miércoles, 26 de julio de 2017

Diana Szeinblum

Diana Szeinblum

Bailar la patria

La coreógrafa Diana Szeinblum trabajó como bailarina con Oscar Araiz y Pina Bausch y tuvo que dejar las tablas por cuestiones de salud: desde entonces, se dedicó a pensar la danza. El año pasado estrenó la emocionante puesta Mi contundente situación, donde se podían ver dúos integrados por un bailarín profesional y un pariente cercano: madre, padre, hijo, hermano. Y ahora presenta Adentro!, una investigación sobre las danzas nacionales que ahonda en otra filiación: la idea de pueblo y de identidad nacional.


Un hombre, una mujer, una mesa, una silla y un cable: dos solos continuados, primero ejecutado por el hombre, después por la mujer. El espacio de a poco se transforma y uno empieza a sentir que la silla, la mesa, el cable tienen una vida misteriosa a ser descubierta. Un grupo de espectadores son llevados en micro hasta un astillero naval: los barcos enormes y el río por delante y las personas llamadas a mirar ese paisaje, a dejarse llevar por él. Bailarines profesionales mueven los cuerpos de su madre, de su hermana, de su hijo: algo emocionante sucede, algo de otro orden que deja a los espectadores con lágrimas en los ojos. Y la última: tres intérpretes deconstruyen las danzas folclóricas argentinas: ¿qué cuerpo se necesita para bailar las danzas del pueblo? ¿Qué cuerpo es el pueblo? Éstas son las últimas obras de la coréografa Diana Szeinblum, un recorrido donde las preguntas acerca de la pertenencia, lo instintivo, lo aprendido y lo inmanente a los cuerpos de todos en relación con lo que nos rodea es llevado a un grado sublime de belleza y concisión. Pocos artistas en Argentina tienen la agudeza, la sensibilidad y la capacidad para generar un cuerpo de obra conceptual y emocionante como Szeinblum. Un caso particular que no se da con tanta frecuencia: puede ser hiper minuciosa e intelectual y producir obras abiertas, que pegan directo en algún lugar donde entendimiento y emoción van juntos. Ahora, está presentando Adentro!, una investigación sobre las danzas nacionales que ahonda precisamente en el interior de esos cuerpos que se entrenan para ser ‘el cuerpo argentino’, el cuerpo necesario para bailar la patria, el origen, el ideal o el imaginario de un pueblo: una idea de cuerpo y paisaje-interior y exterior-.
Diana Szeinblum es bailarina además de coreógrafa, una de esas que dejan una impresión fuerte en quienes la miran. Trabajó con Oscar Araiz, Pina Bausch, Susanne Linke y Urs Dietrich, artistas europeos del momento donde la danza contemporánea sentó sus bases profundas. Una hernia tremenda le impidió seguir bailando y fue ahí cuando creó Secreto y Malibú, esa obra emblemática donde Inés Rampoldi y Leticia Mazur agitaban la calma chicha de un paisaje de campo y que llevaron de gira por todo el mundo durante varios años. Así, nace la coreógrafa; o más bien, hecha a un lado la bailarina, el ojo de la coreógrafa se afina. Algo que va a seguir sucediendo  a lo largo de los años, casi sin pausa: crear obra que acompañe a las preguntas de la vida, que sea fruto de un interior que evoluciona, que aprende, que deshecha y adquiere cosas, obra viva en el mejor de los sentidos. Siguieron varias obras, varias giras, y un estilo que se fue volviendo garantía de búsqueda. Puede gustar o no, pero en las obras de Szeinblum hay algo, pasan cosas. Hubo un momento en el que el trabajo dio un giro, obras volcadas ya no hacia el interior de la creadora sino al interior de lo que tiene cerca: personas, espacios y cosas. “Haciendo Una cosa por vez entendí que lo que me preocupa ahora es ocuparme de lo que las personas naturalizamos. Cualquier relación mecanizada debería ser mirada nuevamente y transformada. Ahí hay un tesoro gigante. La tarea es cómo hacer para mirar aquello que mecanizamos”, explica Szeinblum. Sus últimas obras lograron una síntesis poderosa. El año pasado presentó en el Mamba Mi contundente situación  donde se podían ver dúos de danza compuestos por un bailarín profesional y un pariente muy cercano: madre, padre, hijo, hermano. Un bailarín movía el cuerpo de su madre ya anciana, lo cargaba, se dejaba acariciar, había algo de primario e inmenso en ver dos cuerpos tan cercanos, pero alejados físicamente por la convención y el tabú. Una bailarina anunciaba: ‘mi padre y yo’ y entonces, se movían, el cuerpo entrenado, el cuerpo sin entrenar. “A los bailarines les pedía que vieran el cuerpo de su familiar como si estuvieran manipulando a otro bailarín; que abandonaran todo tipo de relación, que no se hicieran cargo. Que nosotros supiéramos que eran padres e hijos o hermanos, pero que ellos se ocuparan de ese cuerpo como un cuerpo: respiración, proximidad. No fue fácil, al principio no se querían tocar. Después de que crecemos no nos tocamos más, en el mejor de los casos nos abrazamos. El trabajo era observar que el cuerpo es otra cosa, poner por delante la idea de cuerpo, que siempre va tanto por detrás. Hablar desde el cuerpo es algo que se hace muy poco.”
Los cuerpos y lo que los rodea: lo que los afecta quitándole toda psicología. Ver qué hay en esa relación de uno con las cosas: una tradición, un vínculo, un espacio. Esa premisa, sencilla a primera vista, se vuelve gigante y reveladora. Algo que la danza contemporánea puede hacer, generar una comprensión súbita en el que mira. No ya ligada solamente a cuestiones estéticas o de virtuosismo físico, sino como posibilidad de abrir a otra manera de comprensión de un cuerpo en una época y en un momento dado. Algo de la naturaleza humana revelándose ante nuestros ojos sin palabras. Por eso es tan frustrante cuando se les sigue pidiendo a los bailarines contemporáneos que vuelvan a las proezas físicas, que “bailen” como si se pudiera pedirle a los artistas visuales que pinten naturalezas muertas o paisajes. 
Adentro! se está presentando después de pasar por el Teatro de la Ribera. Y en esta obra, a decir verdad, hay mucho movimiento, mucho de lo que impresiona a los espectadores que buscan virtuosismo. Pero hay más. Si antes fue la relación con ‘lo otro’, y después la relación con ese otro cercano y familiar, ahora la pregunta es por la filiación a lo que puede ser la idea de pueblo, de identidad nacional. Aquellos signos que ante su sola aparición, dibujan patria, pampa, cordillera, esteros, aunque vivamos en un dos ambientes contrafrente. Y justamente, la obra abre la pregunta de identidad inexplorada. Volver a mirar. Ver qué hay ahí que pasamos por alto. Bárbara Hang, Pablo Castronovo y Andrés Molina –los tres impresionantes intérpretes de la obra– miraron manuales folclóricos: cómo se pone el pie, cómo se adelanta la mujer, cómo la agarra el hombre. Estudiaron esos movimientos no para reproducirlos –como se hace en el folklore– sino para llevarlos a otro lugar. Lugar en el que sea posible observarlos con distancia, y a la vez con sorpresiva cercanía para revelar algo que nos pertenece.  La idea de lo colectivo e identitario se amplía: “Los tres intérpretes tienen marcados los movimientos, pero no el orden, eso se va armando in situ. Todo lo que hacen está en relación a lo que está haciendo el otro. Los tres cuerpos son uno. Me interesa una construcción que en escena se siga construyendo. Creo que ahí hay una gran ideología del trabajo: la obra es aquello que se crea en relación a lo que el intérprete y el director están produciendo juntos. Es un compromiso muy diferente. Un compromiso loco.” Loco como la idea de pueblo. Loco y poderoso. Cómo desaprender lo que un cuerpo aprendió o fue forzado a aprender. Qué dice un cuerpo de su pueblo. Y de su interior, claro. Y cómo, los espectadores, poniendo también el cuerpo ahí mismo, podemos atravesar esa pregunta, y sentir cosas nuevas. Algo vuelto a ver.

 

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