viernes, 14 de julio de 2017

Iván & Los Terribles

Con dos bajos y sin guitarras, el kraut montevideano de Iván & Los Terribles es el gran hallazgo del nuevo rock uruguayo

Arriba el bajo

“Ah, el terrible”. Ese era el comentario que escuchaba el niño Iván cada vez que le preguntaban su nombre. “¡Y nada que ver!”, aclara hoy entre risas Iván Krisman. “Fui un boludo toda la vida, nunca fui terrible para nadie”. Pero aquella respuesta repetida terminó funcionando como germen para el bautismo obvio –para Krisman, al menos– del curioso grupo que hace un par de años se atrevió a formar este bajista precoz de algunas de las bandas más interesantes del último rock uruguayo. “Arrancamos cuando se empezaron a espaciar los ensayos de La Hermana Menor antes de la salida del que terminó siendo nuestro último disco, Todas las películas son de terror”, cuenta Iván, en referencia a la banda construida alrededor de Tussi Dematteis –seudónimo musical del periodista Gonzalo Curbelo–, un extraordinario sexteto rocker montevideano del que formó parte durante más de una década. Bajista antes durante tres exitosos discos de La Teja Pride y después brevemente de Hotel Paradise –la banda de Nico Barcia, ex Chicos Eléctricos–, Krisman lidera actualmente un quinteto que en realidad ha ido mutando entre sus dos únicos discos, Los incautos no fallan (2014) y El maestro interior (2016), pero siempre partiendo desde un bajo –o dos, de ser posible–  y de la ausencia de guitarras.
   “La utilización de la guitarra en el rock está llena de lugares comunes, mientras que el bajo tiene muchas más posibilidades que el lugar estático que habitualmente ocupa”, explica Krisman, que recuerda haber empezado a pensar en las limitaciones de su instrumento ya con el profesor de bajo que tuvo en su adolescencia. “El tipo era un capo, y nos hacía tocar juntos con mi compañero de clase, haciendo arreglos para dos bajos”, cuenta. “Me acuerdo que le llevaba lo que yo escuchaba cuando tenía 16 años, como Sepultura, y el tipo me decía que no había nada para estudiar ahí, sólo tenía que tocar con volumen fuerte. Recién se interesó cuando le llevé Moby”. El otro punto de partida para sus Terribles fue el show del 2011 de Motorhead en el Teatro de Verano de Montevideo. “Porque Lemmy no toca el bajo como parte de una banda de rock, sino que ocupa todo el espacio sonoro con determinación, haciendo que no haga falta nada mas. No estoy hablando de virtuosismo a lo Pastorius, sino de explorar las posibilidades de un instrumento que crece cuando hace una melodía. No sé, yo cuando escucho Joy Division siempre pienso en otro bajo que podría sonar al mismo tiempo”, intenta explicar Iván, sumando a Peter Hook a la lista de bajistas que lo guiaron en su exploración de otras posibilidades del instrumento dentro del rock.
Psicólogo lacaniano y surfer con tatuaje además de bajista, Krisman es alto, flaco y algo desgarbado. Con pelo largo, patillas y a punto de ser padre por segunda vez, es oriundo de Las Piedras, un pueblo tan cercano a Montevideo que con el tiempo terminó como suburbio. “Pero con mis amigos siempre fuimos re-canarios”, se ríe ahora. Mientras vivió allá, supo formar con ellos sus bandas metaleras de adolescencia, pero no las cuenta dentro de su historia musical. “Porque para mí todo empezó cuando con mi familia nos vinimos a Montevideo, y empecé a ver punkis de cresta y consignas en las paredes. Fue como si me hubiese mudado a otro planeta”, recuerda. “A mi el punk me entró primero como cultura, después llegó la música”. Hijo de padre mecánico naval y madre enfermera, y el mayor de seis hermanos, en su casa sonaban Zitarrosa y Darnauchans además de Zeppelin y Floyd, pero Iván peregrinaba con sus compinches a los recitales de Los Chicos Eléctricos, legendario combo de killer rock que incendió el rock de los 90 uruguayo. Por eso hoy lamenta que cuando se integró como bajista a La Teja Pride en pleno ascenso de la banda, nunca se lo pudo tomar muy en serio. “Me recibía de psicólogo, me gustaba el rock de grupos como Los Buenos Muchachos y Motosierra, pero estaba tocando en una banda de hip hop”, resume. “Vivía acomplejado, pero escondiéndome detrás de una arrogancia fea”.
Si ahora reconoce a La Teja como su escuela de rock a lo grande –shows en todo el país, plata en el bolsillo, tres discos grabados–, el rock under y de culto de La Hermana Menor fue una verdadera universidad musical, en la que Iván cursó durante 13 años. “Somos familia, nos hicimos todos padres durante ese tiempo”, resume el bajista, que se fue convirtiendo casi naturalmente en el punto de apoyo donde se ordenó un sexteto de naturaleza caótica, ciertamente marginal dentro del negocio del rock urguayo –aunque fue merecidamente soporte tanto de Yo La Tengo como de Sonic Youth en Montevideo–, pero que firmó dos discos que se inscriben dentro de lo mejor que ha dado el género en lo que va del siglo por las cercanías del Río de la Plata, no importa la orilla: Todos estos cables rojos (2007) y Canarios (2010). “Pude ser testigo privilegiado del trabajo de muchos compositores que admiro, y otro punto de partida para Los Terribles fue dar yo también ese paso y ponerme a componer”, explica Krisman, que le fue dando forma a su grupo lentamente, como esculpiendo su sonido.
Todo comenzó con dos bajistas y una batería, pero para el primer disco el otro bajista ya no estaba, así que lo cambiaron por un teclado. “Era como un trío de jazz”. Un violento trío de jazz, en todo caso, como se puede constatar en ivanylosterribles.bandcamp.com, donde están subidos los discos para descarga gratuita. El consejo de su admirado Andy Adler –cuando Iván tenía 16 años y lo vio por primera vez junto a Los Chicos Eléctricos, no se lavó la mano con la que lo había saludado– trajo de regreso al segundo bajo a la formación, y finalmente se sumó un segundo tecladista para completar un quinteto que ya lleva dos años, y que deslumbró el año pasado en su debut porteño, un efecto que intentarán repetir durante el próximo fin de semana en la revancha. “Fue la confirmación de que habiamos dado con algo, porque era un público totalmente ajeno. Pero logramos que nos prestasen atención”. No sólo eso: cuando arrancaban a tocar, con el primer tema lograban el silencio, con el segundo los presentes se acercaban al escenario y para el tercero ya estaban siguiendo con alguna parte del cuerpo un ritmo al que sólo se puede definir como kraut. Kraut montevideano, eso es lo que hace el grupo de Iván, al que le gusta incendiarse cuando toca, apagar la cabeza y seguir al cuerpo. Iván, el que compone como William Burroughs, cortando y pegando, y que –quién lo hubiese dicho– finalmente cumplió con los designios de infancia y ha terminado siendo Terrible por una vez en la vida.

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