lunes, 26 de junio de 2017

Can

Can

Querer y poder

A fines de los 60 y principios de los 70, el rock empezó a exportarse fuera de Estados Unidos e Inglaterra. Llegó a la Argentina, por ejemplo. Y también llegó a Alemania, donde fue rotulado como krautrock e incluyó a grupos tan diferentes como Neu!, Kraftwerk o Tangerine Dream. De todos, quizás el más influyente hasta hoy sea Can, el cuarteto experimental y atrevido integrado por músicos formados en el jazz y la composición clásica. Ahora acaba de lanzarse Can-The Singles, la recopilación definitiva del grupo, y en esta entrevista, Irmin Schmidt, uno de los miembros fundadores, ya de 80 años, se rebela contra el rótulo kraut, habla sobre los artistas que su banda influenció –desde Bowie hasta Radiohead— y recuerda aquellos años de rock, vanguardia y desprecio por cualquier tipo de reglas.


“Esa etiqueta no significa mucho para mí”, dice Irmin Schmidt al otro lado de la línea telefónica. Y su voz no suena cansada, pero sí transmite contundencia para desmarcarse por enésima vez en su carrera del krautrock, el rótulo con el que se suele identificar a Can desde su entrada en escena en el siglo pasado. “Nunca nos sentimos parte de un movimiento. Fue la solución para describir a la música nueva que estaba apareciendo en Alemania en los 70. Los periodistas extranjeros buscaron un término que englobara todo y, está bien, apareció el kraut rock. No tengo nada contra eso, pero para mí no quiere decir nada a la hora de describir mi propia música”, agrega el tecladista. Junto a compatriotas como Neu!, Kraftwerk, Faust y Tangerine Dream, entre otros, demostraron que había una manera de transitar las vertientes más disímiles, desde la psicodelia hasta la electrónica, por fuera del eje anglo.
Fue una revolución cultural contemporánea a la del rock argentino. Seguramente Schmidt nunca haya oído mencionar a Los Gatos, Almendra, Manal y compañía, pero su aporte con Can también sirvió para plantar una nueva bandera en el mapa mundial del género. Tal vez convenga hablar de rock alemán a secas, dejando de lado el tinte levemente despectivo que puede tener la constante asociación con el repollo (kraut, en alemán). “Entre fines de los 60 y principios de los 70, aparecieron grupos alemanes que empezaron a hacer algo por sí mismos, porque hasta ese momento la música en el país estaba totalmente dominada por el rock inglés y, también, un poco por el estadounidense”, explica. “Frente a la movida beat británica, empezamos a hacer algo nuevo. Pero entre los grupos teníamos muy poco en común, excepto el hecho de tratar de encontrar un sonido propio”, completa.
La intensa aventura estética de Can duró poco más de diez años, aunque más tarde protagonizaron más de un regreso. El período de florecimiento discográfico abarca desde Monster Movie (1969) hasta Can-Inner Space (1979). ¿Hay algún álbum que Schmidt prefiera por encima del resto? “No, trato de considerar de la misma manera los distintos discos que grabamos. Pero la verdad es que estoy muy ocupado en mi trabajo actual, entonces no me detengo a analizar lo que hicimos hace 40 o 50 años”, dice. Desde Brian Eno hasta Primal Scream, pasando por David Bowie, Joy Division, Talking Heads, Stone Roses y Radiohead, han reconocido la importancia que tuvo en sus respectivas búsquedas la obra de Can. “Cada músico que recibe una influencia la procesa desde su propio intelecto, con sus herramientas. Muchos nos mencionan, pero no es que pueda reconocer nuestra influencia en cada uno. Si pudieron tomar algo de lo que hicimos y sus temas suenan totalmente diferentes, es más interesante”, dice.
Después de varios compilados previos, el flamante Can–The Singles plantea una aproximación particular a esa materia sustanciosa y proteínica: se trata de la colección de los temas que la banda cortó como simples a lo largo de su carrera. Desde las piezas más populares de su repertorio, como “Spoon”, “Vitamin C” o “I Want More”, pasando por aires de balada (“She Brings The Rain”), arrebatos instrumentales (“Splash”) y rarezas (“Turtles Have Short Legs”, que no había sido incluida en un álbum), lo que se escuchan son las versiones lanzadas en el formato original. “Los temas a veces son un poco diferentes a la versión incluida en cada disco, porque fueron editados como singles o porque fueron grabados antes de que se hiciera el LP. Y todo eso hace que puedan ser un poco distintos a su versión más conocida”, describe Schmidt. “A veces la gente piensa que solo hicimos temas que duran veinte minutos, pero este disco demuestra que también hicimos muchos de tres minutos. Y también estuvo bueno”.
La banda podía liberar sus impulsos más osados y voladores en trabajos como Tago Mago o Ege Bamyasi, pero aun así retomar por momentos estructuras musicales más, digamos, convencionales. “En Ege Bamyasi hay piezas cortas como ‘Spoon’ y ‘Vitamin C’. Y fueron singles muy exitosos. ‘Spoon’ llegó a estar en el puesto número 2 del ranking en Alemania”, ilustra. No dejaban de ser, después de todo, canciones. Y esa es, precisamente, una de las vetas que definen el contenido de The Singles. “No hacíamos canciones para formar parte del rock mainstream o para incorporar alguna clase de cliché. No era lo que queríamos. Inventábamos formas nuevas para cada tema. Y a veces era un desafío poder hacerlo en tres minutos, pero también disfrutábamos de hacerlo en veinte. No seguíamos ninguna clase de reglas. No había leyes. Si nos decían ‘Tiene que ser así’, saltábamos enseguida: ‘¿Y por qué’”.
Está claro que la intención de Can no era pegarla con un hit pero, así y todo, cada tanto lograban que un tema se colara en las radios alemanas o europeas. “Si hacés música, querés que el público la escuche”, dice Schmidt. “Cuando hacés música sin esperar que a la gente le guste, cuando lo hacés básicamente porque te gusta y es lo que tenés que hacer, pero a los demás le encanta cuando lo descubren, entonces te invade una sensación muy satisfactoria”. ¿Había algún punto de partida a la hora de componer? “Teníamos una cantidad de posibilidades musicales y tecnológicas y las aprovechamos a todas. A veces salía algo completamente nuevo y otras algo más convencional, como ‘Spoon’, aunque no dejaba de ser vanguardista para la época. Diría que, al final de cuentas, tratábamos de inventar algo que nos sorprendiera a nosotros mismos. Y eso era lo que queríamos: crear una música que fuera sorprendente”.

ANARQUÍA Y TRADICIÓN

Mientras se acercaba a la treintena, la vida de Schmidt giraba en torno a la música clásica. “Estudié mucho tiempo dirección de orquesta y piano. Estudié todo, desde Bach hasta Stockhausen. Trabajé en relación con la música contemporánea, dirigí óperas, empecé a componer algunas piezas. Estudié en la universidad, especialmente la música de la Edad Media. También estudié composición con Stockhausen, por un tiempo”, cuenta. Sin embargo, las cosas dieron un giro inesperado. Corría 1966 cuando se subió a un avión con destino a Nueva York, para participar en un concurso internacional de jóvenes directores de orquesta. “Fui para participar de esa competencia, pero no lo hice: me perdí en otra escena de Nueva York. Conocí a La Monte Young, Terry Riley, Steve Reich. Me pareció que lo que hacían era mucho más interesante que el concurso”, recuerda.
“Todo se dio de manera diferente a lo planeado”, resume. Su encuentro con la creme de la avant-garde neoyorkina no sólo alteró el itinerario de su estadía, sino que además cambió de manera radical su propia concepción de la música. “Tener contacto con estos compositores fue algo que me abrumó, de alguna manera. Me impactó la novedad de lo que ellos hacían. Y me metí de lleno con eso cuando volví a casa. Empecé a dudar si debía continuar o no con mi carrera de director y pianista clásico. O si no era hora de empezar algo totalmente diferente con un nuevo grupo”, evoca. Ya sabemos qué camino eligió, pero, ¿cómo fue ese proceso interior? “Lo que hice fue dejar que mi mente me sorprendiera. Y me abrí a la realidad, a lo que estaba pasando en ese momento. No tenía ninguna expectativa. Simplemente, me dejé sorprender por la vida”.
La de Schmidt es solo una de las líneas artísticas que confluyeron en Can, pero sirve para ilustrar la clase de movida artística que estaba a punto de protagonizar con sus compinches en la ciudad de Colonia. Un choque de planetas múltiple: psicodelia, funk, jazz, electrónica, rock progresivo. Una puerta abierta a una nueva dimensión. “Todos veníamos de diferentes experiencias musicales, campos y formaciones”, repasa. “Jaki Liebezeit era un baterista que venía del jazz, había empezado a tocar tempranamente, primero en un estilo cercano a Chet Baker y, más tarde, free jazz. Yo había estudiado para ser un director clásico y Holger Czukay también, además de ser un gran bajista. Y Michael Karoli era un guitarrista diez años más chico, estaba muy interesado en el jazz. Todos trajimos experiencias muy distintas. Y eso fue lo que hizo que la música de Can fuera tan especial”.

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