viernes, 30 de junio de 2017

Tom Gauld

Tom Gauld

El futuro ya se fue

Aunque de niño nunca quiso ser astronauta, el escocés Tom Gauld confiesa tener nostalgia por el futuro tal como se lo imaginaba hace no tanto tiempo, con autos voladores y viajes espaciales cotidianos. Dueño de un humor impasible y melancólico, colaborador habitual tanto del diario The Guardian como de la revista New Scientist, en su recién editada Un policía en la Luna (Salamandra) cuenta la historia del último habitante de una colonia lunar fracasada, junto a un psicólogo robot y una máquina automática de café.

 En el mundo según Tom Gauld, la princesa Leia le pide a Luke Skywalker que la ayude a destruir el malvado imperio galáctico, pero él responde que hará algo mejor: lo dejará en ridículo escribiendo una novela satírica. Romeo y Julieta se salvan gracias a una cuenta de Skype. Y un viajero del tiempo construye una máquina para sacarse selfies con un hombre de las cavernas. En la era de la post verdad y del mundo visto a través de pantallas portátiles cada vez más pequeñas, al dibujante Tom Gauld parece obsesionarle otro tipo de espacio temporal. Uno en el que las ciencias intentaban dar sentido a lo incomprensible del mundo y la tecnología era un evento que, con asombro y optimismo, empezaba a asomarse en lo cotidiano. Esa época no tan lejana en la que se pensaba en un futuro metalizado: en tostadoras parlantes, autos voladores y patinetas a propulsión. “Aunque no se si de niño yo quería ser astronauta, en realidad solo quería dibujar”, reflexiona Gauld, al teléfono desde su estudio en Londres. “Crecí a principio de los ochenta y me gustaba mucho la ciencia ficción, en ese momento los libros tenían una mezcla muy curiosa de hechos científicos reales y de fantasía. Creo que, hasta ese entonces, aun se sentía en el aire una idea diferente del mundo. De que algún día, cuando fuesemos adultos, sería lo más normal pasar unas vacaciones en la Luna”, confiesa el autor. Ahora, recién empinado en la cuarta década, su forma de vacacionar en el espacio es sujeto a la fuerza de gravedad más poderosa: la que ejerce su escritorio de dibujo. El mismo que está ubicado en un estudio londinense que comparte con casi veinte personas, aunque a él no le moleste en absoluto, asegura, son todos dibujantes tan silenciosos como él. 
Se dice que las personas calladas tienen las mentes más estridentes, y así lo corrobora este autor que se pasó la infancia dibujando robots espaciales en un pueblito al norte de Escocia y que, como entusiasta de la literatura y curioso de las ciencias exactas, se ha construido a si mismo uno de los nombres más interesantes y reconocidos de las artes gráficas actuales. Tanto a través de sus divertidísimas y eruditas tiras semanales sobre literatura, política y arte, que se publican hace más de una década en el diario británico The Guardian, como en sus incursiones en el humor para amantes de la ciencia en la revista New Scientist. O a través de sus apariciones en The New York Times y de sus flamantes dibujos de tapa para The New Yorker. Conocido ya por burlarse –con malicia pero también con verdadero amor de fan– no solo de los escritores y de su oficio (y los científicos y el suyo), sino de las acaloradas batallas entre las ciencias y la religión, o entre la vanguardia y el costumbrismo literario. Y también, por sus escenarios predilectos y tan poco comunes en las tiras que a menudo publican los periódicos: los históricos, los bíblicos o las distopías futuristas. Pero lo que quizás más sorprenda a sus lectores es que en la era donde el cinismo acapara más likes, este autor extraño responde con una gran humanidad. Personajes pequeños que habitan universos distópicos. Melancólicas historias de ciencia ficción donde, en vez de rayos láser, hay astronautas depresivos. Y una encantadora fe curiosa y esperanzada en las ciencias, que a uno lo hace preguntarse si este autor no vive en una burbuja de látex atascada en el entresiglo. “Me doy cuenta que las historias que me interesa contar siempre tratan sobre temas ordinarios, más sensibles y humanos que de ciencia ficción” dice Gauld. Y agrega con un refrescante entusiasmo infantil “Pero lo que pasa es que me gusta demasiado dibujar batallas bíblicas y expediciones espaciales”.
   Nominada a tres categorías del premio Eisner, su segunda novela gráfica acaba de ser publicada en español por Salamandra Graphics. Al igual que un pueblo perdido que comienza a vaciarse al quedar fuera del recorrido de un tren o una autopista, Un policía en la Luna cuenta la historia del último de los habitantes de una colonia lunar fallida que empieza a ser evacuada. Gauld recuerda que tuvo esta idea rondando por bastante tiempo antes de decidirse a realizarla. Fue después de que, scrolleando en internet, casualmente encontrara a la venta un pequeño set de juguetes de hojalata de los años sesenta. Entre ellos, un deslumbrante y retro autito lunar envuelto en una burbuja protectora y comandado por un pequeño robot tan brillante como el vehículo. En esa patrulla espacial, reconoció toda la efervescencia y el optimismo de las primeras expediciones norteamericanas al espacio, antes de que el sinónimo de tecnología fuese establecer cuántos segundos puede durar un video en snapchat y antes de pensar si quiera, que por cuarenta años y contando, nadie volvería a pisar la Luna otra vez. La extraña melancolía de esa imagen, la de un hombrecito inspeccionando en soledad los misterios del espacio, inspiraron al protagonista de esta novela: un taciturno policía que soñó con vivir en la Luna y que ahora observa el fracaso, o más bien el desinterés, por lo que alguna vez fue la épica de la carrera espacial. “El hecho de que el juguete aun existiese, ahora que vivimos en el futuro pero que no vivimos en la Luna, que la tecnología no ha resuelto todos nuestros problemas y que tampoco esperamos que lo haga, me hizo pensar en esta historia sobre una colonia lunar que fue posible pero que ahora es abandonada. Intenté imaginar cómo hablar de este sentimiento generalizado que algunos tenemos, un extraño tipo de nostalgia acerca de que el futuro nunca llegó”. Por eso, un psicólogo robótico, un perrito lunar o una máquina de café parlante, son algunos de los compañeros del protagonista, ciertamente más mundanos que espaciales. Y, confiesa el autor, no le molesta engañar un poco a los lectores que convencidos por el título del libro, lo abren en busca de las explosiones de la ciencia ficción, y en cambio encuentran una máquinas de donas fuera de servicio y una serie de personajes deprimidos. Increíbles y divertidos personajes tan alargados y nerds como su autor, y tan inexpresivos a la usanza de la comedia deadpan como Buster Keaton en versión espacial. “Con suerte, espero que mis protagonistas sean extraños. Oscuros y esperanzados” dice Gauld. “Si intento hacer algo demasiado serio simplemente fracaso y si Un policía en la Luna no tuviese sentido del humor sería un bajón para todos” se ríe. Por eso la novela, es una mezcla de melancolía por el futuro y algo de esperanza en el presente que –en pleno ocaso de la fe ciega en las ciencias– enuncia que si ya no hay dios ni tecnología para salvarnos, quizás las relaciones humanas podrían. 
   Apostando por la economía de sus dibujos, sin pretensión pero tremendamente efectivos, Gauld logró condensar un estilo propio que cultivó desde que estudiaba artes en el Royal College of Arts. De sus primeros ídolos, recogió la callada sensibilidad humana de Daniel Clowes y el poder sincrético de Chris Ware. El humor de Kurt Vonnegut y el espíritu inquietante de Stanley Kubrick. Y junto a su amiga Simone Lia, fundó el sello editorial independiente Cabanon Press, famoso por su divertida serie de “cómics muy pequeños”: El monstruo peludo, El robot gigante o Robots, Monstruos, etc son algunos de los primeros títulos del autor, solo por si quedaba alguna duda sobre sus intereses primordiales. Eso fue antes de publicar en algunos de los periódicos más poderosos del mundo, en los que con la simpleza de sus trazos y lo ambicioso de sus ideas, Gauld se ha hecho famoso por su insistencia en ignorar la barrera que supuestamente opone la complejidad de las ciencias o la alta cultura, para sublimarlas en el lenguaje de la cultura popular. Donde Coetzee y Kanye West pueden compartir la misma tira, así como Charles Dickens y un robot gigante espacial. O donde el mismísimo Dios puede leer El espejismo de Dios de Richard Dawkins. Gauld confiesa que odiaría dibujar una calle del Londres contemporáneo, y que en este momento se encuentra trabajando en una novela gráfica ubicada en el Medioevo. De eso, aun no puede revelar demasiado, pero sí adelantar sobre su nueva colección de tiras que estará en librerías en octubre y que ha bautizado Baking with Kafka (Horneando con Kafka). Una compilación que le sigue a Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora, el premiado libro que reúne una primera tanda de trabajos publicados en The Guardian y que también fue editado en español por Salamandra. “Aunque siempre me gustó dibujar, recién en la universidad me di cuenta que podía usar esas imágenes para contar historias. Desde entonces he dedicado mi carrera a intentar dominar ese difícil arte. Aunque con el tiempo lo he encontrado disfrutable, puede ser realmente una tortura”, se impacienta. En el libro, no se hacen esperar las cavilaciones sobre el mismo oficio de la escritura. Hemingway con resaca, Virginia Woolf enojada con las adaptaciones al cine (¡Las escenas de baile y los finales felices están prohibidos!), o los divertidos consejos para escritores neófitos. “Tengo un montón de esos problemas, creo que por eso nace la broma, porque yo me siento así siempre que leo a alguien hablando sobre la escritura”, cuenta Gauld. Muchas de esas tiras hablan sobre su propia experiencia como artista y también como lector, sobre la pereza, charlar sobre libros que uno no ha leído o distraerse con robots parlantes. Y por supuesto, sobre la serie de portazos que le dieran las editoriales antes del despegue de su carrera: “¡Lo que pasa es que le tienen envidia a mi mochila voladora!”, les grita un escritor de ciencia ficción flotante a unos súper exitosos escritores de literatura formal, en la tira que da nombre a su libro. Toda una declaración de principios de este autor sensible y extraño que entró a la novela gráfica por la puerta ancha: subvirtiendo un texto de la mismísima Biblia. Uno bastante impensable, donde reinventaba el mito de David y Goliat desde el punto de vista del malvado gigante, acá convertido en apacible y bonachón. “Creo que si Un policía en la Luna trata de tomar algunos clichés de la ciencia ficción y darle un giro, Goliat intenta hacerlo con la historia bíblica. Me gusta la idea de que la mayoría de la gente ya conoce muy bien este relato desde el punto de vista de David y esperan un final más positivo. Pero bueno, no se los doy”, se ríe Gauld. Pero aclara, un poco más luminoso, sobre su obra: “Si bien me interesa la soledad y cierto pesimismo de la vida moderna, creo que es importante que en cada historia haya tanto de depresión como de esperanza”. 

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