Pensar Lovers como el disco de jazz de un guitarrista de rock sería un error por dos motivos. En primer lugar, porque no es (tan solo) un disco de jazz. Y en segundo. porque Nels Cline está lejos de ser (tan solo) un guitarrista de rock. Es cierto, obviamente, que desde 2004 –y desde el disco Sky Blue Sky– toca en la banda estadounidense Wilco. Pero también lo es que lidera un grupo llamado The Singers (donde, por supuesto, no hay ningún cantante) y que toca habitualmente con la crema del jazz más experimental, como el trompetista Wadada Leo Smith –coprotagonista junto con el pianista Vijay Iyer de otro gran disco del 2016, A Cosmic Rhythm with Each Stroke– o el saxofonista Tim Berne. 
“Estuve soñando, planeando, trabajando y revisando mi idea más bien obsesiva de este disco por más de veinte años y siempre supe que se llamaría Lovers”, comenta Cline sobre este primer álbum en el legendario sello Blue Note, que fue elegido entre lo mejor del jazz del último año por varias de las publicaciones especializadas. El guitarrista, que se ocupa de asegurar que no es un músico de jazz, está lejos aquí del explícito homenaje a Jimi Hendrix de The Singers. Si hay un homenajeado, más bien es Jim Hall. Y, sobre todo, de lo que se trata, más allá de un estilo que, en lo instrumental, rechaza todo fuego artificial, concentrado en el valor melódico y en la capacidad de tensión y expresión de cada sonido, es de una selección de standards sumamente original que incluye, junto a clásicos indiscutibles como “Feliz de estar infeliz”, de Richard Rodgers y Lorenz Hart, temas propios y otros de Annette Peacock, Arto Lindsay, Jimmy Giuffre o Sonic Youth. Y, sobre todo, de un concepto que une los 18 temas repartidos en dos CDs y que descansa en dos ejes. El primero es un grupo que incluye a muchos de los mejores –y más osados– músicos de jazz del momento, como el contrabajista Devin Hoff (integrante también de The Singers), el trompetista Steven Bernstein, Ben Goldberg en clarinete, Julian Lage en guitarra, Kenny Wollesen en vibráfono y el violoncellista Erik Friedlander. Y el segundo son los arreglos de Michael Leonhart, tan sutiles en el arte de lo envolvente como en de lo inquietante (escuchar por ejemplo el arpa en “Lady Gabor”, todo un tratado sobre el sonido de lo fantasmal).
“El álbum trabaja sobre la idea de un mapa de los parámetros de un cierto modo expresivo”, explica Cline. “Explora la conexión peculiar y poderosa entre el sonido y la canción por un lado, y la intimidad y el romance por el otro. Mi esperanza en que los amantes encuentren aquí una actualización de cierta idea y de cierto ideal de música ‘de amor’, con la cual celebrar y desafiar muestra noción icónica de romance”.
Esa idea de “mood song” aparece sintetizada de manera ejemplar en la canción de Rodgers y Hart, que ocupa el segundo lugar del primer disco, luego de “Introduction/ Diaphanous”, un original de Cline. Y es que esa pieza, además de ser cantada por intérpretes extraordinarias como Billie Holiday, Chris Connor –incluida en el notable Sings Ballads of the Sad Café, de 1959–, Lee Wiley, Nancy Wilson y Carmen McRae, formó parte del primer gran disco conceptual de la historia, el que Sinatra dedicó, precisamente, a esas particulares canciones de amor que convierten la tristeza en una de las bellas artes. En In the Wee Small Hours, de 1955, Sinatra recorre canciones que se refieren sólo a historias de abandono cantadas –o recordadas– en un cierto momento de la noche. Nels Cline suscribe, eventualmente, no solo a ese color ensombrecido y melancólico sino la vieja idea del álbum conceptual. Aquí, como en aquel disco de Sinatra, hay un único arreglador (en In The Wee... era Nelson Riddle) que piensa el conjunto como una unidad: casi como un largo poema sinfónico donde cada canción es un movimiento en el que se desarrolla una forma particular de la relación entre sonido e introspección. Es además, qué duda cabe, un canto de esperanza y una apuesta por un formato en vías de extinción. Sobre todo en la Argentina, donde ni fue ni será editado jamás. Quienes se conformen con las encarnaciones virtuales pueden, no obstante, comprarlo en iTunes a un precio más que razonable (7,99 dólares) y en formato m4a, que comprime de manera selectiva y no compromete demasiado la fidelidad.