“La familia es así: nos da alegrías, pero también nos mata”, le dice un abuelo a su nieto, un niño que no encaja en el mundo y se siente atraído por la nueva mujer de su padre. Una mujer decide estar sola en el mundo y acaricia a las gallinas que picotean la tierra en busca de maíz. “¡Qué enaltecedor era amar a los animales!”, descubre este personaje femenino. Dos hermanos se pelean a muerte por una herencia. Una niña comprende que el mejor legado que le puede dejar su padre es el hechizo de la imaginación. “Ya no volveré a escribir. Me falta vigor poético para transformar lo trivial en el vuelo espléndido de un pájaro extraviado”, confiesa un viejo poeta. Los cuentos de La camisa del marido (Alfaguara) demuestran que Nélida Piñon es la gran Sherezade de la literatura en lengua portuguesa. La escritora y académica brasileña, que inauguró el Diálogo de Escritores Latinoamericanos en la Feria del Libro, lleva en su rostro de 80 años un estado de sonrisa tatuada por la curiosidad y una indisimulada picardía. Los ojos achinados, los pómulos coquetos, la boca jubilosa, sonríen. “Este sofá es el enemigo; no me deja ponerme de pie”, bromea esta excepcional narradora, Premio Príncipe de Asturias, en la recepción del distinguido hotel de la avenida Alvear donde está hospedada.
Aunque nació en Río de Janeiro, sus padres y abuelos eran emigrantes gallegos de Cotobade (Pontevedra) que llegaron a Brasil en la década del 30 del siglo pasado. A la autora de La república de los sueños y Voces del desierto le encantan los terrones de azúcar, una “especie” en extinción por culpa del pragmatismo del sobrecito. “Yo tenía atracción por el refinamiento de muy chica porque sabía que era un rasgo de la civilización. Una vez compré una cajita con terrones de azúcar y le dije a mi madre: ‘No la vamos a usar, vamos a guardarlas para las visitas’”. Piñon, que se declara “una loca de los animales” a la que le gustaría poder tener una vaca en su casa, saca de la cartera su teléfono móvil para mostrar fotos de su “primogénito” Gravetinho, un perro que figura en su testamento como heredero. “Yo me enamoré de Gravetinho y le dije: ‘Mírame, Gravetinho, presta atención, a partir de hoy eres tan dueño de la casa como yo. Te prometo que si me pasa algo, tendrás tu futuro garantizado’”. Después del “primogénito” llegan las fotos de una perra que tiene hace dos años y medio, Susy: “Tenía cuatro años cuando apareció y dejó atrás su vida de pobre”, cuenta Piñon a PáginaI12.
–Los dos primeros cuentos de La camisa del marido tienen que ver con la herencia. ¿Por qué aparece la imaginación como herencia?
–La imaginación es una herencia de la civilización porque se hereda no solamente lo que está puesto en la familia. Me encantan las pequeñas herencias de la familia y cada cual tiene la imaginación que puede. Hay gente de una modestia profunda que tiene una imaginación delirante. Yo sé que tuve una herencia que me ayudó mucho, no solamente por lo que imaginaba que mi familia había vivido hasta llegar a Brasil. Yo tuve que inventar una vida para ellos: cómo vivieron en Galicia y cómo esa gente decidió dejar su tierra. Hay una herencia de la imaginación como hay una herencia de bienes concretos. La herencia de los bienes materiales puede ser el motivo de una guerra en una familia. Tengo una prima que es jueza y me contó que una familia estaba en pie de guerra por una colección de cachemir, esa lana inglesa que era un ideal en mi juventud (se ríe).
–¿“El tren” es un cuento autobiográfico? ¿Su padre se parecía a ese padre que lleva a viajar imaginariamente a su familia por París y Praga, entre otras ciudades, desde el vagón de un tren?
–No, aunque mi padre era lírico. Yo estoy convencida de que el personaje tiene más eficacia cuando es una especie de arquetipo y abraza a mucha gente. Si el personaje fuera impecable, sería intransferible. Hay momentos de mi padre en el personaje por la delicadeza y el lirismo. Me encanta ese personaje que a partir de un vagón viaja al desierto de Gobi. Aunque nunca estuve en Gobi, tengo una tendencia a poner a Gobi en todo lo que escribo. Me fascina el mundo de la Mongolia; son maestros de los caballos, de los animales. Yo soy una mujer que tuve una cierta cultura desde joven que me ayudó a disfrutar de la vida. El conocimiento no es algo para los intelectuales, es para la vida. Tenemos que superar ese prejuicio de que la cultura es para los intelectuales. No. La cultura es para un obrero, para mi cocinera, para la gente modesta que tiene la humanidad. El padre les ofrece a los hijos su imaginación, que es el mejor legado que les puede dejar. La hija, que cuenta la historia, se da cuenta de que puede viajar sin salir de su casa.
–En uno de los cuentos se explicita “la erosión de los días en el recuerdo humano, lo poco que al final queda de la experiencia vivida”. ¿Por qué es tan perturbadora esta cuestión?
–La erosión de los días en el recuerdo te obliga a completar con la invención. La memoria no es mimética ni se pone a tu servicio. La memoria es ingrata y te da lo que ella quiere dar. Y muchas veces te da veinte años después lo que le faltó ofrecerte en aquel entonces. La memoria relativa a la vida individual depende también de la memoria de quienes han estado cerca. O sea que la memoria sería individual, pero colectiva. Hay un repertorio que está activado y otro que no está activado. Cuando te acuerdas de algo, días después cambias la versión, como si en tu cabeza hubiera muchas cámaras que van cambiando la perspectiva. Pero no todas las cámaras operan a la vez.
–Lo que las cámaras no pueden captar se inventa, ¿no?
–La memoria y la invención van juntas; no están separadas. Si estuvieran separadas, la memoria sería árida. La memoria pide trascendencia.
–¿Es más fácil servir a la ilusión que a la realidad, como se dice en uno de los cuentos?
–Sí. La realidad es fija, traslúcida, cruel, lo que le quieras atribuir; pero se sustenta con la ilusión. La ilusión es propulsora y maneja la realidad. Cuántos matrimonios se hacen en nombre de la realidad sobre el impulso extraño del amor, que es pura ilusión. La ilusión es extraordinaria porque el arte no podría existir si no hubiera la ilusión de hacer creer a los demás que todo es posible y está al alcance de los lectores. Yo tengo que hacer el esfuerzo para que tú creas en todo lo que estoy diciendo. Si eso no es aceptado, no se produce el milagro del arte. La ilusión le da color a la vida. El realismo no es amigo del arte; la realidad comprende distintas versiones de sí misma porque cada cual tiene una versión distinta de la realidad política o la realidad cotidiana. El gusto cambia la realidad. Si estoy comiendo y no me gusta la comida, la realidad para mí es mi gusto. Todo depende de quién piensa, de quién vive y de quién habla. Nunca tenemos un punto de vista igual; somos múltiples y polisémicos en la manera de ser y de pensar. El realismo estaría más cerca del naturalismo. El realismo es una copia, pero en cambio la realidad comprende muchas capas y versiones de la vida. La realidad da lugar a múltiples interpretaciones; el realismo es como una fotografía.
–En varios cuentos alguien muere y hay que enterrarlo. ¿Cómo explica el clima un tanto fúnebre de algunos relatos?
–Los funerales son parte de la gran escena de la civilización. Hay un ejemplo excepcional en la Ilíada cuando Príamo le pide a Aquiles que le devuelva los despojos de Héctor. En nuestras sociedades, lo más importante de la muerte es enterrar a los muertos y garantizar una ceremonia. Eso es una prueba muy alta de civilización. Los pueblos más primitivos -cada uno con sus ritos- cuidaban cómo enterrar a los muertos. No podemos desprendernos de esa obligación. La muerte está siempre presente; vida y muerte es un espectáculo único. Un bebé cuando nace es una tragedia, es un drama, es grito, es sangre; después se olvida, pero el nacimiento es de una violencia impresionante. Y la muerte también, aunque sea una muerte suave. Convivir con la vida y la muerte es extraordinario para un escritor. 
–En “Para siempre” hay una mujer que cuando muere su amante decide emanciparse y liberarse, estar sola y aventurarse en la selva. ¿Qué le interesa pensar a través de esta figura?
–Es muy interesante, es una tentación, es el ejercicio de la plena soberanía tener esa independencia, esa libertad, para vivir en la nada. La soledad es un reto extraordinario. Pensé al personaje como una versión femenina del anacoreta. En el siglo IV los anacoretas establecieron los contenidos teológicos para su acción solitaria. Los anacoretas son “los padres del desierto”. Todo lo que contradice la obligación nos lleva al arte, a la redención, porque si no seríamos prisioneros de la banalidad. Cuando el ser humano decide soñar, aventurarse, tener alas, es una maravilla. Uno tiene que ser un poco Simbad, después ya dejará de serlo.
–¿Por qué un personaje define a la familia como “un tumulto en el corazón”?
–La familia es el sitio de lo trágico, de lo obsceno, del héroe y del traidor. Hay algo que me parece formidable en la familia y tiene que ver con la necesidad. Cuando alguien tiene una herida abierta, busca el bálsamo en la familia. La familia nuclear genera desesperación por que cómo te vas a librar de tu madre y de tu padre. Por eso la familia es uno de los temas más extraordinarios, como la muerte o el amor. 
–¿“Ninguna lectura es dañina”, como se plantea en uno de los cuentos de “La camisa del marido”?
–No, puede ser dañina. La lectura es fundamental, aunque cause desesperación. Quizá se tengan recursos para enfrentar esa desesperación; tampoco somos inocentes. Nunca me hizo bien leer al Marqués de Sade por la crueldad y la degeneración de lo humano; es como si no hubiera salvación. Sade tiene una crueldad sin redención, no hay espacio para un resto. No hace falta tampoco implantar la esperanza. Por ejemplo: Pedro Páramo no tiene esperanza y es una maravilla, una obra maestra.
–¿Por qué reescribe a Dulcinea, uno de los personajes de Cervantes, en uno de los relatos?
–No sé si quise reactualizar a Cervantes, pero sí me interesaba plantear que lo que él le atribuye a Dulcinea se puede atribuir a la humanidad: la capacidad de embellecer e idealizar.
–¿Cómo aparecen sus experiencias de vida y sus lecturas en lo que escribe?
–Tienes que tener la esperanza de metabolizar. Yo trabajo con el caos, me fascina el caos. Hay que tener un caos como repertorio mediante el cual dispongo de todo: todo lo que he vivido, todo lo que he visto, todo lo que leído, todo lo que robé. Todo lo pongo en mi máquina interior hasta que lo metabolizo. Si estoy ahora contigo, lo que estoy viendo de ti vendrá un poco para mí. Nada puede ser desconocido para un escritor. En vez de ser un recaudador de impuestos, el escritor es recaudador de vidas. Me gusta la figura del camaleón, aunque se habla de él como alguien que cambia demasiado, que es peligroso. El camaleón tiene una visión de 360 grados y puede verlo todo. Me encantaría tener un ojo en la nuca así no me pierdo lo que está pasando detrás (risas). El escritor es un ser que tiene una total disponibilidad. Como decía Terencio: “Nada de lo humano me es ajeno”. 
–¿Cómo está viviendo la situación de Brasil?
–No me gusta hablar mal de mi país afuera. Lo que sí puedo decir es que la situación es muy difícil. No sé qué pasará, veo el país muy dividido. Pero a la vez, no veo que América Latina esté bien. Venezuela está mucho peor. No sé qué pasa con nuestro continente: a veces estamos bien y a veces muy mal. Quizá haya que purgar el mal para evitar las llamas del infierno.