jueves, 29 de junio de 2017

"Después de la tormenta" - Hirokazu Kore-eda

El director Hirokazu Kore-eda filmó otro drama familiar, que presentó este año en el Festival de Cannes

“Esta película remite más a mi vida personal”

El cineasta japonés, ganador en su momento del premio mayor del Bafici, asegura que la reciente Después de la tormenta es una suerte de “hermana” de Un día en familia, y reconoce que piensa en completar, de aquí a diez años, una trilogía con los mismos actores.

 En Un día en familia (Still Walking, 2008), su película más premiada y popular, Hirokazu Kore-eda (Tokio, 1962) narraba toda la historia de un grupo familiar en un día y una noche. En Después de la tormenta, su película más reciente, que hoy se estrena en Buenos Aires, hace algo parecido, trayendo las cosas del campo a la ciudad y del aire libre a una atmósfera de mayor encierro. El aire de familia de ambos dramas familiares se completa con la presencia de los actores que allí hacían de la mater familiae y su hijo, Kirin Kiki e Hiroshi Abe, cuyos personajes tienen además los mismos nombres de pila. En la entrevista que sigue, Kore-eda, ganador en su momento del premio mayor del Bafici por After Life (1998), asegura ver a ambas como “películas hermanas” y reconoce que piensa en completar, de aquí a diez años, una trilogía.

Después de unas películas iniciales más elípticas y distanciadas, en las que la ausencia tenía un rol protagónico (Maborosi, 1995, Distance, 2001, Nadie sabe, 2004, la propia After Life si se quiere), a partir de Un día en familia el cine de Kore-eda se hizo más sencillo, directo y, posiblemente, universal. Fue allí que el realizador japonés adquirió su carácter de cineasta global, sin perder virtudes narrativas. Con Después de la tormenta completa un ciclo de cuatro películas familiares, que se redondea con De tal padre, tal hijo (2013) y la aquí no estrenada Our Little Sister (2015). De tanto en tanto y como para cambiar de aire, el realizador jaspea su obra con films radicalmente disímiles: la película de samuráis Hana (2006), la fantasía de ciencia ficción Air Doll (2009) y en setiembre estrenará el policial The Third Murder.
En la entrevista que sigue, Kore-eda habla de las relaciones entre Después... y su propia vida, entre Un día en familia y Después..., y entre lo serio y lo cómico.
–¿Cómo surgió Después de la tormenta?
–En las casas japonesas hay un altar en el que todos los días se queman cenizas, en recuerdo de los muertos de la familia, algo que no hago muy seguido. Una noche decidí limpiar el altar, echando las cenizas sobre unos papeles de diario y removiéndolas con un par de palillos. La imagen me hizo pensar en restos humanos, que en Japón se recogen en una urna, luego de la cremación. Pensé entonces en mi padre, que seguramente no tuvo la vida que hubiera querido tener, y me dieron ganas de hacer una película en la que el hijo, en plena noche, limpia el altar de la casa y recuerda a su familia. Toda la película se construyó alrededor de esa secuencia.
–Desde hace unos años viene trabajando dentro del formato del drama familiar. ¿Siente que su enfoque se inscribe dentro de alguna tradición previa, japonesa u occidental?
–En verdad, Después... remite a mi vida personal más que mis otras películas. Buena parte de ella se basa en mis memorias de infancia. Me crié en una familia con muchas mujeres, por eso tanto en esta película como en otras mías hay madres ásperas, hermanas poderosas e hijos mayores débiles. A la hora de ponerlo en escena, creo que lo hago de acuerdo a ciertas tradiciones específicamente japonesas. Puntualmente, en el campo en que trabajo me siento influido cada vez más por el cine de Mikio Naruse (1905/1969) y de Shinichi Kamoshita, un realizador actualmente octogenario que dirigió muchos dramas familiares para televisión, cuyas películas vi muy seguido siendo niño.
–¿El complejo habitacional en el que filmó es el mismo en el que usted vivió de pequeño, verdad?
–Así es. Esa clase de complejos fueron muy comunes en Japón en los años ‘70 y ‘80, cuando fueron expresión de la burbuja económica. Originalmente en ellos se instalaban parejas con uno o dos hijos. Los hijos partieron, los adultos quedaron, de modo que hoy en día esos edificios presentan una numerosa población de ancianos solos.
–El elemento personal no es nuevo en su cine. En su momento usted había señalado que Un día en familia tenía mucho que ver con su propia historia.
–Sí, pero tanto Air Doll (2009) como Our Little Sister (2015) estaban basadas en mangas, no tenían nada que ver con mi vida personal. Filmar esa clase de películas me permite crecer como cineasta. Our Little Sister la filmé al mismo tiempo que Después..., lo cual representó un balance muy interesante para mí.
–A propósito, su nueva película es de género, ¿no?
–Así es. Se llama The Third Murder y ya está terminada.
–¿Responde a una intención explícita de cambiar de registro?
–Al menos por un tiempo. No quiero ser encasillado como un director de dramas familiares. Pero además la variedad me interesa de por sí, no lo hago sólo para huir de las películas familiares.
–Uno de los temas de la película es la dificultad de devenir adulto. El protagonista, Ryota, está como encallado en una adolescencia eterna. ¿Siente alguna clase de identificación con él?
–Sí, sí. Como hijo y como padre, hay varias cosas que no hice tan bien como debería, ese es mi dilema y mi arrepentimiento. Así que en ese aspecto hay una fuerte semejanza entre él y yo. Pero además él gana un premio literario de joven y piensa que puede hacer una carrera a partir de eso, pero falla, y a mí me ocurrió algo muy parecido. A los 27 recibí una mención de honor por un guion que presenté a un concurso, y al mismo tiempo entré a trabajar en televisión como asistente de dirección. Pensé en abandonar ese empleo para dedicarme a la escritura de guiones, pero mi madre me advirtió que no lo hiciera, que fuera paciente y trabajara, mientras esperaba mi oportunidad. Me alegro de haberle hecho caso. Si hubiera renunciado, tal vez me hubiera convertido en un Ryota.
–Ryota tiene su lado cómico, aunque la película no es una comedia.
–No, no lo es. Pero hay algo en él que te da ganas de reírte, y ésa era mi intención.
–El riesgo con un personaje como éste es que el público lo aborrezca. Se la pasa justificándose, no se hace responsable por sus acciones.
–Así es. El público no debería pensar que su caso es tan sin remedio como para abandonarlo. Hiroshi Abe, el actor que lo interpreta, y yo pensamos mucho sobre este punto, sobre ese límite: cómo hacer de Ryota alguien ligeramente desesperante, sin perder del todo las esperanzas en él.
–Ryota tiene un problema con el juego, pero no está planteado como víctima. No es un arquetipo del jugador. Más allá de causar gracia, genera mucha emoción. ¿Cómo se hace para escribir un personaje así?
–El personaje fue escrito con el actor en la cabeza, de modo que cuando pensaba en Ryota me planteaba qué cosas podía hacer Abe para hacer reír con este papel. Había que encontrar un balance entre lo serio y lo gracioso. No me gustan las cosas serias mostradas de un modo serio, no es mi estilo.
–Ryota se reencuentra con su madre y hermana después de mucho tiempo de separación, y juntos hacen un esfuerzo por recomponer sus relaciones.
–No me gusta hacer películas en las que el público pueda sentir que las vidas que están viendo no valen la pena de ser vividas. Pero tampoco me gusta que porque los personajes hacen sus mejores esfuerzos necesariamente tengan que sobrevenir finales felices, como si los finales de las películas fueran premios. Los protagonistas de Nadie sabe eran chicos a los que su madre había abandonado y tenían que arreglarse solos. Sin embargo, yo no hacía de ellos unas víctimas. En lugar de eso, mostraba las relaciones entre los hermanos. Hago películas porque me interesa mostrar que la vida vale la pena de ser vivida.
–Hablando de niños, usted se destaca particularmente en el modo en que los dirige, y eso vuelve a ocurrir en Detrás... con el chico que hace del hijo de Ryota. ¿Tiene alguna técnica determinada para dirigirlos?
–Normalmente a los niños no les doy el guion. Sólo les explico cuál es el decorado de la escena y les cuento cuál es el diálogo. No les cuento la historia completa de la película.
–Los paralelos con Un día en familia exceden lo que tiene que ver con su implicación personal. Ambas son sobre familias extendidas, transcurren en un día y una noche, en ambas actúan Hiroshi Abe y Kirin Kiki, la actriz que hace de la madre. Los títulos originales de las dos películas derivan de letras de canciones populares, en ambas hay planos de comidas caseras y una mariposa adquiere un sentido particular. ¿Podría verse a Después... como una versión-comedia de Un día en familia?
–Yo las veo como películas hermanas. En Un día en familia, Hiroshi Abe hacía un personaje que estaba en los 40. Ocho años más tarde, las vidas de él y la mía cambiaron mucho. Cuando estemos en los 60, espero que podamos intervenir en un drama parecido, pero con una historia distinta.
–¿Piensa entonces en una trilogía?
Sí. La idea de que los actores y el realizador continúen trabajando y envejezcan juntos me gusta mucho. Es ideal como relación cinematográfica, permite producir variaciones sobre un mismo tema, incluso si los personajes y las situaciones son distintos de una película a otra.

Después de la tormenta, con Hiroshi Abe y Yoko Maki

Oleo de la dinámica familiar

En su opus 11, Hirokazu Kore-eda plantea una suerte de combinación entre Un día en familia con De tal padre, tal hijo, con un protagonista que actúa mal pero tiene buenos sentimientos. Todo en un tono muy a la japonesa: calmo, gentil, reacio a todo énfasis dramático.

 Después de la tormenta es una combinación de Un día en familia con De tal padre, tal hijo: en ella se superponen –como las pinturas al óleo de las que se habla en algún momento– la dinámica familiar y el estudio de la relación padre-hijo, con un toque más de negro (para continuar con la asociación pictórica) que la primera de aquellas, y una culpa del padre algo más diluida que en la segunda. El opus 11 de Hirokazu Kore-eda, presentado en la sección Un Certain Regard de Cannes 2016, se abre en un franco tono de comedia ligera (música casi de calesita, diálogos risueños, alguna que otra morisqueta circense) de modo bastante engañoso, ya que de allí en más expondrá un mundo de hombres débiles, mujeres planificadoras y familias rotas. Todo en un tono muy a la japonesa: calmo, gentil, reacio a todo énfasis dramático. Lo que no excluye algunos cruces dialógicos cortantes como seppukus y un final tan poco resolutivo como un haiku. Aquí, nada de A + B = C.

Todo lo que Un día en familia tenía de abierto, primaveral y luminoso, Después de la tormenta lo tiene de encerrado, húmedo y brumoso. Encierro del pequeño departamento de mamá Yoshiko (Kirin Kiki, que cumplía en aquella el mismo rol, con el mismo nombre), que viene de enviudar y no parece lamentarlo demasiado: su marido vivía endeudado. “Deberías buscarte amigos nuevos”, le recomienda la hija. “A mi edad, eso es garantizarte más funerales”, contesta mamá, como si fuera una Larry David nipona. Humedad y bruma de un verano tórrido que no termina de dar paso al invierno, y que hace que el rostro de su hijo Ryota (Hiroshi Abe, otro que cumplía allá el mismo papel y con el mismo nombre) luzca permanentemente transpirado, a lo cual no ayuda la barba a medio afeitar. Por esas cuestiones del linaje, Ryota también pide plata. Y cuando no la pide, se la saca a la madre de algún cajón. Salvo cuando el sobre que parece contener dinero termina siendo una trampa de la hermana, que lleva su burla y su firma.
Ryota es un caso clásico: después de una primera novela premiada no volvió a escribir más nada. Actualmente trabaja en una agencia de detectives, según dice como investigación para una próxima novela, y lo que gana suele írsele en lo que juega. La película está centrada en él, a diferencia del protagonista de De tal padre, tal hijo, y su problema no es ser abandónico por adicción al estatus, sino por falta de él: Ryota visita raramente a su hijo Shingo (Taiyo Yoshikawa) porque no suele disponer del dinero para los gastos de manutención. También a diferencia de aquel, Ryota no necesita construir una relación de afecto con el hijo: está claro que eso no le falta. Lo que le falta es la madurez personal y emocional como para poder asumir plenamente ese rol, tal como se lo hace saber su sensatísima ex, Kyoko (Yoko Maki), después de frenar un intento de avance totalmente fuera de lugar, una noche en la que la suegra funciona como Cupido tardía.
Previamente, en una típica reacción de macho abandonado, Ryota se ocupó de investigar (en su carácter de detective privado) el presente sentimental de Kyoko. No sea cosa que tenga una vida al margen de la suya. “Los hombres sólo se dan cuenta de que están enamorados cuando pierden a su mujer”, dice alguien por allí. Glup. Lo de Kore-eda es la salsa agridulce: por más que Ryota le robe plata a la mamá, en un momento extorsione a un cliente, espíe a su exesposa, se pelee con la hermana y no pueda gestionar los gastos de mantenimiento para su hijo, no le parece un mal tipo al espectador. ¿Por qué? Tal vez porque a pesar de ser tan malo es bueno: hace cosas que están mal, pero no tiene malos sentimientos. Está empantanado, ciego, frenado, confundido, en un país en el que hay que ser muy fuerte para salir adelante, con veinticuatro tifones al año y algún que otro tsunami cada tanto.

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