lunes, 17 de julio de 2017

Inés Estévez

Inés Estévez

Los mundos posibles

A los 52 años, Inés Estévez está en una intensa etapa de su vida. Después de hacerse famosa como actriz en programas como Vulnerables o Mujeres asesinas, tuvo una etapa peculiar, cuando incluso anunció que dejaría de actuar. Se dedicó a escribir y a despuntar su otra pasión: la música. Y a criar a sus hijas. Ahora siente que ya sabe cómo manejar su imagen pública –es una presencia potente en redes, por ejemplo– y después de dos años de pareja y dupla artística con Javier Malosetti, el fin de la relación continúa en lo profesional. Estévez ahora canta junto a Magic 3, los músicos que tocaban con ella y Malosetti: la especialidad es jazz, funk, soul. Y también volvió a la actuación: prepara una serie junto a Daniel Burman y una tira de televisión junto a Julio Chávez.


Desde la gloriosa camada de cancionistas de los años 20 y 30 –esas mujeres fascinantes que se podían llamar Mercedes Simone, Ada Falcón, Nelly Omar, Libertad Lamarque– hasta Rita Cortese o Natalia Oreiro, la relación entre actuación y canto popular funciona casi como si uno fuera la extensión de otro, como si se trataran de disciplinas complementarias. Cada caso tiene sus singularidades. A veces son simplemente dos maneras de interpretar, otras son recreos, descansos. El caso de Inés Estévez es sumamente singular. Acá está: da la impresión de que primero entran sus ojos, y enseguida ella. Parece frágil de tan delgada, pero es otra ilusión óptica. La exposición –obsesivamente controlada por ella misma– que viene teniendo desde hace unos treinta años la vuelven familiar. Pero seguramente nunca llegaremos a saber realmente quién es Inés Estévez. Por el momento, escribe poemas como “Rendirse es la victoria de quienes pueden renacer de sus cenizas/ La ceniza es la sombra de la herida del fuego” y graba un unitario para la televisión abierta y una serie para Netflix y canta jazz. De aquí para allá, trepando taxis, rastrillando colegios, dice que se siente abrumada. El agobio no lo impide reconstituirse en proyectos, ser lapidaria en Facebook y lanzar alguna que otra provocación velada.
Inauguró este 2017 con una ruptura amorosa que la ubicó en un par de sitios impensados: ciertos programas televisivos de la tarde y como frontwoman en escenarios de clubes de jazz. Los dos años de relación con Javier Malosetti la hicieron despegar, entre otras cosas, hacia el mundo de la música. Fueron dos años en que formó dupla artística con Malosetti y armó un castillito de naipes en el que también talló el recuerdo de su padre, un melómano que armaba legendarias tertulias de jazz en el Club Social de Dolores. Después de la separación sintió que ya estaba lanzada en velocidad y debió ponerse al hombro –con los temores del caso– un proyecto solista. Malosetti la alentó y dejó que siguiera con los músicos. Con Mariano Agustoni en piano, Ezequiel Dutil en el contrabajo y Javier Martínez Vallejos en batería ató el moño de una nueva etapa que firma como Estévez & Magic 3 y que suma al saxo invitado de Santiago de Francisco. “La actuación me demanda un gasto de energía tremenda. En cambio la música es diferente para mí. Tiene una bohemia hermosa. Es cierto que ahí no hay un personaje que me ampare: soy yo, solita. He hecho comedias musicales, pero en este proyecto me niego a cantar desde la actuación. No hay teatralidad. Me pongo la misma ropa que me pondría para ir a una fiesta, preparo una mesita para que los músicos tomen unos vinos, y ya. Es espontáneo. La idea es que el vivo sea como un living. Ahí está el espíritu de mi viejo. Nuestros asados eran con Louis Armstrong en el winco, a tope”.
El jazz del padre, la ópera de la madre, la música brasileña de la hermana y el rock de los dos hermanos varones configuran, dice, su paisaje sonoro familiar. El tango es una ausencia destacable (“¿viste? El tango no, che”). El padre tocaba el contrabajo y el piano en forma amateur; la madre vive y se dedicó a la docencia –profesora de francés–  y también supo ser mecanógrafa.  Todo muy Manuel Puig. El relato tiene un sabor vintage de pueblo y lo atraviesan los infiernos de pago chico. “Eramos una clase media que vivía con lo justo, pero que respiraba cultura. Yo me rebelaba ante un montón de situaciones. Tenía una fuerte resistencia a una estructura social pueblerina muy pacata. Cuestionaba los rótulos y defendía mi temperamento, todo lo que me diferenciaba del resto. Era algo inconsciente. Por ejemplo: cuando se usaba el pelo con jopo, yo lo tenía largo hasta la cintura. Un día, en un campamento, me desperté a la noche y vi cómo cuatro compañeras avanzaban hacia mí con una tijera para cortarme el pelo”. Habla con un tono –imposible despegarlo del formidable personaje que había compuesto para Vulnerables– que relativiza lo temerario del relato. En 2011 publicó una novela, La Gracia, que trata sobre un pueblo en el que la protagonista aparece atrapada por “la dicotomía entre la hipocresía y la compasión, las habladurías y la solidaridad”. La dedicatoria no sale del perímetro de Dolores, de su casa de Dolores: “A mis padres, por darnos una biblioteca en lugar de un televisor, pelearse por la etimología de las palabras y honrar el lenguaje”.
Después del secundario la mayoría de sus amigos y de los amigos de sus hermanos se iban a estudiar a Mar del Plata, a La Plata o a Buenos Aires. Muchos siguieron carreras afines a la pampa húmeda, como Veterinaria o Ingeniería agrícola, para luego regresar, casarse, tener hijos y fortalecer la gran familia agro ganadera nacional. Inés Estévez había estudiado danza clásica en la Escuela Municipal de Artes, entre los 4 y los 13. En 1977 la dictadura arrasó con todo. “Mi secundario fue en dictadura. Era desesperante. Sentía tedio, perdí el tiempo en algunos de los años más valiosos de la vida de una persona”. Hizo una valija y partió a la gran ciudad. “Los primeros tiempos en Buenos Aires fueron como los de una mariposa aturdida intentando encontrar el hueco por donde salir. Hice una vida de muchachillo. Hacía un musical infantil llamado Saltimbanquis, que tuvo éxito y duró años en  cartel. Estaba bueno, tenía sustancia, era de Sergio Bardotti y Luis Bacalov. Pero trabajábamos en cooperativa y no quedaba mucho dinero. Pinté cerámica, deambulé mucho por los días y noches porteños. Mucha soledad, mucha autonomía y mucha incertidumbre”.
¿Y tus padres?
–Yo no aceptaba la poca ayuda que podían darme. Tenían tres hijos más estudiando cosas normales, a quienes le costeaban todo. Yo quería ser independiente. Hubo instancias de dificultades y algunas penurias pero me sentía libre, buscando mi camino. Eso compensaba la sensación de orfandad.
Ahora está acostumbrándose a otro tipo de orfandad, la del escenario. Es sábado a la noche y encara a la gente, un público AOR que sabe disfrutar de un buen trago, un buen show. Se la nota segura: otra ilusión. Actuar sin Malosetti la llevó a reformular algunas cuestiones. “El primer recital del teatro Sony fue bravo. El standapero era Javier. La verdad es que no sabía qué hacer, cómo moverme. Al final me dije: ‘que salga lo que salga’. No me propuse nada. Surgieron un par de chistes naturales, y me relajé”.  Canta, con una voz pequeña y bien colocada, temas como “Learning the blues”, esa clase de standards. Encara “Aguas de marzo” y lo hace mitad en francés y mitad en portugués. Moderniza “Fever”. Todo suena en clave de jazz, de soul, de funk. “Javier fue importante en todo esto. El tuvo fe en mí. Sentí en su momento que me habilitaba. Salimos a la palestra para hacer a lo sumo dos o tres shows, y finalmente hicimos unos 50”.
¿Te quedó alguna asignatura pendiente ahí?
–No. Fue un amor profundo, hermoso y verdadero y ahora veo que el resultado artístico fue como un hijo. Grabamos un disco, pero con la separación quedó en remojo. Tal vez salga algún día, quién sabe. Ahora es una nueva etapa. Vamos a rodar una buena cantidad de shows y recién después grabaremos. Lo tomo como un juego. Me atrevo a la aventura porque tengo la tele.
Suele ocurrir: la televisión subvenciona incursiones más románticas. La relación de Inés Estévez con ese medio tuvo tensiones y altibajos. Pese a ser minuciosa en la elección de los trabajos y de haber participado de ciclos con una vara alta de calidad como Zona de riesgo, Vulnerables, Mujeres asesinas y muchos otros, hay algo de la TV que no cierra en su estructura actoral.  Al punto que en 2005 se bajó de todo para dedicarse a menesteres más solitarios y de tranco lerdo, como la escritura. “Yo me formé en el cine de autor y en el teatro de texto. Cuando hice televisión coincidió con un momento en que explotó la hiper comunicación, y todo se banalizó. La fama empezó a ser un valor en sí mismo. No sé, dejé de ser feliz. Yo decía que no quería salir en culo en la tapa de Gente, y sentía que se me venía el mundo encima. Mucha presión. Gente de cuarta que me decía: ‘Ah, ¿no querés dar una nota?, Atenete a las consecuencias’. Era como una maraña.
¿Y por qué decidiste volver?
–Creo que se aplacó un poco ese tipo de cosas. Yo además soy otra. Soy madre, doy clases, dirijo, canto. Ya no soy pendeja. Y reacciono. Yo no usaba redes, pero cuando hice Guapas me abrieron una cuenta de twitter. Estoy aprendiendo a usar bien esas cosas. Es una herramienta poderosa: difundo lo mío, apoyo ciertas causas sociales, doy mi opinión y más. La otra vez, con lo de Javier, dos personas de un programa de chismes dijeron demasiadas boludeces. Los incendié en twitter, mal.
Antes que a la televisión, volvió al cine. Salió del ostracismo durante el cual, dice, se había vuelto una “madre asexuada”. La adopción de dos niñas le cambió la vida. Estaba en pareja con Fabián Vena y asumió el rol materno a fondo. “Yo perdí seis embarazos. En un momento me di cuenta que ya estaba, que era una locura insistir. Nunca tuve el rollo de la panza, del hijo biológico. Creo que el vínculo con los hijos hay que construirlo, sean biológicos o no. Estaba super dispuesta a adoptar. No era una realización personal, era el producto de mi relación con Fabián. Cuando fuimos a adoptar nos preguntarlos: ‘¿Buscan chicos sanos?’. Yo no entendí y contesté con otra pregunta: ‘¿Qué opciones hay?’. Me explicaron que había muchos chicos con problemas tratables o reversibles. Así llegaron Cielo y Vida. Cielo tiene siete y es como si tuviera un año y medio. Y eso va a ser así para siempre. Me da satisfacción verlas evolucionar, saber que tienen un hogar. Son hermosas. El rol de madre es un peso impresionante. Por eso no es que dejé de actuar para ser madre, pero sí que no podría haber criado a mis hijas estando en funciones. La energía consumida es terrible. Al fin, me separé, me acomodé y pude volver al cine. Fue con El misterio de la felicidad. Todo fue obra de Daniel Burman, un genio. El me convenció. Burman conjuga dos características que, juntas, son dinamita: es inteligente y sensible. Con él estoy haciendo ahora una serie que va ir por Netflix, Edha. Y avanzo con la grabación de El maestro, con Julio Chávez y la dirección de Daniel Barone.
¿Qué sentiste al volver a actuar?
–Que me interesa, pero hasta ahí. Me gusta actuar entre el “acción” y el “corten”. Disfruto ese  “durante”. Me resulta fácil, es placentero, lúdico. Lo que me resulta pesado es la disciplina, el rigor, la demanda energética, el ejercitar la memoria. Pero bueno, estoy bien. Abrumada pero bien. Tengo 52 años y una visión taoísta de la vida. Creo en la evolución, creo que todo tiene un sentido.
Se levanta, mira a los ojos. El flequillo rubio y la aparente fragilidad le dan un aire de adolescencia perpetua. Muestra un tatuaje en la mano. “Es el símbolo de la sagitario. Me lo hice con Javier. Para siempre, más bien. Un tatuaje es para siempre o no es. En el pie tengo un Dragón y en el cóxis un Ave Fénix”.
¿Un Ave Fénix?
–Me sobrepongo a todo.

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