miércoles, 12 de julio de 2017

Charly García x Andy Cherniavsky

García x Andy Cherniavsky

Tres no more

Tres de las fotógrafas que más y mejor han retratado tanto al rock nacional como a Charly García en particular se juntan en una muestra que, apropiadamente, lleva como título Los ángeles de Charly. Andy Cherniavsky, Hilda Lizarazu y Nora Lezano han compilado un total de 200 imágenes tomadas por ellas, en su mayoría inéditas, que recorren toda la carrera de un artista que este año editó su último disco, Random. La muestra se inaugura el próximo jueves en el Palais de Glace. A modo de anticipo, en las páginas que siguen Radar invitó a cada una de las fotógrafas a elegir su foto favorita.


Estoy todo pintado de plateado en mi casa. ¿Qué hago?”
Era el atardecer de un día movido y Andy Cherniavsky ya se había resignado que además de movido, se había perdido por completo. Hasta una hora atrás, su estudio fotográfico de la calle Soler había estado poblado por alrededor de unos cincuenta periodistas de diferentes medios y hasta algunos del interior del país. La idea era hacer una sesión de fotos ante los ojos de la prensa para presentar en sociedad la grabación de Demasiado Ego, el nuevo disco de Charly en vivo al que solamente le faltaba la portada. Tenía su lógica y, como todo lo que hace Charly, su encanto. Pero García faltó y a la reunión no asistió, como el viejo capitán que estaba con Mariel.

“Teníamos iluminadores, había una puesta de luces, todo estaba preparado, solo faltaba él, pero ya habían pasado varias horas y todos se habían ido”, cuenta hoy Andy Cherniavsky. “Hasta habíamos programado todo lo que se iba a hacer durante esa tarde. Yo estaba cerrando la puerta del estudio y me iba a casa. En ese instante, sonó el teléfono. Le dije que se viniera ahora mismo para el estudio”.
Ya maquillado para la ocasión, García demoró veinte minutos en arribar; su casa se encontraba a diez cuadras del estudio de Cherniavsky. “No perdimos ni un minuto, y lo primero que hizo fue tirarse de cabeza al sofá, donde sacamos la foto de la tapa del disco. Hicimos una seguidilla de tomas en esa situación, y después empezamos a trabajar primeros planos, y ahí es donde aparece esta otra foto de él lamiendo la guitarra. Esta foto no está vista, porque ni siquiera yo sabía que la tenía hasta que la vimos con Elio Kapsuk, que es el curador de la muestra, y ahí nos dimos cuenta que era un fotón”.
García llegó con la producción incorporada. Tenía un calzoncillo pintado de plateado puesto por encima del pantalón, y todo lo que lució ese día estaba plateado por su acostumbrado aerosol. “Las uñas, la ropa, la guitarra: todo pintado”, se ríe Andy hoy desde otro estudio en el que da los toques finales a su parte de la muestra Los ángeles de Charly. De esos tres ángeles (lista que se completa con Hilda Lizarazu y Nora Lezano), Andy fue la primera a la que Charly conoció a mediados de los años 70, por intermedio de su hermano Daniel García Moreno. Confianza es lo que sobraba, como para tener el tupé de llamarla después de haberle hecho naufragar el día. “Con Andy tenemos una relación fotal”, escribió en el prólogo de libro de fotografías que Cherniavsky publicó en el 2003.
“Esta foto con la guitarra me parece super linda y cuenta un montón de cosas”, prosigue Cherniavsky, “sobre todo lo que entrega Charly en el marco de una producción fotográfica, porque con él la cosa es empezar a tirar y tirar fotos. Se le van ocurriendo ideas increíbles y hay que estar muy atenta, porque te ofrece riqueza visual y emocional todo el tiempo. Con Elio elegimos esta porque realmente se lo ve a Charly enamorado y como disfrutando de un beso con todo a su guitarra”.
Demasiado Ego fue una de las tantas resurrecciones de la carrera del artista conocido como Charly García. Su 1998 había sido bastante errático y el disco que grabó en Miami, El Aguante, daba cuenta de su estado anímico con canciones como “Kill My Mother” o “Lo que ves es lo que hay”, de las mejores en un disco que no era de lo mejor. En el marco de un ciclo gratuito llamado Buenos Aires Vivo y de una polémica con las Madres de Plaza de Mayo a raíz de una idea que el artista había manifestado acerca de arrojar muñecos desde un helicóptero aludiendo a los vuelos de la muerte, Charly se presentó en un predio de Puerto Madero ante una cantidad de gente no prevista: más de doscientas mil personas (253.000 figura como cifra histórica en el disco). En ese concierto del 27 de febrero de 1999 tocó su repertorio de siempre y rescató algunas joyitas de Sui Generis como “Música de fondo para cualquier fiesta animada” y “El show de los muertos”. Contra todo pronóstico, su performance fue de las mejores de aquella década. Y había quedado registrada.
Solo quedaba el último paso y Charly trastabilló, pero se recuperó a tiempo y llegó a lo de Andy para una función única, sin prensa, pero con todas las pilas. “Más que la sesión de Demasiado Ego, para mí es la sesión de la mutación porque desde el amor apasionado pasa a convertirse en un diablo y después se transforma en Jesucristo. Toda esa riqueza de imágenes se va a poder ver bien en la muestra, trabajamos mucho con esa sesión”.
La pregunta final es: ¿se supo por qué Charly García llegó tan tarde a aquella sesión? “Yo nunca se lo pregunté”, cierra Andy Cherniavsky. “Creo que Charly la piensa mucho antes de salir de su casa. Es una persona a la que no le es fácil salir y si sale es para hacer algo que tiene mucho valor o tiene muchas ganas de hacer. Quizás estaba durmiendo y se despertó tarde, o lograron despertarlo, y se empezó a pintar, y de repente también sintió la riqueza pictórica que le daba toda esa pintura y el valor fotográfico que podía tener. O simplemente se colgó”.

Say No More x Nora Lezano

El changuito en el balcón

 Este hermoso retrato se tomó el 13 de diciembre de 1997. Nora Lezano le pidió a Charly García que subiera a uno de los changos de supermercado que había en el balcón de su casa de Coronel Díaz y Santa Fe. Él puso una condición: que lo paseara un rato de una punta a la otra. Era un día de mucho calor. Nora había llevado siete rollos y el de la foto es uno de los blanco y negro que sacó. Por eso no se trasluce qué momento de la tarde sería, de las seis horas que pasaron juntos. Era la tercera vez que se veían. Charly tenía 46 años y Nora 27.
Se habían conocido en agosto de ese año en una suite del Sheraton, en la jornada de prensa organizada para Alta Fidelidad, el disco en conjunto con Mercedes Sosa que lanzó Charly entre Say No More y El Aguante. A Nora la había contratado la revista Mix para sacar las fotos de la nota de tapa. Ella esperaba en el hall con el corazón acelerado: tenía miedo de caerle mal a su ídolo. No le dio tiempo a prepararse cuando lo vio salir de la habitación. Charly le pasó por al lado y automáticamente retrocedió y le dijo sonriendo: “Vos me hacés acordar a alguien”. Eso la tranquilizó. Después de las fotos, Mercedes Sosa se fue y Charly corrió a tirarse a la cama. La llamó con un grito; ella estaba desarmando el equipo. Quería su teléfono. Nora le dio el del trabajo y el de su casa a cambio de que él también le diera el suyo. En esa época, además de las colaboraciones para medios de música, Nora tenía un fijo en la vieja Municipalidad de Buenos Aires. Fotografiaba cortes de cintas y manos de intendentes estrechándose. A veces los jefes de prensa la retaban por la ropa que usaba: le decían que no estaba en un recital de los Ramones. Un día de oficina uno de ellos le pasó a Charly García en el teléfono, como quien pasa a cualquier persona llamada Charly García.
Era un lunes, tres meses después del Sheraton, y Charly la invitaba a un cumpleaños el jueves. Se encontraron en Coronel Díaz; Pipo Cipolatti estaba ahí y les sacó una foto. Fue lo más cerca que estuvieron esa noche. En algún momento de la madrugada Nora dijo me voy y Charly la acompañó a la calle: “Lo miró fijo al taxista y le dijo ¡ojo, eh! Y yo me volví a mi barrio”. A los pocos días Charly volvió a llamar, esa vez a su casa. Cuando cortó, Nora le pidió a su madre que la acompañara a Coronel Díaz y la esperase abajo. Charly la había invitado a sacarle fotos. Quería chequear que estuviera todo bien. Subió al séptimo piso y enseguida bajó y dejó ir a su madre: Charly estaba de muy buen humor y la casa olía a jazmines.
“Siempre dije siete rollos, nunca había pensado que son 259 fotos”, dice Nora, veinte años después. Muchas aparecieron en su retrospectiva de 2015 FAN y no quería repetirlas en la muestra compartida con Hilda Lizarazu y Andy Cherniavsky en el Palais de Glace. En la selección que hizo para Los ángeles de Charly junto al curador Elio Kapszuk, Nora exhibe, por ejemplo, parte de una enorme cobertura en el teatro Colón y unas inéditas del disco Random. Y esta serie de tres fotos de Charly adentro de changos de supermercado: la segunda fue para una tapa de Radar del 99 y la tercera es de este año, la tapa de Billboard. “Pero la mayoría son de su casa. Queríamos que se vea la intimidad que teníamos con él. Son fotos que hablan de una relación de confianza, de respeto. Yo a él siempre lo vi cómodo, predispuesto. Me escucha, respeta lo que le digo. Hacemos las fotos que él quiere, pero también me deja ser y me dice que sí. Entonces está buenísimo que el otro confíe en la mirada de uno. Y está bueno ver qué te da el otro también. Por ejemplo las manitos así cruzadas, acá. Yo no le dije que se ponga así, fue natural. Y a mí me parece que está cómodo en el changuito, está contento”.
Nora sacó la foto después de llevarlo y traerlo por el balcón unas cuantas veces, empujando por la parte de adelante del chango. Por el encuadre parece que se detuvo y disparó directamente, pero no, porque mientras ella iba y venía, a la cámara la sostenía Charly, que le sacó una a las tiritas de su musculosa. Adentro de la casa, le preguntó si tenía algún problema con hacerle fotos desnudo. Estaban en la habitación, él en la cama, ella en el suelo. Charly se sacó la ropa y posó bajo su dirección con mucha naturalidad. Después se puso un pantalón de satén turquesa y una remera negra y salieron a comer. La foto de esa salida, cruzando la avenida Santa Fe, se podrá ver en el Palais de Glace hasta el 30 de julio. Charly de frente sobre la senda peatonal: ningún otro de los que van cruzando lo mira. Nora lo fotografiaba desde la vereda, detrás de un tacho de basura verde sujeto a un caño con calcomanías de Carlos Menem. Por Coronel Díaz viene un colectivo 128.
A los 46 años, Charly García todavía no tenía canas. A los 27, Nora Lezano llevaba el cabello por los hombros. Ese día, el 13 de diciembre del ‘97, pasó seis horas con su ídolo y le sacó 258 fotos que ni él ha terminado de ver. Desde entonces, se convirtió en el artista que Nora más fotografió en toda su carrera. Pero nunca habían trabajado juntos en un arte de tapa. Las fotos blanco y negro de Random son las primeras que le saca para un disco: en una Charly está recostado con auriculares; la otra es un primer plano de los ojos, el izquierdo por la mitad, en los dos un cuadradito blanco de luz. Una de las tardes de esa sesión se tiraron en la cama a ver la versión de Lolita de Kubrick. En un momento Charly la miró y le dijo: “Vos me inspirás”. Y Nora se lo quedó mirando y le dijo: “Vos a mí también”.

Charly x Hilda Lizarazu

Jugar con los elementos

 El ya es Charly García pero ella todavía no es Hilda Lizarazu, la de Man Ray; ni tampoco la de Los Enfermeros, banda icónica de Charly solista que pronto la tendría como corista mimada. Todavía falta para eso. Estamos a principios de los ochenta, plena primavera alfonsinista, uno de esos eventos de la bohemia porteña que Laura Ramos diseccionaría unos pocos años después en sus columnas para el Suple Sí, cuando Charly cruza una masa indeterminada de famosos medio pelo para hablar directo con ella, la joven Hilda, una fotógrafa con talento y recientemente llegada de Nueva York pero aún bastante desconocida. “Me gustan tus fotos”, le dice para el asombro de varios presentes y le describe una foto en particular: una mano extendida al cielo y detrás, las Torres Gemelas. “Imaginate mi reacción”, cuenta Lizarazu hoy, casi treinta y cinco años después. “Me vi muy sorprendida. No sólo que me conociera y gustara de mis fotos sino también que se hubiese fijado en el crédito, en quién las había sacado. Claro, después supe que eso era habitual en él, que el Charly de esa época era de estar al tanto de cierta prensa gráfica. De leer lo que salía en El Porteño, la revista Humor o la Cerdos y Peces”.

El idilio por Nueva York, ciudad que el ex Serú Girán eligió para grabar varios de sus discos más conocidos (no por nada el video de “Fanky” retrata ese feeling callejero de los ochenta que tanto lo fascinaba), y que ella conocía a fondo por haber pasado allí su adolescencia, fue lo que los conectó al principio. Y lo que los llevó a que al poco tiempo (1986) concretaran una sesión de fotos (sin un objetivo en particular, por el sólo placer de ver qué salía de esa buena onda en común, esa afinidad estética) que resultó en la foto que ilustra esta nota y que integra la muestra Los ángeles de Charly. “La foto la hicimos en el departamento que Andy (Cherniavsky) tenía en Barrio Norte. Y él llegó temprano, solo, de buen humor, muy bien dispuesto a probar distintas alternativas”, relata.
 Titulada como “No te dejes desanimar”, la imagen muestra a un Charly de impronta moderna y con indicios de fuego real en la base. “Responde a una serie en la que estaba jugando con los elementos: fuego, agua, aire. De hecho, antes lo bañamos con un baldazo de agua pero la imagen finalmente no quedó por problemas de sincronización con el flash. Se lo bancó como un campeón”, recuerda Hilda, que dos años después (y luego de grabar con Los Twist y armar Man Ray con Tito Losavio) ingresó, sí, a Los Enfermeros y cambió su vida por completo. “Entré justito para su primera gran gira Latinoamericana. Charly estaba en plenitud y llenaba estadios en Chile, Perú, Colombia, México”. Siendo casi la única mujer de la troupe (y la única en la recordada banda que compartía con Fernando Lupano en bajo, Fernando Samalea en batería, Fabián Von Quintiero en teclados y el Negro García López en guitarra) Lizarazu tenía una relación distinta con Charly. No necesariamente cercana o cómplice para las salidas post shows (“Prefería pasear de día o quedarme en el hotel leyendo un libro”) pero sí cariñosa en un plano más cotidiano y real: “Charly tenía constantemente alrededor mucha gente adorándolo. Y yo prefería mantenerme al margen de esa adulación. Y eso seguramente lo valoraba. Para mí ya era un regalo cantar con él y lo que más me importaba era poder cumplir bien con mi rol. Y creo que con la banda lo cumplíamos: todos nos preocupábamos porque los acordes fuesen los que tenían que ser y que la música de Charly sonara como tenía que sonar”.
Para la época de La hija de la lágrima (1994) y Say No More (1996), Lizarazu ya no estaba (“Man Ray había crecido mucho y ya no podía mantenerme en ambos lados a la vez. Cuando se lo dije, Charly me miró y me dijo: ‘ Te va a ir bien, está buenísimo’. Y así fue. No hubo ningún problema”), pero nunca dejaron de tener contacto a la distancia. Tal es así que para el festejo de los 50 de Charly en el Luna Park viajó desde Córdoba donde estaba radicada para dar el presente y lo mismo cuando tuvo ese efímero buen retorno con Influencia (2002), el oasis en medio de la tormenta. “Era la época más desaforada de Charly. Recuerdo que subí a cantar con mi hija a upa porque todavía no caminaba y él la festejaba, porque sabía sacar su parte más dulce cuando la situación lo requería, al mismo tiempo que vociferaba que no era hija de él”. Luego de la dramática internación post Mendoza (2008) era difícil prever qué podía llegar a pasar con Charly y menos si con Hilda iban a poder compartir algún otro momento sobre el escenario. Pero gestión Palito Ortega mediante ocurrió “el milagro” y el solista más genial del rock argentino tuvo su regreso sin tormentos en 2009 con el Subacuático de Vélez. “Me encontré con un Charly totalmente distinto: humilde, reflexivo de su propia música, dócil y bueno. ¡Muy bueno! Pero también un poco triste. Como si estar tan amansado le generara melancolía de esa otra parte corrosiva y caótica, que sin duda también era parte de él, pero que entonces no podía mostrar porque le había hecho mucho daño. Seguía faltando un equilibrio, se ve”, reflexiona Lizarazu que tanto antes como ahora mantuvo el mismo tipo de relación con García: afectuosa, pero sin histeria. “Para mí él es una de las personas más importantes porque formó parte de muchos años de mi vida”, dice sin vueltas. “Compartir esta muestra con dos grosas como Nora y Andy era todo un desafío. Yo dejé hace mucho la fotografía y revisar los viejos negativos de aquella época me generaba inquietud. ¿Podría estar a la altura? Por suerte, apenas me puse a trabajar las dudas se disiparon. Y hoy estoy feliz. Porque el Charly que encontré, que capté en estas fotos, creo que vale la pena”.

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