Denise Groesman acaba de inaugurar Soy familia en la galería Big Sur. ¿Será que lo suyo son los lazos diversos, las constelaciones que ya forman algo así como una hermandad que une cosas distintas pero cercanas, como el teatro y las artes visuales? Al mismo tiempo puede vérsela en Cimarrón, la última obra de Romina Paula, que después de estrenarse en el Tacec de La Plata, comenzó su temporada en el Teatro Cervantes. Ambas mitades, como las alas de una mariposa, hacen lo suyo para que esta chica inquieta pueda desplegarse. Porque esa familia no es una modelo, una de publicidad de Coca Cola, sino una hermosa en su extrañeza. Su muestra, lejos de proponer una tradicional colgadura de pinturas una a lado de la otra, es una instalación donde la pintura está metida en un dispositivo que hace falta recorrer, inmiscuirse, poner el cuerpo como suele hacerse en el teatro. Por otra parte la obra que protagoniza no es una obra realista, de vínculos y emociones en la línea que venía trabajando Romina Paula, sino una de personas-personajes, donde los textos no son diálogos sino más bien recitados de poesía. Rareza, particularidad, es lo que Denise Groesman desarrolla en los formatos que viene recorriendo desde que se inició en las artes y hasta ahora. 
“Es todo trabajo nuevo”, dice sobre Soy familia, un poco sorprendida de lo que hay. Groesman viene de hacer el año pasado el programa para artistas del Di Tella, hizo algunos años en el IUNA, el taller de Gabriel Baggio, el de Karina Peisajovich y el programa para artistas visuales del Centro Cultural Haroldo Conti. Pero fue recién el año pasado que comenzó a ir desde los lienzos a un formato más instalativo en el que las pinturas fueran apareciendo de manera sorprendente, como quien encuentra una flor hermosa, una mancha de color en medio de un bosque nocturnal.
Las pinturas en esta muestra están como escondidas en medio de un laberinto de colchones verticales, pintados de rojizo y bordados grotescamente con hilo sisal. Hay, además de ese laberinto acolchonado, una carpita azul en la que al ingresar también se descubren pinturas. El tercer elemento de la muestra es una suerte de muro también bordado sobre un colchón en el que un pequeño agujero invita a posar la mirada. Adentro puede verse un video en el que fotos y animaciones kitsch recrean canciones con motivos cursis sobre la importancia de la familia. 
Y la gran protagonista de la muestra es Anita, la señora que cuidó a Denise desde niña y a quien la artista ya había retratado en un video llamado Anita desde 1996, donde se veía a la señora cocinando mientras contaba historias de lo más sofisticadas con un habla muy curiosa, que Groesman rescataba un poco a la manera de Manuel Puig. “Yo vengo pintando desde el archivo. Siempre pinto fotos mías o de amigos míos y sus familias. Así fue que empecé a pintar a toda la familia de Anita. Las fotos que me mandaba por el celular o que me mostraba eran una ventana a otro mundo increíble, pero que a su vez conozco y lo viví desde pequeña. Quizás antes era más a través de los relatos que me hacía de su madre, sus sobrinos, la fábrica a donde va el marido, su infancia. Ella es una gran narradora y a mi siempre me encantó escucharla. Pero ahora llegó un momento más ilustrado con WhatsApp y Facebook. Ahora lo que me cuenta se volvió imagen.” 
Son esas imágenes fotográficas amateurs, sacadas con el celular lo que Groesman luego pinta. Un norma estética –la de los decorados, los atuendos– que dista de ser la de la artista y que por eso misma le atrae, le resulta un mundo digno de ser pintado. Pinturas que dialogan juguetonamente con la tradición del retrato dentro de la pintura figurativa que tiene que ver con eternizar a personas justamente notables, pudientes, en momentos igualmente importantes de sus vidas y que si bien ya fue discutida –por Antonio Berni por ejemplo– se encuentra hoy ante un nuevo desafío frente a las imágenes fotográficas caseras que viajan por las redes y los teléfonos, a veces hasta reemplazando las palabras o relatos de las vidas privadas. Denise reflexiona: “Me interesaba pintar las fotos de estas personas del conurbano, estas vidas, que por mas que mi puerta de entrada es súper personal y emotiva, son de algún modo anónimas. Este personaje es de otra historia y otra cultura, pero yo adopté mucho de ella, me identifiqué muchísimo con ella, más de ella que de mi madre. Es parte de mi educación sentimental. Mi madre es muy alemana,  fría y Anita es un fuego, toda colorada, charlatana, intensa.” Una familia que se inventa, cosida con hilo sisal. 
En la publicación que acompaña la muestra, mezcla de libro de poemas, fotos y fragmentos de Jean Dubuffet (a quien se homenajea en las obras) aparece un fragmento de una obra de teatro de Federico León. Otra vez trazando lazos de familia. Es que el vínculo de Denise con el teatro es igual de importante que el que tiene con las artes visuales. Formada con Nora Moseinco, pasó por obras de Mariana Obersztern, Agustín Mendilaharzu y Walter Jakob, Matías Umpierrez y Agostina Luz López, quien está hoy al lado suyo en el escenario. 
Y es en Cimarrón de Romina Paula, que acaba de reestrenarse y seguirá hasta fin de julio. Allí López, Groesman junto a Esteban Bigliardi desgranan monólogos en el que se suceden como planos monocromáticos de referencias culturales: poemas de Rilke, el Kaspar Hauser de Herzog, las pinturas de Caspar David Friederich, una obra de teatro de la dramaturga norteamericana Sarah Ruhl. La profunda singularidad de la obra es precisamente lo que a  Groesman más le convence: “Es una obra rara para Romina y para el teatro en general. Tiene algo narrativo, somos nosotros tres diciéndonos relatos unos a los otros. Es muy poco un espectáculo de ficción. Me interesó porque al meterme mas en el mundo de las artes visuales me fui alejando de la cosa del teatro más espectacular.” 
Groesman dice que por momentos piensa en dejar el teatro, pero luego vuelve, siempre y cuando sean piezas como ésta, o como Las piedras de Agustina Muñoz, próxima a estrenarse, donde el abordaje se acerca más a la performance que a la representación más típica. “Romina venía trabajando con su compañía que son unos monster actors, pero se ve que necesitaba cambiar. Por eso nos convocó a Agostina que es escritora, y a mi, que no somos exactamente actrices, somos más como unos personajitos. Dos medio bicho raro.” Dos actrices, no-actrices. Como un object trouvé adentro de una obra de teatro. 
Cimarrón se puede ver de viernes a domingo a las 18 en el Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815, $120. La muestra Soy familia se puede visitar de miércoles a sábado de 15 a 20 en Big Sur, Carlos Calvo 637.