domingo, 30 de julio de 2017

Graham Swift - "El Domingo de las Madres"

 Graham Swift - "El Domingo de las Madres"

Un día de la madre

Es uno de los integrantes de más bajo perfil pero con una voz muy personal de la generación brillante de narradores británicos como Martin Amis, Ian McEwan o Julian Barnes. Desde El país del agua, Graham Swift ha llamado la atención con novelas que trabajan con la idea de un tiempo histórico y subjetivo flexibles, y combinados con mecanismos narrativos ligeros. El domingo de las madres, que acaba de publicar Anagrama, transcurre en una jornada de 1924 y está centrada en el amor entre una criada y un señorito inglés a punto de casarse, en un día cuyos efectos se prolongarán por décadas. En este breve ensayo que Radar publica en exclusiva en castellano (con traducción de Jesús Zulaika), Swift reflexiona acerca de los tiempos de la ficción y su relación con cuentos y novelas, de la rapidez y la lentitud en el trabajo del escritor, y de cómo la percepción de la Historia ha influido en sus libros.


Comparto mi apellido con un pájaro acrobático que puede atravesar todo un cielo estival en apenas segundos. Un vencejo está equipado para la velocidad de tal suerte que a duras penas puede quedarse quieto. Una vez me encontré con un desventurado vencejo joven que se había posado en un césped y que, con sus minúsculas patas y sus alas largas y pesadas, no lograba reemprender el vuelo. Lo levanté y me lo puse en un dedo, y se fue en un abrir y cerrar de ojos.
Pero soy novelista, así que también sé de lentitudes. Las novelas, según mi experiencia, tardan en llegar, y cuando las he empezado sé que pueden pasar no meses sino años de trabajo hasta que las termino. Todo novelista ha de llegar a pactos entre él mismo y la lentitud de su oficio. Los hay que se exigen un “ritmo de producción”, y para ellos es un verdadero orgullo escribir, pongamos, un libro al año, pero pienso que la mayoría de nosotros, después de haber escrito dos o tres novelas, se hace la reflexión filosófica de que en una vida media producirá un número finito -y no exorbitante- de novelas, y que el quid de ser novelista no estriba en ver cuántas eres capaz de escribir o lo rápido que puedes escribirlas.
Escribir narrativa ofrece, a fin de cuentas, la posibilidad de elegir. Si buscas resultados rápidos y la emoción de la velocidad puedes decantarte por escribir relatos. Opción que no resulta tan sencilla, ya  que muchas historias, por breves que puedan ser, requieren un trabajo prolongado si se desea alcanzar un resultado satisfactorio. Sin embargo, es posible escribir una narración corta, o un primer borrador, al menos, en una semana, un día o incluso unas cuantas horas intensas.
Al comienzo de mi vida de escritor escribía solo relatos. En aquellos años tempranos la promesa de un resultado rápido, de muchos resultados rápidos, era sin duda una razón para dar satisfacción a tal preferencia. Sencillamente era incapaz de visualizar el largo y singular tramo total de una novela, y menos aún de concebir cómo se concebían realmente las novelas. La rauda recompensa de las narraciones cortas llevaba aparejadas muchas decepciones también rápidas, pero así es como se aprende -a fuerza de errores-, y un cuento fallido nunca entraña más que un disgusto pasajero. No así una novela que naufraga en la página 75.
Sería un error dar la impresión de que los relatos son un empeño menor, secundario y adecuado solo para el trabajo de aprendizaje. Una parte de la gran literatura son narraciones cortas, y yo incluso sostengo que el relato es el medio literario primario y más profundamente enraizado. Nos llevamos contando historias (“Me pasó una cosa muy graciosa...”) desde que se inventaron las lenguas. La novela es una invención reciente, de nuevo cuño. Un empeño de especialistas.
Yo podría haber sido -exclusiva y felizmente- un escritor de relatos. Cuando me vi, para mi sorpresa, escribiendo una novela, y luego otra y luego otra, y convirtiéndome en novelista, sentí una punzada recurrente, pues el precio de tal sintonía con la novela parecía ser la deserción del relato -su deserción de mí o mi deserción de él-. Y eso duró décadas. Mi primer -y cada día más verosímilmente último- volumen de relatos se publicó en 1982. No fue hasta hace unos años cuando -habiendo escrito apenas un puñado de ellos desde entonces- volví a verme enfrentado a un auténtico aluvión de narraciones cortas. Por qué tuvo que suceder cuando sucedió no sabría decirlo, pero ahí estaba yo otra vez del todo inmerso en la forma literaria de las piezas breves, experimentando, gratamente, esa sensación de apremio gozoso que son capaces de procurarte -tanto ellas como el modo en que una historia puede encadenarse con la siguiente-. Antes de que pudiera darme cuenta, tenía los relatos necesarios para un libro: caí en la cuenta de que estaba elaborando un libro y que no quería publicar ninguna de las piezas por separado. Aquel libro, Inglaterra y otras historias, se publicó en 2014, treinta y dos años después de mi primer libro de relatos.
¿Y qué sucedió entonces? Me habría hecho feliz, y aún me haría feliz, seguir escribiendo historias de este tipo. Pero el aluvión parece haber cesado con aquel libro. Entonces, de pronto, un día empecé algo. Sabía con absoluta certeza que no iba a ser un relato, que iba a ser una novela. Pero sabía también, con absoluta certeza -¿era algo que el aluvión de relatos de entonces trajo consigo de algún modo?-, que sería una novela muy corta. Se titularía -y hasta el título llegó rápidamente y sin vacilaciones- El domingo de las madres.
Lo cual me hace volver a la idea de rapidez. Olvídese por un instante el producto final, su extensión o el tiempo real que ha llevado escribirlo; aquello, ese algo vital que es causa y origen de todo, la imaginación, es extraordinariamente voluble en su prontitud y cadencia. Puede estar inactiva, durmiente, inmóvil durante meses, incluso años, y de súbito, sin aviso previo, realizar  su trabajo en escasísimo tiempo. Diría que, sin premonición alguna de ningún tipo, tuve El domingo de las madres, sus componentes esenciales, su concepción total, en cuestión de minutos. Aún me quedaba por delante mucho trabajo, pero éste se vería sustentado por un impulso ilusionante, impelido -creo- por la intuición indesmayable de que aquel texto, aunque sería una novela de pleno derecho, densidad, hondura y alcance, seguiría no obstante siendo breve. Tuvo poco más de 130 páginas (por alguna razón misteriosa la edición norteamericana superó las 170), y aunque tardé como un año en concluirla, y empleé una buena parte de él en reducirla, ha sido la novela que con más celeridad he escrito en mi vida.
La idea de rapidez, de duración, en la narrativa se halla cargada de complejidad y paradoja. La rapidez del escritor, o su lentitud, difiere extraordinaria y necesariamente de la del lector. Una novela que al escritor le ha llevado años escribir puede leerla el lector en un día, incluso en horas. Un pasaje que el escritor puede haber tardado semanas en perfilar causará quizá su efecto en el lector en un instante, y acaso será tan sutil que este no lo percibirá conscientemente. Las vibraciones de pensamiento y sentimiento que una simple frase en su contexto puede desencadenar en el lector pueden ser quizá demasiado rápidas para medirse. “Parece que lo estás viviendo”, suele decirse de una lectura grata.
Sin embargo, por lo general consideramos la lectura una actividad innatamente lenta -a veces ni siquiera la consideramos una actividad-. La realizamos de forma estática, en una silla o en la cama. La realizamos “en nuestro tiempo libre”, y le dedicamos tiempo. Aparentemente controlamos el tempo. Pero una novela puede llevarnos involuntariamente fuera del tiempo habitual y permitirnos habitar esa zona extraña que no es estrictamente temporal. Supone un halago para un libro decir que parece que detuviera el tiempo. El mayor acicate para la lectura podría ser el deseo de saber qué va a suceder a continuación, pero pobre e insatisfactoria sería la novela que solo nos apremiara en tal sentido. Una novela buena es como una pausa bienvenida en el fluir de la existencia. Las novelas pueden quedar en nosotros hasta mucho después de haberlas leído; incluso, y quizá especialmente las novelas que nos incitan a leer -al margen de otras consideraciones- de una sentada. Los lectores, a veces, llevan la cuenta de las páginas mientras leen, pero no creo que miren el reloj para ver cómo se les escapa el tiempo.

Una buena novela, en suma, nos libera de la tiranía de nuestro sentido del tiempo. Es como una pequeña vida dentro de la vida, que obedece a las leyes propias y permisivas de la física narrativa.
Y se da otra paradoja. El domingo de las madres se centra en detalle en un solo día, si bien se abre hasta abarcar una vida entera de cerca de cien años. La novela que la precedió, Ojalá estuvieras aquí, pone su punto de mira en unos cuantos días cruciales, aunque gran parte de ella discurre de hora en hora y hay episodios que acontecen en el mismo espacio de tiempo que el lector emplea en leerlos. Pero en otro nivel abarca, asimismo, vidas enteras e incluso más de una generación.
La novela anterior a Ojalá estuvieras aquí ocupa, superficialmente, el breve espacio de una noche de verano, aunque es de memoria larga y está particularmente preñada (una palabra funcional dado el tema de la novela) de sentido de futuro -razón por la que se titula Mañana-. La novela anterior a Mañana se expande también a lo largo de años (incluidos los de una pena de prisión) y vidas, pero al mismo tiempo acontece en menos de veinticuatro horas -no en una noche de verano, sino en un día brillante y frío de noviembre (de ahí el título: La luz del día).
¿A qué apunta todo esto, incluso los propios títulos “día”, “aquí”, “mañana”? A algo muy cercano a la palabra “ahora”. El patrón, o instinto, está en otras novelas mías; en Últimos tragos,  e incluso en la primera: The Sweet Shop Owner (El dueño de la tienda de golosinas). Y mis novelas, ciertamente, no son únicas en tal sentido. Muchas novelas, algunas de ellas muy largas -pienso en el Ulises-, al tiempo de lograr altas cotas de hondura y proyección, han habitado el fluir de las horas.
¿Hay en la novela algo que anhela ser un relato? ¿Al igual que un relato puede anhelar prolongarse, trascender sus propios confines e invocar vidas enteras? La respuesta a este interrogante está en la palabra inmediatez -la materia nutricia de la ficción, sea larga o corta-. Para el lector atrapado por la inmediatez de una novela, su duración o la cronología será algo de una importancia menor. Poco importa si la trama se desarrolla en cien o trescientas páginas o si discurre hace cien o trescientos años; lo que importa es que transmita la impresión de que está sucediendo ahora.
Sin cierto grado de inmediatez una novela será fallida, se convertirá en una pesadez. Creo que de alguna forma todas las novelas aspiran a una especie de presente de indicativo perpetuo, y que por eso las buenas novelas son “releíbles”, y siempre nos transmiten la sensación de estar transcurriendo “ahora”. Quizá de alguna forma, también, los novelistas, al tiempo que quieren hacer muchas cosas y se embarcan resueltamente en la empresa larga, compleja y extenuante de escribir una novela, quieren llevar a cabo algo rápido, sencillo e imposible: alargar la mano, por así decir, y agarrar la materia misma de la vida, para brindarla en un puño al lector y decirle: “Aquí tienes”.
La inmediatez trasciende la rapidez: está ahí, sencillamente.  El título de Ojalá estuvieras aquí se lo puse por muchas razones, pero una de ellas fue que quería que sugiriera mi deseo de situar al lector “ahí”, que lo que la novela cuenta le estuviera sucediendo a él. Del mismo modo que la ficción es capaz de lograr una suerte de presente de indicativo permanente, puede lograr también una elisión del punto de vista. Una narración puede (salvo en algunos casos contados) escribirse en primera o tercera persona del singular, pero una vez que se convierte en la historia del lector -una vez que le está sucediendo también a él- adquiere una primera persona del plural implícita, se convierte en -o se suma a- nuestra historia, la historia colectiva de todos nosotros.
Así, vemos otro ingrediente vital ligado a la inmediatez: la intimidad. Mirando mis libros de narrativa más recientes, pienso que los ha dictado un creciente anhelo de intimidad, y con ello me refiero a una mezcla del mundo corpóreo exterior y de la más íntima  de todas las materias: aquello que tiene lugar en nuestro interior. Creo que el calibre real de mi rapidez es la rapidez con la que alcanzo esta íntima fusión de lo corpóreo y lo mental –sea cual fuere el armazón narrativo.
In media res, reza la famosa frase de Horacio “En la mitad de las cosas”. Vale la pena leer los versos en los que -en Ars Poetica, al describir cómo trabaja el poeta ideal- ubica las palabras:
Temper ad eventum festinatet in media res
non secusac notas auditores rapit
(Se apresura siempre hacia el desenlace, y arrastra a sus oyentes hasta la mitad de historia, como si la conocieran de antemano.)
“Como si la conocieran de antemano” –la historia de todos nosotros–. ¡Y cómo esos verbos de premura (festinat, rapit) dan fe de la velocidad de la idea...!
Debemos también a Horacio la expresión carpe diem. Llegar rápidamente al asunto no es lo mismo que la rapidez per se, pero sí denota brevedad, urgencia, intensidad. La novela que, pese a tener otras dimensiones, se concentra en un solo día, en horas, puede expresar de manera inmejorable la verdad común y el discernimiento común: tenemos solo el día, la hora, el presente de indicativo; y debemos aprehenderlo, conocerlo, afanarnos por hacer factible lo que no podemos hacer en la vida pero sí puede hacer la buena ficción: asir la fugaz, evanescente materia de la existencia y darle una existencia imperecedera.

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