domingo, 25 de junio de 2017

San Guillermo Vercelli

San Guillermo Vercelli

Guillermo de Vercelli (Vercelli, 1085 - Goleto, actual Sant'Angelo dei Lombardi, 25 de junio de 1142), también conocido como san Guillermo abad, fue un monje fundador de monasterios y comunidades, entre ellos la congregación de Montevergine (Monte Virgen). Venerado como santo por la Iglesia católica, su festividad se celebra el 25 de junio. Pío XII lo proclamó patrono de Irpinia.

Las fundaciones y el estilo de vida de Guillermo de Vercelli se enmarcaron en el clima de renovación monástica característico del paso del siglo XI al XII. El programa de vida expuesto por Guillermo a sus discípulos de Montevergine podría resumirse en su frase:

    Soy del parecer, hermanos, que trabajando con nuestras manos nos ganemos la comida y el vestido para nosotros y para los pobres.
    Guillermo de Vercelli

Primeros años


Guillermo de Vercelli nació en el norte de Italia en 1085, en el seno de una familia noble. Se conocen pocos detalles de su nacimiento e infancia, pero en su juventud tornó en ejemplo de mortificación.

Siendo aún joven, hizo la peregrinación a Santiago de Compostela, práctica muy popular en aquel tiempo. Sin embargo, él la habría realizado de modo poco común: se cargó con cadenas de gran peso, que casi no podía arrastrar, penitencia que completaría al no probar bocado durante su peregrinaje.
Vuelto a Italia, se dirigió a la cadena montañosa de Partenio que domina Avellino, para establecerse en una de sus cimas, un lugar despoblado a unos 1 300 msnm al este de Nápoles llamado Monte Virgiliano. Allí practicó una vida eremítica durante algunos años. Luego se le unieron algunos discípulos, entre ellos sacerdotes, que construyeron celdas y participaron de la edificación de una iglesia dedicada a la Virgen en 1124, y más tarde un monasterio al que Guillermo dio el nombre de Montevergine (Monte Virgen).

La afluencia de fieles fue ocasión para que los sacerdotes ejercieran su ministerio pero Guillermo, buscando la soledad, se alejó de Partenio hacia 1128. Se estableció en la llanura de Goleto en los límites de Campania y Basilicata. Allí comenzó una nueva experiencia monástica, un monasterio doble integrado mayormente por mujeres. Fundó otros varios de la misma regla aunque tampoco en Goleto permaneció de forma estable ya que viajó a Apulia en varias oportunidades. Finalmente murió en Goleto, hoy Sant'Angelo dei Lombardi, el 25 de junio de 1142. Su cuerpo permaneció en Goleto hasta 1807, año en que fue trasladado a Montevergine.
Veneración

La veneración de Guillermo de Vercelli se inició en los monasterios de su propia congregación, y se extendió gradualmente a la diócesis de Vercelli y a todo el reino de Nápoles. En 1785, el culto se generalizó en toda la Iglesia católica. Su festividad se celebra el 25 de junio.
En 1942, Pío XII proclamó a Guillermo de Vercelli patrono de Irpina.

Representaciones

Guillermo de Vercelli es representado frecuentemente con hábito blanco, portando un báculo en su mano derecha, y con un lobo a sus pies. Según una tradición, un lobo devoró su asno y él lo reprendió, convirtiéndolo. Con variantes, el mismo tipo de relato se reiteró años más tarde con el lobo de Gubbio en las Florecillas de san Francisco. Se trata de ejemplos de la narrativa cristiana propia de la época, que presentaba a santos como Guillermo, Francisco de Asís o Antonio de Padua ejerciendo influencia sobre el comportamiento de los animales o sobre la naturaleza, probablemente como reflejo de las actitudes y de los idearios que ellos vivieron.
El fundador de la congregación religiosa conocida con el nombre de Ermitaños de Monte Vergine, nació en Vercelli, en 1085, de una familia piamontesa. Tras la muerte de sus padres, a los que perdió cuando era un niño, vivió con algunos familiares hasta la edad de catorce años, cuando abandonó su casa y, como un pobre peregrino, caminó hasta Santiago de Compostela, en España. No satisfecho con las penalidades que significaba una caminata tan larga, se cinchó con dos aros de hierro la cintura, como penitencia. No se sabe a ciencia cierta cuánto tiempo permaneció Guillermo en España y no volvemos a saber de él hasta el año de 1106, cuando se encontraba en Melfi, en la Basilicata italiana, de donde pasó a Monte Solicoli, en cuyas estribaciones pasó dos años entregado a la vida de penitencia y oración junto con otro ermitaño. A este período pertenece el primero de los milagros realizados por el santo: devolver la vista a un ciego. Aquella curación le dio gran fama y, para evitar que las gentes le aclamaran como a un santo milagroso, partió de la comarca para refugiarse junto a san Juan de Matera. Como los dos perseguían los mismos fines con igual espíritu, llegaron a ser íntimos amigos. Guillermo tenía la intención de emprender una peregrinación a Jerusalén y no se dejó convencer por Juan, quien insistía en que se quedase porque Dios le tenía destinada una tarea en aquel lugar. Un día partió, pero no se había alejado mucho, cuando unos asaltantes le atacaron. Guillermo tomó aquello como un signo de que Juan estaba en lo cierto, renunció a su peregrinación y volvió al lado del santo.
No tardó en retirarse a una alta colina situada entre Nola y Benevento, que por entonces se llamaba Monte Virgiliano (en honor del gran poeta, que se había detenido en aquel sitio). Al principio, Guillermo trató de vivir ahí como ermitaño, pero no tardaron en llegar algunos hombres, sacerdotes y laicos, a solicitar que los tomase como discípulos. Guillermo los aceptó, formó con ellos una comunidad, y entre todos levantaron en el lugar una iglesia consagrada a Nuestra Señora, que quedó terminada en 1124. Desde entonces y hasta nuestros días, la montaña cambió de nombre para llamarse Monte Vergine. La regla instituida por el santo fue muy severa: en las comidas no se permitía el vino, la carne, la leche y sus productos y, durante tres días a la semana, no había otro alimento que verduras y pan seco. Pasado el primer entusiasmo, surgieron las murmuraciones, se puso de manifiesto el descontento y hubo una solicitud general para la modificación de la regla. Guillermo no tenía deseos de contrariar a sus monjes, aunque para sí mismo no buscase ningún alivio. Por lo tanto, eligió a un prior para que gobernara la comunidad y, con cinco fieles compañeros, partió del monasterio en busca de su amigo San Juan de Matera, con quien hizo una segunda fundación en Monte Laceno, en la Apulia. Sin embargo, la aridez del terreno, la situación del albergue, expuesto a los cuatro vientos, y la gran altura de la montaña, hicieron miserable la existencia para todos, y aun los mejor dispuestos a soportar las penurias, tuvieron dificultades en resistir los vientos helados del invierno. San Juan había insistido para que se trasladasen a otra parte en diversas ocasiones, cuando un incendio destruyó las pobres chozas de madera y paja en que habitaban y todos debieron refugiarse en el valle. Ahí, los dos santos se separaron: Guillermo partió hacia Monte Cognato, en la Basilicata, para fundar otro monasterio, mientras Juan, con la misma intención, se dirigió hacia el este, hasta el Monte Gargano, en Pulsano.
Cuando su comunidad estuvo bien establecida, san Guillermo le impuso la misma regla rigurosa que en Monte Vergine, nombró a un prior y la dejó a que se desarrollara por sí misma. En Conza, en la Apulia, fundó un monasterio para hombres y en Guglietto, cerca de Nusco, estableció dos comunidades, una para hombres y la otra para mujeres. Poco después, el rey Rogelio II de Nápoles lo llamó a Salerno para que fuese su consejero y su auxiliar. La benéfica influencia que ejerció san Guillermo sobre el monarca causó el resentimiento de algunos cortesanos, quienes no desperdiciaron oportunidad de desacreditarlo y hacerle aparecer como un hipócrita gazmoño. A sabiendas del rey, los cortesanos tendieron una trampa al santo y, con cualquier pretexto válido, le enviaron a una mujer de mala vida, con instrucciones para que le hiciese caer en pecado. Guillermo recibió a su visitante en una habitación con chimenea al fondo, donde ardía un gran fuego. Tan pronto como la mujer empezó a ejercer sus artes de seducción, el santo se encaminó hacia la chimenea, apartó las brasas con sus dos manos de manera que formó una angosta brecha en la hoguera; en aquel espacio se tendió e invitó a la tentadora para que se echara junto a él. Al verlo entro las llamas, la mujer comenzó a proferir gritos de horror; pero instantes después quedó muda de asombro, porque Guillermo se alzó de entre las brasas y salió de la chimenea completamente ileso. Aquel milagro hizo que la mujer se arrepintiera: renegó de su pasada vida de pecado y no tardó en tomar el velo en el convento de Venosa. El rey Rogelio, por su parte, dispensó su absoluta protección al santo, ayudó generosamente a sus monasterios y él mismo hizo fundaciones nuevas que entregó a san Guillermo para que las gobernase.
El santo finalmente murió en Guglietto, el 25 de junio de 1142. No dejó ninguna constitución escrita, pero el tercer abad general de sus comunidades, Roberto, redactó un código de reglamentos y puso a la orden bajo la regla de los benedictinos. El único, de entre los muchos monasterios que fundó san Guillermo, que existe todavía es el de Monte Vergine. En la actualidad, pertenece a la comunidad benedictina de Subiaco y, en su iglesia conserva una pintura de Nuestra Señora de Constantinopla que es muy venerada.

Nació en Vercelli, Italia, en 1085. Procedía de una familia piamontesa de noble ascendencia. No pudo gozar de sus padres porque le dejaron huérfano tempranamente; entonces se hicieron cargo de él unos familiares. La vida austera con su sacrificio le llamaba invitándole a emprender esa vía cuánto antes. Tanto le urgía que, siendo un adolescente, con un rasgo de madurez inusual a esa edad, renunció a la herencia que le correspondía y se dispuso a peregrinar a Compostela; como tantos romeros quería postrarse ante la tumba del apóstol Santiago. Llegar a España en esa época era toda una hazaña, como él constató. Sin embargo, debieron parecerle una minucia las dificultades ya que, a las inclemencias meteorológicas y penalidades del camino, añadió un instrumento de penitencia que ciñó a su cuello para mortificarse: dos aros de hierro forjados por un hábil herrero con un resorte que le permitía desprenderse de ellos cuando lo deseaba. Más de un lustro tardó en llegar a su destino. Un periodo que le permitió profundizar en el amor de Dios manteniendo su presencia constante en su mente, y compartir las delicias de la unión con Él con las numerosas personas que halló al paso. Progresaba en su vida ascética y con ella iba incrementándose su devoción y piedad, una simbiosis coronada por la oración que tenía su expresión en el más completo abandono. Los pies desnudos, pan y agua por todo alimento, o, como mucho, alguna verdura aliñada exclusivamente con vinagre, y el mínimo descanso efectuado al aire libre; esto era todo lo que se permitía. Y fue fortaleciéndose, viendo cómo se acrecentaba vertiginosamente el anhelo de darse a sí mismo por amor a Dios.
Tras un periodo de tiempo impreciso de permanencia en España, regresó a Italia. Entonces se propuso emprender nueva peregrinación para llegar a Tierra Santa. De camino recorrió diversos lugares de Italia. Solía detenerse en los templos de las ciudades compartiendo la devoción de los habitantes por los santos venerados en ellos. En Taranto sufrió un grave percance; fue atacado por unos ladrones. El hecho, que juzgó providencial, le hizo comprender que tal vez su destino era otro. Mientras se reponía del asalto tuvo ocasión de dilucidarlo. Acudió a san Juan de Matera, que había fundado en Taranto una congregación regida por la regla benedictina, y le hizo partícipe de su inquietud. Juan convino con él en la pertinencia de ese episodio que parecía esconder un signo de la voluntad divina. En unos días Guillermo determinó renunciar al viaje y permanecer en Italia. La decisión fue corroborada con una visión en la que se le hizo ver que sería artífice de una nueva congregación dedicada a la Virgen. Despejada toda duda, buscó el lugar más conveniente para dedicarse a la meditación adoptando el espíritu del yermo.
Después de haber convivido junto a san Juan de Matera, cruzó Basilicata y llegó a Irpinia. Atrás dejaba una bien ganada fama que le persiguió por algún que otro prodigio realizado en Monteserico y en el Sasso Barisano, cerca de Matera. Huía de aclamaciones populares; sería uno de los signos que iban a acompañarle. Donde llegaba, con su virtud atraía a las multitudes. Eso le sucedió en el monte Partenio, aunque lo eligió buscando la soledad, refugiándose en una de sus cimas a efecto de recluirse en oración y penitencia. Los años de permanencia en el lugar no le permitieron lograr plenamente su propósito. Era una época floreciente para la vida eremítica, y no tardaron en unirse a él nuevos aspirantes que integraron la primera comunidad. A ésta se debe la construcción de la iglesia dedicada a la Virgen, cuyas obras culminaron en 1124; a partir de entonces, el monte comenzó a denominase Montevergine. Este hombre austero, célebre también por su forma de comparecer en público –chocante para una mayoría– aherrojado con cadenas y grilletes como un presidiario, tenía como modelo a Cristo Redentor; pensaba en los atroces suplicios que padeció por el género humano. Como no le asustaban las penitencias del grado que fueran, la regla que dio a sus discípulos para que la siguieran en su día a día, impregnada por este sentimiento, y fundamentada en la de san Benito, no contentó a todos. Y eso que había proporcionado a los suyos pautas claras, sencillas, inspiradas en el Evangelio, como las siguientes: «Soy del parecer, hermanos, que trabajando con nuestras manos nos ganemos la comida y el vestido para nosotros y para los pobres. Pero ello no debe ocupar todo el día, ya que debemos encontrar tiempo suficiente para dedicarlo al cuidado de la oración con la que granjeamos nuestra salvación y la de nuestros hermanos».
Guillermo perseguía el sosiego requerido para dialogar con Dios. Cuatro años más tarde, abandonó Partenio y se dirigió a Goleto. Allí creó un monasterio para mujeres, atendidas espiritualmente por varones. Fue otra estación de paso. A partir de ahí, emprendió una constante peregrinación por Irpinia, Sannio, Lucania, Apulia, donde, junto a Juan de Matera, fundó Monte Laceno, y Sicilia. En todas los lugares quedaba marcada la huella de sus muchas virtudes. Los monasterios que erigía tenían la misma regla. Una vez que estaban en marcha los dejaba bajo custodia de un prior, y se encaminaba a realizar nueva fundación; ese fue siempre su criterio. El rey normando Rogelio II de Nápoles, que logró unificar Sicilia, Calabria y Apulia, le tuvo en gran estima; lo nombró consejero. En todo momento gozó de su protección y generosa ayuda para sus fundaciones, y Guillermo se hizo cargo de otras que el monarca puso bajo su amparo. Murió con fama de santidad en Goleto el 25 de junio de 1142. Su culto fue aprobado por la Santa Sede en 1728 y lo difundió a la Iglesia en 1785. En 1807 sus restos fueron trasladados a Montevergine. Pío XII lo declaró patrono de Irpinia en 1942.

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