Hace dos años, un huracán revolvió el Río de la Plata: Ney Matogrosso actuaba en la ciudad de Montevideo por primera vez en cuatro décadas de carrera artística y regresaba a la Argentina después de infinitos tres lustros de ausencia; la algarabía dejó marcas en los almanaques de uno y otro lado del charco. “Había cantado algunas veces en el casino de Punta del Este pero para mí no era lo mismo; yo quería un teatro... ¿Por qué no había tocado nunca en Montevideo? No lo sé... Esas cosas no dependen de mí”, parece disculparse ahora, acá, en su hotel de Barrio Norte, de regreso de la capital uruguaya, donde el domingo pasado celebró su (segundo) ritual a sala llena. Su gentil “portuñol” será respetado: “¿Y por qué tuve que pasar entonces catorce años lejos de Buenos Aires? Tampoco lo sé... (sonríe). Si pudiera elegir, ¡cambiaría todos los conciertos que hago en todas las ciudades del Brasil sólo por venir a Buenos Aires! Al tercer tema de aquel show de regreso me pareció que todo... ¡explotaba! Miré la platea y me agarré un susto tremendo; fue como un shock eléctrico que me duró con total fuerza hasta el final... Fue muy fuerte, muy fuerte, y pensé: ¡por qué no habré venido antes! Así como desde 1983 voy a Portugal siempre, siempre, sea con el disco que fuere –porque, para mí, Portugal es como un estado del Brasil, sólo que queda más lejos–, me gustaría mucho venir más seguido a Buenos Aires”.
El concierto porteño será hoy a las 21 en el Gran Rex, Corrientes 860. La gira de Atento Aos Sinais ( “Atento a las señales”, su álbum de 2013) ha sumado otros dos años en la ruta; ya van cuatro. El disco es el mismo, la puesta en escena es la misma. O quizá no.
–¿Es posible encontrarle un “jugo” nuevo al mismo show y a las mismas canciones, fecha tras fecha?
–Ah, claro que sí... Voy encontrándole cosas nuevas todo el tiempo. A veces, en algún momento especial del espectáculo, siento: “¡Uhhh!”... y no  puedo acordarme de cómo llegué a semejante punto del show. Es algo muy raro, loco. Creo que estoy ahora más... desmarcado; estoy más suelto, más descontracturado. Tengo, mínimamente, ciertas marcaciones para la luz de escena, así que algunas cosas tengo que repetirlas tal cual. Pero, en líneas generales, ya estoy suelto, ya voy solo, ya es diferente. De todos modos, y como le decía antes, los públicos son siempre distintos y yo dependo mucho del publico. Si hay gente tibia, ni caliente ni fría, ya tengo el mínimo necesario para hacer todo bien sin esforzarme mucho. Pero si el público me da lo que me ha dado aquí, en Buenos Aires, ahí me mando de cabeza, ahí no pienso en nada, ni en el cansancio. Ese estímulo, para mí, es absolutamente necesario.
–Hablando de marcaciones y de luces, quizás el DVD de Atento Aos Sinais no termina de hacerle justicia a su espectáculo. ¿Usted quedó contento con aquella edición oficial? 
–Sé a lo que se refiere; las cosas nunca son como son... (sonríe). Salió el disco y muy pocos meses después grabamos el DVD, apenas estrenado el show. Cuando lo vi, comprendí muchas cosas y desde entonces cambié muchas otras. Hasta entonces, hasta el DVD, el espectáculo estaba todo marcado, todo estipulado, apretado... Necesitaba verlo desde afuera y cuando lo vi me dije “Yo no necesito estar así”. Fue como una prueba, porque nunca me había visto a mí haciendo el show. Miro lo que la gente sube en Internet –aunque sea una captura de un minuto–, pero nunca había visto el concierto entero, de esa manera. Entonces me dije: “Puedo ir más allá, más allí, más allá”. Fue como una revelación. Y fui más allá.
–Su intención en Atento a las señales fue reflejar el “ahora” a través de autores jóvenes y poco conocidos. En estos cuatro años, esas “señales”, por momentos apocalípticas, ¿han cambiado en algo? 
–Más todavía: el mundo cambió para peor y todo lo que siempre he venido cantando es hoy mucho más actual, todavía. “Rosa de Hiroshima” parece haber sido compuesta para hoy mismo e, infelizmente, tiene una actualidad pasmosa: Corea del Norte, Rusia, Trump, todos esos... La gente está muy loca. Nunca pensé que iba a estar tan conectado tanto con el momento; tantas premoniciones llegan a asustarme. No es sólo arte: recuerde “Incéndio”, de Pedro Luis, (de Atento...), porque en el Brasil no había pasado nada de eso pero sucedió cuatro meses después de la edición del disco, con las revueltas en las calles. Y hoy, cada vez más, digo: “Mi Dios, ¿qué está pasando?”. Cada semana, toda vez el show se pone más saturado, más denso. A algunos podrá parecerles que hago algo frívolo, leve, pero fíjense en las letras, presten atención, piensen en las letras, son tantas las verdades... Es un show luminoso, pero todo termina teniendo un sentido tremendo. El domingo pasado, en Montevideo, canté en español “Sangue Latino” (del álbum debut de Secos & Molhados, 1973) y veo que, 44 años después, sigue teniendo una actualidad espantosa. 
“Juré mentiras y sigo tan solo; asumo los pecados.../ Los vientos del norte no mueven molinos, y lo que me queda es sólo un gemido./ Mi vida, mis muertos, mis caminos torcidos, mi sangre latina, mi alma cautiva./ Rompí tratados, traicioné los ritos, quebré la lanza y lancé al espacio un grito, un desahogo./ Lo que me importa es no estar vencido./ Mi vida, mis muertos, mis caminos torcidos, mi sangre latina, mi alma cautiva.”
–Con respecto su propio país y sus propias señales... 
–Brasil es un agujero sin fondo. Nunca imaginé ver al Brasil de esta manera.
–Usted lleva su show, año tras año, al interior, al Brasil profundo. ¿Qué ve?
–Veo la miseria, la miseria profunda. Todo aquel que dijo que durante el gobierno de Lula conseguía un salario que era de 150 reales, que no es nada, hoy no tiene ni eso. Lo que se vive es una situación de calamidad. Rio de Janeiro asusta, asusta todo lo que pasa. Vivimos sin gobierno. El exgobernador está preso porque robó 200 bi-llones, un vicegobernador está siendo investigado por el Congreso; están todos implicados en la corrupción. Es algo espantoso, nunca pensé que vería al Brasil en esta situación. 
–¿Fue un golpe de estado, lo de Dilma?
–En teoría, no, pero sí lo fue. En teoría, no, porque hay leyes que amparan todo eso. Pero... creo que deberían haberse ido los dos (Rouseff y Temer) ya que ambos fueron electos juntos, estaban juntos y deberían haberse ido juntos, en todo caso. No resultó así. No sé, yo no sé qué seguridad puede dar Temer de completar su mandato. Toda América latina tiembla... Lo de Maduro en Venezuela es un descalabro. ¿La izquierda? ¿La derecha? ¡No hay más “izquierdas” ni “derechas” aquí: todos, todos quieren la llave del cofre! Sólo quieren la llave del cofre. Son parte de este ciclo tremendo que alguna vez terminará, y llegará otra cosa. Otra cosa tendrá que llegar, porque no es posible, ¡no es posible toda esta locura! Sin embargo, vea, ahora sabemos que ya había sucedido antes. Ahora sabemos todo. Porque ahora sabemos todo lo que pasa en Estados Unidos, en China, en Rusia, en Corea, sabemos todo lo que pasa en América del Sur, ahora vamos sabiendo todo y creo que, por un lado, es mejor así: todo va quedando claro, todo está a la vista de todos. Todo queda a la vista para que podamos hacer nuestras propias conclusiones, para que podamos tener nuestro propio pensamiento al respecto. No sé si habrá alguna salida, pero espero que sí, que suceda algo, que algo pase. Porque es posible, es posible... (Cierra los ojos.) No puede soportarse mucho más. El gobierno del Brasil tiene un equipo económico que, teóricamente, es el mejor. Pero, desde que está en funciones, cada día la división interna del Brasil es mayor, va aumentando, va aumentando, y cada vez es mayor, es mayor. No me gusta ver al Brasil de esta manera. Entonces no sé, no sé... Me encantaría estar hablando bien de todas las personas, de todos los políticos, pero es imposible.
–¿Cuándo recuerda que haya sido una buena época para el Brasil?
–El primer gobierno de Lula; el primero, apenas.
–En Atento Aos Sinais usted quiso mostrar composiciones de artistas jóvenes o desconocidos. ¿Sigue en contacto con ellos, luego de tanto tiempo?
–Sí, mantengo contacto con todos (sonríe), no todos los días, pero estoy en contacto. Y, volviendo a lo que hablábamos antes, y precisamente en estos tiempos, préstenle nueva atención a la letra de “Tupi Fusão”, de Vitor Pirralho, que es un tema que adoro: “Los nobles en la cubierta y los pobres en la bodega del barco; contá del uno al diez y aguantá la respiración”. ¿Por qué? Porque “no conviene” hablar de eso, aunque sea algo importantísimo para Río de Janeiro y para todo el Brasil. Los presidios están llenos de negros pobres. Están todos llenos de negros pobres. Y ahora estamos hacinando indios.
–Hace poco usted participó de una declaración por la demarcación de tierras de pueblos originarios.
–Sí, es un manifiesto para que la gente se despierte y entienda este asunto, porque a nuestros indios los están matando. Se trata de que los aborígenes tengan sus lugares demarcados, sus reservas, que ya deberían estar listas porque está escrito en la Constitución y es cosa antigua que ya lleva décadas, pero hasta hoy nadie ha hecho nada... por varios motivos económicos. Todos quieren madera, y quieren el subsuelo y sus riquezas; el agronegocio pretende tirar todo abajo para plantar soja. Nosotros queremos hablar de eso. Y, una por una, en el manifiesto nombramos a todas las tribus amenazadas. Es un trabajo que hizo Greenpeace, está en internet y está realmente muy bien hecho.
–En el próximo Rock in Rio va a cantar canciones de Secos & Molhados.
–Sí, lo voy a hacer con la banda Nação Zumbi; son maravillosos. Son de Pernambuco, gentes de la manguebeat, un movimiento de rock mezclado con el sonido pernambucano; estos chicos son realmente buenísimos. (Lo de “Nación Zumbi” viene por Zumbi dos Palmares, un esclavo fugitivo del siglo XVII que se instauró una “Nación Negra” en el nordeste del Brasil.) Rock in Rio tiene varios escenarios; está el escenario “Mundo”, el más grande, y el nuestro es un escenario secundario, pero lo bueno es que los artistas se van intercalando y cantan juntos entre todos los “palcos”. Voy a cantar con Nação Zumbi sus propias canciones, y también vamos a hacer cinco temas de Secos & Molhados.
–¿Pueden volver Secos y Molhados?
–No.
–¿No, seguro?
–No, no, no, no, no. 
–¿Le parece que es hora de hacer un nuevo disco? Ha editado álbumes de “algún artista en especial” (Cartola, Chico Buarque, por ejemplo), álbumes temáticos, en Atento Aos Sinais buscó plumas nuevas... ¿Cuál será su criterio para la próxima producción?
–No, no será para una persona en especial, no. Pretendo hacer mi próximo trabajo “despreocupado del azar”. Voy a cantar todo lo que quiera cantar y no me va a importar si esas canciones ya fueron grabadas por muchos otros: yo les voy a dar mi propio punto de vista. No quiero música para mí sino para quien la quiera. Ya pensé en abrir el disco con “Bloco na rua”: es una canción de los años ‘70 de Sérgio Sampaio, quien ya murió. “Bloco” es una multitud de gente en la calle; “Bloco na rua” es una canción política. Y también quiero hacer “O que será”, pero no la versión a dúo de Milton (Nascimento) y Chico (Buarque), porque ellos la hicieron con otra letra, y yo prefiero la de Simone, la que hizo para la película Doña Flor y sus dos maridos. Prefiero la versión que cantó Simone.
–Si algún día hiciere un álbum dedicado íntegramente a otro autor especial que guarda en su corazón, ¿cuál es su deuda pendiente?
–Caetano. Y lo voy a hacer, aunque no sé cuándo (sonríe). Caetano fue un gran estímulo para mí. En los años ‘60, Brasil ya tenía dictadura y yo estaba en Brasilia, fui al único hotel que había en la ciudad y fui a tomar un helado a la única heladería que había en la ciudad. Cuando salí, con mi helado, lo vi de golpe a Caetano: estaba haciendo algo de modas con Gilberto Gil y Rita Lee. Era 1965, Caetano tenía el pelo por acá (se toca los hombros) y estaba vestido, todo, todo, de color rosa; de la cabeza a los pies. Los hombres, por entonces, no podían usar el color rosa... ¡Ni siquiera en las medias! Eso me provocó algo que me hizo pensar: “Si yo alguna vez fuera artista, querría provocar en otro lo que él aquel día me provocó a mí”. Para mí, Caetano es una referencia de mi vida. No pensé en imitarlo: quise estimular a otros así como él, sin querer, me estimuló a mí.
Ney Matogrosso desdeña las redes sociales. “Lo único que tengo es Instagram, nada más. No me interesan ni Facebook ni Twitter, ni nada; no quiero caer en ese ¡caldero de brujas! La gente es muy agresiva, muy maleducada; no me interesa, no me interesa. Instagram me gusta porque sigo sacando fotos y subiendo mis fotos. Y ahora sucede algo muy gracioso: las personas comienzan a enviarme fotos mías muy antiguas, que yo no recordaba o ni siquiera conocía, y eso es muy interesante y muy lindo. Son fotos de cualquier época, de antes de Secos & Molhados, o de cuando yo era chiquito. No sé de dónde las sacan, supongo que de internet, no sé (se ríe).
Mientras hace huecos en su tremenda agenda de shows internacionales para trabajar como actor en un montón de películas (“separo diez días y voy”, dice, contento), se ufana y se asusta de su nueva profesión: director. “Laila Garin es una actriz maravillosa y una cantante maravillosa. ¡Hizo de Elis Regina, en teatro, imagínese! Cuando fui a verla, quedé boquiabierto, porque no esperaba que ninguna otra mujer pudiera cantar como Elis. Y ahora voy a hacer algo que nunca hice antes: me pidió que dirigiera la filmación de su show. Es algo nuevo para mí. Pero lo voy a hacer, porque ella me encanta”.
La mayoría de los más recientes films de su carpeta tienen, da la casualidad (o no) visiones oscuras de futuros sumamente probables. Se le recuerda que casi toda la ciencia-ficción futurista muestra eso mismo: tiempos horribles, planeta devastado, sobrevivientes desesperados. Una especie de “limpieza” divina a lo bestia. “Sí, porque creo que tenemos que pasar por esto, para que haya un futuro maravilloso. Creo en eso”, dice. 
–Bueno, pero si sobreviven los que “limpiaron”, no va a mejorar mucho...
–(Se ríe.) No pienso en quedarme aquí. Cuando tenga que irme, voy a irme. No creo que la muerte sea el fin, no creo eso. Entonces, estar aquí o no estar no importa. “Aquí” me fue dado por un tiempo, sólo por un tiempo; me fue concedido este cuerpo para pasar un rato en la Tierra. Luego, me despego y de pronto me voy. Miro la muerte con mucha naturalidad; no tengo miedo. Necesito el desapego. No es que no me guste la Tierra: amo el planeta Tierra, pero lo que tenga que ser, será, y estoy disponible y abierto para lo que tenga que ser. No hay que tener miedo. No sirve de nada tener miedo. El asunto es estar. Seguiré en el escenario mientras tenga fuerzas; sé que todo, incluso cantar (se toca la garganta), es un músculo que va envejeciendo y se pone fláccido. Cuido de mi cuerpo para que no esté fláccido; por favor, toque mi brazo (su brazo parece un bloque de granito)... Pero noto que mi piel está diferente. Está más seca, ya no es la misma.
Ney Matogrosso tiene 75 años. Más de una vez avisó que seguiría haciendo shows siempre y cuando le entraran los mismos jeans que usaba a los 20. “Uh, pero... Mire, venía pesando 53 kilos y ahora estoy en 61”, dice, y ríe a carcajadas.

Ney Matogrosso dejó extasiado al Teatro Gran Rex

La noche en que nadie se iba

En una nueva presentación de su gira Atento aos sinais, el notable cantautor brasileño debió volver al escenario una y otra vez: tal la fascinación que despierta en el público local con una performance magnética y una voz que luce casi intacta.


Después de una hora de concierto sonríe y dice que “ya se va yendo” pero no se va, y hace muchas canciones más (incluido el reverenciado y esperado “Poema”). Ahí sonríe y dice que ahora sí, que ya se va, pero tampoco se va y anuncia “una sorpresa”: canta ¡en español! –una rareza para Buenos Aires– el fabuloso “Sangre latina” (Secos & Molhados, 1973). Sonríe de nuevo y dice que ahora sí se va... y efectivamente se va, porque en algún momento se tiene que ir; y desaparecen todos sus músicos, también. Sin embargo, quince minutos enloquecidos de un aplauso extraordinario, ensordecedor, interminable, lo obligan a salir a escena otras tres veces, solo con su alucinante estampa, únicamente para saludar, como hacen los bailarines del Colón; incluso, en su última aparición, ya está con la bata de toalla puesta, la misma de la ducha del camarín. Pero ahora... ahora sí que se va. Ya se fue, ya fue. Pero otros diez minutos de locura de más de tres mil personas (todas de pie, aplaudiendo, ¡revoleando paraguas abiertos!, coreando el canto de la lluvia de Woodstock, aullando, pataleando a lo Godzilla los tablones del piso de madera del teatro) consiguen lo imposible: Ney Matogrosso y sus músicos regresan al escenario. Ya no tiene las botas; el señor está descalzo, ahora. Mira a Amback, su director musical, y ríen; no habían planeado nada para estas circunstancias. Ney levanta los brazos al público: “¡Ahora no sé qué cantar!”, se divierte. “¿Cuál quieren que cante?”. La respuesta de la multitud, al unísono, resulta inconcebible: “¡¡Cante cualquiera…!!”. Entonces Matogrosso, así, a medio vestir, repite “Roendo as unhas” (“Comiéndose las uñas”, de Paulinho Da Viola) en patas, en patas desnudas, mientras danza a mil kilómetros por hora, arriesgándose entre todo el cablerío eléctrico del escenario. No le pasó nada, los electrocutados eran los demás.
“En teoría” (sólo en teoría), Ney Matogrosso hizo este jueves el mismo show que había presentado por primera vez en el teatro Coliseo en 2015, luego de catorce años sin pisar la Argentina: esta vez se trató de la misma gira y del mismo álbum, Atento aos sinais, pero con un público mucho más atento y más tremendo (la comunidad brasileña local hizo su propia cancha). Este artista crece allí arriba cuanto más crece el fervor allá abajo, y así creció esta entrega. Volvieron a verse las muy buenas proyecciones en pantallas LED que, de acuerdo con las canciones, por momentos evocan revueltas en las calles o decadencias y epifanías del mundo, y hasta la propia historia de Ney en imágenes en “Vida louca vida”, uno de los temas de Cazuza que hace en este show y en los que Matogrosso vuelve a demostrar que es el mejor intérprete de ese gran compositor carioca. Y otra vez volvió a resultar casi imposible prestarles atención a las pantallas de atrás: era tanta la intensidad del cantante allí adelante, su presencia y sus movimientos, que sólo en “Two Naira Fifty Kobo” (Caetano Veloso), cuando él mismo se sienta de espaldas al público a ver los videos de tribus originarias del Brasil y a sus mujeres amamantando a sus niños, es cuando se puede fijar la vista en algo que no sea Ney. Y aún así fue difícil. La gente miraba su espalda.
A los 75 años, la voz de Ney Matogrosso sigue casi inexplicablemente intacta (“La garganta es un músculo”, avisa –véase la nota de este mismo diario del jueves pasado– donde explica que sólo su piel ha cambiado un poco); él es un pájaro extraño que ¡pide besos!... Pero por un irritante defecto ad hoc en el diseño de este gran teatro, en “Isso não vai ficar assim”, cuando Ney baja a la platea pidiendo besos (gesto que repite en cada presentación por el mundo) no pudo tener la respuesta esperada. Los pasillos del Gran Rex son muy estrechos y están sólo a los costados; no se puede llegar a ellos sin dar una vuelta rara, y la gente se apiña tratando de alcanzar al artista. Aunque él descendió las estrechas escaleritas y hasta se recostó en ellas, el beso no llegó. Muchos deben de haberse sentido frustrados (incluyendo la cronista).
Matogrosso cambiará su espectáculo internacional el año que viene o el otro, quizás, cuando empiece a grabar cosas nuevas y tenga que mostrarlas. Pero Atento aos sinais seguirá siendo uno de los discos y de los shows más interesantes de su carrera reciente: no sólo por la compulsión del “ahora” como concepto (considerando el ahora del mundo, semifusilado) ni por la voluntad de haber elegido temas de compositores nuevos, algunos de ellos casi desconocidos, sino también por las muestras de su preocupación por los rumbos del planeta, de la política y de la ecología.
No se abundará aquí en los 44 años de carrera de uno de los más grandes transgresores artísticos que dio la América del Sur (para eso está Google); sí podría decirse que estar “atento a las señales” es el don de Ney.
El tipo en patas, el teatro en llamas y el show inolvidable. A Buenos Aires le gusta esto.