sábado, 29 de julio de 2017

Isla del Cerrito - CHACO

CHACO> En la frontera con el Paraguay

Puentes para la isla

Escenario de la guerra de la Triple Alianza y antiguo leprosario, la Isla del Cerrito asume hoy un nuevo desafío más allá de la pesca: abrir sus puertas al turismo recreativo y de aventura. Afianzada en el patrimonio y una naturaleza aún inexplorada, suma propuestas y servicios que crecen junto a su tradicional fiesta del dorado.

 El ripio va largando sus piedritas como una catarata a ambos lados del camino, y en cada acelerada la Isla del Cerrito va descubriendo su silueta. Eric cree, como Mariela, que este rincón ubicado a 60 kilómetros de Resistencia es un tesoro en bruto, un patrimonio natural e histórico de un Chaco aún sin explotar. Salvo por los pescadores avezados, claro, que sí valoran la pesca sublime que deriva de su inserción en la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay. Pero para el común de los viajeros, como señalan el responsable de prensa y la guía, este codo de la Argentina pegado y dividido a la vez de Paraguay por su río homónimo, aún no dice nada. Y no es lo único curioso. Para empezar, su propio nombre advierte dos circunstancias bien llamativas: su condición de isla llega gracias a un cauce menor, el Guaycurú, que viborea por la selva en circunstancias normales, pero que en épocas de baja se tapona y entonces Cerrito ya no es técnicamente una isla. O al revés, cuando el Paraná y el Paraguay desbordan y el riacho recibe sus aguas incontrolables aislándose de modo extremo e inundando el puente que llega de la capital chaqueña, tornando el acceso sólo posible a través de lanchas. La otra parte de la composición del nombre, lo de “cerrito”, no es menos particular, ya que la elevación emerge extrañamente de un llano plagado de esteros, ciénagas y bañados.
TRISTEMENTE CÉLEBRE La estratégica ubicación de la Isla del Cerrito volvió esta porción de tierra algo famosa en diversas épocas. Reconocida por su patrimonio histórico-cultural, y por algunos casos donde el paso fronterizo del narcotráfico la tuvo en tapa, hoy se plantea cómo ofrecer otra mirada de sí misma y fomentar su gran potencial: la naturaleza. Para comenzar, la isla fue una de las principales bases de Brasil, Uruguay y Argentina en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) librada contra Paraguay, todo un punto nodal para hacer frente a la fortaleza de Itapirú ubicada justo enfrente de nosotros. Aquí en el suelo mismo, y en el museo histórico del casco urbano, hay huellas de las numerosas batallas libradas ente los aliados y las tropas del mariscal Solano López. Incluso, para la historiadora brasileña Mónica Harz Oliveira Moitrel, Cerrito necesariamente fue durante la guerra la base naval más importante y cercana que poseía Brasil no sólo para combate sino para la reparación de las embarcaciones. Restos del antiguo taller mecánico, del astillero, el hospital, la iglesia y el fuerte de altura son parte del patrimonio que hoy se conserva en la isla. Desde esa colina imaginamos la historia que nos relata Mariela Pedelhez y cuesta cambiar esta calma de río y verdes selváticos por ruidos e imágenes de un polvorín. Tan vital fue este territorio que el gobierno brasileño designó un servicio marítimo extraordinario con vapores a horario regular: los días 15 y 30 de cada mes zarpaba de Río de Janeiro rumbo a Montevideo (2036 kilómetros), donde se aprovisionaba de carbón y partía para la ciudad de Corrientes (1206 kilómetros), dejando correspondencia postal como paso previo a la isla, según relata A marinha d’outra’ora de Affonso Celso de Assis Figueiredo, Visconde de Ouro Preto. El imperio brasileño se quedó incluso ya finalizada la guerra, hasta que la Argentina consideró ilegítima la ocupación. Pero este fue sólo un capítulo de la isla, que durante buena parte del siglo XX fue sede de la Colonia Regional de Leprosos, inaugurado en la presidencia de Marcelo Torcuato de Alvear en 1928. En una veintena de edificios militares de teja francesa que contenían también el hospital Maximiliano Aberastury, considerado el primer centro modelo en el país para el tratamiento de lepra, se atendían enfermos de Formosa, Corrientes y Chaco. Poco a poco, alrededor de estas construcciones fueron instalándose pobladores urbanos, en su mayoría familiares o enfermos ya recuperados. En 1963, el gobierno de Chaco reclamó que ese territorio federal se incorporara a la provincia, lo que se concretó en 1968 con el retiro del hospital. Hoy, una de las iniciativas busca recuperar con fines recreativos el trencito de trocha angosta que recorría las instalaciones dejando comidas y suministros en las distintas dependencias.
 PUESTA EN VALOR Unida al continente por el puente San Pedro, la isla disimula su tamaño, encanto e inconvenientes. Son 12 hectáreas rodeadas de lagunas, bañados y zonas anegables que van acorralando hacia los ríos al casco urbano. Allí se concentran unos 2000 habitantes en algunas de las 29 edificaciones patrimoniales y otras casas más nuevas, conectadas por calles de tierra y regadas de árboles tan coloridos como exuberantes. Otros 500 pobladores se dispersan en chacras y campos donde la naturaleza es aún más virgen, los pájaros por miles cantan y vuelan sobre la selva, y yacarés, carpinchos, ciervos y víboras inmensas conviven en campos sembrados de mandioca, zapallo, batatas y cítricos. Un vergel salvaje y brutal, que atrae e inquieta por igual. Una zona que cada tanto apenas si puede consigo misma, y debe encender sus bombas centrífugas para desagotar el agua de las lluvias extremas de la región. “Tenemos un sistema de defensas que nos protege de las crecidas de los grandes ríos, pero que también nos sitia a la hora de drenar las precipitaciones acumuladas. Y en las afueras directamente se aguanta la crecida, se pinta de nuevo, y se vuelve a empezar”, explica Eric Beligoy, chaqueño de pura cepa, devenido hoy en chofer y guía alternativo. Con él y Eduardo Mendoza, el timonel emblema de la isla, nos vamos hacia la Punta Norte, el ángulo que permite observar la confluencia de los ríos y en cuya barranca se ubica la fotográfica capilla de la Virgen del Pilar. Desde allí caminamos a la Hostería del Sol, el hospedaje que el municipio puso en valor y hoy cuenta con cómodas instalaciones (47 habitaciones, restaurante, living con TV satelital, dos piletas y servicios varios) y un camping municipal completo. “Es uno de los orgullos locales. Un lugar que está prestigiándose cada día. Los chefs, por ejemplo, han hecho varios cursos para cocinar nuestras recetas tradicionales de diversas formas”, agrega Beligoy sobre la iniciativa motorizada por los ministerios de Turismo y Trabajo para promover empleos de cara a su fiesta mayor de pesca, pero también a la permanencia de buenas prácticas en materia de elaboración de platos, cuidado de los productos y normas de higiene y seguridad. Queda un tranco aún hasta el embarcadero, por lo que seguimos camino por la única vía de cemento que oficia de calle sobre pequeñas ondulaciones y conecta los inmuebles más emblemáticos del lugar, como el excrematorio, hoy biblioteca popular. Otro de ellos es el museo, antigua sede de la gobernación regional tras la guerra. La gran cantidad de objetos pertenecientes a los cuatro ejércitos en guerra hallados en las costas propició su creación a fines de los noventa, y desde entonces suma armamento, uniformes, municiones y algunas cerámicas o elementos de pobladores más antiguos durante cada nueva bajante del río.
 NATURALEZA VIVA Tan cercana y potente como su historia es la naturaleza con que la isla cuenta. No sólo los ríos y la selva circundante, sino la fauna, la torna una Iberá en miniatura para los amantes del avistaje de especies nativas. Eso vamos a comprobar en la lancha de Eduardo desde el embarcadero El Guáscara, otro de los centros de atracción que cuenta con una rambla repleta de parrillas y puntos de pesca, lanchas y guías a disposición, y un islote enfrentado que cubre los vientos, todo un paraíso para el pescador. Ya en el agua, rodeamos la isla Brasilera y Guáscara, atravesando la confluencia hacia la boca del arroyo Guaycurú, donde la moderna lancha toma actitud de bote, y sigilosamente se abre paso con un palo. El timonel aparta juncos y camalotes como quien intenta descubrir lo oculto. Y vaya si hay qué mostrar. De a poco, el cauce se torna más y más angosto, y los sonidos de pájaros llegan al oído mientras los ojos buscan algún yacaré. Los monos carayá sacuden las ramas, y un martín pescador pasa rasante y se detiene en un tronco, hasta que nos acercamos y repite una y otra vez su show. Una lavandera y otro pájaro rojo y amarillo se dejan ver, hasta que una boa gigante enroscada en un tronco del tamaño de un brazo ocupa nuestra atención. “No es venenosa, es de las que te aprietan nomás”, dice Mendoza, quitándole importancia vaya a saber por qué. Algún movimiento lejano y algo torpe advierte de un carpincho, y saltos en el agua dan cuenta de dorados, surubíes y mandurés. No resignados, pero si satisfechos a medias, emprendemos el regreso. “Es raro…   acá siempre está lleno. De noche sus ojitos rojos te vigilan cuando pasás. Salvo que haya pasado antes que nosotros alguna lacha rápida y los haya ahuyentado. Probemos de regreso”, agrega. Como si lo hubiese vaticinado, lo primero que encontramos sobre una orilla barrosa son dos hermanos bebes de yacaré. Uno huye, pero el otro se queda cerca de nosotros. Al rato, otro más grande, y un último de tamaño considerable en la unión del riacho y el Paraná. “Ni que los hubiésemos llamado para que salgan de menor a mayor”, bromea Pedelhez. Efectivamente, antes de bajar el motor y acelerar la embarcación, Eduardo señala algo reluciente allá lejos. Nos acercamos empujados por el palo hasta unir entre los camalotes la figura inmensa de un yacaré, y comprobar suficientemente de cerca ese brillo lejano: el de sus dientes.
MULTIPLICAR LA FIESTA Dorado, surubí y manduré dominan la escena en las aguas marmoladas. Estamos ya pegando la vuelta y las hoyas marrón intenso que llegan del Paraguay, perfectamente delimitadas ante nuestros ojos, van manchando primero y tiñendo después las aguas verdosas del Paraná en su giro abrupto y sureño hacia Corrientes, Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires, antes de finalizar su trajinar en la boca del Plata. A lo largo del camino, y también aquí, tampoco falta el pacú, el sábalo, la boga y el patí; y peces “menores” como el moncholo, armado, dientudo o tararira. Por eso es un éxito el Torneo Internacional de la Pesca del Dorado con Devolución, celebrado la primera semana de septiembre y por el cual Cerrito está integrada al calendario anual de pesca. En su edición anterior, la decimosexta, 524 embarcaciones sembraron las aguas de cañas, señuelos y entusiasmo. Más de 2000 pescadores en dos días de competencia, que generó tal éxito que se propuso sumar otro festejo como una suerte de anticipo. Por eso este 2017 se formalizó la Segunda Pesca Variada Embarcada con Devolución, es decir otros dos días de fiesta con pesca, el 15 y 16 de julio. El primer día será el turno desde la costa para jóvenes y adultos mayores, y hacia la noche música regional y grupos de renombre como los Auténticos Decadentes darán la bienvenida. Ya el 16, se pondrá en marcha la competencia de embarcado que tendrá de premio nada menos que tres lanchas. “La transparencia en la fiscalización (medida y peso) y la suma de muchos guías de Paso de la Patria han promovido el éxito de la isla en materia de pesca.  Claro, la tarifa de inscripción es tres veces menor que en la ciudad correntina o en Goya”, explica Beligoy. Los que quieran probar esta pesca casi profesional con todos estos lujos deben contar con $ 2000 de inscripción más gastos extras. Y quien pretenda salir a la confluencia fuera de las fiestas y cuente con su licencia ($ 20 por precinto por pez) y un guía avezado, desembolsar otros $ 3000 que incluyen un surubí y un dorado por embarcación. Claro que para saborear la isla a pleno no hace falta más que sentarse y disfrutar de un surubí relleno con papas criollas, recorrer mate en mano algunas de sus casas históricas, contemplar el atardecer sobre el río, y por qué no, animarse desde la orilla a tirar la caña. Siempre es buen momento para comenzar.

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