En la presentación del libro sobre los 30 años de La venganza será terrible, Gabriel Rolón definió a Alejandro Dolina como “el artista más grande de Argentina”. Aunque los elogios que provienen de amigos –como en este caso– tienen un valor añadido difícil de rechazar, Dolina prefiere desentenderse de la marea de halagos en la que se ve sumergido casi diariamente. “Lo que pasa es que tengo la sospecha de que mienten” confiesa. “Primero porque, a pesar de que tengo una buena opinión acerca de mí, también conozco los límites dentro de los que habito. Pero también sucede otra cuestión: cuando veo que esos elogios no se traducen en un beneficio, digamos, espiritual, no tengo más remedio que sospechar de ellos. He estado en programas de queridísimos amigos que me propinaron cosas parecidas a las de Rolón, pero al día siguiente dicen ‘vamos a nombrar escritores argentinos’, mencionan a 75 y yo ni aparezco. ¿Entonces qué sentido tiene que me dedique a escuchar elogios? Me incomodan porque no los creo. Pero no porque no crea en mí, ojo. Lo que no creo es que ellos también lo crean”. 
Algo parecido sucede cuando en determinadas entrevistas le tiran por la cabeza preguntas de gran complejidad, como si Dolina fuera un oráculo capaz de contestar con repentismo, precisión y brevedad. O a lo mejor él posee esa destreza y los impedidos de comprenderlo seamos nosotros: en una reciente entrevista en vivo para la televisión española, el presentador le pidió que sintetice “cómo son los argentinos” y Dolina lo resolvió con cuatro acordes. Se trataba de una evidente progresión armónica propia del tango y el ciclo, que tenía un numeroso público en una tribuna, estalló en un aplauso al otro lado del Atlántico. “Fue una salida para no quedar tan mal”, dice con modestia. “Porque una cosa es ser poético y otra muy distinta es ser preciso. Si yo explico al tango como “un sentimiento triste que se baila”, estoy formulando una bella frase poética... pero no salimos sabiendo lo que es realmente el tango. Salimos, eso sí, más ricos, pues hemos disfrutado de un gesto poético de Discépolo. Pero si antes de escuchar esa frase no sabíamos lo que era el tango, seguiremos igualmente sin saberlo. Digamos que nos iremos tan conmovidos como ignorantes.”