miércoles, 19 de julio de 2017

BUENOS AIRES - Castillos argentinos

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Castillos argentinos

Torres, almenas, arcos y escaleras más propios de la historia europea que de las pampas dan forma a principescas construcciones trasplantadas al territorio bonaerense como si hubieran viajado en el tiempo y el espacio. Algunas se visitan y hasta se convirtieron en hotel; otras quedaron abandonadas o están vedadas a la vista del viajero.


La pampa tiene el ombú. Pero también tiene el castillo, legado de aquellos tiempos en que la generosidad de las tierras argentinas había popularizado en Francia la expresión “riche comme un Argentin”: rico como un argentino. La fortuna de un puñado de familias les permitía, efectivamente, levantar prácticamente en medio de la nada mansiones principescas con reminiscencias del Renacimiento francés –tal vez la iconografía favorita de la oligarquía sudamericana– o de un eclecticismo a toda prueba. Así nacieron cascos de estancia que se dirían auténticos castillos del Loire; mansiones de campo levantadas como cotos de caza del Viejo Continente y almenadas construcciones que semejan sedes de improbables reinos asentados sobre la lisa superficie de la provincia de Buenos Aires. Algunos funcionan hoy como hotel, otros fueron cerrados o son solo de uso privado, y unos cuantos están abandonados, soñando tal vez con que todo tiempo pasado fue mejor. 
GUERRERO POR TRES La historia de Felicitas Guerrero, la “mujer más bella de la Argentina” según se decía a fines del siglo XIX, se multiplica en varias mansiones suntuosas que fueron escenario de su vida y trágicas andanzas: primero un casamiento a los 15 años con Martín de Álzaga, que la triplicaba en edad; luego una temprana viudez, y finalmente su muerte bajo las balas del despechado pretendiente Enrique Ocampo cuando apenas tenía 25 años. Uno de esos castillos, inicialmente llamado San Carlos, fue construido en Domselaar (partido de San Vicente) después de la muerte de Felicitas, como consuelo para su familia. La encargada de contar la historia es Josefina Guerrero, sobrina nieta de la víctima de aquel femicidio decimonónico, que evoca la historia verdadera todos los domingos por la tarde en visitas guiadas que pasan por habitaciones donde se conservan objetos de Felicitas y un retrato póstumo. Pero sobre todo, reliquias como el revólver con que la mató Enrique Ocampo en su quinta de Barracas. Sin embargo este castillo (cuyos datos se visita se pueden consultar en www.castilloguerrero.com) no es el único vinculado a la historia familiar: sobre la Ruta 2 kilómetro 168, mano derecha yendo a Mar del Plata, se entrevé la elegante silueta de La Raquel, que perteneció también a la familia aunque fuera construida años después de la muerte de Felicitas. Esta antigua estancia, apodada el “castillo de Guerrero”, lleva el nombre de la madre de Valeria Guerrero, la fundadora de Valeria del Mar, y hoy funciona como centro de eventos y convenciones (en Facebook @LaRaquel). Lo que es menos sabido es que del otro lado de la ruta, pero varios kilómetros hacia adentro, otra estancia de los Guerrero –que para muestra de fortuna ya llevan varios botones– sigue intacta y funciona como hotel: es Bella Vista, un palacete afrancesado a orillas del río Salado, sin duda por aquel entonces un poco desubicado en las tierras que fueran de la frontera con el indio. Aquí sí la malograda Felicitas estuvo, pero en un casco anterior, ya que el actual data de 1916: de todos modos, el mito de su figura perdura en libros, retratos y varios recuerdos que complementan la visita por un bello entorno de campo y río (www.bellavistadeguerrero.com). 
FRANCIA EN LA PAMPA La silueta de castillo normando –con concesiones arquitectónicas varias– de La Candelaria ya es un clásico de Lobos. Este casco de estancia transformado en hotel permite alojarse o bien pasar un día de campo, asistiendo a una fiesta gaucha con show de danzas y exhibiciones de destreza criolla, bien acompañado de asado y empanadas. Por supuesto, todo castillo queda mejor con un fantasma que toca el piano por las noches, presencia casi indiscutida entre estas paredes de piedra que tienen más de un siglo y están rodeadas de parques diseñados por Charles Thays. El diseño, según se cuenta, es la réplica más o menos aproximada de un castillo del Loire querida por Manuel Fraga, yerno de la Candelaria que diera nombre a la propiedad. Y por supuesto, aquel "riche Argentin" que sin duda impresionaba en Francia, hizo traer desde Europa la materia prima para su castillo (www.estanciacandelaria.com). 
Celedonio Pereda, en cambio, quiso poner parte de su fortuna en un palacete Tudor normando de 3000 metros cuadrados levantado en Máximo Paz, a 45 kilómetros de Buenos Aires, sobre un proyecto del arquitecto Alejandro Bustillo. No es que le faltaran mansiones, ya que también hizo levantar el Palacio Pereda de la Recoleta donde hoy funciona la Embajada de Brasil. Pero Villa María tiene otro encanto, rodeado de campo, de parques también diseñados por Thays y ubicada frente a una laguna que refleja su imagen majestuosa. También a este castillo le tocó destino de hotel de lujo, y hoy es posible alojarse o bien pasar un día de campo con asado incluido (www.estanciavillamaria.com/es/hotel). 
MÁS FANTASMAS Ramallo también tiene un castillo, tal vez menos conocido porque no está abierto al público sino que es propiedad privada, anacrónicamente levantado por el poeta Rafael Obligado sobre las barrancas del río Paraná. Era un regalo para su esposa, Isabel Gómez Langenheim, aficionada a las novelas históricas de Walter Scott. Construido a fines del siglo XIX, estas tierras son históricas también porque aquí se produjo en 1845 la batalla clave de la Vuelta de Obligado. Tres pisos, ventanas en forma de ojiva y paredes cubiertas de enredaderas prestan el escenario para que –una vez más– florezcan aquí historias de fantasmas. Pero si en algún lugar realmente se podría creer en fantasmas no es aquí sino en Rauch, donde el Castillo San Francisco –o Castillo de Egaña, por el nombre de la estación de tren cercana– es hoy una ruina que apenas si recuerda la glorias de tiempos pasados, cuando la familia Díaz Vélez mandó su construir sus 77 habitaciones. Tras una larga decadencia, que lo dejó en un estado precario, un grupo de vecinos se propuso recuperar el parque y mantener lo que queda del edificio, que hoy se puede visitar los fines de semana y es una de las locaciones favoritas de los amantes de las locaciones fotográficas misteriosas (en Facebook, @CastilloSanFrancisco). 
Pero no solo las llanuras atrajeron a los émulos de los reyes franceses del siglo XVI: en la zona de Sierra de la Ventana (por no hablar de la más lejana Córdoba, que tiene su buena colección de castillos) se encuentra el casco de la estancia El Retiro, construido en 1904 en estilo anglonormando Con el tiempo la antigua finca ganadera, donde se producían ovejas y lana, dio paso a un hotel de siete habitaciones rodeado de una extensa arboleda, pero sobre todo cuidadosamente ambientado con mobiliario de época (www.elretiroestancia.com). Y no muy lejos está el casco de la estancia La Ventana, de Ernesto Tornquist, encargado al arquitecto Carlos Nordmann en 1903 y construido –con materiales comprados por catálogo y traídos de Europa– en un estilo de reminiscencias góticas alemanas. Una vez más, Charles Thays fue el encargado de diseñarle un parque señorial, incluyendo dos puentes para cruzar el arroyo circundante. El portal de hierro forjado que marcaba el ingreso a la estancia fue donado por la familia –aún propietaria del lugar– y hoy se encuentra y se lo puede ver en el Parque Provincial Sierra de la Ventana.

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