan adicta al celular como a las harinas, crédula de algún poder (ser, por caso, vidente natural), que habla de las verdades/consecuencias de los digitales tiempos que corren; con sardónica mirada, sí, aunque no logre separar los ojos de la web. 
Por lo demás, vale aclarar que Pepita es, en realidad, Josefina Guarracino; que además de dibujante, es diseñadora de indumentaria y textil (UBA), ganó una beca para estudiar fotografía en el Instituto  Europeo di Design de Milán, realizó cursos de ilustración en Central Saint Martins, en Londres, y en School of Visual Arts, Nueva York. Nutrida hoja de ruta que no quita un sueño pendiente, vigente: querer ser dueña de un parque de diversiones.
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 Música para corazones rotos

Pues resulta que el arte sí salva vidas; y no en sentido figurado. Y ni siquiera tiene que ser de calidad, de considerar algunas opciones incluidas en el listado de canciones recomendadas por un reputado nosocomio estadounidense para que neófitos entrenen –y aprendan– la técnica de reanimación cardiopulmonar (también conocida como RCP). Correspondientemente intitulado Songs to Save a Life To, el playlist recientemente sugerido –y viralizado por webs anglo– no hace sino hacerse eco de la recomendación de docs muchos: que los tracks con entre 100 y 120 beats por minutos son utilísimas guías para que novatos memoricen el correcto ritmo a la hora de administrar compresiones (100 cada 60 segundos, para ser precisos) en el pechito de quien ha dejado de respirar, y su corazón, de latir, amén de mantenerlo con vida. Lo cual vuelve aún más irónico que el track que inicia la selección del Hospital Presbiteriano de Nueva York –la institución en cuestión– sea... “Stayin’ Alive”, de los Bee Gees, canción que –según especialistas en tema– es el ejemplo por excelencia, con sus 103 golpes por minutos. 
“Cuando la noticia de que una de sus empleadas había salvado a un hombre a través de RCP en el subte de NY trascendió en los medios, la clínica decidió aprovechar la atención ganada para recordar a la gente común cuál es el tempo ideal para que apliquen reanimación cardiopulmonar”, relata la web NPR acerca de una sonora iniciativa que incluye 40 tracks (léase, dos horas y media de musiquita para  entrenar salvataje). Donde, por supuesto, no falta “I Will Survive”, loor post-ruptura donde Gloria Gaynor enuncia enfáticamente que sobrevivirá (de recibir, cabe presuponer, correcta RCP); “Dancing Queen”, de ABBA, “Crazy in Love”, de Beyoncé; “Work It”, de Missy Elliot, entre tantísimos otros. Por caso, casi una humorada, “Quit Playing Games with My Heart”, de los Backstreet Boys, o “Heartbreaker”, de Mariah Carey. O, sin línea de continuidad, “Mmmbop”, de la antaño boyband Hanson, “médicamente aprobada para salvar personas”, aunque en el ínterin rompa sus pobrecitos tímpanos, ay...

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