“¿Lo publicado por mí? Poesías, narraciones, una novela, ensayos, biografías, conferencias, críticas, teatro, historia, pensamientos…He borroneado montañas de papel”, comentó alguna vez el escritor argentino Arístides Gandolfi Herrero, nacido en La Plata el 20 de junio de 1889 para referirse a una producción numerosa y varia- al punto que todavía hay inéditos suyos-, que firmó con el nombre de Alvaro Yunque. No fue el único seudónimo pero sí el que quedó fijado en la literatura argentina para uno de los integrantes del grupo de Boedo en la década de 1920 cuando inició la publicación de sus libros, algo que con algunas interrupciones continúa hasta hoy. 
Como poeta, discutía el preciosismo de Rubén Darío, aunque no dejaba de reconocer su maestría, pero prefería el lenguaje popular en su llaneza y en lugar de princesas, la realidad cotidiana, los pobladores del barrio, los chicos. Precisamente fueron sus cuentos para chicos los que lo fijaron en el recuerdo de quienes leyeron esa vertiente que es quizá la zona de su producción más famosa. Sumó a Barcos de papel, por el que ganó un premio municipal, una larga lista de volúmenes como  Zancadillas, Los animales hablan, Jauja, Muchachos del Sur, La barra de Siete Ombúes, Ta-te-ti; Mocho y el espantapájaros, Nuestros muchachos, Niños de hoy, El amor sigue siendo niño, Laberinto Infantil, Las alas de la mariposa, Animalia. Desde la mirada de esos seres inocentes el mundo injusto que padecen se hace más nítido, la lógica de desigualdades que lo organiza resulta casi incomprensible para esos personajes destinados a padecerlas. 
Inicialmente anarquista, luego comunista, Yunque siempre manifestó su oposición a todo lo que consideraba contrario a los intereses populares. Y por tanto combatió el fascismo que vio instalarse en Argentina con la Década Infame y en el mundo de la Segunda Guerra Mundial. De larga trayectoria en el periodismo, colaborador de numerosas publicaciones como La protesta, Campana de Palo, Los Pensadores, Caras y Caretas, La Vaguardia, dirigió en los años cuarenta el semanario El patriota durante el gobierno de Edelmiro Farrel. Su inclaudicable actitud lo llevó a ser encarcelado y a exiliarse luego en Montevideo. Al inicio de su primera presidencia en 1946, Perón otorgó una amnistía general, lo que le permitió volver a Buenos Aires. Por esos años publicó Ta-te-ti. Antología poética, resultante de su labor a lo largo de un cuarto de siglo (1924-1949) y precedida de un escrito también testimonial: “Las fuerzas hostiles contra las que debe luchar toda vida humana me han permitido publicar sólo algunos de mis libros de poesía. Los más, los mejores según mi juicio, permanecen inéditos: De unos y otros espigo para formar esta antología”.
La poesía estuvo siempre, a la par que se interesó por figuras como José Hernández, el cacique Calfucurá, Juan Manuel de Rosas, Leandro Alem, Almafuerte o Aníbal Ponce, manifiestas en estudios preliminares o ensayos. Si tuvo el reconocimiento de la Sociedad Argentina de Escritores hacia el final de su vida, también fue por entonces que nuevamente cayó sobre él la censura durante la dictadura cívico-militar iniciada en 1976 que incluyó en su negra lista varios de sus cuentos para chicos. 
Esas situaciones donde la libertad que tanto defendiera se veía duramente cercenada le inspiraron sendos poemarios que hoy se publican bajo el nombre de uno de ellos, Luces malas. El otro, escrito en los cuarenta se titula Hombre esencial. Según señala el editor, compilador y prologuista, Gito Minore, había incluido parte de este último en la antología de 1949, pero repone algunos como “Oportunas reflexiones acerca de la libertad escritas en una celda de la cárcel de Villa Devoto” provenientes de los numerosos inéditos que conserva la familia. Para Minore, el poema nacido de aquella experiencia, pero incorporado al libro posterior, enlaza ambos textos en la sola imagen de prisión. Juntos ahora cuando se cumplen treinta y cinco años de la muerte del autor, se presentan en una cronología inversa, Luces malas, escrito entre 1976 y 1981 “en noche de tiranía”, es casi un grito condensado en la brevedad de cada poema, y de conjunto, una sombría síntesis de abatimiento. Más extenso, Hombre esencial, recurre en los temas sociales girando sobre un eje que es la pregunta acerca de la condición humana, mostrándola en grandezas y miserias con matizada expresión, no sólo por formas afirmativas y exclamativas sino también por la mezcla de flexiones del español -el uso del vosotros, por ejemplo- con el voseo. Esta amplitud de registro léxico caracteriza una poesía que, atenta a cuanto hubo leído pero simultáneamente al habla de la calle, pudo incorporar expresiones corrientes y lunfardo, lo que asimismo se ve en los relatos. Como si también en este aspecto diera cuenta de la múltiple realidad que deseaba inscribir en sus obras.